Hace casi dos años, escuché de boca de mi marido una frase que quedó grabada en mi memoria como si se repitiera en las paredes blancas del pasillo de casa: Tu vida es tan previsible que me aburro contigo. Aunque Sergio pensaba que nuestro día a día era monótono, yo era feliz dentro de esa extraña rutina cotidiana. Todas las mañanas, aún con niebla en los ojos, escuchaba en la radio las noticias de Madrid, desayunaba pan con tomate, hacía unos estiramientos suaves, y me vestía para el trabajo. Lo primero que hacía era prepararle el café a Sergio, porque él salía pronto hacia la oficina, y después me alistaba yo.
Las comidas las preparábamos siempre en casa y guardaba el segundo desayuno en tuppers para los dos. Por las tardes, a la vuelta del trabajo, me paraba en la frutería de la esquina de nuestra calle en Chamberí. Luego cocinaba, ordenaba la casa y ponía una lavadora que cantaba melodías como grillos en una noche de verano. Antes de dormir, veíamos alguna película antigua española y nos abrazaba el sueño.
Yo pensaba que todo era como debía ser. Sergio estaba bien atendido, todo olía a limpio y la casa era un refugio. ¿Qué otra cosa podía anhelar? Los sábados los dedicaba a limpiar a fondo, horneaba una empanada de atún, y cocinaba lentejas. Algunas noches invitábamos amigos a casa o salíamos a la Gran Vía. Los domingos visitábamos a mis padres y a los suyos, medio día en cada casa, trayendo magdalenas y conversando horas, ayudando en lo que podíamos y riendo juntos al sol de la ventana.
Después, la noche nos encontraba descansando en el sofá, entre mantas y silencio. Nunca discutíamos ni alzábamos la voz. Había calma, olor a café y algo de paz en nuestra casa. Pero llegaría el momento de la fractura inesperada: una tarde, Sergio me soltó que se aburría de mí. Durante horas, deslizó palabras duras, comparó nuestro ritmo de vida con el de sus amigos que saltaban de barra en barra por Malasaña. Ellos sí viven, nosotros ni siquiera discutimos, decía él. Y al final, simplemente salió por la puerta, dejando tras de sí el eco de sus argumentos.
Yo era feliz en mi pequeña seguridad y no quería cambiar nada. Aun así, por amor, me propuse hacer todo por él, hasta transformarme. Empecé por cambiar mi aspecto. Tiré ropa que había guardado para otras estaciones, gasté mis ahorros guardados con pesetas en una caja de lata en ropa moderna y colorida. Me corté el pelo al estilo de las artistas de Lavapiés, lo teñí de cobre. Decidí que no quería ser la sombra aburrida que Sergio recordaba. Después, encontré un nuevo trabajo diferente, organizando fiestas y eventos por Madrid. Descubrí una corriente subterránea de diversión.
Una semana después, Sergio regresó más pálido que nunca y no pudo creer el cambio. Le prometí entonces que viviríamos de otra manera. Y así fue. Apenas parábamos por casa. Conocimos gente extraña, fuimos a bares de Chueca, a conciertos en La Latina, paseamos sin mapa por barrios desconocidos, bailamos hasta el amanecer en garitos con nombres imposibles. Hacíamos escapadas en tren a Segovia o en coche hasta la playa de Valencia.
Pasaron algunos meses en esa espiral. Finalmente, Sergio confesó, como si ladrara un perro en la calle, que ahora deseaba silencio y tranquilidad, que echaba de menos mis platos de cuchara y la rutina perdida. Ahora yo nunca tenía tiempo para la cocina; mi energía se había mudado a los bares y las calles. La verdad era que yo tampoco lo echaba de menos: cambié tanto que su compañía ya no entraba en mis noches.
A la semana siguiente, Sergio me confesó que no podía seguir ese ritmo. Quería volver a la paz antigua, a la comodidad sencilla de antes, a mis lentejas y a nuestras cenas tranquilas. Pero ya era tarde; yo no quería regresar. Había aprendido a sobrellevar las responsabilidades, y ahora no pensaba renunciar a mi vida nueva. Me gustaba la vida anterior, pero no volvería atrás. Cuando Sergio pidió otra vez que todo regresara a lo de antes, la casa se llenó de gritos, platos rotos, vecinos asomados a la mirilla y llamadas a la policía municipal.
Al final, todo fue un torbellino: Sergio se fue con una maleta a casa de su madre, esperando probablemente que yo volviera, lavada de recuerdos. Pero eso ya era demasiado sueño dentro de un sueño. No somos personajes de cine. Si alguna vez regresara, encontrará sobre la mesa el sobre con los papeles del divorcio, junto a una nota en la que yo, Inés, le decía que ahora era yo la que estaba aburrida y que no podía vivir así nunca más.






