Durante casi ocho años, alquilé un piso a una pareja de fuera: un chico y una chica. Él trabajaba en un taller mecánico y ella era dependienta en una tienda. El dinero del alquiler cubría los gastos de comunidad de mi piso, del suyo y aún me sobraba para la gasolina. Con ellos mantenía una relación cordial y durante todos esos años nunca hubo quejas. Pero el año pasado, la chica, Lucía, me llamó llorando. Me contó que le habían detectado un tumor en el pecho, que apenas había conseguido cita con el médico y que, tras semanas de espera para las pruebas, le confirmaron cáncer en tercera fase. Su novio, al enterarse, la abandonó. No tenía a nadie cercano que pudiera ayudarla; sus amigos, aunque presentes, no tenían muchos recursos. No podía pagar el alquiler porque él era quien llevaba el sueldo a casa, y sola no podía asumirlo. Me pidió dos semanas para mudarse. Decidió volver a su pueblo, donde había un hospital. Allí la operarían, pero el seguimiento sería complicado, y yo sabía que en Madrid tendría mejores médicos, más especializados. Así que le dije que se quedara en el piso sin pagar durante el tratamiento. Si podía aportar algo para los gastos, bien; si no, no pasaba nada, yo lo asumiría. Se emocionó, agradecida. Su madre vino desde el pueblo para cuidarla tras la operación. Todo salió bien: superó la cirugía, la quimio y entró en remisión.
Mientras vivieron allí, intentaron pagar algo de la comunidad, aunque no siempre el total. Decían que no querían abusar. Lo que más dolió fueron los comentarios de quienes conocían la situación: colegas del trabajo, algunos amigos, incluso mi madre me llamó tonta por “regalar” el piso en vez de alquilarlo a otro. ¿De verdad la gente ha perdido tanto la humanidad? El novio jamás volvió, y encima la insultó, diciéndole que con un pecho menos sería un monstruo. Lucía es guapa, pero esas palabras la destrozaron. Hoy está bien, sana, con revisiones constantes y buen pronóstico. Siguió trabajando, alquilando mi piso, hasta que conoció a otro chico. ¡Este verano se casa! Me alegro muchísimo por ella; nos hicimos amigas en este proceso y soy invitada de honor en la boda. Para otoño quieren pedir una hipoteca e irse a su casa. A mí no me arruinó dejar de cobrar el alquiler, aunque sí ajusté gastos. Pero no me importa: ayudar a salvar una vida no tiene precio.






