Mira, te cuento lo que pasó: eran como las ocho de la mañana y toda la familia de Roberto se reunió en la notaría, llenos de expectación porque una tía adinerada les había dejado, supuestamente, una herencia de esas que quitan el hipo. Como el notario se retrasaba, se notaba cómo aumentaba la tensión entre todos. La mayor de las hermanas, Carmen, no podía dejar de morderse las uñas de los nervios, deseando saber si ella estaba incluida en el testamento. Venga ya, tía, muestra un poco de respeto, deberías estar de luto. Al fin y al cabo, nuestro padre ya no está aquí, saltó Marcos.
No me llames tía, hombre, que aún soy jovenllámame Paloma, contestó ella un poco ofendida. Anda, que te crees tú que el maquillaje y esas sesiones de estética te van a quitar años, le replicó Marcos, visiblemente harto.
Al rato entró el notario, bastante serio, y después de mirar a todos, cogió una carpeta de papeles de encima de la mesa. ¿Estáis todos listos para que lea las últimas voluntades?, preguntó. Todos asintieron, mirando fijamente. El notario, con una media sonrisa, se puso a leer el testamento de Roberto.
Os dejo mi herencia a todos, pero no la va a recibir cualquiera. He decidido montaros una auténtica búsqueda del tesoro, como las que hacía mi madre con mis hermanos y conmigo de pequeños. Debéis empezar la aventura en mi pueblo natal. La familia nunca tuvo mucho dinero, pero compartíamos felicidad. Eso sí, como hijo mayor, heredé de mi madre un baúl; dentro encontraréis vuestos tesoros, pero solo el más avispado conseguirá la llave. Está escondida en la casa, no es fácil de encontrar, solo puedo desearos mucha suerte. Durante unos minutos, se hizo un silencio total; nadie se podía creer que hasta después de muerto, el abuelo les hubiese preparado un juego semejante.
La magia se rompió cuando Paloma, la hija mayor, dijo en voz alta: Mi marido, los niños y yo nos vamos ahora mismo al pueblo. ¿Se apunta alguien más a buscar la dichosa llave?
Marcos y yo no vamos a buscar ni baúl, ni llave, ni nada raro. Conociendo a nuestro padre, seguro que hay trampa. No queremos el dinero, soltó la más pequeña, Lucía.
Total, que Carmen, su marido y algunos primos pusieron rumbo al pueblo. Hicieron de todo: se subieron al pajar para mirar entre las cabras, buscaron pistas entre la paja y saltaron unas cuantas vallas. Los del pueblo los miraban como si fueran de otro planeta. En ese periplo, el vestido carísimo de Carmen acabó hecho unos harapos. Por fin, lograron dar con la llave y abrieron el baúl, y todos se quedaron boquiabiertos. Dentro solo había una nota y un buen puñado de caramelos.
Todas mis ahorros han sido donados a obras benéficas. Vosotros os lleváis lo que realmente merecéis. Gracias por haber traído alegría a mis paisanos, ponía en la notita, firmada con la letra de su difunto padre.







