Muchas nueras jóvenes en España sufren a causa de la relación con sus suegros y no tienen con quién desahogarse.
Se acerca nuestro primer aniversario de boda. La relación con mi suegra aún no se ha asentado del todo. Más bien, seguimos siendo algo extraños, ni mucho menos perfectos, eso seguro.
Le pedí a mi esposa que me presentara a su madre antes de la boda, ya que ella conocía perfectamente a la mía. Siempre lo íbamos posponiendo: que si no había tiempo, que si su madre estaba ocupada, que si otra cosa. Y decían: Ya tendréis tiempo de conoceros. Finalmente, nos vimos el mismo día de la boda. El encuentro fue frío: a mi sincero y sonriente ¡buenos días!, me respondió entre dientes un escueto buenos días.
Hasta entonces, mi esposa me había contado que su madre era una mujer estupenda, comprensiva como pocas. Aunque le confesé en una ocasión que temía que pudiera meterse demasiado en nuestra vida. Al fin y al cabo ya había visto muchas historias así antes. Sin embargo, mi esposa siempre me aseguraba que su madre jamás se metería, que ella siempre le había dicho que escogería a la chica con la que quisiera casarse y formar su familia, y que nunca le reprocharía ni le daría lecciones de vida. Pero unos días después de la boda, llegué del trabajo y ahí estaba mi mujer, tomando un café en la cocina, con cara pensativa. Le pregunté qué la preocupaba. Su respuesta me dejó de piedra:
Creo que a mi madre no le caes bien.
Resulta que a mi suegra no le gusta que no lavo los huevos con bicarbonato antes de usarlos. Que dejo los platos en el fregadero porque me resulta fácil. Que dejo la esponja tirada en la pila, en vez de ponerla en un platito aparte. Que preparo el caldo todo de una vez y no en dos aguas. Y muchas otras cosas más. Me quedé atónito.
Le pregunté a mi esposa:
Pero ¿por qué iba a molestarle nada de eso? Al final de cuentas, tú y yo somos nuestra propia familia. Ella ni siquiera vive con nosotros.
Pero soy su hija me dijo. Yo estoy acostumbrada a hacer las cosas como ella, y deberías hacerlas igual.
Protesté diciendo que mi cocina era diferente, que en mi casa podía hacer las cosas como quisiera.
Pero mi esposa opinaba que ahora debíamos vivir siguiendo otras costumbres, y que tendría que acostumbrarme.
Después pasaron unos cuatro meses tranquilos. Cuando veía a mi suegra, me sonreía y me preguntaba con educación por el trabajo, por nuestra relación, por si ayudaba en casa su hija. Cuando adoptamos un perro, no pasó ni semana y media hasta que media ciudad sabía que yo no le cocinaba huesos ni carne. Que era un desastre por darle comida cruda al perro. Que mi pobre suegra tenía que soportar a una nuera tan descuidada. Resulta que era pésimo en todo.
Y ni siquiera sabía que lo hacía tan mal. Se lo comenté a mi esposa cuando, paseando al perro, un amigo me contó las historias que circulaban. Me sentó francamente mal enterarme de boca de un desconocido. Le pedí que hablara con su madre, pero ella solo se rió y me recomendó que no le diera importancia. Ahora mi suegra me tiene un poco de tirria. Siempre me dirijo educadamente y sólo recibo un seco buenos días en respuesta.
Mi mujer piensa que no respeto a su madre, porque me niego a copiar todo lo que hacen en su familia, ni hago el esfuerzo necesario para acercarme a mi suegra. Para colmo, parece que mi suegra lo que más echa de menos… es al perro. Y, por cierto, sus padres suelen aparecer en nuestra casa a tomar café sin avisar.
Y eso que aún falta lo peor, porque pronto tendremos que mudarnos provisionalmente a su piso. No me imagino cómo voy a sobrevivir allí. Y da miedo pensar lo que pasará si algún día tenemos un hijo: seguro que todo el vecindario comentará cómo le baño y le doy de comer. Empiezo a pensar que acabaré volviendo con mis padres. Lo dudo mucho, pero no creo que mi suegra me deje vivir tranquilo bajo su techo.







