Tenía dieciséis años cuando me quedé embarazada de un chico al que amaba profundamente. Salí con Santiago durante un año, ambos compañeros de clase en el instituto de Madrid, y entonces ocurrió. Cuando descubrimos mi embarazo, sentí un miedo inmenso y no se lo contamos a mis padres. Cuando por fin se enteraron, reaccionaron con mucha ira.
Mi familia era vista como ejemplar; yo era hija única y siempre había tenido notas excelentes. Santiago y yo éramos menores de edad, así que nuestros padres tomaron las decisiones por nosotros.
Ambos éramos buenos estudiantes y nuestros padres soñaban con que entráramos en la Universidad Complutense y nos graduásemos para tener trabajos importantes. Un hijo cambiaría por completo esos planes.
Por eso, mi madre me obligó a abortar. No era demasiado tarde, así que el procedimiento se realizó sin complicaciones graves.
Después de todo, Santiago y yo volvimos a nuestra vida habitual. Seguimos juntos, acabamos el instituto, fuimos a la universidad y nos casamos un año después. Mis padres no interfirieron más. Al poco tiempo, volví a quedarme embarazada y todos estábamos muy ilusionados.
Sin embargo, en el sexto mes de embarazo empecé a sangrar. El niño nació muy pequeño, pesaba apenas un kilo y medio. Tres horas después de su nacimiento falleció.
Hubo complicaciones graves: los médicos no pudieron detener la hemorragia y tuvieron que extirparme el útero. Nunca podré tener hijos. Mi madre acudió a verme al hospital y me confesó que se arrepentía profundamente de haberme obligado a abortar años atrás. Pero sus palabras no cambiaron cómo me sentía.
El pasado no puede cambiarse, y los errores cometidos no se borran. Ahora sé que nunca podré ser madre ni tener hijos. No estoy segura de si Santiago y yo podremos mantener nuestro matrimonio y encontrar la felicidad juntos. En España, como en todas partes, los hijos son parte esencial de muchas familias. Aprendí que a veces las decisiones que creemos correctas por el bien futuro pueden traer heridas profundas; por eso es fundamental escuchar y respetar los sentimientos de nuestros seres queridos. El amor y la comprensión deben acompañar siempre cualquier decisión difícil.







