Querido diario,
Hoy vuelvo a reflexionar sobre los vecinos de toda la vida, el matrimonio de Don Manuel y Doña Carmen, ya mayores, que tienen a su hija viviendo con ellos desde hace tiempo. Su nombre es Almudena, y todo el mundo en el barrio murmura sobre ella, porque tiene tres hijas pequeñas de padres distintos. Hay quienes dicen que quedó huérfana de padre, pero la realidad es que la vida no se lo ha puesto fácil.
Por lo que se cuenta, Almudena se casó por primera vez siendo apenas una cría, a los dieciocho años. Aquel muchacho, Javier, estaba completamente encandilado, y sus padres, lejos de oponerse, dieron su consentimiento pensando en la felicidad de su hija. Quién no quiere ver a su hija feliz, ¿verdad?
Vivieron juntos unos cinco años, pero los hijos no llegaban. Pronto comenzó a cuchichearse que algo raro pasaba y, como suele ocurrir, la culpa recayó sobre ella. Decían que antes de casarse se había portado tan mal, que Dios la había castigado sin la posibilidad de ser madre.
La relación con la suegra no era la mejor, Doña Rosario era muy tradicional, una mujer de pueblo que insistía a su hijo en que buscara a una mujer capaz de darle nietos. Decía que la principal misión de una mujer es traer descendencia. Al final, Javier cedió ante la presión materna y dejó a Almudena. Llegó el momento del divorcio, pero Almudena, cansada de trámites, prefirió mantener el apellido por no complicar aún más las cosas.
Pasó un tiempo y conoció a otro hombre. Sorpresa: se quedó embarazada enseguida. Quedó claro que el problema de fertilidad no era de ella, sino de su exmarido. Aunque eso ya no tenía remedio. El caso es que, al enterarse de la noticia, el futuro padre desapareció sin dejar rastro. No le quedaba otra, así que registró a la niña con los apellidos de su antiguo marido.
Curiosamente, Doña Carmen, la abuela, no se enfadó por la nueva llegada; al contrario, deseaba tener nietos. Con el paso de los años, Almudena contó de nuevo a sus padres que esperaba otro bebé. Al menos esta vez se había casado antes, lo que parecía un progreso para la familia. Pero su nuevo marido, Esteban, no tenía intención de ser padre tan pronto. El destino volvió a jugarle una mala pasada: la niña nació con problemas de salud. El padre, preso del miedo, también acabó marchándose, ni siquiera solicitó el divorcio.
El tiempo siguió su curso y, pese al consejo insistente de sus padres, Almudena inició una relación con otro hombre y decidió tener un tercer hijo. Sus padres estaban angustiados por la dificultad de alimentar a tantas bocas, pero Almudena estaba decidida y, aunque el padre también desapareció, la niña nació y recibió otros apellidos diferentes.
Por suerte, entre todos lograron comprar un pequeño piso en Vallecas; sus padres ayudaron con los ahorros y ella pudo respirar un poco. Pero tras una fuerte discusión familiar, Almudena se percató de que debía buscar la manera de mantener a sus hijas. Así que decidió solicitar la pensión alimenticia. ¿Y cuál fue el resultado? Ninguno de los padres quería reconocer su paternidad ni asumir responsabilidades; unos huyeron, otros incluso se atrevieron a amenazarla.
Y aquí está Almudena, rodeada de sus tres hijas, enfrentando el día a día en nuestro barrio madrileño, preguntándose si algún día encontrará algo de alivio. Parece que la historia vuelca sobre ella de nuevo todo su peso, y, aunque tiene a sus niñas, vuelve a tropezar en el mismo punto difícil de siempre.







