Gonzalo regresó a casa tras unos años entre rejas.
No es que tuviera muchas esperanzas de que su joven esposa le esperase; siete años dan para mucho, y hasta para cambiar de pareja en más de una ocasión. Durante los dos primeros años de condena, ella le escribía cada semana: cartas repletas de amor incondicional y promesas eternas, asegurando que el tiempo pasaría y ahí estaría esperándole. Gonzalo, muy iluso, la creía; el amor verdadero, pensaba, no conoce de tentaciones ni de relojes.
Gonzalo, casi todos hemos pasado por eso. ¿En serio crees que una chavala joven, guapa y con toda la vida por delante, va a desperdiciarse esperando siete años? le decía un compadre en el patio.
Y así fue. Las cartas ya llegaban con menos frecuencia hasta que, de golpe, dejaron de llegar. Por mucho que se preparara para ello, el golpe fue duro. Casi un año estuvo llorando a solas, enviando cartas al vacío, suplicando paciencia: Eres mi único sol, escribía. Un día ella se presentó allí, sin mirarle a los ojos, le pidió que firmara los papeles del divorcio, y soltó un agradecido “gracias, hasta luego” antes de esfumarse. Se fue hasta aliviada.
La rabia se le pasó con los años, la entendió, la perdonó y poco a poco la olvidó. Con el tiempo, acabó rehaciendo su vida con Aurora, una mujer amable, algo mayor que él, y un chaval de ocho años, Víctor, que era puro nervio. Gonzalo le crió como a un hijo propio e incluso lidiaba con las quejas de los profesores cuando Víctor liaba alguna en clase, pero salía en su defensa: al fin y al cabo, ser pillo es casi religión entre los críos varones.
Cuando se mudó con Aurora, Gonzalo se echó las manos a la cabeza: el piso era digno de una peli de Almodóvar, pero no de esas de colores, sino de las deprimentes. Normal, pensó, ¿qué puede hacer una mujer sola con un crío y un sueldo que da justo para reponer zapatos y no para papeles pintados? Así que se arremangó el mono, cambió cables, tuberías, y empezó la reforma comenzando por la habitación de Víctor. Vendió su cuarto en una residencia de estudiantes para poner ventanas nuevas y, con lo que sobró, amueblaron por completo la casa. Sus compañeros de la fábrica de muebles le vacilaban:
¿Tanto empeño en una casa que ni es tuya? El día que discutáis, a ti no te toca ni el felpudo.
¿Cómo que no es mía? Vivo allí, Aurora para mí es mi esposa y Víctor casi un hijo. Familia, vamos. Y otra no voy a tener, mira tú.
Llegada la adolescencia, Víctor se volvió más indomable: contestaba mal a Gonzalo y, si este intentaba imponerse, el chaval saltaba como un resorte:
¡Que tú no eres mi padre ni tienes derecho a mandar aquí!
Aurora, de naturaleza tranquila, conseguía evitar que la cosa se desmadrase y, pese a las tensiones, en casa a veces reinaba un ambiente plácido, especialmente esas noches en las que ella y Gonzalo, agotados del curro, se sentaban juntos ante la tele con una taza de manzanilla y charlaban de sus cosas. Para entonces, Víctor ya apenas pisaba la casa por las tardes.
Años después, Víctor se echó novia: una chica llamada Jimena, guapa y simpática. Gonzalo temió el enfrentamiento generacional, pero para sorpresa de todos, Jimena tenía el don de Aurora para apagar fuegos. Cuando Víctor se pasaba, ella lo enderezaba y, arrepentido, él salía corriendo a comprar flores para su mujer o unas cañas para su padrastro.
¡Vale, vale, ya no digo ni mu! Vamos, Gonzalo, nos tomamos una cervecita con unas tapas, y que las chicas nos sorprendan con algo rico decía el chaval.
Pronto nacieron Víctor y Jimena un hijo: Arturito. Gonzalo, al sostener al pequeño en brazos, estuvo a un pelo de soltar lagrimón; aquel niño le hizo sentir, al fin, en familia. El niño creció pegado a su abuelo postizo: juntos arreglaban el grifo, cambiaban sillas de sitio y hasta iban a hacer la compra como dos cotorras. Es lo que toca: los padres trabajando, abuela liada con las tareas… y ellos, felices.
Pero la cosa se torció cuando Víctor pilló afición al “blanco” pero no al de la camiseta, sino al licor. Empezó organizando fiestas en casa: al principio eran veladas familiares con amigos y sus parejas, pero pronto fue sustituyendo el grupo por colegas con pocas ganas de charlar y mucha de beber. Cuando el alcohol hacía efecto, Víctor se volvía brusco, gritón y, a veces, hasta agresivo, descargando frustración sobre Jimena y el pobre Arturito. Gonzalo intentó ponerle freno:
¡Ya está bien, Víctor, deja de traer porquería al salón! Si quieres juerga, que sea fuera.
¡No tienes nada que decir aquí! ¡Esta es mi casa! ¡Arturito, ese no es tu abuelo, deja de ir detrás de él!
Las broncas pronto derivaban en escándalos, a veces hasta en tortas. Jimena, superada, cogía al pequeño, pedía un taxi y salía disparada. Un buen día, harta, se fue para no volver. Llevarse a Arturito le rompió el corazón a Aurora, que enfermó y, en unos meses, acabó por quedarse en el camino. Gonzalo, destrozado, se quedó solo soportando a un Víctor que le hacía la vida imposible. Lo fácil sería marcharse, pero ¿dónde te vas a los sesenta y pico? Bastante era que el zagal no le echase.
A duras penas tiraba con la soledad. Las visitas de Arturito y Jimena se esfumaron. Normal pensaba ¿qué soy yo para ellos, un adorno? Seguramente, Jimena le habría dicho al niño: Ese no es tu abuelo.
Un día, su vecina María Milagros llamó a su puerta, alarmada:
¡Gonzalo, por el amor de Dios, ayúdame que la he liado!
La mujer, acostumbrada a pasar el invierno con sus hijos en Salamanca, volvía cada año al pueblo cuando refrescaba, y aquel día había querido preparar una cena sorpresa. Al coger la sal del mueble, el armario entero casi se le cae encima. Estaba tan angustiada que parecía que se iba a echar a llorar.
Mis hijos me van a decir que aquí, en vez de ayudar, monto la verbena.
En cinco minutos, Gonzalo arregló el mueble, la ayudó a recoger la sal y el pimentón esparcidos y quiso animarla:
¿Y cuándo te largas de excursión este año, Milagros?
En cuanto pueda. Mi yerno dice que si le dan un par de días libres, el finde me lleva.
¡Déjate de yernos! Yo te llevo en el coche, que no será de lujo pero llega al pueblo. Total, si me quedo fin de semana en casa, acabo discutiendo otra vez con Víctor.
¡Ay, Gonzalo, no sé yo! ¿Qué van a pensar en el pueblo?
Que una señora se ha subido al coche con un hombre y allá van, como si tuvieran veinte años y ni pizca de vergüenza contestó él riendo.
¡Anda ya! soltó ella, escondiendo una sonrisa.
***
La casa de Milagros, ordenada pero un poco venida a menos, no daba mucho de sí: ventanas descolgadas, el suelo que crujía por todas partes y la fachada más pelada que un pollo en Navidad. La vieja estufa de leña, tiznada, y algunos ladrillos de la pared medio caídos. Con ese panorama, normal que no quisiera pasar el invierno allí. Ella se encogió, avergonzada al verle mirar el desastre.
Cuando mi marido vivía, todo esto estaba en orden No creas que estoy bien en casa de mis hijos: me siento estorbo. Pero en primavera, este trozo de tierra tira de mí como un imán. Quédate esta noche, anda, que ir y volver en un día es una locura.
A la mañana siguiente, Gonzalo, destornillador en mano, apañó la puerta, clavó unas tablas en el porche para que no se hundiera, y mientras martilleaba no oyó acercarse a la mujer.
¿Qué decías, Milagros? ¡Espera, que acabo aquí y me voy!
Que te quedes, hombre. Que sé que tampoco estás bien allí y a mí se me cae la casa encima del vacío.
¿Y tus hijos qué opinarán de que me quede?
Peor sería que te pegaran un tiro, ¿no? respondió ella, medio en broma.
***
Se lió la manta a la cabeza y arrancó en serio las reformas: desmontó el porche, lo reconstruyó, compró maderas en el aserradero, cambió el suelo en el baño, empezó por la cocina Incluso reunió a los vecinos para alzar el tejado. Reformó la chimenea y cada día pintaba o clavaba algo. A los dos meses, la casa parecía otra, lista para salir en el catálogo de reparaciones de Bricomanía.
Poco antes de que los hijos de Milagros llegasen de ciudad, él y la mujer preparaban la casa, cocinaban juntos y limpiaban con el nerviosismo de unos adolescentes esperando visita. Ambos temían lo que dirían los suyos: ella, que igual pensaban que se había vuelto loca; él, que le echarían a patadas por haberse apropiado de lo que no era suyo.
El hijo de Milagros, Mateo, llegó con toda la tribu: niños, mujer, montones de maletas. Ni hola ni nada; soltó un bufido y, entrando en la casa, tronó:
¡Gonzalo, pero si te has pasado de listo!
Aquello a Gonzalo le supo a puñalada: por un instante pensó en abrazarlo como a un hijo, en fundirse en el afecto de una familia por fin propia. Pero le temblaron las piernas y casi quiso echar a correr de pura vergüenza; era como ese gato sin dueño al que todos ahuyentan del portal.
Nunca fue a buscar provecho a ningún sitio, solo familia. Deseaba desde siempre esa casa llena de voces, de nietos y niños, aunque no fueran de su sangre. Criado en un orfanato, soñaba con una tribu propia, con calor humano aunque fuese prestado. Se dejó la vida en cada sitio donde puso pie, convencido de que, por fin, podría ser uno más.
Pero entonces escuchó de Mateo, con media sonrisa:
¡Gonzalo, que te has pasado de listo! ¡Te has casado y ni nos has avisado! Jimena y Arturito te han estado buscando, dando vueltas de aquí para allá. Les di vuestra dirección, así que vete preparando, que vienen a verte; el crío dice que se queda el verano entero con vosotros.
Casi no daba crédito: Vuestra dirección, decía el hijo de Milagros. Ahora sí que el corazón le latía con fuerza de verdad; ¿lo habrían aceptado?
¡Madre! ¿Por qué ponéis esa cara de apuro, como si hubierais robado un jamón? Ven aquí, anda, que te dé un abrazo. Da gusto ver esta casa: ¡así no hay quien te saqué de aquí ni en pleno enero!
La nieta de Milagros, una chiquilla pizpireta, se acercó a Gonzalo y le abrazo la pierna:
Y ahora, ¿tú eres nuestro abuelo?
Milagros, un poco colorada, asintió, mientras su hijo reía a carcajadas.
Claro que sí, pequeña. Ahora es de la familia but most definitely!






