Pero hazme el favor, Carmenita, que no somos extraños la voz al otro lado del teléfono sonaba lastimera, con esa nota de queja que rompía todos los nervios y desarmaba cualquier resistencia. Este trabajillo me hace falta como el aire. Lo sabes bien, la hipoteca no se paga sola, y Rafa otra vez se retrasa con la pensión, el desgraciado.
Carmen suspiró hondo, cambiando el auricular de mano. En la sartén ya empezaba a desbordarse el caldo, en el pasillo el gato afilaba las uñas contra el papel nuevo de la pared y el único sábado libre amenazaba con convertirse en una guardería improvisada.
Sofía, yo pensaba descansar hoy intentó oponer tímida resistencia, aunque ya conocía el guion de memoria.
¡Anda ya, Carmela! el tono de su cuñada cambió en un instante de suplicante a decididamente animoso. Pablo y Mario ya son mayorcitos, siete años tienen, ni que fueran bebés. Solo tienes que ponerles un plato de sopa y encenderles los dibujos. Esta tarde, sin falta, los recojo. Ayúdame, que me pagan el doble por el turno de sábado y así salgo de las deudas de la luz, que me ahogan.
Carmen miró a su marido. Luis estaba en la cocina, escondido tras el periódico, fingiendo que no iba con él. Pero si intentaba protestar, seguro que empezaba su discurso preferido sobre la familia es lo primero y pobre Sofía, sola con los niños.
Vale, se rindió Carmen, apagando el fuego. Tráelos. Pero solo hasta las siete, ¿eh? Que igual nosotros también tenemos vida.
¡Eres un cielo! ¡Un ángel, Carmenita! canturreó Sofía, y colgó antes de que su cuñada pudiera arrepentirse.
Cuarenta minutos después el caos tomaba la vivienda. Pablo y Mario, lejos de ser autónomos, consideraban el desorden una forma de creatividad. Eso de se entretienen solos era, a ojos de Carmen, un peligro y un atentado contra la integridad del mobiliario.
Tita Carmen, ¿dónde tienes la tablet?
¡Tía Carmen! ¡Mario me ha pisado el pie!
¡Tengo hambre! ¡Puaj, sopa con cebolla, no!
Carmen corría de la cocina al salón, recogiendo zumo del suelo y rescatando al gato, a quien los gemelos intentaban ponerle un vestido de muñeca que había dejado la hija de Carmen años atrás. Luis, como siempre, desapareció discretamente ‘a revisar el coche al garaje’, aunque solo era julio. Esa era la costumbre: amor de hermano sí, pero a distancia y solo si estaba a punto de marcharse, con chocolatina en mano para la despedida.
Al mediodía, Carmen ya tenía la cabeza a punto de estallar. Sofía, la última vez que dejó a los niños, parecía de verdad agotada: ojeras, el pelo hecho un moño apresurado, una chaqueta ajada. Siempre lamentando lo mal pagados que estaban los turnos que le tocaban en el almacén aquel de la zona industrial, repasando facturas en un rincón polvoriento. Mucho polvo y patas hinchadas, ¿qué remedio?, suspiraba, y a Carmen le daba pena, porque sí, Sofía sacaba adelante sola a dos hijos mientras su ex desaparecía, olvidando que era padre.
Se había vuelto rutina. Todos los sábadosy algún domingo, la casa de Carmen se transformaba en campo de batalla. Sus intereses, la casa de campo, el teatro o hasta una tarde tranquila con un libro, quedaban desterrados.
Sin embargo, todo se torció aquella tarde. El reloj marcaba las ocho y Sofía no daba señales. El móvil, apagado.
Luis, llama a tu hermana pidió Carmen, intentando dormir a los niños ante la tele.
Ya la he llamado murmuró Luis, bajando del garaje con un aire extrañamente satisfecho y olor a cerveza, más que a aceite. No responde. Seguro que allí dentro no hay cobertura. O se habrá quedado sin batería. La pobre, es que no para, deberíamos tenerle compasión.
Sofía llegó cerca de las diez, extraña: con las mejillas encendidas y sonrisa desdibujada. Caminaba con la espalda arqueada.
¡Ay, la espalda, madre mía! se quejó, dejándose caer en el puf del pasillo. Llevo todo el día cargando cajas Carmela, eres un sol, me salvas.
Olía raro, a algo caro y exótico, mezcla de suavizante de pelo carísimo y aceites de sitios exclusivos.
¿Te has cambiado de perfume? preguntó Carmen, mientras vestía a sus sobrinos medio dormidos.
Sofía se quedó un segundo petrificada antes de soltar una risilla nerviosa.
Qué va, eso es que en el almacén las chicas andaban repartiendo muestras; probé uno, pero ni me gusta, no te creas.
Cuando Sofía se fue, Carmen no sintió alivio, sino inquietud. Ese olor era el mismo de Sándalo y Pachulí que Carmen recordaba de aquel centro de bienestar de la Gran Vía, el que sus compañeras le regalaron una vez. Pero desechó el pensamiento. Seguro que alguna casualidad No se puede sospechar mal de la gente, y menos de la familia.
Los días pasaron entre facturas y nóminas: Carmen era contable, y el cierre de trimestre le drenaba la energía. El viernes solo tenía ganas de dormir. Entonces, llamó Luis.
Carmela, mira, que Sofía otra vez Dice que tiene turno de noche en el almacén y que traigamos a los chicos desde la mañana y toda la noche, por favor.
Carmen cerró los ojos, exhausta.
No puedo, Luis. Llevo días mala de la tensión.
Pero mujer se crispa Luis. Es tu sangre, hace lo que puede, no está de juerga. Hay que ayudar.
El yo ayudo de Luis era ponerles los dibujos a todo volumen. Discutir no servía.
Vale, esta vez sí, pero la última, Luis. No soy de piedra.
El sábado comenzó como siempre, niños a primera hora, un paquete de magdalenas en la mano y Sofía escurriéndose hacia la puerta por miedo al jefe. A la hora del almuerzo, Mario, el menor, se quejaba de dolor de muelas. La mejilla inflamada, lloriqueaba sin querer abrir la boca.
Luis, hay que ir al dentista dijo Carmen examinando el bulto.
Hoy solo hay un médico para todo el barrio, imposible contestó él, encogiéndose de hombros. Dale una pastilla y ya está.
No, hay que ir. Llama a Sofía para que te diga el número de su seguro, o al menos el sitio donde guarda la tarjeta.
El teléfono de Sofía, otra vez, fuera de cobertura.
Nos vamos a una clínica privada y punto aclaró Carmen. No pienso mirar cómo sufre este crío.
Así se plantaron en la clínica donde iba Carmen siempre, una segura y céntrica de Salamanca. El dentista, muy majo, enseguida solucionó el problema, sacó el diente, puso un drenaje y recetó cuidados. Mario, feliz con su cochecito de premio, pronto olvidó el sufrimiento.
Al salir, Carmen reparó en el rótulo a dos pasos: Loto Dorado. Un enorme spa urbano, con piscina, saunas y tratamientos, el mismo cuyo aroma la había intrigado la otra semana.
Luis, espérame con los niños, ¿vale? Cinco minutos para mirar precios, que tengo la espalda molida.
No te entretengas, gruñó él, metiendo a los niños en el coche.
Carmen empujó la pesada puerta acristalada. Frescor, luz suave y ese aroma a sándalo lo llenaba todo. La recepcionista le sonrió con dientes perfectos.
¡Buenas tardes! ¿Tenía cita?
No, quería consultar los precios
Mientras revolvía folletos, del café saludable que había junto al spa brotó una carcajada explosiva, inconfundible. Carmen, atónita, miró. Tras el cristal, tras un velo translúcido, distinguió tres figuras femeninas en bata blanca, turbante de toalla en la cabeza y copa con un líquido verde en la mano. Una, gesticulando, reía con fervor.
Como en un sueño, Carmen se acercó: era Sofía. Su cuñada agotada, reventada, hambrienta. Sofía con piel reluciente y manos con sortija nueva. Sofía que decía:
Y le digo a Carmen: Ay, no puedo, la espalda, las cajas, ¡y se lo cree! Así cada finde relax total. Soy madre soltera, tengo que recargar pilas, si no me fundo en el trabajo. Además mi hermano, pobretico, cree que no llego a fin de mes y siempre afloja algún eurito.
A Carmen le temblaban las piernas. Se le cayó el folleto de manos. Todo su esquema de vida familiar se desmoronaba. Toda la compasión, las tardes perdidas, las ollas de sopa, lavar ropa ajena Y resultaba que Sofía, mientras, descansaba entre aceites y se reía de la santa inocencia.
¿Le pasa algo, señora? preguntó la recepcionista, voz borrosa.
Carmen parpadeó.
No, estoy estoy maravillosamente bien.
Salió a la calle. El sol la cegaba; dentro de ella solo quedaba frialdad. Entró al coche.
¿Qué tal los precios? Luis, distraído con el móvil.
Prohibitivo para nosotros, Luis. Muy caro.
No abrió la boca en todo el camino. Rumió un plan. Le apetecía romper algo, gritar, dejar a los niños a la puerta de Sofía, llamarla y soltarle toda la verdad a bocajarro. Pero Carmen era paciente. La venganza, pensó, es un plato que se sirve frío.
Aquella noche, mientras Sofía debía regresar arrastrándose del almacén, Carmen preparó la escena: mesa puesta, raviolis comprados en el súper, ensaladita. Los niños, por fin, dormidos tras la odisea dental.
El timbre sonó a las once.
Sofía entró cojeando, gesticulando drama.
Ay, cielos, el turno de hoy fue odioso dijo, descalzándose. Pensé que me quedaba allí, entre palés. ¡Carmela, los niños duermen? Eres un amor. ¿Me dejas llevármelos flojito?
Pasa, Sofía, toma un té dijo Carmen con voz neutra y fría. La cuñada no lo notó.
Bueno, una taza y me caigo redonda.
Se sentaron. Luis apareció masticando.
¿Y el trabajo? preguntó Carmen, mirándola fija. ¿Mucha faena?
Una locura agitó la mano Sofía. El jefe nos hizo contar sacos de cemento. ¿Te imaginas, yo con mis bracitos y cemento?
Duro asintió Carmen. Pero en el Loto Dorado hoy había descuento para envoltura de algas. ¿No has oído?
Sofía atragantó el té. Palideció y alzó los ojos. Mirada de zorro cercado.
¿Qué loto? No sé de qué hablas, yo estaba en el polígono, en el almacén
Pues en el que te vi hoy, a las dos, con tus amigas, brindando, y contando cómo engañas a Luis y a mí. Estábamos al lado, Mario tuvo que ir al dentista. Te queda fenomenal la bata blanca, por cierto, mucho mejor que el disfraz de sufrida.
Nos envolvió el silencio. Solo se oía el zumbido de la nevera y el reloj del pasillo. Luis alternaba la mirada entre esposa y hermana, boquiabierto.
Carmela, te has equivocado tú se atrevió.
Cállate, Luis sin mirarlo, marcó Carmen. Que responda ella.
Sofía se quedó muda. Pasaron por su rostro el miedo, la rabia, la tentación de otra mentira. Pero sabía que ya era imposible negar.
¿Y qué? aulló de pronto, arrogante. ¡Claro que estaba descansando! ¡Tengo derecho! ¡Sola con dos niños, no puedo ni relajarme?
¿A costa mía? preguntó Carmen, bajito. ¿De mi tiempo, mi salud, mis sábados? Mentías, Sofía. Reías de mí.
¡Sois familia, estáis obligados! ¡No tenéis críos, vivís como reyes! A mí me toca lo duro.
¿Lo duro? ¿Ir a masajes? Carmen la miró con sorna.
Luis, por fin, reaccionó. Se incorporó, ojos llenos de incredulidad.
Me pediste dinero para la luz cortada… te di ochocientos euros el mes pasado. Dijiste que te lo quitaban… y te lo gastaste en el spa.
¡Eso no es cosa tuya! chilló Sofía. Eres mi hermano, tienes deberes. Y esta señalando a Carmen, ni familia es, y se queja de cuidar a los niños… ¡vaya drama!
Carmen se levantó despacio.
Fuera dijo.
¿Qué?
Fuera de mi casa. Y los niños contigo, ahora. Ya los despiertas y los vistes. Aquí no duermen más.
¡Te has vuelto loca! ¡Es de noche! ¡Duermen!
No me importa. Pide taxi. Si tienes para el spa, tendrás para taxis.
¡Luis! ¡Dile algo! buscando auxilio en su hermano.
Pero Luis miraba por la ventana, rendido. Su mito de hermana sufriente se desmoronaba.
Recoge, Sofía dijo, sin vuelta atrás. Carmen tiene razón.
Recoger fue un drama. Los pequeños lloraron de sueño, Sofía arrastraba mochilas y amenazas, prometiendo contar por el barrio la crueldad de sus parientes una madre en la calle, de madrugada.
Carmen observaba firme, brazos cruzados. No sentía ni culpa ni lástima: sí una claridad nueva, y un vacío pronto a llenarse de paz.
Al cerrar la puerta, solo quedaba silencio. Luis se sentó, la cabeza hundida entre las manos.
Perdóname, Carmen musitó. No lo sabía. La creía. He sido idiota.
Carmen puso la mano en su hombro.
La querías. Eso te hace buena persona. Ahora ya ves, y es lo importante.
Ni un euro más sentenció Luis. Ni un minuto más de niñera. Que se las apañe o que aparezca el padre. Se acabó.
A la mañana siguiente era domingo. Carmen se despertó notando la casa silenciosa, luminosa. Nadie brincaba en el sofá, nadie pedía dibujos, ni derramaba zumo. El sol se colaba por el dormitorio. Se estiró, sintiendo la ligereza de cada músculo.
En la cocina olía a café. Luis había hecho desayuno: huevos y jamón, como solían gustarles pero nunca tenían tiempo.
Buenos días le sonrió, con calor y algo de vergüenza. ¿Qué hacemos hoy?
Nada sonrió Carmen, plácida. Nada de planes. Hoy mandamos nosotros. Quizá el parque. Quizá cine.
¿Y si vamos a la sierra a hacer barbacoa? propuso Luis. Solo nosotros. Apago el móvil.
El móvil de Sofía luego sonaría un par veces más, pero ya no contestaron. Al poco, corrió palabra de que andaba dándole pena a familiares lejanos, contando que la pareja era cruel y la había echado en plena noche, pero Carmen y Luis mantuvieron su posición. Sin niñera gratis, Sofía por fin tuvo que dejar los lujos y cuidar de sus hijos. Un mes después, encontró un trabajo real, porque el grifo fácil se había secado.
Las relaciones pasaron a diplomacia fría: mensajes festivos y alguna reunión familiar, pero Sofía no volvió a pisar el piso de Carmen. Y Carmen, por fin, aprendió a decir no: su palabra favorita, esa que le devolvía tranquilidad y respeto por sí misma.
Ahora, cuando pasaba ante el Loto Dorado, solo sentía una media sonrisa: el mejor spa del mundo es una vida tranquila y sin gente tóxica. Ese bono se lo había regalado ella misma y era de duración ilimitada.






