El comportamiento de mi sobrina se ha convertido en una extraña causa de inquietud para toda la familia, como si nos encontráramos en un sueño en el que el tiempo se dobla y las casas se llenan de voces ecoicas. Sus padres la han mimado de tal manera, que ella anda por los pasillos creyéndose una infanta de otro siglo, mirando de arriba abajo a cualquiera que se cruce, como si fuéramos fantasmas al servicio de su corte.
Todo comenzó el día en que ella nació, cuando la abuela materna, como una sombra cariñosa, se trasladó al piso pequeño y colmado de su hijo en Madrid, convencida de estar cumpliendo una misión sagrada. Pero en lugar de poner límites claros, los adultos se dedicaron a satisfacer hasta el más mínimo gesto de desagrado de la niña, como si su llanto fuera la orden de despertar al palacio entero en la madrugada.
Antes de cumplir seis meses, la pequeña a la que llamaron Guiomar, nombre tan antiguo como los cuentos de Castilla había aprendido ya a mover a su antojo el mundo de los adultos. En la casa reinaba un desorden caprichoso, como si la lógica hubiera abandonado el espacio, y los demás miembros de la familia quedaban relegados a la ausencia.
En un intento por recuperar la cordura y el silencio perdido, mi hermano ya exhausto y derrotado por el bullicio se marchó de la casa, aunque siguió cortejando a su hija con vestidos de seda, perfumes y zapatitos, cual princesa hechizada por los escaparates de la Gran Vía. Cualquier intento de los demás, incluidos los profesores de la guardería, por traerla a la tierra y enseñarle algo de humildad, acababa en gritos y discusiones estruendosas, como batallas medievales bajo la lluvia.
La educación de Guiomar se volvió una comedia de espejos: sólo existía su corona imaginaria; no había interés alguno por aprender, ni por dominar lo esencial del mundo real. Ahora, a punto de empezar primero de primaria en la escuela del barrio, sigue contando con los dedos y desconoce los saberes más elementales que los otros niños ya manejan, como si viviera en una niebla encantada.
Sus padres predican una crianza basada en dejar que la niña decida sin cortapisas, como si fueran personajes extraviados en un cuadro de Dalí. Sin embargo, la maestra, con voz cansada y ojos de quien ha visto muchos otoños, insiste en que una niña debe aprender a saludar con respeto y a hablar con sencillez a los mayores.
Hartos del caos y de las noches sin descanso, los abuelos y tíos decidieron limitar sus encuentros con Guiomar, para protegerse en sus propios sueños y recuerdos. Piensan que la responsabilidad de criarla y transmitirle algún principio recae, como una herencia antigua, en sus padres los reyes sin trono de este pequeño y surrealista castillo madrileño y que sólo ellos pueden insuflarle el valor y las claves para navegar en la realidad.







