El peor de los maridos

Chicas, ¡me he casado!
Yo he decidido centrarme en mi carrera, no quiero gastar mi vida por otros
¡No os lo vais a creer, me han dicho que tendré gemelos!

En la reunión de los cinco años desde la graduación acudieron casi todos de su promoción. Había quedado tanta gente porque, en su año, había cinco clases paralelas. El instituto rebosaba de risas y murmullo, como una colmena alterada, y hasta los profesores parecían personas normales y simpáticas, tan distintos a como los recordaban.

La más guapa de su generación, Carmen, llega radiante. Luce un vestido rojo y una copa de cava, sintiéndose reina de la velada. Al menos hasta que ve a él, Diego. El mismo vago y mal estudiante que tiempo atrás intentó conquistarla. Le perseguía por los pasillos en Bachillerato, siempre pendiente de ella, casi esperando algo que nunca terminaba de ocurrir.

¡Ojalá no tuviera que verte jamás! espeta Carmen en cuanto Diego, sonriendo, se acerca. ¡De ti salen los peores maridos, solo problemas! ¡Nunca conseguís nada!

Carmen habla así picada por la rabia, porque le gustaba a muchos chicos pero ella ansiaba casarse bien, como toda chica española. Tener hijos, también.

Pero, aunque su cabeza le decía que debía buscar a alguien más sensato, en el fondo, Diego siempre le había gustado, y eso le irritaba sobremanera.

¡Déjame tranquila, pesado, que no te necesito!

Sin embargo, Diego parece no afectarse por sus palabras. En sus ojos se ve una chispa algo descarada.

Te equivocas. Te voy a demostrar que no eres justa conmigo. Cásate conmigo y verás lo feliz que puedes ser responde, y da un paso atrás por si Carmen reacciona muy rápido.

Carmen resopla:

¿Contigo? ¡Vaya, tienes mucha autoestima!

Aunque, en lo más hondo, le remueve una sensación extraña. Siempre le atrajo Diego, aunque nunca lo admitiera. Era algo familiar en él, le recordaba mucho a su padre: buenazo, leal, algo torpe. Perseverante, siempre tratando de complacerla. Pero ella quiere un marido exitoso e independiente, no uno como Diego

A Diego le gustaba mucho Carmen. Su carácter fuerte, lo exigente que era También le recordaba a alguien; a su madre. Aquella mujer siempre protestando, llamando a su padre el peor de los maridos, diciéndole que no sabía ni arreglar el grifo o el televisor.

Y su padre siempre se reía:

Te equivocas, Pilar, soy capaz de arreglar lo que quieras. Y lo hacía, solo para demostrarle su valía, pero solo para ella. No sentía la necesidad de destacar para nadie más. No le importaba hacerse rico, solo ser útil para la persona que amaba.

Treinta años juntos, y siguen igual: discutiendo, besándose, porque se entienden y su visión de la felicidad es compartida.

Tras aquella reunión, Diego no se rindió. Llamaba, escribía, la invitaba a salir. Carmen, aunque fingía desinterés, esperaba siempre sus mensajes.

Le gustaba la insistencia de Diego y su manera de intentar convencerla de que estaban hechos el uno para el otro.

¿No te arriesgas a comprobar si de verdad soy el peor marido? le preguntó él en tono burlón.

Bueno, vale, acepto contestó Carmen, disimulando que le importaba. Todas mis amigas ya están casadas, no quiero quedarme sola.

Diego no perdió el tiempo. Trabajó a destajo para demostrarle que no era ningún vago. Ganó lo suficiente para la boda, el vestido y las alianzas. Carmen, viendo su esfuerzo, no podía evitar sonreír.

Tras la boda, Carmen siguió poniéndole a prueba.

No está mal, pero aún no me convences de que seas un buen marido decía ella. Tendremos un hijo y nuestro piso es minúsculo.

Diego se sentía feliz. Sabía que esa mujer tan incisiva era la que necesitaba a su lado. Una mujer como una profesora que marca el camino y pone en su sitio. Esas mujeres son las que transforman a los peores maridos en tipos excelentes.

Para Diego, la felicidad era tener a alguien que supiera cómo era mejor hacer las cosas. En casa siempre había sido su madre quien tomaba las decisiones: vacaciones, cenas, qué camisa debía llevar su padre. Y él siempre estaba de acuerdo, sonreía y parecía vivir a gusto bajo esos consejos. Diego lo asimiló: una mujer fuerte no solo es buena, es necesaria.

Por eso, cuando volvió a ver a Carmen, el corazón le latió a mil. Carmen se había graduado en Filología Hispánica y enseñaba lengua y literatura a chavales, con una energía capaz de mover montañas.

Hablaba alto, gesticulaba y siempre sabía lo que quería. La verdad, Diego solo sabía que lo que él deseaba era estar a su lado.

Su vida juntos era igual: Carmen podía regañarle públicamente si se equivocaba de palabra, de película o si no llamaba cuando había prometido. Otros hombres se habrían sentido ofendidos, pero Diego Él se sentía en su salsa. Le gustaba que Carmen liderara, decidiera a dónde ir, qué hacer; incluso que le criticara, porque detrás sentía cariño.

Un día, cuando Carmen ya estaba embarazada, pasearon por el parque. Ella se paró y le mira directo:

Diego, eres un poco ¿falto de carácter? ¿Decides algo por ti mismo?

Diego hasta se ruboriza. Sabe que Carmen ve a través de él.

Yo solo quiero que tú estés bien balbucea.

Carmen suspira.

Yo estaré bien si eres tú mismo. Si tienes tu propio criterio. Si eres un hombre, al fin y al cabo.

Diego comprendía que Carmen tenía razón. No quería ser invisible, pero no sabía cómo cambiar.

Vale, lo intentaré murmura.

Carmen le sonríe:

Eso ya es otra cosa.

Desde ese día, Diego empieza a cambiar. Da su opinión, aunque no coincida con Carmen. Propone planes, elige películas. Al principio le cuesta, pero Carmen le anima. Le felicita por atreverse, incluso si no está de acuerdo con sus elecciones.

Poco a poco, Diego entiende que liderar no es imponerse.

Carmen no quería que él fuese sumiso; quería un compañero fuerte, su apoyo, alguien con quien caminar a la par, no alguien a quien arrastrar.

La felicidad no es cuando uno sabe lo que hay que hacer, sino cuando ambos lo descubren juntos. Carmen sigue siendo intensa y decidida, pero Diego ya no le teme. La quiere por su fuerza, su sinceridad, su capacidad para ver en él lo que ni él mismo veía.

Así dejó de ser el peor marido, porque el amor, a veces, obra milagrosEn el nacimiento de sus mellizos, Carmen aprieta la mano de Diego y entre jadeos le murmura:

No sé si seremos los mejores padres, pero juntos podemos con todo.

Diego, ojeroso y emocionado, le besa la frente. Observa a los bebés, tan pequeños y perfectos, y siente que, por fin, ha encontrado su sitio. No hace falta ser el primero en la clase, ni el mejor arreglando grifos. Solo estar ahí, y decidir cada día, juntos, cómo construir esa familia de dos, ahora de cuatro.

Años después, en otra reunión de promoción, cuando Carmen y Diego llegan con sus hijos de la mano, sus antiguos compañeros les miran con una mezcla de asombro y admiración. Y Carmen, con una sonrisa traviesa, exclama delante de todos:

Mirad, este era el peor marido y resulta que es el mejor compañero de vida.

Diego la mira y, por una vez, es él quien tiene la última palabra:

Y tú, la mujer más exigente, eres quien me enseñó a querer de verdad.

Se ríen, sus hijos corren entre las mesas. Afuera, alguien pone música de los años del instituto y, por un momento, todo parece sencillo, incluso fácil: solo es cuestión de atreverse juntos a escribir cada capítulo de la vida a su manera.

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El peor de los maridos
Seré eterno…