Entré en el ascensor de nuestro edificio de viviendas cargando dos bolsas pesadas del supermercado, cuando me fijé en el suelo, junto al espejo, y vi una pequeña llave plateada con una etiqueta de plástico roja.

Entré en el ascensor de nuestra comunidad en Madrid con dos bolsas pesadas del supermercado, y vi en el suelo, junto al espejo, una pequeña llave plateada con una etiqueta roja de plástico.
En la etiqueta estaba escrito el número 27.
El problema era que el piso 27 era el mío.
Levanté la llave y la hice girar entre mis dedos. Era nueva, brillante, con el número recién grabado y nítido. Yo jamás había hecho un duplicado.
Las puertas del ascensor se abrieron en mi planta justo cuando mi vecina del piso 29 Adela estaba junto a la entrada de su casa.
Cuando me vio con la llave, se quedó helada solo un instante.
Eh hola dijo deprisa.
Buenas tardes respondí. ¿Has perdido algo?
Le mostré la llave.
Adela palideció apenas.
No no es mía.
¿Estás segura?
Sí.
Entró en su piso y cerró despacio.
Me quedé en el pasillo, con una sensación extraña. Adela vivía allí desde hacía dos años. A veces charlábamos en el ascensor; en ocasiones recogía mis paquetes si yo no estaba.
Pero su reacción me dejó inquieta.
Abrí mi piso y entré.
Todo parecía normal. La cocina tal y como la dejé por la mañana, el portátil sobre la mesa, los papeles ordenados.
Sin embargo, la llave no se me iba de la cabeza.
A la mañana siguiente, decidí hacer algo un poco absurdo.
Pegué una pequeña tira adhesiva por dentro de la puerta apenas se veía.
Si alguien abría con otra llave, la pegatina caería.
Aquella noche, al regresar de la universidad, la pegatina estaba en el suelo.
Me quedé unos segundos frente a la puerta, mirando.
Alguien había entrado.
Entré.
Nada parecía movido.
Pero en el salón, mi taza de café estaba en el extremo opuesto de la mesa.
El corazón me latía más rápido.
Al día siguiente coloqué una camarita diminuta en la estantería de libros.
No dije nada a nadie.
El tercer día regresé antes de tiempo.
Antes de abrir, miré el móvil: la cámara había grabado movimiento.
Abrí el vídeo.
La puerta se abría.
A los pocos segundos Adela entraba.
Miraba todas las esquinas, como si temiera que yo estuviera.
Se sentó en mi sofá.
Permaneció allí unos diez minutos.
Simplemente sentada.
Después se levantó, examinó la estantería, sacó un libro, lo hojeó y lo devolvió a su sitio.
Luego se marchó.
Vi el vídeo varias veces.
No lograba comprender por qué lo hacía.
A la noche siguiente, llamé a su puerta.
Adela abrió.
¿Hola?
¿Podemos hablar un momento?
Me miró con nerviosismo.
¿Sobre qué?
Sobre la llave.
Su cara cambió.
¿Qué llave?
Le enseñé el móvil.
Puse el vídeo.
Ella fijó la vista y poco a poco perdió el color.
Esto no es lo que crees susurró.
¿Entonces qué es?
Suspiró largo.
Hace tres meses, en tu piso vivía mi hermano.
Me quedé inmóvil.
¿Qué?
Era inquilino antes que tú.
Bajó la mirada.
Murió.
El pasillo estaba en silencio.
Y continuó con voz temblorosa a veces entro solo a sentarme unos minutos.
Porque fue el último lugar donde le vi con vida.
No supe qué decir.
Adela levantó los ojos.
Sé que suena raro.
Señaló mi móvil.
Pero dime, de verdad
¿Es tan horrible como parece?

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– “A mi madre no le va el jaleo, lo sabes.” “Pero a tu madre le encantan las reparaciones gratis”, respondió Sara.