Quisiera contaros la extraña revelación que, como en un sueño espeso de verano, me visitó ya con el pelo completamente canoso. Por desgracia, lo que comprendí no es agradable, aunque, dicen, más vale tarde que nunca, ¿no?
Flotando entre las sombras de una Madrid quieta, me di cuenta de por qué, con setenta años, compartía conversación solo con el eco de mis pensamientos. Mis hijos no se habían dignado a llamarme en más de una década, y mis nietassiquiera sabían que yo todavía respiraba en algún rincón de la ciudad. ¿Por qué ocurrió esto?
Porque, en la bruma de la vejez, vi claro que había llevado una vida torcida, una trayectoria sobre la que ahora solo podía lamentarme. Pero nadie puede retroceder en el tiempo, ni siquiera en sueños.
Siempre pensé que mis hijas eran como gallinas desorientadas y quise enseñarles, marcarles el rumbo correcto, indicarles cómo vivir con acierto. Si tropezaban, subrayaba sus fracasos con mi frase predilecta: Si hubieras escuchado los sabios consejos de tu madre, hija, otro gallo te habría cantado.
Me colaba maravillada en su vida privada y en todos sus asuntos, convencida de que nada sabrían resolver sin que yo les soplara al oído la respuesta. No dudaba en lanzar alguna pulla, incluso delante de invitados o parientes, como si eso fuese la costumbre en las meriendas dominicales.
Así, poco a poco, mis hijas se me fueron alejando hasta volvernos, más que extrañas, habitantes de universos paralelos que ni rozan. No me avisaron ni del nacimiento de mi nieta; me enteré por los rumores de unas vecinas encaramadas a otro sueño.
Intenté contactar con ellas llamadas infructuosas, cartas perdidas en el cartero de otra dimensión pero todo fue en vano. Por fin, desde el otro lado de este abismo, mis hijas respondieron así:
Si consideras que somos tan torpes, busca tú la compañía de mentes más brillantes. ¿Para qué querrías vernos?.
La última revelación, flotando en esta duermevela de soledades, es que a los hijos hay que tratarles siempre como adultos, con plenos derechos. Lo que piden de su madre es comprensión, apoyo y, de vez en cuando, una buena tarta de manzana acompañada de una tacita de té humeante.
No debemos meternos nunca, navegantes del tiempo, en los asuntos privados de los hijos, por más que nos duela; la vida es suya, y sólo ellos pueden decidir cómo cruzar su propio laberinto. Ahora me encuentro sola, y de poco me sirve haberme creído tan lista.
Valorad a vuestros hijos, o quizá, como yo en este sueño madrileño, acabaréis conversando tan solo con el zumbido de vuestras propias soledades.







