Hace un mes, al regresar a casa del trabajo, me recibieron una Musia inusualmente silenciosa y Dima con una ceja levantada y aire pensativo.

Hace un mes, cuando regresé a casa del trabajo, me recibió una inusualmente silenciosa Lucia y Jaime, con una ceja alzada, pensativo.
¡Papá! No te vas a enfadar de verdad, ¿verdad?
¿Se te ha ocurrido vender a León por un millón de euros? respondí con ironía. León es nuestro gato sphynx, de pedigrí tan ilustre y puro que todos parecemos de pueblo junto a él. Incluso Jaime, que presume de antepasados remontándose a los Reyes Católicos. A León, si uno se lo propusiera, realmente podría venderlo por un millón o cerca.
¡No, hombre! aseguró Lucia con vehemencia, ¡al contrario!
¿Al contrario cómo? no entendí. ¿Has comprado otro gato por un millón entonces?
Lucía sonrió con esa expresión de persona que trae noticias excepcionales.
¡No, papá! ¡No tuve que pagar ni un solo euro! ¡Me lo regalaron!
En ese momento a Jaime le dió tal ataque de risa que exigí explicaciones. En realidad ya intuía por dónde iba la cosa, pero quería conocer la magnitud del desastre.
El desastre resultó de gran calibre. La compañera de Lucia, Carmen, encontró un gatito minúsculo en un charco en las afueras de Valladolid. Se lo llevó a casa, pero sus padres y su perro no estaban por la labor, así que, ni corta ni perezosa, Carmen apareció al día siguiente en clase con el hallazgo: la gatita era una bolita de pena, ojos asustados (tanto Carmen como la gata), buscando quién la quisiese.
Verás, papá me explicó Lucia, nadie quería adoptarla y me dio tanta pena.
En ese instante me dieron ganas de atizarme con la escoba. Porque, sinceramente, a quien me estaba dando pena era a mí mismo: una vez ya había protagonizado este sainete. Hace ocho años, Jaime recogió de nuestro garaje de Salamanca un cachorrito ciego y rayado, de una semana. Intentamos criarlo con biberón. Aguantó tres semanas hasta que, una noche, murió. Así pasa con los gatos tan pequeños: a veces no sobreviven, y ya. Tras aquello adoptamos a León, pero la herida de aquel gatito tardé en olvidarla.
Esa herida en mí resonó inmediatamente al imaginar la nueva situación, con el riesgo casi seguro de un final malo. Además, no tenía previsto otro gato.
Bueno respiré hondo, enséñame qué tesoro heredaste gratis.
Me enseñaron una caja de cartón. Dentro: un revoltillo de trapos y, encima Pues bien, en español si dijéramos fantasmilla, sería eso. No llegaba al tamaño de la mano de Lucia, gris mugriento, tan flaquísimo que parecía que la mano que lo sostenía pesaba menos con él. Un esqueleto despeluchado con ojos de gremlin. Se entendía por qué nadie lo quería.
Hicimos con Lucia la charla protocolaria de “eres responsable de lo que domesticas” pero ya todos sabíamos que ese guiso de huesos se quedaba. Al menos, porque no lo aceptaría nadie más. La verdad: yo habría preferido que no.
Como ya teníamos un bebé y otro gato, el esqueleto felino fue puesto en cuarentena hasta la visita del veterinario: habitación aparte, caja, manta, botellita de agua caliente, arenero y dos peluches de compañía. Cada cuatro horas, alguien iba a alimentarla. Nuestro horario familiar resultó ideal: Jaime se acuesta tarde, Lucia madruga y la pequeña Roma despierta por las noches, así que alguien siempre estaba disponible para alimentar al minino con el biberón. (Roma aún no puede hacerlo, pero sí quien se despierte con ella).
Entre cuidados, Lucia se instalaba en la cuarentena para hacerle compañía y que no estuviera triste.
Que de tristeza poco tenía la gata lo supe cuando por la noche la encontré dormida bajo la manta en el sofá: cómo aquel bicho logró salir de la caja cerrada y trepar al sofá, es un misterio. Pequeño Houdini tirando de sus zarpas y negándose a declarar.
El veterinario sacó el sapito pulgoso de la caja de transporte:
¡Menuda preciosidad!
La preciosidad puso ojos de duende y maulló con voz chirriante.
Muy bien, campeona aprobó el veterinario.
Mi preocupación, claro, era cómo lavarla, secarla, peinarla: con cien gramos de gata, tan frágil como copo de nieve bajo la lluvia, daba miedo hasta mirarla mal. El veterinario lo solucionó con un método infalible: la duchó con espuma bajo el grifo, la refregó como mi abuela hacía con las medias, la enrolló en una toalla y solo le faltó centrifugarla. Ni un maullido de protesta. Quizá le gustó, quizá la experiencia traumática se perdió para siempre en su pequeño cerebro de nuez.
(No me preguntéis qué clase de conciencia cabe en una cabeza así; para mí, ni eso).
El veterinario siguió a lo suyo, click-clack de lengua: pruebas varias y diagnóstico la gata está bien para su estado, pero con desnutrición severa, anemia y poquísima fuerza.
La has salvado dijo a Lucia. En la cuneta no habría durado ni dos días.
Fue Carmen quien la rescató corrigió mi hija. Yo solo la traje a casa desde el cole.
¿De qué curso?
Sexto.
Entonces sí que la ha salvado, sin duda.
Por el tono de voz, para el veterinario, sexto de primaria es igual de peligroso para una gata que cualquier zanja.
Ya limpita, nuestro fantasmilla mejoró un poco y hasta fue tomando forma de gata. Las dos primeras semanas solo comía y dormía. Padecía cada dos por tres de la tripa, dándome disgustos: no quería que este animalito corriera el mismo destino que el otro. Yo, todo el día, comprobando si respiraba, si comía, el estado del arenero… El veterinario acabó por reconocerme la voz por teléfono. Cuando fuimos con la enésima diarrea, le dio unas palmaditas al animal, ya algo más relleno, y anunció alegre:
No os preocupéis más. Ahora sí: os toca vivir muchos años con este trasto.
Qué curioso es el ser humano. Un par de semanas antes, yo ni consideraba tener otro gato, y si me preguntan si quería adoptar un fantasmilla apaleado ni sabría de qué me hablaban. Pero bastó que Lucia trajese aquellos huesos a casa y todos nos angustiásemos por su salud, para que la noticia ahora os toca lidiar con el gato muchos años fuera lo mejor que me podían decir.
Ay. Si vierais la mejor noticia del mes Como cantaban unos viejos dibujos, anda el esqueleto solo.
El primer día pensábamos que era gata. Pero antes de la segunda visita al veterinario, yo miré mejor y creí que era gato. El rato al médico lo pasamos eligiendo nombre. El día anterior habíamos visto juntas el dibujo La casa de Tócame Roque, y desde entonces Lucia no paraba de repetir: ¡Ciriaco! ¡Ciriaco! Le parecía el nombre más quejumbroso del mundo. Decidimos llamarlo Ciriaco.
Pero luego el veterinario nos informó que sí era gata. ¡Pero ya tenía nombre! Así que Ciriaco el gato se transformó en Ciriaca la gata. O simplemente Ciria, o Ciri, o Cirilina, y si hay que ponerse serios: Doña Ciriaca. A Roma, por su parte, le sale decir ¡Aiiiiiiiii!.
Hoy día, nuestros cien gramos de gata se han convertido en medio kilo, y cada noche hay pelea por tenerla en brazos. No ha ganado en belleza, pero se ha hecho imprescindible. Al ronronear ese saquito peludo y feo sobre las rodillas, uno se siente mejor, sin saber por qué.
Por cierto, el veterinario nos explicó que era tricolor. ¿Cómo? Si es todo gris, encima gris y más gris… Ah, pero ¿veis ese subpelo blanco? Ahí está. Gris, por supuesto. ¿Y la tercera? Una banda beige le cruza la cara entera, como un antifaz de Carnaval. Así que tricolor, como la bandera de Holanda.
Hoy me topé cerca del portal con una gata adulta, enorme y completamente salvaje, de vivos colores. Caminaba nerviosa entre los setos. Al verme, se esfumó, pero sin dejar de mirar la casa de reojo. Y también era tricolor. Le dije que Ciria estaba perfectamente.
Hoy, al escribir esto, me quedo pensando que la vida te coloca en situaciones que no esperabas, y a veces, lo que parecía un desastre termina siendo lo mejor del mes. Por mucho que el corazón tenga viejas heridas, siempre hay espacio para una nueva alegría.

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Felicidad sin retorno