A mi marido no le gustaba mi figura y me dejó por una mujer delgada, pero cinco años después nos volvimos a encontrar.

Mira, te cuento lo que me pasó después de tener a mi niña; engordé un poco, pero realmente el peso no cambió tanto, solo fue cuestión de forma, ya sabes. Lo típico, mi marido empezó a poner pegas por cualquier cosa y solo hablaba de eso.

En vez de decirme: No te preocupes, cariño, sigues siendo increíble, y apoyarme mientras me recuperaba, pues se marchó. Tan literal como suena: un día se fue de casa y nunca más volvió. Me quedé sola con mi hija, así, de golpe. No hace falta que entre en detalles, seguro que lo entiendes.

Al principio lo pasé fatal, me hundí bastante, pero al final me harté de sentirme mal y encontré fuerzas para seguir adelante. Me compré un perro y empecé a salir a correr con él por el Retiro cada mañana. Poco a poco me animé a hacer abdominales y, aunque la parte emocional fue durísima, me ayudó a despejarme y dejar de pensar en cosas feas. Me acostumbré al deporte y, cuando ya tenía un trabajo, me apunté a un gimnasio del barrio.

La verdad es que el entrenador del gym, Andrés, era majísimo, atento y con mucha paciencia, justo lo que necesitaba. Después de unos años siendo constante, no solo recuperé mi cuerpo de antes, ¡lo mejoré! Incluso, me atrevería a decir que por lo menos un 50% más. Volví a quererme, a mirar mi cuerpo con cariño.

Un día, volviendo a casa con la mochila del gimnasio y en ropa deportiva, me encontré a mi ex esperando en la puerta del portal. Llevaba flores y una caja de bombones Al parecer estaba llamando al timbre y mi hija no le quería abrir. De pronto caí en la cuenta de que era el momento perfecto para vengarme de años de abandono.

Recuerdo que me puse las manos en la cintura, hice cinco sentadillas rápidas para lucir figura, me coloqué bien la camiseta y di un paso firme hacia él…

¿Y sabes lo que me dice? Perdone, ¿vive usted en este bloque? ¿Me puede abrir la puerta?

Me salió una risa amarga, me tapé la cara con las manos y, con una sensación de triunfo que no te puedes imaginar, me aparté. ¿Pero he dicho algo gracioso? se puso de repente borde. ¿Por qué te ríes? le solté, sin perder la compostura ¿Te acuerdas en el registro civil? Cuando me prometiste amor y protección y le miré fijamente. Aún no he aprendido a reírme de eso.

Se quedó blanco, mirándome. Tienes diez segundos para salir de este patio le dije ya sin ningún tipo de broma. ¿No puedo ver a la niña? me suplicó. Por favor, fuera. Sal de aquí Se fue, y le vi mirar atrás varias veces. Pero de nada le sirvió. Lo digo siempre: los sueños se cumplen si de verdad los quieres…

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fifteen − fifteen =

A mi marido no le gustaba mi figura y me dejó por una mujer delgada, pero cinco años después nos volvimos a encontrar.
Él odiaba a su esposa. Odiaba… Estuvieron juntos quince años. Quince años viendo su cara cada mañana, pero sólo el último año empezaron a exasperarle sus manías, especialmente una: estirar los brazos en la cama y decir “¡Buenos días, sol! Hoy será un día maravilloso”. Parecía una frase inocente, pero sus manos delgadas y su rostro soñoliento le provocaban rechazo. Ella se levantaba, recorría la ventana y pasaba unos segundos mirando el horizonte. Después se quitaba el camisón y se iba al baño. Al principio, recién casados, él admiraba su cuerpo y esa libertad rozando el descaro. A día de hoy su cuerpo seguía impecable, pero su desnudez sólo le hacía enfurecerse. Un día incluso tuvo la tentación de empujarla para acelerar su “despertar”, pero contuvo toda su furia y sólo dijo secamente: — ¡Date prisa, ya me cansas! Ella no tenía prisa por vivir. Sabía del romance de su marido con otra mujer desde hacía tres años, incluso conocía a la joven con la que la engañaba. Pero el tiempo curó la herida en su orgullo y sólo dejó una triste sensación de inutilidad. Ella perdonó la agresividad, la indiferencia, los deseos de revivir una juventud perdida. Pero tampoco dejó que él interfiriera en esa calma suya, saboreando cada momento con pleno conocimiento. Así decidió vivir desde que supo que estaba enferma. La enfermedad la consumía mes a mes y pronto ganaría la batalla. El primer impulso fue contarlo, ¡a todos! Para repartir la dureza de la verdad entre sus seres queridos. Pero vivió las horas más duras a solas con la conciencia de su final, y al segundo día decidió guardar silencio. Su vida se escapaba, pero cada día crecía en ella una serenidad nueva. Encontraba refugio en una pequeña biblioteca de un pueblo a hora y media de casa. Y cada día se perdía entre estanterías rotuladas por un viejo bibliotecario: “Secretos de vida y muerte”, buscando un libro que le diese todas las respuestas. Él iba a casa de su amante. Allí todo era cálido, alegre, familiar. Llevaban tres años juntos, y él se consumía de celos, humillaciones y una pasión casi enfermiza por el cuerpo joven de ella. Ese día decidió firmemente divorciarse. ¿Para qué atormentar a los tres? No amaba ya a su esposa, es más, la odiaba. Con la otra empezaría de nuevo, sería feliz. Trató de recordar los sentimientos que tuvo por su mujer, pero no lo logró. Le parecía que siempre le había irritado. Sacó de la cartera una foto de ella y, convencido, la rompió en pedazos. Quedaron en un restaurante, el mismo donde seis meses antes celebraron el quince aniversario de boda. Ella llegó antes. Él, antes de acudir, pasó por casa buscando unos documentos necesarios para el divorcio. Revolviendo cajones encontró una carpeta azul sellada que nunca antes había visto. Sentándose en el suelo, rompió la pegatina. Esperaba encontrar cualquier cosa, incluso fotos comprometedoras, pero sólo halló análisis, pruebas y documentos médicos con nombre y apellidos de su esposa. Lo comprendió de golpe: ¡enferma! Buscó el diagnóstico en Google y leyó una frase desgarradora: “De 6 a 18 meses”. Miró fechas: ya habían pasado seis meses desde el diagnóstico. Lo demás es una niebla; los números “6 a 18 meses” no dejaban de retumbarle en la cabeza. Ella le esperó cuarenta minutos. El móvil no respondía; pagó la cuenta y salió a la calle. Un otoño precioso, el sol acariciando el alma. “La vida es maravillosa, qué bien estar en la tierra, tan cerca del sol y del bosque”. Por primera vez desde que supo de su enfermedad se sintió realmente desdichada. Había tenido fuerzas para ocultar a todos el terrible secreto, para no amargar la vida a los demás a costa de la suya propia. Pronto no quedaría más que el recuerdo. Andando vio alegría en los ojos de la gente, porque aún quedaba tanto por vivir; tras el invierno, vendría la primavera. Ella ya nunca volvería a sentir ese entusiasmo por el futuro. La tristeza creció dentro de ella hasta desbordarse en lágrimas inagotables… Él deambulaba por la casa. Por primera vez en su vida sintió la fugacidad de la existencia como un dolor físico. Recordó a su esposa joven, feliz, los comienzos llenos de esperanza… Y sí, la había amado entonces. De pronto, parecía que aquellos quince años no habían existido. Todo volvía a empezar: la felicidad, la juventud, la vida… En sus últimos días, la colmó de atenciones y permaneció a su lado las 24 horas, sintiendo una felicidad inédita. Temía perderla, habría dado su vida por salvarla. Si alguien le hubiese recordado que un mes atrás soñaba con divorciarse, habría respondido: “Ese no era yo”. La veía despedirse de la vida, llorar de noche creyendo que él dormía. Sabía que no hay mayor castigo que conocer la fecha de la propia muerte. La vio luchar por aferrarse a cualquier esperanza, por absurda que fuese. Murió dos meses después. Él cubrió de flores el camino hasta el cementerio. Lloró como un niño durante el entierro. Envejeció mil años de golpe… En casa, bajo su almohada, él encontró un deseo escrito por ella en Nochevieja: “Ser feliz con Él hasta el final de mis días”. Dicen que los sueños de Nochevieja se cumplen. Debe ser cierto, porque él escribió ese año: “Ser libre”. Al final, cada uno obtuvo lo que, en el fondo, deseaba…