El prometido perfecto

¡Aurorita! ¡Javier es un hombre muy respetado y, lo que es igual de importante, hecho y derecho! Y lo mejor de todo, hija, es que no tiene ningún problema con el dinero. Así que tendrás, cariño, tu piso de tres dormitorios en pleno centro, tu coche nuevo, y un abrigo precioso. De visón. El armario entero lleno de abrigos. Es el partido perfecto. Mejor que él no vas a encontrar a nadie, y te juro que no entiendo por qué no aceptas su propuesta.

No lo sé contestó Aurora, distraída, desviando la mirada.

De verdad que no lo sabía.

Cuando Javier, tras casi medio año de cortejo, le propuso matrimonio de forma inesperada, ella, la verdad, se quedó un poco desconcertada.

Quizá se había acostumbrado demasiado a que los hombres de su entorno nunca terminasen lo que empezaban. Y eso que era una chica muy llamativa.

De esas de las que se suele decir: Es que lo tiene todo. La naturaleza fue generosa con Aurora, tanto en belleza como en inteligencia.

Cuando los hombres la veían, ya fuera en la calle o en una cafetería, sus miradas la atravesaban como si quisieran quedarse grabados en su memoria.

Y a saber en qué estarían pensando en ese momento.

El caso es que desde niña Aurora estuvo siempre en el foco de la atención masculina. Desde la guardería, en el colegio, en la universidad.

Incluso en el trabajo, donde llevaba apenas unos meses, no paraban de intentar conquistarla.

Todos los hombres del despacho, sin excepción, la miraban con admiración.

Aunque, más bien, con deseo.

Con tantos pretendientes, cualquiera diría que sería difícil estar soltera tanto tiempo.

Si no era una invitación a cenar, era una película en el cine a media noche, o incluso alguno proponía una escapada a la playa durante un par de semanas.

Y aun así, a los treinta años, la Diosa, como la llamaban por lo bajo todos ellos, seguía sin casarse.

Y a su madre, eso la tenía al borde del ataque de nervios.

Aurorita, hija protestaba Doña Carmen Jiménez. ¿Cuánto tiempo vas a seguir así? La belleza se acaba, tiene fecha de caducidad, igual que todo. Si sigues haciendo ascos a los pretendientes, al final ni al último tren llegas. ¡Treinta años y ni marido ni hijos! Eso no es normal.

Aurora, claro, entendía todo aquello y hasta le daba la razón a su madre. Pero ¿qué podía hacer si los hombres que la rodeaban no le proponían nada serio?

O, mejor dicho, ni se lo planteaban.

Por varios motivos: unos no querían perder su libertad, otros ya tenían pareja, y a otros solo les interesaba sumar un nombre más a su lista de conquistas.

Aurora gustaba a todos, pero nadie quería comprometerse en serio.
Para dar paseítos por el centro cogidos de la mano, para presumir delante de los amigos, para cenas románticas, películas o viajes (hasta al extranjero), ahí siempre estaban dispuestos. Pero el día que se nombraba la palabra matrimonio el príncipe azul desparecía al instante.

Y así, pasaba el tiempo y nadie le pedía matrimonio.

Aurora ya no le veía sentido a seguir con citas sin futuro.

Igual se había vuelto más lista

¿Y si nos vemos solo una vez por semana? sugirió con inseguridad uno de sus ligues.

No, gracias sonrió Aurora. Prefiero ir una vez a la semana al gimnasio; me será de más utilidad.

Al poco tiempo, apareció en su vida un nuevo pretendiente. Justo cuando entró en la nueva empresa, Javier Gutiérrez Pérez puso sus ojos en ella.

Al igual que todos los hombres de la oficina, Javier estaba encandilado con la nueva. Pero, a diferencia de los demás, él sí tenía posibilidades.

Javier era uno de los altos directivos, mano derecha del jefe, así que allí nadie osaría hacerle sombra.

Bastaba con intentarlo para terminar con el finiquito en la mano.

La invitaba a comer cada día al restaurante de la esquina; comían, charlaban de la vida (supuestamente del trabajo, aunque siempre terminaban hablando de los planes de Aurora). Cada día le traía flores y bombones, y todos los meses le asignaba una generosa prima por el trabajo, aunque Aurora era tan eficiente como el resto.

Aurorita, ¿me invitarías alguna vez a tu casa? le preguntaba Javier con voz melosa.

¿A casa? respondía Aurora, distraída.

Sí, a casa. Ya llevamos tiempo conociéndonos, ¿no? Es hora de pasar de nivel.

¿Y ya tenemos una relación?

¡Por supuesto!

Gracias por avisar, Javier. No me había enterado… Sobre la invitación, bueno… vivo con mi madre. Si eso no te espanta, eres bienvenido.

Aurora pensó que al mencionar a su madre Javier perdería el interés. Pero se equivocó.

Le dio igual, y prometió que el viernes pasaría por allí.

Vaya, es persistente este hombre, pensó sorprendida.

Javier realmente era insistente. Incluso demasiado.

Otros enseguida perdían las ganas al mencionarles la madre.

¿Y Aurora? No tenía muy claras sus emociones hacia Javier.

Por un lado, le halagaba que un hombre tan sólido estuviese pendiente de ella y hasta dispuesto a conocer a su madre, síntoma de intención seria. Por otro, Javier no le hacía latir el corazón con emoción.

Eso sí, era un señor de los pies a la cabeza.

Esa barriguita incipiente solo le daba aún más porte.

A su edad decía tener treinta y cinco, pero claramente pasaba de cuarenta, una curva en el abdomen no es nada extraño.

Javier parecía el típico superhéroe en decadencia: siempre de traje impoluto, la chaqueta medio abierta, expresión serena Chicas jóvenes buscan seguridad, y con hombres como él la sentían.

Pero Aurora se mantenía a la espera.

Quería ver cuánto duraba la paciencia de Javier y, sobre todo, cómo acababa la visita con su madre.

Pensaba que, al enterarse de la diferencia de edad, su madre pondría el grito en el cielo y así tendría una excusa aceptable para rechazarlo.

Pero Doña Carmen quedó fascinada con Javier.

Apenas puso un pie en casa, y ya estaba la madre mirando a Aurora como si hubiese traído a Julio Iglesias.

Javier apareció con una tarta en una mano y un ramo de rosas en la otra. Saludó a la madre con un beso en la mano y un cumplido sobre su elegancia.

A Carmen le bastó eso para quedarse muda.

A ver si va a ser ella la que se enamore pensó Aurora, al ver cómo su madre pasaba la velada entera con una sonrisa tonta.

Javier supo que había causado sensación, así que no perdió la oportunidad de rematar con elogios hacia Aurora y un discurso sobre su soledad.

Tengo piso, coche, dinero y nadie con quien compartirlo suspiraba Javier, narrando sus penas a Doña Carmen. Ni esposa, ni hijos.

¡Qué drama! respondía la madre, mirando de reojo a su hija con mensajes telepáticos (Aurorita, ayúdale, anda).

Desde entonces, Javier era visitante habitual.

Hasta que, un día, le pidió la mano. A Aurora, claro, aunque Carmen no hubiese hecho ascos si le hubiese tocado a ella.

Mientras Aurora parpadeaba perpleja pues no esperaba que la cosa llegase tan lejos su madre se aferró a la propuesta con uñas y dientes.

Aurorita, yo que tú diría que sí dijo mirándola a los ojos con una sonrisa.

Yo lo pensaré acertó a contestar.

Y pensó. Durante semanas. Sin decidirse.

Era hora ya de formar una familia, pero ¿acaso era correcto aceptar a alguien a quien ni siquiera estaba segura de querer?

¡Aurorita! Javier es un hombre hecho y respetado, y jamás tendrá problemas de dinero insistía Carmen. Tendrás piso céntrico, coche y abrigos de visón. Es el novio ideal. Mejor que él, ninguno.

Pero es mayor que yo replicaba Aurora.

¿Y qué? se asombraba su madre. Eso juega a tu favor. No estará mirando a otras.

Aurora callaba.

Hombres como Javier saben lo que quieren. No andan perdiendo el tiempo seguía apretando Carmen. Además, no te saca tanto. Con tu padre me llevaban doce años y muy felices que fuimos.

Pero…

¡Nada de peros! Hazme caso: baja del pedestal. Que se te pasa el arroz.

Entre los dos: Javier y su madre, no le daban tregua.

A fin de cuentas, Javier no era mal partido: cariñoso, atento, generoso.

Y el único que había tenido valor de pedirle matrimonio.

Así que aceptó. El anillo de diamantes lucía en su dedo, y solo quedaba decir un sí rotundo en el registro civil dentro de un mes.

Carmen ayudaba a decidir vestido, menú, enviaba invitaciones a todos los parientes y amistades posibles.

Javier ofrecía un salón para cien personas, para que la señora madre no se cortara invitando.

Todo parecía ir bien, pero Aurora

no se sentía precisamente en el séptimo cielo.

Ni sonrisa radiante ni chispa en la mirada, ni euforia en el alma. Solo dudas:

¿Estaré haciendo lo correcto?

¡Pero, tía! le decía su amiga Paula, a quien confiaba sus cuitas. ¿No ves que te espera una vida cómoda con un hombre estupendo? Vale, no es el príncipe de tus sueños, pero es mejor que andar siempre buscando. ¡El amor no es imprescindible! Mira a tu alrededor. ¿Dónde está el amor? ¡Eso no existe ya! Todo el mundo quiere viajar, tener su pisazo y abrigos de lujo, pero pocos pueden permitírselo. Yo, en tu lugar Menuda sortija te ha dado. ¡Vale un dineral! No entiendo tu reticencia.

Carmen, por su parte, seguía convenciéndola día tras día.

*****

Ya montada en el limusín blanco, decorado de lazo en la Gran Vía, Aurora, enfundada en un vestido de ensueño, intentaba fingir alegría y

no pensar en los ojillos de Javier, como huesos de cereza.

Hacía lo que le habían aconsejado: tragarse el orgullo y mirar, no su cara, sino su alma.

Cada persona tiene alma, y cada una es bella a su maneradecía su madre.

Pero por más que Aurora lo intentaba, la de Javier seguía siendo un enigma inaccesible.

Camino del registro, faltaba menos de media horay apenas otro tanto para llegar. Habían salido tarde porque Aurora había retrasado todo hasta el límite.

Dudaba, temía, sentía angustia.

Pero de nuevo, entre Javier y su madre la arrastraban.

Oiga, caballero dijo Javier al chófer con superioridad. ¿Puede pisar un poco? Se nos hace tarde.

Era comprensible.

Javier tenía ganas de besar a su futura esposa en los labios, algo que se había reservado hasta ahora, pero

muy pronto nadie se lo podría prohibir.

Aurora, en cambio, deseaba que el chófer fuese más lento.

Miró varias veces al cielo, pidiendo que el coche se parase, incluso soñando con que se averiara allí mismo.

No tenía ganas de boda.

Ya había notado cosas inquietantes en Javier últimamente.

Donde fueran (a eventos, cenas con sus amigos), él remarcaba que Aurora era su mujer. Solo suya.
¡Mirad y envidiad! Esta belleza me pertenecedecían sus ojos.

¿Y si no fuera tan guapa? ¿Qué pasaría? ¿Y si conoce a otra más guapa que yo? pensaba Aurora.

Las dudas no hacían más que aumentar, y eso le desagradaba.

Sentía, sobre todo, que no estaba cómoda a su lado.

El chófer aceleró suavemente, y Aurora contuvo las lágrimas.

¿Qué hago, qué hago?plenamente paralizada.

Necesitaba un motivo para huir del coche, pero no se le ocurría nada.

Hasta que

el limusín frenó de golpe, tanto que Javier cayó de bruces al suelo, como un perrillo.

Aurora alcanzó a agarrarse al asiento.

¡Pero hombre! ¿Está usted loco? gruñó Javier al chófer. ¿Dónde le dieron el carnet?

Perdón Es que ha salido un gatito a la calzada, muy pequeño.

¿Y no podía esquivarlo?

Va y viene, no para quieto.

Pues que se apañe. Si lo atropellan, es su culpa. ¡Tira ya! No podemos esperar, tengo prisa.

¡Javier! ¿Cómo puedes decir eso? saltó Aurora, indignada.

¿Qué? ¡Tenemos una boda y llegamos tarde! No voy a perder el tiempo por un gato. Mi madre espera, los invitados

¡Tenemos que ayudarle!

¡Nada de eso! ¡Al registro y punto!

Aurora frunció el ceño, se pegó al cristal, buscando al gatillo entre los coches.

No lograba verlo.

Justo cuando el chófer iba a reanudar la marcha, Aurora gritó que frenase, abrió la puerta y casi sin tocar el suelo saltó al asfalto, milagrosamente sin romperse el tacón.

¡Aurora! ¿Dónde vas? ¡Vuelve! Javier la siguió, dispuesto a llevársela como fuera.

Pero Aurora ni escuchaba.

Cuando Javier intentó agarrarla, ella le soltó la mano de un tirón.

Con su blanco vestido nupcial, Aurora corría entre los coches buscando el gatito.

Cuando al fin lo atrapó, lo apretó contra sí para darle calma. El animalito temblaba, el pobre, con el corazón a mil.

¡Aurora! ¡Lo que has hecho! negaba con la cabeza Javier. ¡Has manchado el vestido! ¿Y qué pensarán los invitados al verte así? ¿Has pensado en eso?

¿Que he manchado el vestido? Mejor eso que atropellar un gato. Se habría muerto. ¿No te da ni un poco de pena?

¿El gato? se rió Javier. Pues la verdad, no. Me preocupa más el vestido, que costó una pasta. ¿En qué estabas pensando?

Y ahora encima me echa en cara el dinero pensó Aurora, mirando al gatito gris. Bien sospechaba yo. Javier solo parece un buenazo, pero

Aurora, cariño, debemos irnos. Deja el gato y volvamos al coche. Si alguien lo quiere, lo recogerá. ¡Tenemos una boda!

No dejaré al gato, ya ha tenido bastante. Y sí, lo quiero yo, así que me lo llevo. Si quieres, te vas tú solo al registro. Ni siquiera supe ver antes tu verdadera alma. Está podrida.

¿Cómo que solo? ¿Te has vuelto loca? ¡Ahora mismo llamo a tu madre! Ella sí te hará entrar en razón.

Ya es tarde. No me casaré contigo, Javier. Y aquí tienes tu anillo Aurora se quitó con esfuerzo el anillo de platino y diamantes, y lo arrojó al asfalto.

Mientras Javier y el chófer lo buscaban en el suelo, Aurora se fue con el gatito en brazos hacia la acera, decidida.

Al poco, sonó el móvil. Será Javier. O mi madre. O los dos, pensó rápido.

Pero no tenía el menor interés de hablar con ninguno.

Sabía que intentarían convencerla de seguir adelante.

Y también sabía que no quería ser más un títere en manos de expertos manipuladores. Se acabó.

Al igual que el humilde felino, Aurora ya había sufrido lo suyo.

Ahora necesitaba vivir para sí misma.

Vamos, ni de niña le dejaban llevar gatos a casa, y de adulta, su futuro esposo pretendiéndose deshacerse de uno sin sentimiento alguno.

No, debía alejarse de alguien así.

¡Aurora, espera! oyó detrás. Al mirar, vio cómo Javier corría tras ella decidido a atraparla.

Aurora aceleró el paso. Terminó corriendo.

Huir en vestido de novia y tacones era complicado, pero no tenía alternativa.

Y justo cuando Javier la alcanzaba, un coche paró a su lado, el conductor abrió la puerta del copiloto.

¡Súbete, si no quieres que te atrape! sonrió un hombre simpático.

Aurora miró, y se metió rápidamente en el coche.

La distancia entre ella y el novio ideal se agrandó de golpe.

¿Te arrepentiste en el último momento? preguntó el conductor, arrancando. Vi toda la escena. Por cierto, me llamo Pablo.

Aurora. Sí, cambié de idea. No sé dónde tenía la cabeza. Si no llega a ser por el gato, seguro habría arruinado mi vida.

Es precioso. Me refiero al gato.

¡Sí! sonrió Aurora. Me gustó enseguida. No sé qué hacer con él; vivo con mi madre y no permite animales en casa. Y hasta que encuentre un piso

Si quieres, puedo quedármelo un tiempo. Vivo solo y hay sitio de sobra. No me supone ningún problema.

¿En serio? ¿No lo echarás a la calle?

Por supuesto que no. ¿Cómo voy a hacerle eso a una criatura tan pequeña? Además, si no te fias, puedes venir a verlo cuando quieras. Eso sí, preferiblemente por las tardes, por el trabajo.

No sabía porqué, pero Aurora confiaba en ese desconocido.

Quizá por haberla ayudado a escapar del novio equivocado.

Quizá, porque la miraba diferente, no con lujuria ni como a un trofeo, sino como a una igual.

Charlando, Aurora comprobó que Pablo era una buena persona: confiable, sencillo.

La llevó a casa y luego, con el gato, se dirigió al piso de él. Le dio su teléfono para que Aurora pudiera llamar cuando quisiera.

Y llamó. Aquella misma tarde, fue a visitarlo, con comida, juguetes y arenero para el gato.

Pensé que te serían útiles.

Gracias sonrió Pablo. No lo tuve en cuenta y ahora tengo dos charquitos bajo la cama. ¿Un té?

No digo que no.

Aurora y Pablo conectaron enseguida.

Quizá porque compartían muchas ideas, quizá porque ese gato gris y travieso les unía sin remedio.

Cada tarde Aurora visitaba a Pablo, quien le relataba las travesuras del minino, entre risas, sin enfados, aunque alguna vez le rompiese las cortinas del dormitorio.

Aurora los miraba a los dos, sonriendo. Se sentía bien junto a Pablo, cómoda.

¿Crees que si le llamamos Mimoso está bien? preguntó Aurora en una de esas visitas.

Perfecto. Yo también pensaba proponer ese nombre. ¿Qué dices, pequeño, te gusta Mimoso?

¡Miau, miau! respondió el gato brincando bajo la mesa y mirando a sus dueños.

¿Cuándo se irán a vivir juntos, estos dos?, pensó el gato antes de volver a abalanzarse sobre su juguete.

Pablo lo pensaba también. Llevaban casi dos meses viéndose desde que Aurora anuló su boda.

Ella trató de buscar piso para, por fin, vivir con su gato, pero no tuvo suerte.

Hasta que Pablo, valiente, le propuso vivir juntos.

Aurora no dudó. No soportaba ya más vivir bajo el techo de su madre, que jamás le perdonó la osadía, ni aguantar los intentos de Javier de recuperarla.

Incluso dejó el trabajo para evitarle, pues allí Javier no paraba de acorralarla.

¡Claro que sí! respondió Aurora exultante.

Pero esta vez fue a Pablo a quien contestó SÍ a una proposición matrimonial. Medio año después de vivir juntos.

Boda sencilla, íntima: solo los más cercanos, y, por supuesto, Mimoso.

Doña Carmen no asistió, ni llamó nunca. Pero esa era su decisión.

Aurora, Pablo y Mimoso sí eran felices, pues lograron encontrarse en este mundo tan grande.

Y así termina la historia.

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El prometido perfecto
El peor de los maridos