A veces también pasan estas cosas con los seres queridos

Suele ocurrir también entre la familia
Carmen, voy a celebrar mi cincuenta cumpleaños en una taberna, así que venid tú y tu marido, decía al teléfono Aurora no llamaré otra vez, tengo mil cosas que preparar.
Claro que iremos, ¡eres mi hermana mayor, mi única hermana! reía Carmen.
Aurora nunca se había casado y no tenía hijos. Así lo quiso el destino, nunca pudo ser madre. Su marido, tras nueve años de convivencia, la dejó por otra mujer; él quería tener descendencia propia y Aurora lo entendió y dejó que se marchara.
Su mejor amiga y compañera del trabajo, Pilar, tampoco se había casado, aunque Pilar tenía un hijo, que ya había formado su familia. Así que ningún evento en la vida de Aurora ocurría sin Pilar. Eran amigas inseparables, siempre presentes en lo bueno y en lo malo, como suelen decir.
Aurora y Pilar eran vecinas, cada una con su propia casa, separadas solo por una valla. Iban juntas al trabajo, volvían juntas, y los fines de semana los pasaban en compañía. Amistad verdadera, probada por los años.
Aurora celebró su cincuenta cumpleaños en un bar, rodeada de familia, algunos colegas, la inevitable presencia de Pilar y varios vecinos con los que se llevaba muy bien. Se alegró al ver llegar a su hermana menor acompañada de su marido y sus tres hijos; los dos mayores ya adultos y la hija todavía escolar.
A Pilar nunca le había gustado la actitud de la hermana menor hacia Aurora, pero prefería no decir nada; a veces, sin embargo, le daba algún que otro consejo. Aurora era generosa, bondadosa, se desvivía por sus sobrinos y ayudaba a Carmen en todo cuanto podía.
A Carmen, con tres hijos, ¿quién le va a echar una mano si no soy yo? le decía a Pilar.
A veces en verano Aurora pedía un taxi, recogía a los hijos de Carmen, a Pilar y pasaban el día en Madrid. Daban paseos por el parque, Aurora les invitaba a helados y todos comían juntos en un restaurante. Carmen tenía coche, su marido conducía, pero nunca se animaban a salir del pueblo; la menor era de otra pasta.
Cuando se acercaba su cumpleaños, Aurora siempre lo repetía:
Ni se os ocurra comprarme regalos, lo tengo todo. Si queréis gastaros dinero, traedme semillas de flores, sabéis lo que me gusta la jardinería.
Aurora, yo de flores no entiendo nada le respondía Carmen.
Da igual la semilla, que sean baratas, no te compliques, hermana.
Y Carmen se lo tomaba al pie de la letra, a veces ni regalo traía, diciéndolo entre risas:
Me dijiste que nada de regalos, así que no traigo nada Pilar no soportaba ese deje aprovechado de la hermana menor.
En verano Aurora plantaba y cuidaba las flores regaladas en su jardín, y luego invitaba a todos a admirarlas. Realmente era precioso.
Pili, asómate, gritaba Aurora por la mañana desde la valla ven a ver qué maravilla ha florecido hoy presumía con ilusión.
A Pilar no le entusiasmaba la jardinería, tenía pocas flores, y era Aurora quien la animaba a plantar alguna más.
Pues sí, Aurora, qué jardín tan bonito tienes, de manos de oro decía Pilar.
Si era fin de semana y el tiempo acompañaba, se sentaban en la terraza a tomar café y compartir confidencias y anécdotas.
Imagínate, mi hijo Rafa se ha marchado con su familia a las Islas Canarias comentaba Pilar y digo yo, ¿qué se les ha perdido allí? Aquí en la costa también se está bien. Yo no me iría nunca lejos, adoro nuestra tierra y nuestra gente. Lo de fuera, eso es para otros.
Ay Pili, la juventud busca nuevas experiencias, su vida es diferente. Aunque yo también soy de quedarme en casa, podría viajar, vivo sola, pero prefiero gastar el dinero en los niños de Carmen; al fin y al cabo, son tres respondía Aurora.
Aurora, no te enfades, pero Carmen se aprovecha de tu bondad.
Ya, pero son lo único que tengo.
Familia, sí, pero no mueven un dedo por ti. Te levantaste la casa tú sola, teniendo Carmen a su marido al lado, que también podría haber ayudado.
Aurora, efectivamente, había construido su casa de dos plantas, pequeña pero preciosa. Contrató una cuadrilla de albañiles, pero el diseño lo ideó ella misma. El huerto siempre cuidado, el jardín lleno de color.
Siempre cultivaba tomates, pepinos, pimientos en el invernadero, y repartía las cosechas con todos. Hacía conservas, mermeladas, era una excelente anfitriona. Lamentaba no tener familia propia, por eso ayudaba tanto a su hermana, a la vecina y a sus colegas.
Aurora dormía poco, se acostaba temprano y también madrugaba. Leía, cosía, cuidaba sus flores, pero nunca tuvo animales, no le hacían falta. Su padre falleció cuando ella tenía dieciséis años. Tras el entierro, su madre cayó enferma y Aurora la cuidó durante años, llevándosela finalmente a su casa. Carmen, desde que se casó, apenas visitaba a la madre, sabiendo que estaba atendida por Aurora. Cuando la madre murió, Aurora se quedó sola y volcó todos sus cuidados en la familia de su hermana.
Mi hijo mayor, Rodrigo, vive de alquiler con su familia le comentó una vez Carmen. Mi nuera no quería vivir con nosotros. Les falta dinero, tienen que pagar el alquiler, tienen un bebé y yo no puedo ayudar mucho, se lamentaba, sabiendo que podía despertar la compasión de Aurora.
No te preocupes, Carmen, mientras pueda trabajar me ocuparé del alquiler de Rodrigo. Qué le vamos a hacer
Sin jamás decírselo a nadie, Aurora pagaba el alquiler del piso e incluso les llevaba a veces la compra. Quizás guardaba la esperanza de que algún día ellos también la ayudarían. Sin hijos, tenía sólo a su hermana y sus sobrinos. Nunca lo contaba, ni siquiera a Pilar. Era su secreto más íntimo.
Quedaba poco para que Aurora se jubilara cuando tuvo que ser ingresada. Le hicieron una operación y necesitó cuidados en el hospital unos días. Carmen no apareció, diciendo que el trabajo y los niños no le dejaban tiempo.
Pilar, en cambio, pidió una semana de permiso y estuvo día y noche a su lado. Al cabo de seis días, Aurora se puso mejor y Pilar volvió a trabajar, ya sin quedarse por las noches. Aurora empezó a mejorar, a caminar sola, hasta que la dieron de alta.
Carmen apenas preguntaba por teléfono cómo estaba su hermana.
¿Cómo sigues? Mejor, ¿verdad? Bueno, pues recupérate nunca preguntó si necesitaba medicinas o ayuda, pero Aurora no se sentía ofendida.
Aunque su cuñado tenía coche, en ningún momento fueron a visitarla. Sólo el día del alta vinieron a recogerla a casa y, aun así, Carmen le dijo de camino:
La vida es imprevisible, Aurora. Nadie sabe lo que puede pasar. No estaría mal que dejaras la casa a Rodrigo, tú lo quieres mucho.
A Aurora le cayó como un jarro de agua fría. Acababa de salir del hospital y ya le hablaban de heredar la casa.
Al poco llegó Pilar:
¡Menos mal que ya estás en casa, Aurora! ¡Cómo se nota que ya estás mejor! Has tenido suerte de que Carmen moviera un dedo Aurora pensaba en el desagradable tema de la conversación de antes. Se lo contó a Pilar.
No deberías disgustarte, le dijo Pilar aún eres joven, y tienes toda una vida por delante. ¿Qué sería lo siguiente, que estén esperando el momento de heredar?
En ese momento llegó la vecina, Consuelo, setenta años y un corazón de oro. Traía una tarta para tomar café y celebrar el regreso de Aurora. Al saber de qué hablaban, se puso seria:
Aurora, ni se te ocurra dejarles la casa. ¿Qué han hecho por ti? Llevas la vida entera ayudando a Carmen y su marido, y encima quieren tu casa. Enfermar puede cualquiera, incluso tu hermana. No pienses más en eso. Llega hasta los noventa, y entonces ya decidirás a quién dejas la casa sentenció Consuelo.
Consuelo tiene toda la razón añadió Pilar riéndose. No lo verán ni en sueños
Dos días después, Carmen llamó por teléfono:
¿Qué tal, hermana?
En casa se está mejor, ya se sabe, el hogar lo cura todo respondía Aurora, sonriéndose por pensar que su hermana se preocupara, aunque sólo fuera por cortesía.
Oye, que no me respondiste la otra vez: ¿vas a dejarle la casa a Rodrigo? Total, tú no tienes hijos
A Aurora se le encogió el ánimo en ese momento. Se dio cuenta de que a su hermana en realidad sólo le interesaba eso.
Mira, Carmen, aún no pienso morirme, ni en dejarle la casa a nadie. Así que mejor hablemos de otra cosa.
Como quieras contestó Carmen bruscamente y colgó el teléfono.
Desde entonces, Carmen no volvió a llamar, ni siquiera en los cumpleaños. Aurora trató de llamarla, pero nunca contestó. A veces pensaba si, para no perder el contacto con la familia, debería dejarles la casa; pero Pilar y Consuelo siempre estaban a su lado y no la dejaban caer en ese error. Sin otro interés que el aprecio sincero.
La vida, a veces, te enseña que las verdaderas familias no siempre se miden por la sangre. Es en los momentos difíciles cuando descubres el valor de la amistad y de ser fiel a uno mismo. Y aunque duela, hay que aprender a poner límites y cuidarse, porque el cariño sincero y la lealtad valen más que cualquier casa o herencia.

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A veces también pasan estas cosas con los seres queridos
Un verdadero caballero