Asistí a la fiesta de empresa de mi hermana en un hotel de lujo cuando me di cuenta de que en el respaldo de su silla colgaba una chaqueta de hombre que reconocí demasiado bien, porque hacía apenas dos horas la había dejado en la oficina de mi socio.

Estoy en la fiesta de empresa de mi hermana, en el elegante Hotel Ritz de Madrid, cuando noto que sobre el respaldo de su silla cuelga una chaqueta de hombre que reconozco al instante. Es imposible no hacerlo: hace solo dos horas la dejé en el despacho de mi socio.

Me quedo petrificado al lado de la mesa, con un vaso de agua en la mano, intentando convencerme de que me equivoco. La chaqueta es gris oscura, con el borde del bolsillo algo gastado y un botón ligeramente suelto, el mismo que he visto mil veces girar entre los dedos de Alejandro cuando se pone nervioso. No puede ser la misma pero lo es.

Mi hermana, Cayetana, charla y se ríe con unos compañeros de trabajo, usando esa risa suya que pone solo cuando quiere impresionar a alguien. Al verme, su expresión se tensa durante una fracción de segundo antes de sonreír de nuevo.

No sabía que ibas a venir me dice.
La invitación era para toda la familia respondo, señalando la chaqueta. ¿De quién es?
Ella echa un vistazo fugaz al respaldo y mueve la chaqueta casi imperceptiblemente.
De un compañero. Se la ha dejado olvidada.

En ese momento, una voz muy conocida suena a nuestra espalda.

Vaya, qué sorpresa verte aquí.

Me giro y veo a Alejandro, mi socio desde hace ocho años. Va solo con la camisa, sin chaqueta, y con esa expresión calmada que siempre pone cuando negociamos algún trato. Pero hoy no estamos negociando nada.

Se queda mirando la chaqueta, luego a mí.

Me dejé la americana dice, como si nada, al recogerla.

Entre los tres se instala un silencio tenso que, tal vez, sólo yo percibo. Cayetana juguetea nerviosa con su melena, y Alejandro parece como si la situación fuera de lo más normal.

¿Trabajáis ya juntos? pregunto.
A veces colaboro con su empresa contesta Cayetana, demasiado deprisa.

Lo curioso es que jamás me había dicho nada de eso. Y yo suelo enterarme de todo lo que pasa en torno a nuestro negocio.

Intento pasar página. Pero la velada empieza a desmoronarse en mil pequeñas dudas. Alejandro desaparece cada dos por tres durante varios minutos, y Cayetana se escabulle detrás de él. Vuelven en momentos distintos, pero arrastrando el mismo mutismo nervioso.

En un momento dado, decido salir a la terraza del hotel a tomar aire. Al acercarme a la puerta, que está entreabierta, oigo la voz de mi hermana.

Tienes que contárselo.

Alejandro suspira.

Ahora no.

Mi corazón late tan fuerte que temo que entren y me descubran ahí.

Tiene derecho a saberlo insiste Cayetana.
Si se lo contamos ahora, lo perderá todo responde Alejandro en voz baja.

Ya no parecen estar hablando de una aventura amorosa. Suena a algo mucho peor.

Vuelvo al salón, aparentando no haber oído nada. Pero en mi cabeza empiezan a encajar todas las piezas extrañas de los últimos meses: documentos que Alejandro insistía en que no dejara para después, nuevos inversores de los que nadie me hablaba directamente.

Después de media hora ya no aguanto más. Me acerco a los dos y suelto:

¿Qué es exactamente lo que tengo que saber?

Cayetana palidece. Alejandro me mira unos segundos y finalmente suspira.

Íbamos a decírtelo.
¿Cuándo? pregunto, dolido.

Saca el móvil del bolsillo, abre un documento y me lo tiende.

Es un contrato de venta de nuestra empresa.

Solo que hay un detalle que me deja helado.

La firma del vendedor es la mía.

Eso no puede ser musito.

Alejandro niega con la cabeza.

Lo firmaste hace tres meses.

Caigo en la cuenta. Era uno de esos documentos que firmé deprisa, sin revisar bien, porque confiaba plenamente en él. Había mezclado el contrato con otros papeles sobre inversores.

O sea que me has engañado susurro.

No interviene mi hermana. Estamos intentando pararlo.

Resulta que Alejandro empezó a vender la empresa a mis espaldas, pero en el último momento Cayetana se enteró y estaba buscando la manera de cancelar todo. Por eso se veían a escondidas.

Pero el acuerdo ya estaba casi hecho.

Me quedo ahí, mirando a las dos personas más cercanas de mi vida; el uno me ha traicionado y la otra me ha mentido durante meses, aunque sea por protegerme.

Hasta hoy no sé qué duele más: si la traición de mi socio o descubrir que mi hermana lo sabía y no me lo dijo desde el principio.

Decidme, sinceramente si estuvierais en mi lugar, ¿en quién confiaríais?

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

8 − one =

Asistí a la fiesta de empresa de mi hermana en un hotel de lujo cuando me di cuenta de que en el respaldo de su silla colgaba una chaqueta de hombre que reconocí demasiado bien, porque hacía apenas dos horas la había dejado en la oficina de mi socio.
En invierno, Valentina decidió vender su casa y marcharse a vivir con su hijo.