Hace ahora dos años que empecé a preparar la maleta. La mía y la de mi hijo. Coloqué una silla de coche en el automóvil. Compré un calefactor pequeño. Conduje hasta el juzgado para recoger la aprobación de la tutela.
Unas horas después, estaba camino de la habitación de mi hijo. Era el día de nuestro reencuentro. Durante toda esa semana había estado haciendo cerca de 60 kilómetros de ida y vuelta cada día para verle y después regresar a casa. Fue una semana entera y eterna.
Por aquel entonces era muy pequeño. Solía tumbar a Mateo boca abajo y soñaba con que parecía como si estuviera dentro de mí, como si fuese mío. Y probablemente él también lo sentía así. En esos momentos estaba relajado, tranquilo.
Aquellos que han adoptado hijos llaman a ese momento el Día de la Cigüeña. Cuando una familia recibe a un nuevo miembro, tan deseado, todos sienten una alegría inmensa. Los padres encuentran entonces un nuevo sentido a su vida, y el niño encuentra unos padres. Nace la esperanza de una vida normal.
A mí me costó varios meses sentir a mi hija como mía, aceptarla. Sin embargo, con mi hijo fue todo mucho más rápido. Muy pronto sentí que había un hueco para él en mi corazón. Y desde el principio, igual que en mi corazón, tenía también un sitio en mi casa. Todavía me resulta imposible comprender cómo su madre pudo tomar una decisión así, cómo pudo dejarle marchar. Ni siquiera le miró. Si hubiera posado la vista en su hijo aunque solo fuese una vez, quizá todo habría sido de otra manera. Era imposible no quererle. Seguramente estaba predestinado para mí. Él tenía que llegar a mi vida.
Yo le llamo mi niño milagro. Tiene mucho carisma. Ojalá crezca feliz. Mi Mateo. Es un inmenso honor ser tu padre.






