El abuelo ya no está

El abuelo ya no está

Clara acababa de volver de otro viaje de trabajo y ni siquiera le había dado tiempo a quitarse el abrigo ni deshacer la maleta, cuando sonó el teléfono. Era su madre.

El tono de voz de Carmen Ortiz estaba cargado de inquietud, pero Clara, agotada, no le prestó mucha atención.

¿Clara, hija, ya has llegado a casa?

Hola, mamá. Sí, por fin. Acabo de entrar al piso. ¿Pasa algo?

Qué bien, cariño, me alegro de que estés en casa.

Clara sintió que su madre quería decirle algo importante, aunque estuviera dándole vueltas. Quizás no encontraba el modo de empezar, o era otra cosa.

Seguro que ha recogido cotilleos de todo el bloque y está deseando soltarme el último rumor pensó Clara. Pero no tenía fuerzas para eso, necesitaba una cama y un sueño profundo, porque no había dormido nada en el tren.

En el compartimento de al lado viajaba un grupo de jóvenes que, a partir del anochecer, no pararon de festejar. Tras la medianoche incluso ofrecieron un concierto improvisado. Guitarra en mano, se pusieron a cantar.

Incluso incluyeron su nombre en la canción:

«Flores de manzano y de pera,
la niebla en el río se va.
A la orilla salió Clara,
en la colina alta está»

Si Clara hubiera estado de buen humor, tal vez habría sonreído. Pero solo deseó que se rompieran las cuerdas de la guitarra. No pasó, por supuesto.

Mamá, voy a descansar un poco, a ducharme, y luego te llamo y charlamos, ¿vale?

Me temo que no va a poder ser… suspiró Carmen.

¿Cómo? ¿El qué no va a poder ser? solo entonces Clara notó el extraño timbre de voz de su madre.

Que no vas a poder descansar.

¿Por? Vengo de viaje, tengo derecho a descansar. No espero visitas ni pienso ir a casa de nadie. ¿O sabes algo que yo no sepa? Espero que no pienses aparecerte aquí de sopetón

Clara, cariño El abuelo ya no está

La cara de Clara perdió todo el color y, apretando el teléfono contra la oreja, se dejó caer en el sofá, aturdida por la noticia.

Esta mañana me llamó Lucía, la vecina del abuelo. Fue a llevarle leche y lo encontró en el umbral, mano al pecho, sin respirar. Seguramente pasó toda la noche así. Tenemos que ir al pueblo, hija, hay que enterrarlo. Los vecinos nos ayudarán. ¿Me oyes, Clara?

Clara estaba tan aturdida que no sabía qué responder. Logró balbucear un débil Sí

Lucía llamó al resto de la familia, pero nadie quiere venir al entierro. Dicen que si hubiese dejado herencia, se lo pensarían. Pero el caserón del abuelo ya sabes, lleva un siglo sin interesar a nadie Carmen hizo una pausa y prosiguió. Yo tampoco quiero ir a ese pueblo, Clara, sobre todo porque tu abuelo me prohibió volver a poner los pies en su casa. Ni para el entierro. Y yo, como le prometí, así lo haré. Toda la esperanza, cariño, eres tú. ¿Me entiendes? ¿Irás tú, Clara? ¿Lo acompañarás en su último viaje?

Se hizo el silencio. Clara miró la mesilla, donde reposaba la última carta de su abuelo, con el matasellos de hacía ya un mes. No había podido recogerla antes, pues estaba de viaje como siempre.

Era ya su tercer desplazamiento por trabajo en medio año, y la empresa la enviaba siempre a ella para poner en marcha nuevas oficinas: los demás empleados tenían mil excusas solo ella, sin ataduras.

Clara sonó la voz de su madre. No quiero que la gente piense que hemos olvidado al abuelo Era terco, sí, pero seguía siendo familia. Y tú con él te llevabas bien. ¿Le digo a Lucía que vas al pueblo?

Sí, mamá. Iré, claro pero

Clara se levantó y recogió la carta del abuelo, la sostuvo y la volvió a dejar.

¿Cómo ha podido ser, mamá? El abuelo estaba bien. Cuando fui por Navidad, estaba fuerte

Hija, esas cosas nadie las sabe Ya tenía una edad. Muchos no llegan ni a la jubilación, y el abuelo ya llevaba ochenta años Bastante ha vivido. Que la tierra le sea leve.

Clara estaba en estado de shock. Siempre había sentido un vínculo especial con aquel hombre, al contrario que los demás, quienes hace años dejaron de hablarle.

Su madre y él se guardaban mutua antipatía desde la muerte de Andrés, padre de Clara. El abuelo nunca perdonó a Carmen, creyendo que ella había fundido a su hijo mandándolo de aquí para allá en busca de más dinero y una vida más cómoda, hasta que un día, el corazón dijo basta.

En aquel funeral, el llanto del abuelo era un aullido insoportable. Y desde entonces, se habían distanciado, reservando su afecto solo para su nieta.

Clara, de pequeña, pasaba los veranos junto a su abuelo en el pueblo. Luego, al crecer, pasaron a escribirse cartas. Porque Don Julián nunca quiso saber nada de móviles ni ordenadores. Por eso, el resto de la familia y hasta los vecinos lo veían un poco fuera de época, un excéntrico.

Se le ha ido la cabeza chismorreaban las viejas en el banco de la plaza. Primero pierde a la mujer, luego al hijo. Normal que no esté bien.

En el último mes de su vida, los del pueblo empezaron a pensar que el abuelo se había trastornado del todo: hablaba con un gato. O eso decía él, aunque nadie jamás vio ese gato. Ni Lucía, la vecina, que le llevaba leche y bollos, llegó a verlo nunca.

Al colgar, Clara lanzó el móvil a la cama y se quedó mirando al vacío, hasta que rompió a llorar.

Había querido ir ese verano a verle y no lo había logrado, los viajes de trabajo no se lo permitieron. Su jefe, claro, siempre sonriendo, le replicaba ante sus quejas:

Por ley, Clara Ortega, tengo derecho. Si algo no te gusta, puedes dejarlo. Pero nadie te ofrecerá otra plaza con este sueldo

Y el sueldo era bueno. Por eso, Clara aguantaba, a la espera de un día poder volver a la calma de siempre.

*****

El entierro ocurrió como en esas escenas de imágenes partidas: silencio, la tapa del ataúd cubierta de terciopelo granate, martillazos, el féretro descendiendo con cuerdas al fondo de la fosa.

Solo quedaba echar tierra, y después, los ramos de flores, los lazos, la tumba recién hecha. «¿Se acabó? Clara no podía entenderlo. ¿Estaba el abuelo y ya no está?».

Todavía quedaba el clásico almuerzo: vino, licores, anís, algún plato típico y palabras dedicadas al difunto. Era solo así en esas conversaciones, en los recuerdos como Don Julián seguiría vivo. Ya no de carne y hueso, sino en la memoria de quienes lo quisieron.

Al terminar la comida, los lugareños, tras dar el pésame a Clara, se dispersaron. En cuanto se vio sola, la melancolía la invadió.

«No he llegado a tiempo, abuelo» suspiraba.

Buscando despejar la cabeza, se puso a limpiar la casa: aireó las habitaciones, fregó el suelo de tablas, quitó el polvo, barrió telarañas, metió en la nevera las sobras de la comida.

Respiró aliviada.

La casa, sencilla y espaciosa, tenía el aroma rústico propio de las casas viejas de un pueblo de Castilla.

Al asomarse al porche, Clara llenó los pulmones del aire denso y aromático del atardecer y fue a dar una vuelta por el corral. Allí, los bancales de la huerta esperaban aún sin sembrar, las hileras deshabitadas de lechugas y cebollas, nada. Quizás el abuelo sabría que no iba a durar mucho.

Los manzanos, en flor blanca, y los arbustos de grosellas y frambuesas daban al huerto el aire de tiempos pasados. Don Julián nunca dejó que la tierra se echara a perder.

«¿Quién cuidará esto ahora?» pensó Clara con tristeza.

Sentada bajo un manzano, llamó a su madre para contarle que ya estaba hecho todo.

Bien hecho, Clara. Al fin y al cabo, sigue siendo una persona.

Era una buena persona, mamá. Solo le tocó demasiado dolor en la vida. Pero tú no guardes rencor.

No, tranquila, hija Que en paz descanse. Pero dime, ¿cuándo piensas volver a casa? ¿Mañana? ¿Hoy? Estarás asustada sola en el pueblo

No, mamá. He pedido unos días libres y me quedaré aquí más tiempo. Quiero descansar lejos del ruido y además, son los nueve días. ¿No vienes tú?

Yo, hija tan lejos, y encima con las faenas de la huerta Ya sabes que estamos en temporada

Como quieras Solo te recuerdo que aquí también está la tumba de papá. Y tú no has venido nunca desde el entierro.

Bueno, ya le dije a Don Julián que sería mejor enterrar a Andrés en la ciudad, no aquí. Pero no me escuchó. Ay, Clara, me empieza ya mi serie. Te llamo luego, ¿vale?

Clara sonrió.

Doña Carmen, fiel a sus costumbres: cuando no sabe qué decir, siempre está ocupada.

Regresó dentro y preparó una infusión de hojas secas de grosellero, menta y melisa de la despensa del abuelo, la bebió y se fue a la cama.

Antes de dormirse, sacó la carta del abuelo. Aunque ya la había leído, la inquietud no la dejaba en paz.

Siempre el abuelo hablaba de sí mismo pero esta vez, todo giraba en torno a un tal gato Negro.

¿Un gato? Jamás hubo animales en esa casa ni le gustaban especialmente a Don Julián.

Volvió a leer la carta, buscando sentido.

«No te imaginas, nieta, este Negro resulta que le gusta la leche. Dicen que a los gatos adultos no les conviene, pero ayer se bebió media botella. Tendré que pedirle más leche a Lucía. Ya me ve raro, pues normalmente el litro me dura una semana. Ahora cada dos días a por más. Claro que me la vende, no es gratis, y Negro es muy tragón. Fíjate que apenas lo he visto más que una sombra pasando hacia la cuadra. Ni de día ni de noche, solo siento sus ojos mirándome la espalda. Me gustaría verte, nieta, a ver si tú consigues atraparlo. O quizá juntos. Me parece que algún humano lo hirió y por eso rehúye a la gente.»

Solo algunas frases, pero no encajaba nada

No había encontrado ni rastro de gato alguno en la casa ni fuera, por más que llevaba días allí. Ni rastro. Pero sí esa sensación de una mirada clavada en la nuca, la había sentido claro aquel día.

«Mañana tendré que preguntarle a Lucía por ese Negro»

*****

Se despertó al amanecer.

Rayos de sol colándose entre las cortinas, gorriones trinando, gallos de otros corrales echando pulsos de voz.

Un despertar extraño, todo latía como en una fantasía rural.

Clara se levantó, abrió la ventana de par en par y, ojos cerrados, se dejó envolver por aquellos sonidos silvestres.

Recordó su infancia, los nidos que hacía con el abuelo, los veranos de juegos y tardes, y aquel gato misterioso en la última carta

¿Un gato, dices? se asombró Lucía.

Eso parece Negro lo llamó. Pero antes de abril no me dijo nada en sus cartas, y en la última solo habla de él

Ah, sí, hace un mes el abuelo comenzó a hablar con un gato. Yo pasaba cerca y le escuché rogarle que saliera Miré por encima del muro y allí no había nadie con él. Así varios días. Después, charlaba solo, contándole de su vida, de la mujer, del hijo Y siempre le llamaba Negro. Varios vecinos lo oyeron, pero nadie vio al dichoso gato. Ni en la casa ni en el patio. Y mira que yo entré muchas veces: a llevarle leche, bollos, charlar Al preguntarle, se reía: Cuando lo atrape, te lo enseñaré. Yo creo, Clara, que se le fue un poco la cabeza Si el gato existiera, ¿no lo habría visto ya alguien?

No lo sé No parezco loca, pero el abuelo tenía la mente clara en las cartas. Quizá el gato era tan hábil que nadie lo vio Por cierto, ¿aquí nadie tenía un gato negro perdido?

Eso es lo raro: no hay ningún gato negro en todo el pueblo.

Después de hablar, Clara regresó y ocupó las horas en limpiar y ordenar. Pero no dejaba de dar vueltas al asunto del supuesto Negro.

Mientras tanto, oculto en la sombra de un cobertizo, un auténtico gato negro la observaba con los ojos como carbones. El único por el que sentía algo era por ella.

Algo de la joven le resultaba cálido y conocido Tal vez era la nieta del hombre bueno que le alimentó, le habló, le arropó estos meses.

Negro no se atrevía a mostrarse, solo vigilaba de lejos. El miedo a los humanos pesaba más que la curiosidad. Desde pequeño le habían golpeado, lanzado cosas. Así anduvo de pueblo en pueblo, buscando un rincón propio.

Un día se topó con Don Julián: ojos nobles, voz tranquila. Fue el primer hombre que no le asustó. Escuchaba sus historias bajo el manzano, o en el banco, y sentía compasión.

Pero la cautela pudo más; nunca se atrevió a dejarse ver del todo. Ahora, arrepentido, se lamentaba de no haber dado el paso. La noche que Don Julián no estuvo, el olor de la muerte flotaba en el aire. Corrió a la puerta, a las ventanas, pero todo permaneció cerrado. Lloró a la intemperie hasta el amanecer.

Ahora, Negro espiaba a la chica desde el seto. Algo en su instinto le indicaba que podía confiar. Pero aún así, seguía aguardando.

Hasta los nueve días, cuando Clara se giró y lo vio, negro y temeroso.

Era el día de los nueve días. La finca estaba aún llena de gente. Negro temblaba bajo las zarzas, más silencioso que nunca. Pero cuando todo quedó vacío, bajó la guardia y se dejó ver, sin querer.

¡Así que existes, Negro! exclamó alegre Clara. El abuelo decía la verdad. Ven, vamos a conocernos.

Pero en cuanto avanzó, el animal se desvaneció con un soplo de viento.

No seas tímido, Negro Mañana vuelvo a la ciudad y no quiero irme sin verte Ven, no haré daño.

En ese momento, Lucía se acercaba con empanadillas para el viaje. Oyó la conversación, miró por encima de la valla y, aunque vio a Clara, ni rastro del gato.

«Esto ya es de locos pensó Lucía, regresando a casa y olvidando las empanadillas. Primero el abuelo, ahora la nieta hablando con gatos invisibles ¿Las locuras ahora se pegan por el aire?»

Por la tarde, nubes negras taparon el cielo, y la atmósfera se tensó con relámpagos distantes y el cacareo inquieto de las gallinas de Lucía.

Esto va a ser tormenta murmuró Clara mirando el cielo plateado. Van a caer chuzos de punta.

Y sí, se levantó un vendaval y al poco un aguacero cerrado. Las primeras gotas ya la obligaron a correr.

Clara llamó varias veces a Negro para que entrara, pero no apareció.

El gato, temblando en su escondite, temía la tormenta todavía más que a los humanos.

*****

La lluvia traqueteaba el tejado sin tregua, con ráfagas frenéticas. Llegó la noche, y Clara no podía dormir.

¡Hasta que un trueno explosivo la hizo incorporarse en la cama, paralizada! Por la ventana, la lluvia y los relámpagos iluminaban la vieja casa.

De pronto, dos ojos encendidos asomaron por la rendija.

¡Dios mío! gritó Clara, echándose atrás.

Y en un segundo, una sombra negra, empapada, entró corriendo, cruzó de un salto la habitación y se refugió bajo la cama.

«¡Es Negro!», pensó.

Le costó sacarlo de allí, pero al fin el gato cedió. Lo secó con una toalla y lo subió a la cama. Juntos, acurrucados, pasaron la tormenta acompañándose en la oscuridad. Ahora, el trueno y los destellos ya no asustaban tanto.

*****

Clara despertó con el sonido de alguien forcejeando con la ventana. Era Negro, por supuesto.

El sol ya se insinuaba tras las cortinas, y la tormenta había pasado.

¿A dónde vas, pequeñín? se rió, viendo al gato trepado en el alféizar.

El animal dudó, giró la cabeza, y en la mirada parecía disculparse por su nerviosismo nocturno.

Miau dijo, arañando la ventana.

Un momento, Negro. Primero desayunas, y luego decides. Yo creo que el abuelo querría que me lo llevara. Y yo, la verdad, también quiero llevarte. Pero la decisión, gatito, es tuya. Espero que la tomes bien.

Dándole de comer, le abrió la puerta y preparó su equipaje para volver a Madrid. Quedaba tiempo hasta el autobús.

Cuando salió al porche, Negro le esperaba.

El animal se puso de pie, la miró a los ojos, y se frotó contra sus piernas. Había elegido: iría con ella a la ciudad. Ya no tenía miedo. Bastaba de esconderse. Quería, por fin, ser un verdadero gato doméstico.

Muy bien sonrió Clara. Sabía que decidirías así.

Cuando Lucía la vio entregar las llaves del caserón llevando en brazos al gato, se asombró.

¿Ese es el gato?

Sí asintió Clara. Así que no había locura en mi abuelo. Solo un gato asustadizo, que pensaba que el mundo era demasiado grande para él Pero el miedo ya pasó.

Ya veo. No te preocupes, Clara, yo cuidaré la casa de tu abuelo. ¿Volverás algún día?

Por supuesto. Negro y yo vendremos juntos. No sé cuándo, pero volveremos.

Bien. Y llévate esto para el viaje dijo Lucía, dándole una bolsa de empanadillas.

Gracias, Lucía. Por todo.

Ya sentada en el autobús, Clara miró el cielo, y por un instante le pareció distinguir, dibujada en las nubes, la cara sonriente del abuelo. Negro, en su regazo, también se asomó al cristal.

La cara suspendida sobre el cielo les sonreía, incluso les guiñaba un ojo.

Luego la nube desapareció. ¿Sería real o imaginación? Poco importaba.

Lo esencial era saber que el abuelo seguía con ellos: en sus recuerdos, en sus corazones; y dondequiera que estuviese Don Julián, seguro que estaría feliz de que su nieta y el enigmático Negro se hubieran encontrado.

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El abuelo ya no está
—¿Cuándo fue la última vez que te miraste al espejo? —preguntó el marido. La reacción de su esposa dejó a todos sin palabras Mientras Alejandro terminaba su café matutino, observaba de reojo a Marina. Su pelo recogido con una goma infantil, de esas con gatitos de dibujos animados. Sin embargo, Cristina, la vecina del piso de al lado, siempre iba impecable: fresca, radiante, con ese aroma a perfume caro que se quedaba en el ascensor incluso después de que ella se marchara. —¿Sabes? —Alejandro dejó el móvil a un lado—. A veces pienso que vivimos como, bueno, como vecinos. Marina se detuvo, el paño inmóvil en su mano. —¿Eso qué significa? —Nada en particular. Solo que… ¿cuándo fue la última vez que te miraste al espejo? Ella entonces lo miró intensamente. Alejandro supo que algo se salía de su guion. —¿Y tú cuándo fue la última vez que me miraste a mí? —preguntó Marina en voz baja. El silencio se volvió incómodo. —Marina, no dramatices… sólo digo que una mujer siempre debe lucir increíble. Es algo básico. Mira a Cristina. Y eso que tiene tu edad… —Ajá—respondió Marina, alargando la vocal—. Cristina. Algo en su tono puso a Alejandro en alerta. Parecía que había entendido algo importante de golpe. —Ale, —dijo después de una pausa—, mejor así: me voy unos días con mi madre. Pensaré lo que has dicho. —Está bien… Vivamos separados un tiempo, pensemos. Pero ojo, no te estoy echando. —Sabes —Marina colgó el trapo en el gancho con sumo cuidado—, quizá de verdad debería mirarme al espejo. Y se fue a preparar la maleta. Alejandro se quedó en la cocina pensando: “Vaya, esto era lo que quería”. Aunque, por alguna razón, no se sentía alegre, sino vacío. Tres días vivió Alejandro como en vacaciones. Café sin prisas por la mañana, por la noche hacía lo que le apetecía. Nadie ponía las telenovelas de amor y traición. Libertad, sí. La ansiada libertad masculina. Por la tarde se cruzó con Cristina en el portal. Llevaba bolsas de El Corte Inglés, tacones, un vestido que le sentaba como un guante. —¡Alejandro! —le sonrió—. ¿Cómo estás? Hace tiempo que no veo a Marina. —Está con su madre. Descansando—mintió sin dificultad. —Ah… —Cristina asintió, comprensiva—. A las mujeres a veces nos viene bien una pausa. De la rutina, del día a día. Lo decía como si ella nunca hubiera conocido la monotonía. Como si su piso se limpiara solo y la cena surgiera con un simple chasquido. —Cris, ¿te apetece tomar un café algún día? —le salió a Alejandro—. En plan vecinos. —¿Por qué no? —sonrió ella—. ¿Mañana por la tarde? Aquella noche Alejandro estuvo planeando el día siguiente. ¿Camisa? ¿Vaqueros o pantalón de vestir? ¿Colonia? No pasarse. Pero por la mañana sonó el teléfono. —¿Alejandro? —una voz desconocida—. Soy Carmen, la madre de Marina. Se le encogió el corazón. —Sí, dígame. —Marina me ha pedido que te avise: el sábado vendrá a recoger sus cosas, cuando no estés en casa. Las llaves las dejará con el portero. —¿Cómo que viene a por sus cosas? —¿Qué esperabas? —la voz de Carmen era firme como el acero—. Mi hija no va a quedarse esperando toda la vida hasta que decidas si te importa o no. —Pero yo no he dicho nada de eso… —Has dicho suficiente. Adiós, Alejandro. Colgó. Alejandro se quedó en la cocina mirando el teléfono. ¿Pero esto qué es? ¡Ni que se estuvieran divorciando! Solo había pedido una pausa, tiempo para pensar… ¡Pero ya lo habían decidido todo sin él! El café con Cristina resultó raro. Ella simpática, interesante, hablaba de su trabajo en el banco, se reía con sus bromas. Pero al intentar tomarle la mano, ella la retiró suavemente. —Alejandro, debes entender que no puedo. Eres un hombre casado. —Ahora vivimos separados… —Ahora. ¿Y mañana? —Cristina lo miró fijamente. La acompañó hasta el portal y subió a su casa. El piso lo recibió con silencio y el olor de vida de soltero. El sábado se marchó adrede. No quería escenas ni explicaciones ni lágrimas. Que Marina recogiera sus cosas tranquila. A las tres de la tarde la curiosidad ya lo tenía en vilo. ¿Qué se había llevado? ¿Todo? ¿Sólo lo indispensable? Y sobre todo, ¿cómo estaría? A las cuatro no pudo más, volvió a casa. Frente al portal había un coche con matrícula de Madrid. Conducía un hombre desconocido, de unos cuarenta años, simpático, con buena cazadora. Ayudaba a cargar unas cajas. Alejandro se sentó en el banco y esperó. Al cabo de diez minutos salió una mujer en vestido azul. Cabello oscuro recogido, no con una goma de gatitos, sino con una bonita horquilla. Maquillaje ligero que realzaba sus ojos. Alejandro no lo creía. Era Marina. Su Marina. Sólo que distinta. Llevaba la última bolsa. El hombre la ayudó con delicadeza, le abrió la puerta, la trataba como si fuera de cristal. Entonces Alejandro no aguantó. Se acercó al coche. —¡Marina! Ella se giró. Y él vio su rostro: tranquilo y hermoso. Sin el cansancio perenne al que se había acostumbrado. —Hola, Ale. —¿Pero… eres tú? El hombre tensó el gesto, pero Marina le tranquilizó con una mano. —Soy yo —dijo simplemente—. Es que llevas mucho tiempo sin mirar. —Marina, espera. Podemos hablar. —¿De qué? —no había rabia, sólo extrañeza—. Dijiste que una mujer debía lucir espectacular. Pues te hice caso. —¡Pero no me refería a esto! —sentía el corazón salirse. —¿A qué te referías, Ale? ¿A que fuese guapa sólo para ti? ¿Interesante sólo en casa? ¿Que aprendiese a quererme, pero no tanto como para irme del marido que no me ve? Cada palabra le removía algo por dentro. —¿Sabes? —prosiguió ella, suave—. Me di cuenta de que dejé de cuidarme. Y no por pereza. Por habituarme a ser invisible. En mi propia casa. En mi propia vida. —Marina, yo no quería… —Sí querías. Querías una mujer invisible, que hiciese todo pero no molestase. Y cuando te aburras, cambiarla por otro modelo más llamativo. El hombre del coche la llamó. Marina asintió. —Nos vamos, Alejandro. Vladimir está esperando. —¿Vladimir? —sintió la garganta seca—. ¿Quién es? —Alguien que sí me ve —contestó Marina—. Lo conocí en el gimnasio. Han abierto uno cerca de la casa de mi madre. ¿Te imaginas? A los cuarenta y dos años, por primera vez me apunto a deporte. —Marina, no. Podemos intentarlo de nuevo. He aprendido, fui un tonto. —Ale —le miró atentamente—, ¿recuerdas la última vez que me dijiste que era guapa? Alejandro no respondió. No lo recordaba. —¿O la última vez que preguntaste cómo estaba? Se dio cuenta: había perdido. No a Vladimir. No al destino. A sí mismo. Vladimir arrancó el motor. —No estoy enfadada contigo. De verdad. Me ayudaste a comprender algo importante: si yo no me veo a mí misma, nadie lo hará. El coche se alejó. Alejandro se quedó en el portal viendo alejarse su vida. No a su mujer: su vida. Quince años que consideraba una rutina, y resulta que eran la felicidad. Y él ni se enteró. Medio año después, coincidió con Marina en el centro comercial. De casualidad. Ella elegía café en grano, leía etiquetas. Junto a ella, una chica de unos veinte años. —Este, —decía Marina—. Mi padre dice que la arábica es mejor que la robusta. —¿Marina? —se acercó Alejandro. Marina se giró. Sonrió, ligera, sin tensión. —Hola, Ale. Te presento: esta es Nata, la hija de Vladimir. Nata, él es Alejandro, mi exmarido. Nata saludó con cortesía. Era guapa, seguro que estudiante. Miraba a Alejandro con curiosidad, sin rencor. —¿Cómo estás? —preguntó él. —Bien. ¿Y tú? —Pues tirando… Silencio incómodo. ¿Qué se dice a una exmujer que ya es otra persona? Junto a la estantería, Alejandro la observaba. Morena, con blusa ligera, corte de pelo nuevo. Feliz. Sí, feliz. —¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Cómo va tu vida personal? —Nada del otro mundo —suspiró él. Marina le miró fijamente. —¿Sabes, Ale? Buscas una mujer tan guapa como Cristina, y tan sumisa como yo fui. Inteligente, pero no tanto como para darse cuenta de que miras a otras. Nata escuchaba atenta. —Esa mujer no existe —dijo Marina serenamente. —Marina, ¿nos vamos? —intervino Nata—. Mi padre te espera en el coche. —Sí, claro. —Marina cogió el café—. Suerte, Ale. Se marcharon, y él se quedó entre los estantes. Pensando que tenía razón: buscaba una mujer imposible. Por la noche, solo en la cocina, Alejandro se sirvió un té. Pensó en Marina, en lo que había cambiado. Que a veces perder es la única forma de ver el valor de lo que tuviste. Quizá la felicidad no está en buscar una esposa cómoda. Sino en aprender a VER de verdad a la mujer que tienes al lado.