Le sacaron del orfanato cuando tenía dos años. Pero al orfanato llegó desde comisaría, adonde le llevó una patrulla tras encontrarle solo en la calle.

Lo recogieron del centro de acogida, cuando tenía apenas dos años. Antes de eso, había acabado allí tras una patrulla de la policía local que lo encontró llorando, envuelto en una manta, sobre un banco. Era en el parque del Retiro, justo donde solían reunirse los abuelos a jugar al dominó y los noctámbulos a celebrar sus extraños rituales cotidianos.

Sus padres adoptivos lo adoraban, volcando en él todo el amor imaginable, y guardaban con recelo el secreto de que era adoptado. Por eso, dejaron su vida en Valladolid y se trasladaron a Salamanca, con la esperanza de que el niño nunca llegase a descubrir su historia real.

Pero en el colegio, la confidencia se propagó como el viento en la meseta. Pronto lo apodaron Encontado, le señalaban, se reían, y algunos hasta le empujaban en el recreo. Él, siempre silencioso y dócil, jamás pudo comprender el motivo de tanta crueldad.

El día en que su padre volvió de la reunión con el director del colegio, la cara surcada de sombras, lo llevó a la escuela municipal de boxeo, a entrenar con un antiguo amigo suyo. Allí las cosas eran claras: golpes, caídas y más golpes. Pero él, con la sonrisa rota y los labios ensangrentados, siempre se levantaba dispuesto, agradecido casi, por ese descanso de las burlas y risas en el colegio.

Aprendió no solo a defenderse, sino a responder los insultos y borrar las sonrisas de los que lo humillaban. Se convirtió en el azote del instituto, una leyenda pequeña de los corredores fríos.

Al acabar, se matriculó en la carrera de zoología en la Universidad de Salamanca. La terminó con honores y pronto consiguió unirse a una expedición naturalista en Almería. A su regreso, le ofrecieron trabajo en una revista especializada de fauna ibérica y también fue contratado como cuidador en el zoo de Madrid.

Todo parecía encauzarse, hasta que llegó la enfermedad de su madre. Dejó universidad y trabajo, pasaba días enteros a su lado, intentando arañar tiempo para escribir artículos. La enfermedad llegó tras la repentina muerte de su padre, que falleció de un infarto mientras conducía su camión por la autovía a Burgos.

Después del funeral de su madre, regresó a su pequeño piso en el barrio de Chamberí. Allí todo olía y relucía a recuerdos insustituibles, ecos de quienes le dieron la vida verdadera.

Fue entonces cuando rescató el primer minúsculo gatito gris.

Ven, pequeño perdido le susurró. No llores más. Ahora todo irá bien. Yo también fui recogido un día de una calle.

El primero. Pronto, había un ejército de gatos y perros compartiendo sus días y sus sueños de mármol y tejados. Él se desvivía por todos: sacando las bolsas de basura, paseando perros, acudiendo peleón al veterinario. Así se deslizaron los años, entre el trabajo en el zoo, artículos para la revista y los cuidados infinitos a sus animales. Con su vida sentimental, las cosas nunca fluyeron.

Se presentaba a citas, claro está. Pero todo acababa cuando las mujeres descubrían la maraña de pelos, el olor persiste, el caos calmo de su casa. Sí, de esos hombres que viven atrapados por su mente y su sensibilidad.

Así llegó a los cincuenta; con un buen salario, prestigio en la universidad, lectores fieles en la revista… pero sin amor que le abrigase por las noches.

Esa cita la concertó por una web. La eligió solo por su sonrisa franca y mirada cálida de la foto. Cuando llegó al restaurante y se sentó, sintió el sudor frío pegado a la camisa.

Frente a él estaba una mujer de unos cuarenta años, elegante, piernas largas, vestida de una seda azul que parecía escapar de un atelier madrileño.

Madre mía pensó. Qué hago yo aquí, quién soy para esto. No tiene sentido. ¿Qué va a querer una mujer así, tan luminosa y joven, de un hombre ajado y sumido en pelo de animal?

Comieron algo ligero, bebieron apenas una copa de Rioja, más por cortesía que por deseo. Ella le observaba con una mirada inescrutable, preguntándose por qué seguía sentada ahí, si podría estar en otra parte aceptando mejores propuestas. Pero había algo infantil, una pequeña sonrisa casi indecente, tan desarmante y vulnerable, que la retenía.

¿Será tonto? pensó ella. ¿Por qué sonríe así? ¿Por qué sigo escuchando sus relatos sobre expediciones por Doñana y viajes a Extremadura…?

De pronto, él pronunció:

Disculpa. Sé que probablemente no volverás a contestar mis llamadas. Y además, en mi casa hay un desorden apoteósico, llena de gatos y perros.

Y sonrió.

Eso no es verdad… replicó ella, algo molesta. ¿Por qué mientes? ¿No te da vergüenza inventar estas cosas? ¿Qué pasaría si ahora decido ir a comprobarlo?

Perdón tartamudeó él, descolocado. Pero, en serio, lo digo de verdad. ¿Quieres venir a verlo?

Pagaron y subieron al destartalado Seat Panda que él conducía. Al llegar, abrió la puerta del segundo piso y en un instante, cuatro gatos y tres perros se le enredaron entre las piernas. Siete miradas asombradas y expectantes se posaron en ella.

Por favor… ¡Qué barbaridad! exclamó ella. Siete pares de ojos la espiaban. ¿Así que es verdad?

Claro, todos fueron algún día recogidos. Igual que yo.

¿Cómo que igual que tú? ella arqueó las cejas.

Encontado, nos dicen. Así me llamaban de niño.

Él recogió con prisa el montón de papeles y cáscaras del salón, la invitó a sentarse y sirvió unas lonchas de queso manchego y una botella de albariño.

Luego, viendo el rostro de ella endurecerse y los ojos lagrimear, preguntó si prefería algo más fuerte. Él sacó una botella de brandy solera reservada para ocasiones especiales.

Podrías darme un poco de orujo mejor sugirió ella.

Él sirvió, y ella, tras beberlo, sacó un pañuelo y se secó las lágrimas torrenciales.

Este orujo… ¡muy fuerte!

Él retomó la historia, hablando y hablando, por vez primera abriéndose a un alma ajena y cómplice. Ella sintió a los animales agrupados bajo la mesa, acechando, llenos de esperanza y miedo.

Ay, criaturas, murmuró acariciándolos uno a uno. Esperad, que ahora os echo una mano. Perdonadme le dijo a él. Pero tenemos tarea pendiente.

¿Tienes algo de ropa cómoda? preguntó de pronto.

Él, desconcertado, le sacó un viejo chándal del Atleti.

Al regresar vestida de deporte, señaló:

Ahora, tú y yo a limpiar y a sacar la arena de los areneros.

Ella comenzó a recoger las bolsas y al abrir la puerta para bajar la basura, vio a las cuatro gatas y los tres perros en formación defensiva. Siete ojos bañados en ansiedad, bloqueándole el paso.

Ella soltó una carcajada, se agachó y los acarició:

¡Os juro que vuelvo! ¡Palabra de honor! Aquí me tenéis. ¡Ahora vuelvo!

Y, por fin, los animales la dejaron salir.

Al regresar, preguntó:

Oye… ¿no has leído mi perfil en la web de citas?

Él bajó la mirada y aquella sonrisa de niño asomó de nuevo:

La verdad, ni me fijé… Solo la foto me atrapó y escribí.

Ya… Pues si lo hubieras leído, sabrías que soy veterinaria, doctora y dueña de una clínica aquí en Madrid.

¿En serio? se le escapó el aliento.

Ella le sonrió, le besó y los gatos se restregaron en sus piernas; los perros ladraron y saltaron jubilosos.

Anda, ven dijo ella. Vamos a preparar algo de desayuno, que mañana hay que levantarse temprano.

Desde entonces, en el piso de Chamberí flotaba el aroma a luz, pan recién hecho y ternura. Gatos y perros perezosos y rollizos ocupaban cada rincón. Y poco después, todos se mudaron a una casa espaciosa detrás de la Gran Vía.

Él nunca llegó a comprender cómo ni por qué había caído tanta dicha en su vida. Pero, sus mejor dicho, sus animales sí lo sabían: porque también los gatos y perros piden milagros para las personas que aman. Y, a veces, los ángeles con bigotes escuchan y ayudan… a quien realmente lo merece. Aunque sea solo a veces.

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