El arte de amar: pasión y romanticismo en la vida española

Amor

Mira, te voy a contar una historia que todo el pueblo conoce porque, vamos, ha dado muchísimo de qué hablar. Resulta que, según las mujeres (y también los hombres) de aquí, lo que hizo Lidia Castañeda con su hermana pequeña Carmen fue algo imperdonable.

Te explico cómo empezó todo esto.

Los Castañeda han sido siempre una familia bien, en un pueblo de Castilla. El padre, Fermín Castañeda, toda su vida ha sido tractorista, y la madre, Rosario Gutiérrez, cocinera en el colegio de Primaria del pueblo.

Rosario, cuando era joven, tuvo muchos problemas para quedarse embarazada. Probó de todo: curanderas, infusiones raras, y años de paciencia hasta que, al final, llegó Lidia, la niña tan esperada.

El caso es que, aunque el nombre Lidia suena precioso y de cuento, la criatura no era muy agraciada: caminaba un poco torcido, tenía una especie de jorobita y casi siempre la cabeza ladeada. Pero eso a sus padres les daba igual porque era la niña tan deseada y mimada, y más después de todo lo que costó que llegara.

Lidia era dulce, muy casera, pero algo solitaria; nunca se le dio bien hacer amigos, siempre apartada, calladita…

Y cuando Lidia estaba acabando el instituto, ¡zas!, el milagro: Rosario se quedó embarazada de nuevo y nació Carmen.

Carmen salió totalmente diferente a su hermana. Guapísima, lista, vivaracha, siempre mandona y sin pelos en la lengua. De pequeña ya corría con un palo por el corral montando su propio espectáculo.

Lidia cuidaba y mimaba a Carmen que daba gusto, pero entre cuidar de la niña y sus propias limitaciones, al final ni se planteó ir a la universidad. Ni se le daba bien estudiar ni tenía muchas ganas, así que los padres no quisieron mandarla a Madrid. La convencieron para hacer un curso de hostelería en la capital de la provincia, poco más. Cuando volvió al pueblo con el diploma, Rosario le buscó trabajo de cartera repartiendo cartas.

***

El tiempo pasó volando, y Carmen entró en la universidad, en Salamanca. Lidia mientras tanto se había mudado por fin a su propia casa, comprada por sus padres: una casita de piedra pequeña, con un patio, su galería y la zona para las gallinas y el huerto.

La vida de Lidia era tranquila, no quería saber nada de la ciudad ni de irse lejos. Estaba muy bien así, cerca de sus padres, en su pueblo.

Eso sí, lo de encontrar pareja nada de nada. Allí no había mucho donde elegir y ella misma se convenció de que ese tren ya había pasado… O eso pensaba.

***

En el primer finde libre, Carmen regresó de la universidad al pueblo, pero esta vez trajo una amiga. Al mes siguiente, llegó con un chico.

Los Castañeda se quedaron a cuadros.

¿Y este quién es? preguntaron sus padres.

Papá, mamá, os presento a mi chico. No penséis mal, solo somos amigos decía Carmen.

¡Carmen! le regañó Rosario Que aquí te hemos enviado a estudiar, ¡no a buscar novio por Salamanca! ¡Déjate de historias!

Rosario gesticulaba y chillaba mientras el chico, mal vestido y con pinta de no haber dormido en días, se limitaba a mirar el suelo.

La madre directamente se negó: “A casa este ni entra.” Y el padre, si hubiera tenido un garrote a mano, lo habría usado…

Pues se va de vuelta a la estación de autobuses sentenció la madre.

Carmen se indignó:

¡Déjale al menos pasar la noche, mamá! Ya mañana se va.

Finalmente Carmen lo llevó a dormir a casa de su hermana Lidia, que no se esperaba ningún invitado. Cuando Carmen le rogó como si le fuera la vida en ello, Lidia no supo decirle que no.

***

El chico cenó a gusto, curioseó la casa y le preguntó a Lidia, medio en broma:

¿Y tu marido?

No tengo respondió ella.

¿Y cómo es que una chica tan maja vive sola, con casa propia? le soltó, echando morro.

Si te digo la verdad, ahí a Lidia se le doblaron las rodillas de los nervios y pasó la tarde evitando entrar en casa mientras ese desconocido andaba por allí.

Por la noche le preparó una cama, con la intención de marcharse enseguida al cobertizo con sus padres y volver ya por la mañana sólo que no le dio tiempo. Cuando estaba metida en faena, el chico vino y la abrazó sin avisar, pillándola completamente desprevenida.

Sin saber bien cómo, pasó lo que tenía que pasar. Y por la mañana los gallos cantaban y la cabeza de Lidia daba vueltas…

***

La noticia de que “la solterona Lidia”, la chica callada y apartada, de pronto tenía novio joven y guapo, recorrió el pueblo de Peñalba del Campo más rápido que los cotilleos en la plaza.

Pero bueno, ¿de dónde se lo ha sacado? ¿No salía ni a la calle y ahora esto? chismorreaban por todas partes.

Comparado con Lidia, que no era ninguna Miss, el chico parecía salido de revista. Aseado, bien vestido (gracias a ella), atrajo todas las miradas.

Dicen que ha venido de Salamanca. Si ella tiene casi cuarenta años y él ni treinta… ¡Menuda diferencia! Seguro que algo raro tiene el chico, o simplemente está cegato.

Había otros comentarios peor intencionados:

¡Si aquí las chicas guapas no encuentran novio, y va Lidia y se pilla uno así! Esto no puede durar, ya verás…

Había quien incluso sugería que debería dejarlo estar, que ese chico mejor para otra: Ahí está la Paqui Jiménez, que necesita un hombre en casa y tiene un hijo pequeño

La gente hablaba por hablar, ya sabes. Pero en cada pueblo hay siempre quienes te envidian pase lo que pase…

Pero los Castañeda sabían la verdad: que aquel chico lo había traído Carmen, y al final se había quedado con Lidia. Eso lo supieron después, al principio ni lo imaginaban.

Primero fue Carmen la que se mosqueó y prácticamente dejó de ir a casa. Luego Rosario empezó a notar a su hija rara. Lidia, que siempre iba por casa, de repente apenas pasaba y, si lo hacía, estaba nerviosa perdida, con mirada brillante y todo se le caía de las manos.

¿No estará nuestra Lidia bebiendo a escondidas? le preguntó Rosario a su marido.

Así que un día la siguieron y se encontraron con que en casa de Lidia estaba el chico, el famoso Javier, escondido literalmente en el armario cuando entraron los padres.

Anda hija, ya es hora de que nos digas con quién andas le dijo Fermín.

La pobre ni sabía dónde meterse, temblando, pero al final Javier salió.

Rosario, que lo miraba de arriba abajo, notó que, además, el chaval llevaba puesta una camiseta que era de su propio marido… ¡Se volvió loca! Ya sabes la de cosas que pensamos las madres cuando vemos estas cosas.

En fin, que el chaval dejó claro:

Yo me caso si hace falta, pero aviso que no tengo un duro dijo, encogiéndose de hombros. Lo digo por si pensáis en bodas por todo lo alto.

Así que, al final, entre unas cosas y otras, decidieron casarlos rápido para que no se hablara más del tema. Y allí iba Lidia, por primera vez saliendo del brazo de un hombre al pueblo…

***

Se casaron, y los primeros meses fueron extraños: Javier apenas se movía del sofá, tumbado como un sultán, y Lidia girando a su alrededor, cocinándole, tejiendo Vamos, que le tenía como un rey.

Fermín, el padre, esperó lo justo por decoro, y una semana después de la boda fue en busca del yerno:

A ver, chaval, ¿tú no piensas mover un dedo? Baja y ayúdame con la leña.

¿La leña? Yo de eso no sé respondió Javier.

Nadie nace aprendido le espetó Fermín. Anda, ponte que vamos al lío.

Y así fue que se lo llevó, no sin cara de pocos amigos de Javier.

Mientras tanto, Rosario, la madre, se llevó a Lidia al mercadillo del pueblo de al lado para comprarle ropa bonita: Hija, que dicen las vecinas que pareces un saco de patatas al lado de tu marido. Vamos a ponerte guapa, que nunca se sabe.

Lidia lo acabó viendo con buenos ojos, porque de repente el pueblo se llenó de muchachas arregladas pasando cerca de su casa, buscando la manera de “cazar” a Javier.

***

El siguiente problema fue Carmen. Cortó de raíz las visitas al pueblo por el tema de Javier y se lió a decirle a Lidia de todo:

¡Yo te pedí que cuidaras de Javier, no que te lo quedaras! Era mi novio, no el tuyo, ¡me has quitado hasta las ganas de volver!

¿Y tú, Javier? ¿Tantas promesas que me hiciste? ¿No decías que solo te casarías conmigo? Pero claro, viste que mi hermana tenía casa propia y cambiaste rápido…

A Lidia esas palabras le dolieron más que nada. Lloró días y días.

¿Javier, entonces solo estás conmigo por la casa? le preguntó.

Él no contestaba, hasta que un día reconoció:

No es eso. Carmen se me tiró encima, pero es muy exigente: quiere coche, piso en la ciudad y yo no tengo un céntimo…, ni acabé los estudios

Explicó toda su vida: familia complicada, padres que apenas podían mantenerle, y que lo único que quería era un sitio tranquilo, comida caliente y alguien que no le pidiera nada.

Cuando te vi, Lidia, supe que tú eras de las que no me iban a pedir nada raro. Me sentí bien en tu casa, no quise irme.

¿Así que te quedaste solo porque no tenías a dónde ir, Javier?

No, qué va. Me gustas mintió él rápidamente.

***

En el pueblo la historia se sabía ya: que Javier primero venía por Carmen, pero al no salir bien, se quedó con Lidia. Chismorreaban hasta aburrirse: que si solo busca cama y comida, que si no quiere trabajar, que si pobre de Lidia Pero ella, acostumbrada a las habladurías, ni caso.

Mientras tanto, la pareja fue adaptándose. Fermín al menos agradecía que Javier no bebía ni pegaba, aunque fuera un vago redomado.

***

Y, claro, la vida siguió y Carmen reapareció embarazada. Rosario se preocupó muchísimo, fue a buscarla a Salamanca y acabó enterándose por las compañeras de piso de su hija. Carmen vivía con un chico, Andrés, de aquellos que no tenían nada pero mucha labia.

Al poco tiempo, boda y más jaleo: Andrés bailaba y cantaba en su boda como si no hubiera un mañana. Los Castañeda se enamoraron del yerno al principio, pero al poco lo entendieron: el matrimonio fue un caos desde el principio, y en cuanto el niño, Pepito, tuvo medio año, Andrés salió corriendo.

Carmen, lejos de amargarse, dejó al niño con los abuelos y se volvió feliz a terminar la carrera en Salamanca.

Así que a Pepito le cuidaban entre todos: abuelos, tía Lidia y hasta Javier, el mismísimo vago, le tocaba alguna vez quedarse de niñera.

Javier se llevó años sin querer trabajar, dependiendo de Lidia y la insistencia de Fermín, pero al final empezó a engordar, se acomodó y, aunque no era lo que esperaban, se resignaron…

***

Después de un tiempo, Lidia tuvo también un hijo con Javier, al que llamó Alejandro, y jamás se lo comunicó al padre. Decidió que así estaría mejor.

Ella siguió su vida, con sus hijos y su familia, dejando atrás los malos ratos. No iba a detenerse en la amargura. Había aprendido a escuchar los cotilleos sin que le afectaran, incluso acabó riéndose de ello.

***

Años después, Javier volvió al pueblo. Igual de perdido, en zapatillas rotas. Miró a Lidia y a los niños, e intentó volver.

¿Puedo quedarme?

Pero Lidia fue directa:

No, Javier. Aquí ya no es tu sitio.

Él, sorprendido, se fue dándose cuenta de que lo suyo ya no tenía remedio.

Y en el pueblo, las marujas seguían hablando:

Mira que es tonta Lidia: tuvo oportunidad de tener marido y lo dejó marchar Pero ella va por el camino ya feliz, con sus hijos, sin mirar atrás.

Y en un sitio así, en un pueblo, las historias no se acaban nunca, amiga. Puedes apostar lo que quieras, que dentro de unos años será Lidia quien cotillee de la vida de los demás sentada en el banco de la plaza, disfrutando el fresco con sus pequeños. Porque la vida en el pueblo es así: tranquila, repetitiva, y siempre con una sonrisa, aunque digan que eres la rara.

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El arte de amar: pasión y romanticismo en la vida española
El eco eterno del amor