Un hombre de principios

Un hombre de principios

Aquel día Gabriel perdió los papeles por nada. Teresa, en ese instante, ni siquiera supo a qué venía todo aquello.

¿Te sentaste a la mesa con él? la voz de Gabriel era un filo helado. ¿Con ese hombre que engaña a su mujer con tu amiga?

Mira, Gabi, eso ni siquiera es asunto mío. Ni tuyo tampoco. Solo fui a charlar un rato con Lucía, había más gente intentaba hablar serena, aunque por dentro hervía. ¿Acaso tengo que revisar la moral de todo el mundo cada vez que tomo un café?

Para mí es cuestión de principios. No comprendo cómo mi pareja puede relacionarse con personas así.

Tu pareja no es propiedad tuya. Y mis amigos no te incumben.

Gabriel la miraba como si la viera por primera vez. Como si ella le hubiera traicionado.

Discutieron hasta quedarse roncos. Él hablaba de honor, de valores, de no poder estar con alguien que ampara la desvergüenza. Insistía: no debes sentarte con personas cuyo comportamiento va en contra de mis principios. Teresa trataba de explicarle que era una mujer adulta, que podía decidir sola con quién compartía mesa. Que su amistad de toda la vida con Lucía no dependía de sus lances amorosos.

No sirvió de nada.

Al día siguiente, Gabriel no dijo ni palabra. Ella tampoco. Luego, le llegó un mensaje: ¿Por qué no nos tomamos un tiempo?. Teresa esbozó una sonrisa torcida. ¿Un tiempo? ¿A los cuarenta y tres años? Respondió corta: No somos unos críos. Se acabó y punto.

Y llegó el silencio.

***

Tres días después, se sorprendió repasando cómo había comenzado todo. Como si rebobinara una película intentando encontrar el momento exacto en que todo se torció.

Se conocieron en una cena de amigos. Gabriel le llamó la atención enseguida: alto, elegante, con unos ojos grises como el mar Cantábrico. Divorciado, con dos hijos mayores, jefe en una constructora. Un hombre hecho, sin dramas tontos.

Él la miraba con esa mezcla de curiosidad y asombro de aquellos que llevan demasiado tiempo sin ver a una mujer de verdad. Teresa correspondía a sus miradas con cautela, pero sentía esa punzada interior.

Pareces una mujer que sabe ser feliz le dijo cuando la invitó a bailar.

Sé. No siempre resulta fácil sonrió Teresa.

Lo conseguirás aseguró Gabriel. Lo noto.

Teresa rió:

¿Y de dónde sacas tanta seguridad?

Medio año duró el hechizo. Llamadas cada mañana, mensajes con ternura, flores inesperadas, escapadas a la sierra. Él la presentó a sus amigos, decía lo correcto, la miraba rendido.

Me has tocado en suerte le repetía Gabriel.

Ella quería creerle. A su manera, no de forma ciega; la vida le había enseñado a guardar el equilibrio. Pero confiaba, porque él era adulto. Creyó que a ciertas edades ya no se jugaba.

Teresa, taza de té en mano, repasaba detalles al azar. No sentía pena. Solo una especie de fría curiosidad: ¿qué fue aquello? ¿Un arrebato? ¿Una prueba? ¿De verdad principios?

Recordó que, antes de aquella comida con Lucía, mandó a su amiga un mensaje: A ver cómo encaja Gabriel mi quedada con las chicas. Ya anticipaba críticas. Sólo quedaba por ver cuáles.

Y acertó.

No me acepta tal como soy por mis amistades supuestamente reprobables pensaba. Juan, o está en la luna, o se cree que la infidelidad es algo que ando perdonando. ¿Puede acaso tener más peso una queja abstracta que todo lo vivido? ¿De verdad para él los principios flotantes valen más que una relación de carne y hueso?

Recordó a su suegro y su abuelo: militares duros, para quienes honor y deber pesaban más que sentimientos y comprensión. Gabriel siempre lo repetía: El hombre debe tener firmeza, principios, no ceder.

¿Y ahora dónde estás? ¿Contento con tu rigidez? se sorprendió Teresa pensando. Orgulloso por no ceder jamás, pero solo.

De repente, lo vio claro: Gabriel la estaba poniendo a prueba. Demuestra que sabes obedecer por la pareja. Si ella hubiera justificado, pedido perdón, accedido, eso sería lo normalizado: Gabriel mete la pata, Teresa lo apaña. Después vendrían más exigencias. Tal vez, dentro de un año, ella acabaría pidiendo permiso: ¿Puedo ir a ver a mi amiga?.

Y lo peor: si alguna vez ella fallara, él jamás perdonaría.

No, gracias dijo en voz alta ante la cocina vacía. Ya no paso más por ahí.

***

A la semana, quedó con Lucía. Se sentaron en el mismo café. Lucía miraba la taza con un aire de culpa.

La culpa es mía, por haberme presentado con mi amante.

No digas eso cortó Teresa. Olvídalo. El problema no es ni tuyo ni de él. El problema es que Gabriel quiere educarme.

¿Y tú qué piensas? ¿Volverá a por ti?

Ya escribió.

¿Y?

No respondí.

Lucía se quedó boquiabierta:

¿O sea, ya lo tienes claro?

Teresa encogió los hombros:

Mira, si cedo ahora, perpetúo su conducta. Se establece la costumbre: el hombre la lía, la mujer lo salva. Todo dependería de mí. Y ya fui la salvadora eterna. Ahora quiero ser simplemente una mujer.

¿Y si viniera pidiendo disculpas, con comprensión?

No lo sé contestó Teresa sinceramente. Quizá sí, quizá no. Pero vino sin pedir perdón. Solo escribió: Podemos hablar. Ni un lo siento, ni un me equivoqué. Solo hablemos. Eso significa: déjame volver a contarte por qué tú tienes la culpa. No, gracias.

Estos hombres… suspiró Lucía. Ya podrían sorprender con algo decente.

Lo harán rió Teresa. Algún día.

***

Gabriel volvió a escribir a las dos semanas.

Hola. Te echo de menos. ¿Quedamos y hablamos?

Teresa leyó el mensaje tres veces. Dejó el móvil, fue a la cocina a servirse té. Después volvió, lo tomó y escribió:

Hola. No quiero quedar. Lo que pasó no tiene que ver conmigo. No pienso justificarme por quiénes son mis amigos, ni demostrar mi rectitud. Si eso es un problema para ti, es tu elección. Suerte.

Envié el mensaje. Al momento, soltó el aire.

La respuesta llegó en una hora: un texto largo, enredado, hecho de reproches y excusas. No quieres entender, he hecho tanto por ti, eres una egoísta. Teresa sonrió. Libro de texto.

No volvió a responder. Ni al día siguiente, ni a los tres, ni a la semana. Gabriel volvió a escribir: primero indignado, luego confuso, finalmente casi suplicando. Teresa leía en silencio.

Porque ya no quedaba nada que decir. Todo se había dicho.

Al cabo de un mes, advirtió que casi había olvidado su rostro. Solo quedaba la sensación difusa de que fue algo bonito, cálido, pero fugaz. Como un castillo de fuegos en San Juan: un instante de luz, y luego nada.

***

Tres meses después.

Teresa camina por el Paseo del Manzanares. Atardecer, brisa suave, el sol hundiéndose tras los tejados. A su lado, un hombre. Un nuevo conocido. Ingeniero, también divorciado, con hijos grandes. Habla poco, pero acierta. No la examina, no exige, no pone condiciones. Simplemente está. Por ahora.

¿Tienes frío? pregunta, al verla temblar levemente.

Un poco.

Él se quita la chaqueta y suavemente se la pone sobre los hombros. No dice nada.

Gracias.

No hay de qué.

Siguen caminando. En un silencio que no oprime, sino que reconforta.

Teresa piensa: quizá sea esto. O quizá no. Pero por primera vez no quiere analizarlo. Solo vive el momento, gozando de la tarde, el río, y la presencia de alguien que no exige que le demuestren nada.

Suena el móvil: un mensaje de Lucía. Teresa echa un vistazo y sonríe. Luego guarda el móvil y vuelve a mirar el río. Dicen que Gabriel sale ahora con una chica joven, que lo mira embobada y le da la razón en todo.

Teresa lo supo por amigos comunes y, lejos de alegría amarga, sintió una cierta compasión. No por ella misma, sino por él. Porque se ve que no entendió nada: el amor no es dominio. Es libertad.

Pero esa, ya, no es su historia.

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