El precio de la humanidad: Perdió su empleo por ayudar a un sintecho, pero el desenlace de esta historia dejó a todos boquiabiertos…

Ayer me topé con una historia que me dejó pensando en lo importante que es ser buena persona, incluso cuando eso pone en juego tu trabajo. Mira, te la cuento como si estuvieras aquí conmigo tomando un café.

Verás, ocurrió en uno de los hoteles más elegantes de Madrid, el Gran Hotel Real. Todo relucía: lámparas impresionantes, suelos de mármol y cortinas rojas enormes. Pero ahí, entre tanto lujo, había un hombre mayor sentado en un sillón. La ropa le caía empapada tras el chaparrón que había caído esa tarde; no tenía ni pinta de haber dormido bien en días. La verdad, daba muchísima pena.

Por allí rondaba la directora del hotel, Leticia, una tía muy seria y rígida, que pone a todos firmes. De repente, va directa a Sergio, el recepcionista, y medio gritando le suelta:

¡Ese hombre está espantado a nuestros clientes más importantes! y le señala al abuelo. ¡Sácalo ahora mismo, aunque le caiga otro chaparrón encima!

Sergio la mira, pero enseguida sus ojos buscan al anciano, que temblaba y sólo miraba el suelo, sin fuerza para levantar la cabeza siquiera. No parecía peligroso, simplemente derrotado.

Está tiritando y seguro que no come caliente desde hace días le responde Sergio, tajante. Yo a este hombre no lo echo a la calle con este tiempo, ni aunque me lo pida el Rey.

Leticia, roja de indignación, le planta cara:

O lo echas tú, o prepárate para irte tú. Dame tu placa si prefieres quedarte con él.

Sergio no dudó. Se quitó la plaquita con su nombre, Recepción Sergio Martínez, y se la alargó a Leticia.

Prefiero dormir tranquilo. No vendo mi conciencia por un sueldo le dijo, casi en susurros.

Ni corto ni perezoso, se quitó la chaqueta del uniforme y se la echó por encima al abuelo.

Venga, vamos al bar de la esquina y te invito a un chocolate caliente, ¿te parece?

Y en ese momento, el anciano cambió la mirada: dejó de parecer frágil y sus ojos se volvieron muy vivos, avispados. Buscó en su viejo abrigo y en vez de sacar unas monedas, sacó una tarjeta negra con el escudo del hotel grabado en dorado.

Las piernas a Leticia casi le fallaron del susto. Aquella tarjeta sólo la tenía el mismísimo propietario de todos los hoteles Gran Hotel Real del mundo, ese que nadie nunca había visto. Vamos, casi un mito en carne y hueso.

El viejo se levantó, ahora con porte de jefe, y le habló con una calma increíble:

Leticia, has olvidado lo esencial de este negocio: todo el mundo merece respeto, no sólo los que vienen con corbata y reloj caro. Tú sólo ves clientes, pero no ves personas.

Puso la mano en el hombro a Sergio, que alucinaba más que nadie.

Hijo, has demostrado tener lo que busco en mis directores: corazón y valor. Leticia, recoge tus cosas. Sergio, a partir de ahora tú diriges este hotel.

Miró por la ventana, que aún mostraba Madrid empapado bajo la lluvia, y le guiñó a Sergio:

Y ahora, ese chocolate del que hablábamos ¿me acompañas?

Ya ves, la vida da mil vueltas. Hoy ayudas a un hombre sin hogar y mañana te hace director de un hotel en Madrid. La moraleja: cuidar de los demás nunca cae en saco roto.

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