Estaba sentado en la pequeña cafetería del barrio esperando a mi amiga María, cuando el camarero dejó delante de mí un bolso de señora que nunca había visto y me dijo que mi marido se lo había olvidado allí ayer.

Estaba sentada en la pequeña cafetería del barrio, esperando a mi amiga Lucía, cuando el camarero dejó delante de mí un bolso de mujer que jamás había visto y, con total naturalidad, dijo que mi marido lo había olvidado allí el día anterior.

Me quedé helada con la taza de café suspendida en el aire. El camarero hablaba tranquilo, como si fuera lo más normal del mundo, pero mi cabeza ya era un hervidero de preguntas. Mi marido, Álvaro, supuestamente llevaba tres días en un viaje de trabajo.

¿Está seguro de que es de mi marido? pregunté en voz muy baja.

Sí asintió el camarero. Estuvo aquí ayer por la tarde. Con una señora. Se sentaron justo en esta mesa.

El bolso era pequeño, elegante, plateado, de esos que solo se llevan por la noche. Lo toqué con cuidado, como si me fuera a quemar los dedos.

Me dijo que lo dejara aquí, por si su mujer volvía a recogerlo añadió el camarero.

El corazón me latía tan fuerte que por un instante no podía oír nada más. Yo jamás le había contado a Álvaro que iba a ese café.

Abrí el bolso. Dentro había una barra de labios, un pequeño espejo y una fina pulsera de oro. No era mío.

Justo en ese momento entró Lucía, y enseguida supo que algo no iba bien.

¿Qué ocurre? susurró, inclinándose sobre la mesa.

Le mostré el bolso.

Lucía se quedó blanca como el papel.

Esto es muy malo murmuró.

Le conté lo que me había dicho el camarero. Lucía miró hacia la puerta, como temiendo que alguien apareciese de repente.

Tiene que haber una explicación dijo, pero su voz no sonaba nada convencida.

Entonces mi móvil comenzó a vibrar.

Álvaro.

¿Cómo estás, cariño? dijo con toda calma. El viaje se ha alargado. Vuelvo mañana.

Miré el bolso.

¿Seguro que estás fuera de Madrid? le pregunté.

Claro, mujer se rió. ¿Por qué lo dices?

No me dio tiempo a contestar, la puerta de la cafetería se abrió.

Y Álvaro entró.

No venía solo.

A su lado iba una mujer de unos cincuenta años, tremendamente elegante, andando con una seguridad arrogante, con ese aire de quien está acostumbrada a manejar cualquier situación.

No me habían visto.

Lucía me apretó la mano bajo la mesa.

¿Es él? susurró.

Asentí, tragando saliva.

Álvaro se sentó en la mesa de al lado. La mujer le puso la mano encima.

Sentí que el estómago se me cerraba.

No me lo puedo creer susurré.

Lucía me miraba con el alma en vilo.

¿Vas a ir? preguntó.

Ya me estaba levantando.

Me acerqué a su mesa.

Hola, Álvaro dije con todo el aplomo que fui capaz de reunir.

Él alzó la cabeza y su cara se descompuso en una mueca de absoluto horror.

¿Clara?

La mujer a su lado me miró con frialdad.

¿Se conocen? preguntó, seca.

Deposité el bolso sobre la mesa.

¿Es esto suyo? le pregunté.

La mujer lo miró y asintió lentamente.

Sí.

Álvaro estaba blanco como la pared.

Clara, puedo explicarlo

Pero la mujer le cortó de inmediato.

Así que esta es tu esposa dijo, en voz baja.

Él no contestó.

La mujer volvió la mirada hacia mí.

Soy la dueña de la empresa donde trabaja su marido declaró con suma tranquilidad. Hoy mismo lo he despedido.

Álvaro la miró como un náufrago.

Por favor, no

Se hizo pasar por soltero continuó. Y usó dinero de la empresa para intentar impresionarme.

La cafetería se había quedado en silencio absoluto.

Ella se levantó.

Gracias por devolverme el bolso me dijo, con una sonrisa seca.

Luego clavó los ojos en Álvaro.

Y tú Creo que tu mujer merece la verdad.

Sin decir nada más, se marchó.

Álvaro se quedó paralizado, hundido en la silla. Sin trabajo, sin coartada, sin una sola mentira que pudiera salvarle.

Lucía se acercó a mí.

¿Vas a perdonarle? me susurró.

Lo miré.

Y por primera vez en años, no sentí absolutamente nada.

Solo una profunda, extraña paz.

Pero me pregunto

¿Hice mal en levantarme y dejarlo allí, completamente solo?

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Estaba sentado en la pequeña cafetería del barrio esperando a mi amiga María, cuando el camarero dejó delante de mí un bolso de señora que nunca había visto y me dijo que mi marido se lo había olvidado allí ayer.
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