Mi hijo no está divorciado, vive con su pareja, pero no tiene ningún poder de decisión en su propia vida. Cada vez que voy a su casa, mi nuera me exige que le prometa cuánto dinero voy a llevar, si no, no me deja ver a mi nieto.
Se casaron hace dos años. Desde el primer momento, esa muchacha no me convenció. Tenía la mirada llena de envidia y un afán por el dinero que se notaba a la legua. No hizo falta mucho desde que pusieron el sello en el registro, comenzó rápidamente a ponerme condiciones: que mi piso de tres habitaciones debía cambiarse por uno más pequeño y la otra mitad darla para que ellos vivieran a gusto. Y encima, que cómo era posible que mi hijo, un hombre hecho y derecho, no tuviera su propio piso.
Discutimos fuerte sobre ese tema, porque, para empezar, yo también tengo una hija, y segundo, ¿por qué motivo tendría que cambiar de piso solo para contentar a mi nuera? Ya les hemos dado a mis hijos una buena educación y el impulso necesario para arrancar en la vida. Ahora, lo demás, que lo ganen por su propio esfuerzo y cabeza, que a mí tampoco nadie me ha regalado nada, ni a mí ni a mi difunto marido.
Mi hija todavía no se ha casado, tiene un trabajo fijo y ha comprado un piso con hipoteca. Una época vivió conmigo y alquilaba su apartamento para poder pagárselo mejor, aunque ahora ya vive sola. Mi hijo, sin embargo, es muy blando. No quiere nada para él, solo hace caso a la boca de su mujer. No quiere vivir conmigo, y tampoco a ella le interesa, que dice que no es cosa digna estar en piso ajeno.
No era mi deseo vivir con ella en el mismo piso, lo habría aceptado para que pudieran ahorrar para la entrada de un piso propio. Pero eso de regalarles nada, ni venderles, ni nada. Cuando yo falte, los niños heredarán a partes iguales, ya se apañarán ellos.
Se lo dije todo esto a mi nuera tal cual, sin callarme nada. Y ella, ni pizca de vergüenza. Me dice: Madre, ¿no es un tremendo desperdicio vivir sola en un piso de tres habitaciones? ¿Eso le parece bien? Le rogué a mi hijo que pusiera a su mujer en su sitio, pero él apenas balbuceó nada.
No sé de quién ha heredado mi hijo ese carácter. Ni su padre ni yo somos blandos, ni mi hermana, pero él parece hecho de algodón. Me cuesta entender cómo consiguió casarse. Supongo que mi nuera era la que más prisa tenía y lo acogió como quien recoge lo primero que pasa.
A raíz de la discusión sobre el piso, no tuvo más trato mi nuera conmigo. Mi hijo alguna vez llamaba, pero nunca se acercaba, seguro que ella no le permitía. Por teléfono me llegó la noticia de que iba a ser abuela por primera vez. Me hizo mucha ilusión, así que quise hacer las paces. Compré un regalo, una tarta y fui a visitarlos, pero ella enseguida volvió con lo del piso, diciendo que su hijo iba a nacer en casa ajena, como si fuera un indigente. Otra vez con lo mismo.
No quise discutir con una mujer embarazada y simplemente me fui. Hay personas que, si son egoístas, no las cambias. Así que no volví a verla el resto del embarazo. Además, yo andaba de médicos en médicos, con la salud destrozada. Ni me avisaron cuando nació; lo supe una semana más tarde, porque a mi hijo le dio por llamar.
Me invitaron, aunque enseguida se adelantaron: mi nuera, sin rodeos, dijo que me ahorrara el regalo y que mejor entregara directamente dinero. No discutí, total, el dinero es dinero y los padres sabrán lo que necesitan. Saqué mis ahorros, que no se tiene un nieto todos los días, y me presenté el día convenido.
Mi nuera miró el sobre antes siquiera de saludarme y puso mala cara. Al parecer, diez mil euros le parecieron poco. No dijo nada en voz alta, pero la desilusión se le notaba de sobra. Eso sí, el niño era precioso y claramente tenía la nariz de su padre. No estuve mucho, saludé y me fui a casa. No volvieron a invitarme. Y yo tampoco insistí; al fin y al cabo, hay que dejar que la familia se acostumbre a un bebé. Pero después de tres meses, vi que no me llamarían más, así que llamé a mi hijo y le pedí visitarles.
Compré algo para el crío y una tarta para merendar. Mi nuera me abrió la puerta. Recibió los regalos, me miró con cara de pocos amigos y soltó:
De hecho, esperaba que la última vez hubiésemos dejado las cosas claras: No queremos sus regalos, queremos dinero para el niño.
¿Y entonces tengo que llevar un sobre cada vez que quede para ver a mi nieto?
¿Qué te parece? Por vuestra culpa vivimos de alquiler, mi marido solo trabaja él. Nunca habéis hecho nada por vuestro nieto, así que por lo menos dadnos dinero para mantenerlo.
La rabia me subía por la garganta. Mi hijo escuchando todo eso con cara de pasmarote, con el niño en brazos, sin decir ni mu.
Me dí la vuelta y me fui. No pienso humillarme ante nadie. No quiero comprarme la relación con mi nieto.
Hace casi un año que no hablamos. Ni ellos me llaman, ni yo a ellos. Pero la semana pasada mi hijo se dignó a llamarme, recordándome que era el cumpleaños del niño y que podía ir, eso sí, que no me olvidara del regalo. Mi nuera cogió el teléfono y me dijo directamente la cantidad: era el equivalente a mi sueldo mensual.
No fui, porque simplemente no tenía ese dinero. He tenido que asumir que no tengo ni ese nieto ni ese hijo. Si realmente fuera mi hijo, jamás dejaría que su esposa me chantajeara con mi nieto. Que se arreglen en su propio lodazal. No pienso pagar para ver a mi propio nieto.
Ahora reflexiono sobre qué haré con mi piso, para que, llegado el día, ni mi hijo blando ni esa señorita egoísta puedan quedarse ni con una parte.
Las familias no deberían medirse por el dinero, sino por el cariño y el respeto. Si permitimos que el interés domine nuestras relaciones, acabamos vacíos y solos, con mucho menos de lo que un día pensamos que tendríamos.







