Guía detallada: instrucciones paso a paso para el uso adecuado en España

Don Agustín dejó la bolsa encima del taburete en la entrada y, en vez de quitarse los zapatos enseguida, se quedó un momento escuchando. Desde la cocina volaba una voz irritada:
¡Te digo que se ha encendido sola! ¡Que yo no he tocado nada!
Se quitó los zapatos, los colocó con la puntera mirando hacia la puertaque para eso eran nuevosy fue para la cocina. En la mesa, junto a la panera y el salero, reinaba una flamante columna inteligente, blanca como una taza recién comprada en El Corte Inglés. A un lado, dos móviles, ambos con el altavoz puesto, y en uno de ellos un círculo girando con el mensaje: “conectando”.
El hijo, Rubén, estaba junto a la ventana, sujetando el cargador como si fuese una prueba decisiva de algún juicio de la tele. La nuera, Carmen, sentada en el filo de la silla, miraba a la columna como si en cualquier momento le fuera a replicar de vuelta.
Papá dijo Rubén, sin mirar atrás, ¿recuerdas dónde está la contraseña del wifi? Sin eso, esto no va.
Don Agustín, sí, se acordaba donde estaba la dichosa contraseña. La había apuntado él mismo, hace un siglo, en el reverso de la factura de la luz, y la guardó en la cajita de las pilas (para no perderla nunca). Pero no se lanzó corriendo a por ella. Primero, miró la columna. Tenía una luz encendida, tranquila, como una lamparita de las que sueles regalar por compromiso.
¿Y eso para qué sirve exactamente? preguntó don Agustín.
Para poner música respondió Carmen, encogiéndose de hombros. Y temporizador. Y eso de las luces con la voz. Pero… ahora resulta que si no escucha, que si error de red, y encima anoche, ¡se puso a hablar sola! Pegué un brinco de susto.
Rubén resopló.
Es normal, anoche se estaba actualizando, no pasa nada. Eso hace.
No pasa nada repitió Carmen, en ese no pasa nada iban el yo no lo pedí, el ¿por qué tengo que aguantar? y un ya estás otra vez de sabelotodo.
Don Agustín se sentó en su silla de siempre, junto al radiador, donde pelaba manzanas. Una micro-guía de instrucciones yacía en la mesa, sujetada por un imán con la cara de Antonio Banderas, directo de la nevera, por si una corriente quería llevársela en protesta.
¿Habéis intentado mirar el papelito? preguntó don Agustín.
Ahí pone todo en minúsculas bufó Rubén. Ahora ya todo va por aplicación. Lo miro en internet, es más fácil.
Tecló y rebuscó en el móvil, que le pedía permiso para el micro, permiso para los contactos Carmen frunció el ceño:
¿Para qué demonios quiere los contactos? ¿Va a llamar al banco?
Que no, mujer dijo Rubén, es para que funcione mejor.
¿Mejor para quién? murmuró Carmen.
Don Agustín estiró la mano hasta las instrucciones. Olían a imprenta, de esa que no tiene el más mínimo romanticismo, sólo olor a nuevo. Abrió la funda rígida de sus gafas, se las puso y leyó la primera página con el dibujito de la columna y las flechas señalando botones.
Dame la contraseña, venga pidió don Agustín.
Rubén fue al mueblecito de la entrada, rebuscó en la cajita de pilas. Se oyó el revoloteo de un nido de trastos y el resoplido de quien tropieza con su propia organización.
Está todo… menos la contraseña gruñó Rubén.
Está en la factura de la luz aclaró don Agustín, sin drama. La del mes pasado.
Rubén calló. A los dos minutos volvió con el papelito, como quien trae una pista de Cluedo. Carmen miró a don Agustín con cierta sorpresa: ni mago ni nada, pero la memoria todavía tiraba.
Don Agustín ahorró comentarios. Leyó la guía hasta la parte de conectar a red, luego tomó el móvil de Rubén.
¿Me dejas? preguntó.
Rubén asintió, algo incómodo. No era fácil ver cómo el padre, quien nunca había tenido smartphone, le quitaba el puesto de experto en casa. Pero don Agustín sólo quería silencio en la cocina, no cambiar de rey.
Pulsó permitir, introdujo la contraseña, asegurándose de cada letra como en un trámite en la Diputación. El nieto, Iván, se asomó:
Abuelo, ¿de verdad escucha todo?
Solo cuando la llamas explicó Rubén.
¿Y si le digo… la voz en plan secreto hazme los deberes?
Carmen sonrió, por fin relajada esa noche.
Ojalá.
La columna pitó: “Conexión realizada”. Rubén levantó una ceja, en gesto triunfal de estadio. Al momento, Carmen preguntó:
¿Y esta noche va a hablar sola otra vez?
Si ponemos las actualizaciones por el día, no aseguró don Agustín, avanzando por la guía.
¿Actualizaciones por el día…? repitió Rubén.
Don Agustín apuntó una frase, como en la pizarra del cole. Modo de actualización: automático, se puede programar.
Mejor de diez a doce de la mañana, que estáis en casa. Y ya.
Rubén trasteó el móvil, hizo lo que su padre dijo. Carmen suspiró aliviada, pero recordó otro asunto:
¿Y las luces? Dijiste que podría decir enciende, y se encenderían. El pasillo sigue tan tonto como siempre.
Hace falta una bombilla inteligente explicó Rubén.
Pero tú dijiste que la columna…
Que SE PUEDE, no que lo haga sola replicó Rubén, y aquel se puede podía incendiar desde conversaciones de dinero hasta discusiones filosóficas sobre quién debía comprar el pan o el eterno “no me escuchas nunca”.
Don Agustín hojeaba instrucciones: sección hogar inteligente. Pilló entre líneas como Rubén tensaba el gesto, dispuesto a explicar que eso es más complicado, y Carmen preparándose para el clásico tú no entiendes.
¿Y el robot ese que tenéis? preguntó don Agustín tranquilo. El redondito. También es listo.
Carmen animó la cara:
¡Uy, sí! Ayer se atascó bajo el sofá y berreaba. Lo saqué y pitaba como si lo torturara.
Rubén se rio:
No gritaba, daba error.
Me da igual como lo llaméis replicó Carmen. Yo acabé siendo la mala porque el sofá le vino bajo.
Don Agustín se levantó y fue al salón. El robot-aspirador reposaba pegado a la base, rezongón como gato ceñudo. La etiqueta con el nombre, ignorada. Don Agustín examinó los cepillos; uno tenía pelos enrollados. Quitó la tapa, sacó la maraña y la echó al cubo de basura en el baño con parsimonia. Volvió a colocar la tapa y presionó inicio. El robot pitó y, satisfecho, volvió a dormir.
En la cocina seguían con la trifulca:
Si lo iniciaste tú y luego pusiste una silla en su camino…
¡Puse la silla porque tú juraste que por ahí no pasaba!
Don Agustín regresó con el depósito del robot en la mano, casi pedagógico.
No se atascó por la silla anunció. Se atascó porque tenía el cepillo lleno de pelos. No podía. También avisa.
Carmen frunció la cara:
Uf. ¿Eso es de ayer?
Es de toda la semana respondió don Agustín. No es mala idea acordar quién limpia el cacharro, o poner una alarma.
Rubén abrió la boca para replicar, pero se guardó las palabras. De pronto el ambiente, por un segundo, pesó menos. No porque alguien tuviera razón, sino porque había surgido un tercer ángulo: nadie culpaba a nadie.
Papá dijo Rubén en voz baja, ¿tú cómo te has enterado de esto?
Leyendo respondió don Agustín, dando golpecitos en la guía de la columna. Y mirando. El aspirador también tiene instrucciones. ¿Dónde andan?
Carmen puso cara de no haberlo pensado:
En la caja, en el trastero. Yo pensaba que eran papeles de más.
Lo de más es cuando nos peleamos soltó don Agustín, tranquilo.
Las palabras cayeron sobre la mesa como una cuchara puesta junto al café. Carmen apartó la vista. Rubén se rascaba la cabeza.
Si no discutimos… intentó él, automático.
Solo debatís le corrigió don Agustín. Pero debatís como si hubiera que buscar un culpable. Y los cacharros, pues no van de culpables, sino de seguir pasos.
Carmen levantó la mirada.
¿Y yo tengo la culpa de asustarme si hablan de noche?
No, mujer respondió don Agustín. Es natural. Basta con ajustar para que no asusten. Y, ya de paso, decíroslo, no ir cada uno tirando a su bola.
Rubén se sentó frente a su padre. Tenía esa cara de quien sabe que la situación no va de tecnología, pero sigue sujetando el móvil como si algo dependiera de ello.
Anda, papá, vamos por partes. ¿Qué queda, entonces?
Don Agustín cogió el móvil, esta vez en plan compañero y no adversario tecnológico. Entró en el menú de comandos de voz: puso el modo no molestar por las noches, bajó el volumen para que no llamara al orden desde la cocina cuando hubiera alguien durmiendo en el salón.
Y si no te escucha, tampoco hay que gritar añadió, solo acércate. El micro está aquí.
Señaló los agujeritos. Iván, el nieto, se animó:
Columna, pon música.
La columna contestó: ¿Qué música quieres?
Cualquiera dijo Iván.
Poniendo lista de éxitos rectificó ella, y sonó algo animado, pero sin despertar a los vecinos.
Carmen se echó a reír:
¡Mira! Por lo menos, esta sí hace cosas sin discusión.
Rubén también sonrió, aunque sólo un segundo, como quien teme perder el control. Don Agustín lo vio y ni se inmutó. Sabía que a Rubén le importaba no mostrarse débil, pero para don Agustín lo esencial era que su hijo no tuviera que ser fuerte dentro de casa.
Papá, ¿y cómo es que nunca dijiste que hay que leer las instrucciones?
Lo decía contestó don Agustín. Pero escuchabais más al ruido que a mí.
Carmen suspiró:
De verdad, parecemos una concurso de a ver quién es más listo.
No más listo corrigió el abuelo, más dentro de la razón. Pero en casa, tener razón a menudo es quedarse solo.
Se calló ahí, porque tampoco era cuestión de dar mitin. Cerró las instrucciones y las puso bien visibles, entre el pan y la fruta, vetadas ahora a desaparecer.
Así que, venga. Hoy lo hemos configurado. Si mañana algo falla, primero miramos el librito. Después, hablamos sin el tú siempre. Y si no, me llamáis. Que de aquí no me voy.
Carmen asintió. Rubén también, un poco más tarde, como quien no quiere perder la costumbre.
Iván, mientras tanto, ya iba a lo práctico:
Columna, pon un temporizador de cinco minutos.
Temporizador puesto contestó la máquina.
¿Para qué? pidió Carmen.
Para el té dijo Iván. Que si no, se me escapa el agua.
Carmen miró al hervidor de agua, de toda la vida y sin ninguna lista función, y comentó con calidez:
Eso sí que me mola. Lo del temporizador. Oye, útil de verdad.
Rubén, despacio, se acercó, le puso la mano en el hombro a Carmen. No era gesto de película, simplemente estar y punto.
Don Agustín se levantó, recolocó el depósito del robot-aspirador, comprobó la tapa y que la base seguía enchufada. Apagó la luz del techo y dejó solo la lamparita sobre el fregadero.
La música sonaba bajito. El temporizador latía en la columna, invisible, pero puntal. Don Agustín guardó las gafas, limpias, en su estuche.
Papá dijo Rubén desde la puerta, como si tuviera que pedirle permiso a la noche, gracias.
Don Agustín agitó la mano, espantando una mosca estupenda.
No a mí, a la guía rectificó. Ella sí que es paciente.
Carmen sonrió:
¿Y tú?
Don Agustín los miró a ambos. Por un momento, le tentó soltar una frase brillante para relajar la escena, pero prefirió lo que mejor sabía.
Yo solo estoy por aquí dijo. Igual que vosotros. Con tal de no hacernos la guerra, es suficiente.
Y justo entonces, la columna con voz plácida entonó: Queda un minuto. Nadie se asustó.

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