Dejé al niño con mi madre porque me cansé de él.
Sentada con porte de reina en el todavía robusto sofá, cubierto con una colcha de algodón bordada con gallos, Purificación pasaba despacio los papeles dispuestos en abanico sobre la mesita pulida. Enfrente, en el sillón, estaba su hija, Lourdes, que ya no tenía ni rastro de la inseguridad que la torturaba el mes anterior. Ahora se recostaba con elegancia, una pierna encima de la otra, y en su mirada brillaba una llama de firmeza.
Ya lo tienes todo decidido, ¿verdad? dijo Purificación, sin que su voz dejara resquicio de pregunta, sólo certeza. Deslizó la mano por la pila de documentos: el libro de familia, la tarjeta de la Seguridad Social, algún certificado de la guardería que ella misma había pagado hacía seis meses.
Mamá, por favor, no empecemos replicó Lourdes. Lo hemos pensado bien, Elías y yo. No avanzamos. No hay forma de que crezcamos como pareja si siempre hay alguien interrumpiendo. Marcos es un buen niño, sí, pero requiere toda la atención, grita, no encaja en nuestro ritmo, mamá. Elías es artista, necesita calma, necesita espacio y aquí sólo hay mamá, tengo sed, mamá, mírame.
Artista repitió Purificación, con el sabor amargo de tantos años saliendo por su voz. Años arrastrando sola a su hija, el trabajo y la casa. ¿No eras tú una madre? ¿O sólo? ¿Te das cuenta de lo que dices? Un hijo no es un perrito que encasquetas en otra casa cuando te estorba. Es tu sangre. Tiene tres años, Lourdes. Tres.
¡Precisamente! Lourdes se inclinó hacia adelante, la pasión temblando en su voz. Ahora podrá adaptarse rápido. Es más flexible de cabeza. Se acostumbrará. Es lo mejor para todos: yo podré empezar a vivir de verdad; tú, que siempre decías que te gustaría criar a un niño, lo harás por fin; Elías y yo por fin seremos pareja, y no una señora con mochila.
Purificación veía a una desconocida delante. Se acordaba de cuando Lourdes, pequeñita como Marcos hoy, se agarraba a su falda al pasar por el portal, ella renunciando a citas porque no tenía con quién dejar a la niña. Treinta años después, la escuchaba llamando a su hijo mochila.
¿Y cómo lo imaginas? ¿Te crees que soy inmortal? En breve me tocará la jubilación, tengo la tensión por las nubes. Tal vez me gustaría vivir en paz, no
¿No qué? cortó Lourdes, con un destello calculador en la mirada. Tú siempre dijiste que la familia es lo más importante y hay que ayudarse. Te lo pido por eso. No es que eche al niño a la calle: estará contigo, en su casa, con sus cosas. Nosotros iremos, llevaremos la compra, dinero. Este semestre queremos ir a la playa, Elías debe concentrarse en su exposición, alquilamos ya un estudio en el centro ¡es nuestra oportunidad! Yo he sufrido bastante ya con el padre de Marcos. Me merezco algo de felicidad.
¿Felicidad? sonrió con amargura Purificación, acariciando distraída el gallo bordado en la colcha. ¿Y la felicidad de Marcos no cuenta?
Contigo será feliz aseguró Lourdes, convencida como quien habla del tiempo. Lo malcrías, dejas que haga lo que yo prohíbo. Siempre dijiste que era demasiado estricta, pues ahora tendrás rienda suelta para educarlo. Haz de él lo que quieras. Yo seré feliz con Elías. No es para siempre, mamá; sólo hasta que empiece el cole, tres o cuatro años. Ya veremos luego.
¿Tres o cuatro años? murmuró Purificación, paladeando la frase. Quieres que críe a tu hijo tres, cuatro años, mientras tú haces de musa con tu artista.
¡De musa, sí! gritó Lourdes, con el rubor encendido. Tú nunca lo entendiste. Solo importa la apariencia, el matrimonio, los papeles, la vivienda Yo quiero amor, del grande. Con Elías siento que vivo, me muestra partes de mí que no imaginaba. Marcos es una carga que me arrastra al fondo, mamá, no quiero hundirme; quiero respirar a pleno pulmón.
Lourdes paseaba nerviosa por el cuarto y cada paso martilleaba la cabeza de Purificación. Miraba a su hija, tan arreglada, manicura perfecta, y no reconocía en ella a la que tres años antes apareció en su puerta, temblando con un bebé envuelto y suplicando: Mamá, me ha dejado, no puedo. Ahora la hija hablaba de herencia y de musas.
¿Y los papeles? susurró Purificación, como última defensa. ¿Quieres que sea yo la que lleve a Marcos al centro de salud, a la guardería, firme todo lo suyo? ¿Que cargue yo con la responsabilidad mientras vosotros disfrutáis de la vida?
Claro respondió Lourdes como si fuese lo más normal del mundo. Mañana vamos al notario, haces una autorización general. Nadie dirá nada; eres su abuela. Nosotros necesitamos paz, ¿sabes? Paz completa. Vivir.
Purificación se asomó a la ventana: un hombre balanceaba a su hija en el columpio, la pequeña reía a carcajadas. Sintió ganas de echar a Lourdes del piso, de no escucharla más. Pero sabía que si ella no lo hacía ¿quién lo haría por Marcos? ¿Quién cuidaría del niño, tan rubio y rollizo, si sus padres sólo veían en él una incomodidad?
¿Y si digo que no? preguntó. ¿Si te digo: es tu hijo, críalo tú? ¿Qué harías?
Lourdes se giró despacio. En los ojos ausentes de su hija, Purificación reconoció el final. No había rabia, ni pena, sino alivio.
Bien contestó Lourdes, con voz fría y cortante. Entonces acudiré a servicios sociales. Pondré la renuncia. Diré que no puedo, que no tengo recursos emocionales ni materiales. Lo llevarán a un centro, tal vez acabe con otra familia. Pero no tendrás que participar en nada. Tú eliges, mamá.
Purificación palideció tanto como sus mechones grises descolgados del moño. Miró a su hija y vio a una desconodida, a alguien capaz de atravesar cualquier frontera moral en pos de su tranquilidad.
¿Serías capaz? susurró Purificación, aún esperando un milagro. ¿Abandonarías a tu hijo por por un hombre?
Por el hombre de mi vida matizó Lourdes, fastidiada. Y no es abandonar: allí lo cuidarán, le darán estudios, comida, hasta puede que mejor que yo. Pero espero que no me obligues a eso, mamá. A ti siempre te ha importado más Marcos que yo. Demuéstralo.
Purificación asintió, vencida. No por debilidad, sino porque si no acogía a Marcos, el niño acabaría perdido. Su hija estaba hueca; la obsesión por Elías lo había vaciado todo.
Está bien, Lourdes musitó. Lo haré. Pero escucha: si buscas la felicidad sobre los huesos de tu hijo, pronto te pasará factura. Así no vas a ser feliz nunca, Lourdes.
Lourdes puso cara de fastidio, pero enseguida recompuso su gesto y recogió los papeles con eficacia, metiendolos en su bolso de piel, ese que Elías le trajo de Florencia.
Mañana a las diez en la notaría anunció desde el recibidor, arreglándose el cabello frente al espejo. Al mediodía te traigo a Marcos y sus cosas. Hazle sitio en el armario. Y no me mires así, mamá.
La puerta se cerró y Purificación se quedó sola en aquella sala, donde aún olía el perfume caro de su hija. Solo entonces las lágrimas, largamente contenidas, fluyeron sin freno.
***
En el piso de Elías, o como llamaban con orgullo ahora, el estudio-taller, flotaba el aroma del óleo, el aguarrás y el tabaco caro. Las paredes estaban cubiertas de lienzos. En la esquina, un caballete sostenía una obra inacabada, una mujer rompiendo ataduras que a la vista claramente tenía el rostro de Lourdes.
¿Bueno, qué tal? preguntó Elías, dejando la paleta cuando Lourdes irrumpió en la estancia, descalzándose entre pinceles y tubos. ¿La convenciste?
Por supuesto rió ella, rodeándole el cuello. Siempre supe que no sería capaz de decir no. Se apiada del niño.
Él dejó el pincel y la miró con expresión que ella confundió con admiración.
Eres despiadada, Lourdes dijo, en ese tono aterciopelado que la seducía sin remedio, y eso me fascina. Una mujer fuerte, que sabe lo que quiere.
¿Para qué perder el tiempo con remordimientos? dijo Lourdes. Yo quiero estar contigo y ser libre. Dijiste que necesitabas una musa sin ataduras. Aquí la tienes, sin llantos ni berrinches, sólo nuestro arte.
Nuestro arte repitió él, sonriendo de medio lado. ¿Estás dispuesta a serlo? Porque las musas también pagan su precio.
Ya he hecho el mayor sacrificio de todos susurró ella. He entregado a mi hijo por nosotros. Por ti.
Estupendo respondió Elías con suavidad, apartándose para mirar Madrid iluminado por la noche. Ahora tenemos el espacio que necesitamos. Siento que mi obra va a florecer. Y tú serás el eje.
Lourdes, de pie, descalza, sentía que flotaba. Pensó: A Marcos le irá bien con la abuela. Yo me gané esta vida.
Por la noche, cuando Elías desapareció en su taller una habitación donde ella no podía entrar, Lourdes, sentada en un sofá de diseño, subió a sus redes una foto con Elías frente a un cuadro de él, con el pie: La vida empieza cuando dejas de tener miedo a ser feliz. Llovieron los me gusta. Ninguna amiga preguntó por Marcos. Y Lourdes sintió que en esa nueva realidad virtual era aún más libre, más liviana. Decidió borrar todas las fotos de su hijo del móvil y las redes. ¿Para qué recordarlo? Empezaba una nueva vida. Borrón y cuenta nueva.
***
El mes pasó volando, rebosante de planes. Con Elías había cenas largas en restaurantes donde los llamaban por su nombre, escapadas a la sierra en su Seat León mi joya, decía él, paseos por parques, recitales. Él le escribía poemas en servilletas y ella los guardaba en el bolso, leyéndolos mil veces cada día.
La cita en la notaría fue incluso anodina. Su madre, rígida como una estatua, sólo temblaba de manos. Lourdes firmó el poder. Purificación representaría a Marcos en todo. Lourdes sentía, mientras firmaba, que le arrancaban un peso de tres años de encima.
Fuera, fue directa hacía Elías y proclamó desafiante:
Ya soy tuya del todo, Elías. Sin frenos.
Sin frenos puede ser peligroso rió él, abriéndole la puerta del coche. La sonrisa condescendiente que tanto amaba.
Pero emocionante replicó Lourdes, sentándose junto a él.
Purificación salió de la notaría con Marcos cogido de la mano. Él miró la parte trasera del coche alejarse, la abuela, y preguntó con su vocecilla:
¿Abuela Puri, mamá se ha ido? ¿Va a volver pronto?
Ella se agachó, sonriendo con dificultad mientras la congoja subía por su garganta.
Mamá tiene que trabajar mucho, Marcos. Vendrá a vernos. Por ahora vivirás conmigo. ¿Construimos juntos un garaje para tus coches? ¿El más grande?
¿Para mis coches? Sus ojos celestes se iluminaron. ¿Tienes un juego de bloques?
Habrá, Marcos. Todo lo que quieras respondió tirando de su manita hacia la calle alfombrada de hojas. Caminó pensando que Lourdes ni siquiera miró atrás. Se fue sin despedirse, con un punto final.
En el taller, Elías servía vino tinto en copas de cristal. Lourdes, en el sofá, las piernas dobladas, sentía que había ganado la lotería.
Por nuestra libertad brindó Elías.
Por nuestro amor corrigió Lourdes, chocando las copas. La libertad sin amor es sólo vacío.
Qué sabio asintió Elías. Pienso en ir al sur, un mes: mar, sol, pintura y tú. ¿Te apetece?
¿Un mes? ¿En serio? ¿Y tus cuadros?
No se van a esfumar dijo él. Pero para crear necesito aire nuevo. Aquí, todo me ahoga. ¿Vendrías?
A donde tú me lleves suspiró ella, incluso al fin del mundo.
No preguntó por Marcos. Ni si su madre podría con la presión y los gastos. Ni pensó en llamar para interesarse. En su mundo nuevo no había sitio para lo viejo. Había borrado a su hijo igual que borró sus fotos.
*****
Pasó un año.
El ritmo de dulzura y euforia de los primeros meses con Elías reveló pronto la otra cara. El viaje soñado por la Costa del Sol duró tres meses sólo porque Elías agotó su dinero; Lourdes, que había dejado el trabajo, no tenía ni un euro. Descubrió entonces que Elías era un genio gastando, pero vendiendo Las galerías no querían sus cuadros. Demasiado personal, le falta oficio a su amigo, le dijo una marchante cuando Lourdes se los llevó.
Humillada, nunca se lo contó. Empezó a vender regalos para subsistir. Elías ni lo advirtió, o fingió ignorarlo. Se sumergía en crisis artísticas que alternaban con rachas de trabajo frenético y discusiones acaloradas, desvelándose noches enteras, a base de café. Todo era culpa de la casa, de las interrupciones.
¡Nunca entenderás! gritó un día, lanzando un pincel al suelo y salpicando el parqué recién limpio. ¡Eres mi musa, pero me ahoga tu presencia! Necesito soledad, y sólo oigo ollas y tus pasos. ¡Necesito paz, absulota paz!
Lourdes se quedó paralizada.
Puedo meterme en otra habitación balbuceó. Sólo preguntaba si cenarías
¡Cenar! Elías se echó las manos a la cabeza. ¡Problemas mundanos! ¡Con un universo naciendo dentro! ¡Silencio es lo único que necesito!
Salió y Lourdes permaneció en el sofá, a oscuras. Por primera vez en meses pensó en Marcos. Durante un año y salvo tres llamadas formales a su madre, no lo vio. Purificación dejó de llamar. Lourdes, en el fondo, lo agradeció.
«No tendrás felicidad», resonó la advertencia de su madre. Hasta ese punto no la había creído. Ahora sonaba a profecía.
Al día siguiente, Elías, afligido, le llevó café a la cama y empezó a disculparse, soy un desastre sin ti, tú eres mi salvación. Lourdes sonrió y respondió:
No pasa nada. Entiendo. Un artista es como un niño. Necesita quien lo cuide. Seré tu niñera.
Pero algo dentro se le quebró. Empezó a ver: el egoísmo de Elías, su autocomplacencia. Recordó los brazos de Marcos, cómo la abrazaba diciendo mamá, te quiero sin esperar nada. Un dolor nuevo la invadió. Lo llamó cansancio.
******
Medio año más, las peleas y reconciliaciones saltaban los límites, y la paz era cada vez más breve. Lourdes encontró un empleo común y corriente en una oficina pequeña; Elías lo vio como una traición.
¡Trabajas en esa oficina gris! ¡Tú, mi musa, yendo a ese mausoleo! ¡Has traicionado nuestro sueño!
Elías contestaba Lourdes, cansada. Hay que vivir de algo. Tus cuadros no se venden. Mis ahorros se acabaron. No puedo pedirle dinero a mi madre, que encima cría a mi hijo.
La palabra hijo quedó flotando entre los dos. Elías la miró como antes, pero la sonrisa ahora era cruel:
Ah, sí, tu hijo. El que te molestaba, el que te ahogaba. Te deshiciste de él y ahora lo usas de excusa para tu mediocridad.
Lourdes dejó de respirar un segundo.
Tienes razón dijo, quitándose el delantal. Lo entregué fácilmente. Ahora veo por quién.
¿Qué quieres decir? preguntó Elías, suspicaz.
Quiero decir que esto se acabó y soltó la frase con tanta calma, que parecía que por fin se quitaba una piedra del pecho. He cambiado a mi hijo por una ilusión. Eres guapo, talentoso pero dentro estás vacío. Igual de vacío que me quedé yo al dejar a mi hijo. Nos merecemos. Pero no quiero seguir así.
Recogió lo poco que le quedaba pues ya casi todo lo había vendido y se fue. Elías no la detuvo, sólo dijo con su sonrisa mordaz:
Ve. Vuelve con tu madrecita y ese niño que no necesitas. Ya veremos.
***********
En el piso de su madre la recibió el aroma a bizcocho, juguetes dispersos. Marcos, más alto y delgado, la miró en el umbral como a una extraña.
Hola, Marcos balbuceó Lourdes, poniéndose a su altura. ¿Me recuerdas?
Se escondió detrás de Purificación. Un año bastó para borrarla de su memoria infantil. Sabía que existía una mamá que a veces llamaba, pero en casa sólo conocía a la abuela.
Purificación cortó el paso a su hija.
Bueno, Lourdes, ¿ya has vuelto?
Mamá gimió Lourdes, tendiéndole las manos. Mamá, perdóname. Lo he entendido. He sido tonta. Quiero volver, quiero llevarme a Marcos.
Purificación calló. Marcos, curioso, se acercó a Lourdes, la tocó en el pelo, ahora opaco y descuidado.
¿Estás llorando? preguntó, serio. La abuela dice que llorar no vale, que hay que sonreír.
Lourdes intentó sonreír. Purificación suspiró y la dejó pasar.
Anda, entra y come algo, que luego hablamos.
En la cocina, Marcos la estudiaba con atención.
Lo sé todo dijo Purificación, sirviendo bizcocho. Sobre ti y Elías. Me lo contaron. Cómo vendías tus cosas, cómo te insultaba. Lo sabía. Te esperaba.
¿Por qué no viniste? preguntó Lourdes, llorosa. ¿Por qué no me avisaste?
¿Crees que me hubieras escuchado? le puso la taza de té delante. Hacía falta, Lourdes. Había que tocar fondo.
Ella bajó la cabeza, el remordimiento quemando por dentro. Recordó su frialdad aquel día en la notaría. Quiso desaparecer de vergüenza.
Mamá, dame una oportunidad suplicó sin mirar. Quiero a Marcos. Quiero ser madre.
Purificación miró largo rato al niño y luego preguntó:
¿Pero estás preparada? ¿Levantarte de noche si enferma? ¿No gritar si hace rabietas? ¿Quererlo por él mismo? ¿Como yo a ti incluso con tu dichosa autorización?
Lourdes la miró con algo nuevo en los ojos:
No lo sé, mamá. No sé si puedo. Tengo miedo de fallar, de agotarme, de que él no me acepte. Pero lo quiero intentar, ganarme su perdón y el tuyo. Sé que te he traicionado. No sé si hay forma de arreglarlo.
Marcos, cansado del silencio, se bajó del taburete, fue hasta el centro, miró a las dos con la seriedad de siempre.
Abuela, ¿esta señora se va a quedar aquí?
Lourdes se estremeció con lo de señora. Purificación le acarició la cabeza.
No es una señora, Marcos. Es tu madre. Ha vuelto. De momento estará con nosotros. Si no te importa.
El niño pensó y, tras mirarla bien, le tendió su última torre de bloques.
Toma, no la rompas. Me costó mucho.
Lourdes, al agarrarla, se echó a llorar y Marcos retrocedió, asustado.
Me quedo dijo Lourdes. Si me dejas, mamá. Haré lo posible, día tras día.
Eso veremos respondió Purificación, con un matiz de esperanza. Ya lo veremos.
Lourdes volvió. Y esto era solo el principio. El más difícil, y quizá el más verdadero, de los caminos de su vida. Un trayecto sin fuegos artificiales de pasión, sólo trabajo paciente con ese pequeño que le tendía su tesoro y decía: Toma. No lo rompas.
Y prometió no romperlo.






