Un verdadero caballero

Un caballero de verdad

Querido diario,

Hoy vuelvo a escribir aquí, porque a veces no sé si entienden todo lo que pasa por mi cabeza. He pasado la tarde tecleando rápido en la máquina de escribir. Me siento casi una profesional. Estudié mecanografía en unos cursos de la Casa de Cultura y doña Esperanza, la profesora, decía que tengo unas manos de oro y que seguro que mi futuro jefe va a estar contentísimo conmigo. ¿Te parece importante? A mí sí. No todo el mundo puede decir que escribe más que bien bueno, nunca llegué al sobresaliente en Lengua, pero oye, mis notas no eran nada malas.

Mi abuelo Fidel siempre lo decía: Esta niña es una joya; letra bonita y cabeza bien puesta. Tenía el pelo revuelto, una barba de esas que pinchan y unos ojos azules como lagunas de Castilla. Venía a Madrid cargado hasta arriba: siempre un saco entero de manzanas dulces y gordas, del tamaño de su propio puño, y también calabacines. Pero los calabacines no me gustaban nada, los apartaba en el plato y luego, a escondidas, los tiraba para que los comiera nuestra perra, la Lola. Lola era una chuchilla que recogí yo misma en la calle un día de lluvia, toda sucia y con la piel enmarañada, la traje a casa y convencí a mis padres de que se quedara “en nuestro piso esa perrilla tan guapa”. Y se quedó, porque a ver quién le dice que no a una hija

Siempre he estado rodeada de personas fascinantes. Por ejemplo, venía mucho doña Inés, mi logopeda, a casa. Entre ejercicios, le encantaba hablarme de caballeros y de hombres de verdad. Pero no de esos tristes asuntos de mayores, sino de verdadero caballerismo: hombres que llevan flores, que te ceden el paso, que saben hacer un cumplido bonito o te protegen de las penas.

Para doña Inés, las penas siempre eran épicas, como cuando un caballero salva a la princesa, nunca cosas de andar por casa como facturas del gas, hacer la compra o cargar con bolsas. No, un caballero de verdad no es un amo de casa, sino un galán como de novela romántica. Decía: Mira, hija, mi marido es así: educado, simpático, sabe vestirse, nada bien, le va el voleibol y se pirra por la buena comida. Todas las vecinas me lo envidian. Y sí, hago yo todo: saco la basura, limpio la casa, corto la leña en el pueblo, y hasta conduzco para no molestarlo. Si la Reina de Inglaterra conduce, ¿por qué no yo? Así soy una dama de verdad… Y lo adoro”.

Yo la escuchaba abrazada a Lola, empapándome de esas historias de caballeros y entrada en trance. Lola también atendía, y ladraba a veces cuando doña Inés se pasaba de apasionada.

Entonces la profesora se sobresaltaba, recordando que había venido a corregirme la erre, no a llenarme la cabeza de cuentos.

Pensaba muchas veces si mi padre era como ella describía. Yo creía que sí. Llevaba a mamá al teatro, se ponía a cantar zarzuelas en el baño y parecía siempre alegre, un poco olvidadizo y festivo.

Yo nunca veía cuando él, de noche, sentado en el coche, apretaba las sienes como si la cabeza le fuera a estallar. No quería que viéramos su agobio ni su ansiedad. Al entrar en casa se obligaba a poner su mejor sonrisa para nosotras. Mi madre, Clara, lo notaba por sus ojos enrojecidos, pero nunca preguntaba nada hasta la noche, cuando se iban a dormir. Entonces le contaba lo malo del día. En ese tiempo, yo dormía plácida en mi habitación, ajena a todo, sin saber que a papá no le alcanzaba el tranquimazín

Crecí rodeada de cosas bonitas, muñecas y vajillas con filo dorado, vestidos delicados, aprendiendo cómo debía ser ese hombre de mis sueños. Decidí que estudiaría en la universidad, quizá teatro, y que algún día me casaría con un actor o cantante. Ellos parecían todos caballeros, con palabras bonitas y trajes impecables.

No me aceptaron en la escuela de teatro, dijeron que no tenía talento suficiente. Me dolió muchísimo. El abuelo siempre aplaudía mis funciones caseras y mamá estaba convencida de que era actriz. Papá nunca decía nada Jamás supe que él movió hilos para que no me cogieran. No quería que su hija se expusiera ante extraños. Decía que para actuar hay que haber sufrido, y que yo estaba demasiado mimada.

Pero mamá y yo no nos vinimos abajo. Me matriculé en Magisterio. Siempre me llevé bien con los peques, correteando por los parques y moldeando muñecos de nieve en invierno. Luego las criaturas venían a casa y yo les daba empanada de mi madre, como toda una señora de bien.

Al empezar Magisterio sólo quedaban plazas para el turno de tarde. Así que busqué trabajo y acabé de secretaria en el despacho de un amigo de mi padre, don Gonzalo Márquez.

Don Gonzalo era casi de la familia, siempre atento conmigo. Yo nunca le fallé: tomaba dictados impecables, no cometía errores, no llegaba tarde.

Veamos Perfecto; dame la pluma No, el lápiz, decía revisando los informes. A veces fruncía el ceño y yo temía haberme equivocado, pero luego sonreía y todo estaba bien. Así, mucho mejor, me decía. Y luego, ¿Qué tal si tomamos un té, Lucía?. Él mismo iba a servirse, no le gustaban los asistentes serviles, insistía en la igualdad y detestaba cualquier muestra de servilismo.

Yo, al principio, corría a poner su taza, pero me leyó la cartilla y pronto lo aprendí: mejor mantenerme en mi sitio.

Llevaba una vida tranquila: estudiaba, trabajaba, paseaba con amigas por la Gran Vía, veraneaba con mamá en la playa de Sanlúcar, siempre en la misma casita de doña Irene, quien tenía parras y me mimaba con albaricoques cuando me encontraba guapa.

Un día hubo un banquete por el cumpleaños de don Gonzalo. Ahí conocí a su sobrino, Álvaro.

Álvaro era alto, delgado pero con hombros anchos, y tenía ese porte que llama la atención. Sobre todo, era justo tal y como describía doña Inés a los caballeros de sus historias: cortés, amable, detallista, con encanto. Yo no podía dejar de mirarlo mientras charlaba con unas y otras, repartía burbujeante cava y hacía bromas chispeantes. Las damas suspiraban por su voz ronca. Don Gonzalo fingía desaprobación, pero yo veía que estaba orgulloso de su sobrino.

Yo me sentía fuera de lugar entre tantas señoras elegantes. De pronto, Álvaro apareció a mi lado: ¿Me concede este baile?, me dijo. Yo miré a don Gonzalo, que asintió, y acepté.

Sabía bailar, pero Álvaro me pisaba y reía: No es lo mío, la verdad. Prefiero algo más moderno. ¿Has estado alguna vez en París?. Girábamos y todo me daba vueltas con la emoción. No, nunca había cruzado la frontera más allá de Andorra. Álvaro rió y fue a buscarme un zumito.

Así, entre charlas y uvas, acabé rendida: era el caballero ideal de mis sueños. No uno cualquiera de metro o cigarro en mano. Álvaro era un héroe. Elegante, detallista, ingenioso, previsor. Como en los relatos de doña Inés.

Charlamos largo rato, compartiendo manías, gustos y anécdotas. Ambos habíamos tenido perros y manzanas enormes en la infancia, ambos creíamos que seríamos mejores que nuestros padres, sin reproches ni gritos en la cocina.

El taxista sonreía de vernos hablar. Es bonito ser joven y creer que la felicidad está asegurada

Al llegar a casa, me despidió con un beso en la mano. Yo me quedé esperando el beso en los labios, como en los cuentos Sólo había una rosa en el escalón. Da igual de dónde la haya sacado, pensé. Me la dejó a mí.

Al día siguiente, mis amigas querían saberlo todo. ¿Y bien, Lucía? ¿Cómo es? Yo susurré: Es un caballero, un verdadero caballero. Así quiero que sea mi futuro esposo. No me importaría hacer de heroína trágica si hacía falta.

¿Y te besasteis?, preguntó Inés, la más fantasiosa. No. Sólo bailamos y me besó la mano. Todas suspiraron menos Carmen, la deportista, que dijo: Tonterías, no te hagas la ilusa, así van todos estos niños bien, muchas flores pero nada más. Contesté que igual sí, pero mi corazón seguía hinchado.

Aquella noche sólo pensé en Álvaro cogiéndome la mano y diciendo cosas mágicas. Me puse colorada y el profesor me mandó a airearme.

Pasaron semanas sin volverlo a ver. Yo fantaseaba con encontrármelo en la panadería, adivinando mi helado favorito Pero nada.

Un jueves escuché a Antonia, la otra secretaria, cuchichear: ¿Álvaro? Ahora quiere casarse, imagínate Bailó con Lucía en el restaurante. ¡Novio perfecto, dice! Ay, qué cosas. Me invadió un sofocón y mojé las letras del informe de don Gonzalo con mis lágrimas. Lo disimulé, pero sentí el mundo venirse abajo. Carmen tenía razón. Yo, tan ingenua, atrapada en historias y falsas ilusiones

Esa tarde fui un desastre. Quise esconderme bajo tierra. Don Gonzalo, tras leer ese informe, explotó en mitad de la sala de juntas: ¿Qué tontería me has escrito, Lucía? ¿Caballeros, galanterías? Me van a tomar el pelo los de Bilbao, ¡y todo por tu culpa!. Me sentí tan humillada. Salí corriendo por las calles de Madrid bajo una lluvia absurda, sin mirar semáforos ni grietas.

Ya en el metro, lloré y lloré. “¡Qué vergüenza! Mañana todos se reirán de mí. No me quedará más remedio que marcharme del trabajo”.

Al llegar a casa, mamá lo notó y me dio dulces. Ni pan quería comprar, sólo dulces. Hasta que al final, resignada, salí envuelta en mi rebeca a la panadería.

Chocando con alguien gigante, levanté la vista: Álvaro. Sentí que las orejas me ardían del bochorno. Quise huir, pero él me tomó del hombro, cariñoso.

He leído tu confesión de amor en el informe de mi tío, Lucía. Deberías escribir novelas

Yo sólo quería desaparecer. ¿Por qué vas vestido así?, balbucí. Estaba manchado de yeso y pintura. Vengo de las prácticas de obra. Los caballeros a veces se ponen manchados de verdad, ¿no crees?. Sonreímos de lado.

Si vienes del campo de batalla, se te permite llevar la armadura abollada bromeé, y él me ofreció su cara. Sécame con tu pañuelo perfumado, mi dama, rió.

Y caminamos juntos hasta su casa. Me invitó a comer a casa de su abuela, doña María, a la que llamaba abuela Maruja. Ella me miró con cariño y puso la mesa como si fuera ya parte de la familia.

¿No sabes hacer ni sopa ni tortillas? Pues los caballeros comen mucho, hija. Bueno, ya aprenderás, nadie nace aprendido…, dijo Maruja. Y tú, Álvaro, ni siquiera sabes poner ladrillos. Aprende tú también y punto.

Después de aquel almuerzo entendí que los caballeros actuales, aquí en España, ya no llevan espada ni relucen armaduras bajo el sol del sur. Deben ser manitas, trabajadores y, sobre todo, buenos compañeros.

Yo tampoco era una dama de alta alcurnia; no entendía los códigos de etiqueta, ni los mil cubiertos en los restaurantes. A veces secaba las manos en el vestido y la sopa me quedaba líquida. Pero Álvaro, como buen esposo paciente, esperaba, callado, hasta que me salieran mejores los guisos. No me criticaba si le caía un cubo de pintura encima ni cuando la tortilla se iba por el sumidero.

La vida se volvió de carne y hueso: sin galanterías exageradas, sin fingimientos. Corriendo descalzos en la playa, tirándonos por la nieve o charlando de problemas con té y magdalenas.

Descubrí, por fin, un mundo genuino, el de verdad. Un día pregunté a mamá: ¿Por qué nosotros sonreíamos tanto y todo era tan de postal? Me abrazó y contestó que, tras un pasado difícil, sólo quería que yo tuviera una infancia despreocupada.

La niñez terminó de golpe cuando papá enfermó. El hospital, el miedo a perderlo por fin entendí qué era lo importante.

Con el tiempo, papá mejoró, aunque ya le costaba moverse como antes. Abuelo Fidel ya no cargaba manzanas, íbamos nosotros a su casa. Hacíamos compotas y las guardábamos en tarros. Yo horneaba tartas con la receta de abuela Maruja y convidaba a los vecinos.

Años después, encontré un día a doña Inés, mi vieja logopeda, y me preguntó si había encontrado por fin a mi caballero con armadura.

Sí, tía Inés. Le escribí una carta, me pidió la mano y se arrodilló le conté, feliz.

¿Pero es un arquitecto ilustre o algo así? se sorprendió.

Es albañil, de verdad, pero vuela tan alto como cualquier soñado caballerorespondí riendo.

¡Ay, hija, voy a tener que revisar mis cuentos!, musitó ella. Y se despidió. Yo seguí andando, feliz.

Ahora veo que es mejor tener un compañero de los de verdad. Uno que no necesita capa ni espada, que está, simplemente, siempre contigo, y te acepta, sin que tengas que actuar. Eso vale más que todas las historias de príncipes y princesas.

Yo, Lucía, de Madrid, termino aquí mi entrada de hoy, dispuesta a seguir andando por mis simples y alegres quehaceres, en esta vida tan de aquí, tan nuestra.

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