Tenía dieciséis años cuando me quedé embarazada de un chico al que amaba con toda mi alma. Me encontraba saliendo con Alejandro desde hacía un año y entonces sucedió: el embarazo llegó como una sombra azul, flotando entre los pasillos del instituto de Madrid. Alejandro era compañero de clase, juntos nos perdíamos en conversaciones profundas durante las eternas tardes de otoño.
Sentimos miedo, un miedo cálido y húmedo como las noches en el Retiro, así que no se lo contamos a mis padres. Cuando ellos se enteraron, la furia se hizo carne entre los muebles antiguos de nuestro piso familiar. Nuestra familia era como un ejemplo de manual en el vecindario: yo, la hija única, siempre con matrículas de honor y sonrisas brillantes, y ellos, con expectativas que caían como cerezos en flor.
Alejandro y yo éramos menores, por lo que nuestros padres tomaron las riendas, torciéndonos el destino. Deseaban para nosotros la gloria de una buena universidad, carreras prósperas en Barcelona, la promesa de un futuro que no admitía desvíos. Un hijo era como una gota de surrealismo en ese sueño tan estructurado.
Por esa razón, mi madre me empujó, con sus palabras como piedras, a abortar. No era demasiado tarde, decían los médicos del Hospital Puerta de Hierro, entre luces blancas y murmullos extraños. Todo salió según lo previsto; la normalidad regresó, invisible como el viento.
Alejandro y yo retomamos nuestras vidas, seguíamos viéndonos todos los lunes en esa cafetería donde el tiempo parecía detenerse tras los cristales empañados. Acabamos el bachillerato, ingresamos en la Universidad Autónoma y, un año después, en una tarde extrañamente soleada de marzo, nos casamos bajo un cielo surrealista. Mis padres, por arte de magia, dejaron de entrometerse. La alegría volvió como un perfume antiguo cuando volví a quedarme embarazada; esta vez, la noticia fue recibida con risas y lágrimas dulces.
Pero, en el sexto mes, el sueño se agrietó: comencé a sangrar. El niño nació diminuto, pesando apenas un kilo y medio, y a las tres horas, se marchó danzando por un pasillo onírico. Las voces de los doctores flotaban por el techo del hospital, llenas de lamentos: no pudieron detener el río rojo y me extrajeron el útero, como quien borra un dibujo en una servilleta de papel.
Mi madre vino a verme, con la mirada perdida entre recuerdos, y me confesó su arrepentimiento por aquella decisión fría tomada años atrás. Pero esas palabras, en el extraño lenguaje del dolor, no pudieron reconstruir lo que ya se había esfumado.
El pasado es un cuadro imposible de borrar y los errores se convierten en estatuas mudas. Ahora, sé que nunca podré ser madre, que mis brazos sólo abrazarán el aire. Ignoro si Alejandro y yo conseguiremos mantener nuestro vínculo, si acaso la felicidad será un pájaro que vuelva a posarse en la ventana. Al final, los hijos son como el hilo rojo de una familia, y el nuestro ha quedado dividido en dos mundos: el de los sueños y el de la realidad.







