Recuerdo como acum multo timp, una mujer le confesó a otra, con una bondad palpable, que se encontraba sola y sin nadie que le echara una mano. Le explicó que su pensión escasa apenas alcanzaba para pagar el alquiler y sus medicinas, y que para comprar comida no quedaba casi nada. Una buena amiga se ofreció entonces a pagar la compra de víveres para aquella pobre abuela.
Un día, mi amiga de la infancia me llamó para preguntar si todo iba bien en mi familia. Resultó que su amiga, por pura casualidad, había visto a mi abuela en una tienda; aunque ella ni siquiera vivía cerca de aquel lugar.
Mi abuela, Asunción, siempre fue una mujer de gran vitalidad para su edad. Antes, era profesora de matemáticas en el colegio. Ahora jubilada, sus antiguos alumnos todavía la recuerdan con cariño y respeto. Pero aquel día, mi amiga la vio en la tienda y no encontró a la profesora llena de energía, sino a una anciana triste y apagada.
Con voz queda, la abuela Asunción le contó a la mujer comprensiva que se sentía sola y que necesitaba ayuda. Rebeló que la escasa pensión que recibía se le iba en el alquiler y los medicamentos, por lo que apenas podía comprar comida. Conmovida, la amiga le compró algunos alimentos a aquella pobre abuela.
En otra ocasión, mi amiga salía de una tienda con una mujer mayor y se acercó a ella con intención de ayudar. Pero la señora le susurró enseguida vuelve a casa y se fue rápidamente. Supusimos que había habido algún malentendido. La abuela de mi amiga, en realidad, es acomodada y siempre estamos pendientes de ella. No obstante, descubrimos que lo que quería esa mujer tan solo era comprar algo de comida.
Esa tarde, fui a visitar a mi abuela. No quise andarme con rodeos, así que le pregunté directamente. Después de escuchar su respuesta, me quedé sin saber muy bien cómo actuar con ella.
La verdad es que estaba probando una nueva estrategia que se me había ocurrido: irme a comprar a una zona lejana de la casa, lo más lejos posible, para no encontrarme con conocidos. Y, mira tú por dónde, me topé nada menos que con mi mejor amiga. Resultó ser el centro involuntario de mi experimento social. Estadísticamente, suele salir bien seis de cada diez veces. Además, los productos que consigo así, de camino a casa, los dono a la parroquia en vez de quedármelos. ¡Así que de algún modo estas personas ayudan también a los más necesitados!
Todavía no entiendo cómo alguien puede desarrollar una afición tan extraña en la vejez. Si te aburres, te buscas un perro o un canario, pensaba yo. ¡Qué lástima! Mi amiga, por su parte, me hizo prometer que no contaría a nadie lo sucedido.







