Siempre he intentado educar a mi hijo, ante todo, para que respete a las mujeres: a su abuela, a su madre, a su esposa, a su hija… Para mí, esa es la mayor virtud que puede tener un hombre: el respeto hacia las mujeres. Tanto mi esposo, Rodrigo, como yo, le dimos a nuestro hijo, Gonzalo, una educación excelente, unos valores sólidos y todo lo necesario para que pudiera labrarse un futuro brillante. Ya no queríamos seguir ayudándole más allá de eso, pero finalmente le compramos un piso de dos habitaciones. Gonzalo trabaja y se mantiene solo, pero no tenía los ahorros suficientes para comprarse vivienda propia.
No le regalamos el piso de inmediato ni le contamos nada sobre la compra. ¿Por qué? Porque nuestro hijo llevaba cerca de un año viviendo con una chica, Lucía, pero no habíamos tenido ocasión de conocer a sus padres, lo que nos resultaba extraño.
Con el tiempo, me enteré de que la madre de Lucía había sido vecina de una amiga mía de toda la vida. Lo que me contó esta amiga realmente me dejó preocupada. Resultó que la madre de Lucía echó a su marido de casa cuando él empezó a ganar menos dinero, aunque lo peor apenas comenzaba. Más tarde, esta mujer comenzó una relación con un hombre casado pero adinerado, que hacía las veces de figura paterna para Lucía. Por parte del padre, la abuela de Lucía tampoco se queda atrás. Ella mantiene una relación con otro hombre casado y, además, obliga a su hija y a su nieta a ir los fines de semana al pueblo para ayudar en las tareas del campo. Esto ya había provocado varias discusiones entre Gonzalo y su posible suegra. Pero, sin duda, lo que más me preocupa en toda esta historia es que la madre y la abuela de Lucía intentan poner a la chica en contra de su propio padre.
Lucía, claramente, siente un gran cariño por su padre, pero a causa de esas dos mujeres, su relación está en peligro. Y para colmo, Lucía ha decidido dejar la universidad. Considera que debe ser el hombre quien mantenga a la familia. Sí, yo también creo que el hombre debe asumir su responsabilidad, para eso educamos a Gonzalo. Pero, ¡ay, como la vida le ponga un obstáculo! ¿Dónde está la garantía de que Lucía le apoyará? ¿Cómo piensa ayudarle si vienen tiempos difíciles?
Por todo esto, he decidido poner el piso a mi nombre. Sé que he criado a un buen hijo, un auténtico cervatillo, como se suele decir aquí. Sé también que lo adquirido antes del matrimonio no se reparte en caso de divorcio, pero Lucía tiene tal habilidad que, si quisiera, podría dejar a mi niñito sin nada más que la ropa puesta.
Al final, he comprendido que, por muy bien que eduques a tus hijos y les des lo mejor, la vida es imprevisible y es fundamental que cada uno tenga sus propias seguridades. En familia, el respeto va en ambas direcciones y la confianza debe ir acompañada de prudencia. La vida siempre nos enseña que pensar en el bienestar propio y en el de los nuestros, sin olvidar la sensatez, es la base para una vida tranquila y feliz.







