Esto pasó hace un año y medio, en pleno invierno castizo, cuando mi hijo tenía apenas cinco meses. El hermano de mi marido, Gonzalo, me preguntó si él y su novia podían quedarse con nosotros una semanita. ¿Y cómo le dices que no? Claro, la alegría no me invadió precisamente, ya que, a fin de cuentas, nuestro churumbel era recién llegado, yo no dormía ni echándome valeriana, comía de pie mientras balanceaba el carrito, ni tiempo para pestañear, y las familias en España, ya sabéis, nunca sueltan el timón ni en broma. Pero bueno, pensé, igual me echan una mano, al menos podré descansar cinco minutos y charlar con alguien tomando una infusión.
Vinieron sin traer ni una triste bolsa de magdalenas, ni un juguetito para el crío. Tengo una norma familiar: cuando hay niños en casa ajena, jamás se llega con las manos vacías, que eso me decía mi abuela de Valladolid, pero pensé: bueno, quizá esta vez es distinto.
Vinieron con asuntos, pero nunca dieron detalles. Aquí se venía a funcionar.
Me saqué el delantal y tiré de fregona y olla, les conocí a fondo, vamos, que hasta el pato de goma del niño sabría de ellos. Todo parecía en su sitio, pero durante esos días, la novia ni se asomó a la cocina ni de casualidad, ni una sola vez. Ni fregar una taza, ni ayudar con el guiso, ni un ¿te sujeto un rato al niño?. Nada. Cero patatero.
Se iba por las mañanas a hacer gestiones, Gonzalo dormía como un bendito hasta las doce, mi marido en la oficina todo el día, y yo danzando por el piso persiguiendo al peque, el puré y el cubo de la fregona.
Ella volvía de sus gestiones, se plantaba en el sofá y allí la tenías, más cómoda que en casa propia, con la tele puesta toda la tarde.
Y yo, venga con el niño a cuestas, recogiendo barro de las botas porque en Madrid en invierno ni ves la acera, preparando la comida, dando el pecho, y hasta lavando el bodi del niño en el lavabo.
El tercer día ya me salió el genio de Salamanca. Le conté las penas a mi marido, y él, como buen manchego, se encogió de hombros: Eso entre vosotras, cariño. Al cuarto día, mi marido volvió del curro y los invitados se apuntaron al cine.
En cuanto se fueron, entre los dos hicimos la cena a carreras, comimos rápido y, ¡como un milagro!, llegaron ellos trayendo bolsas… De cerveza y aperitivos, cómo no. Nada de pastelitos para la madre que alimentaba a pecho, ni una napolitana, ni leche en polvo. Nada. Ole su arte.
El parejón cenó, se piró a ver otra película y le lanzan una llamada a mi marido: ¡Vente, tío, que nos echamos unas risas!. Ahí ya me vine abajo, les cogí aparte y solté:
Perdona que te diga, ¿pero crees que podrías prestarme un poco de ayuda? Tengo un bebé, estoy agotada. Aunque sea pela unas patatas para el cocido, o al menos ofrécete para echar una mano.
¿Pero me vas a reñir ahora? No creo que proceda, ¿eh? Además, yo también estoy cansada. (¿De qué? ¿De espachurrar el cojín del sofá?).
Mira, bonita, que este piso es mío y ahora mismo la invitada eres tú, no yo. Que no vine yo de visita a tu casa.
¡Pues no pienso oír ni media!
¡Pues sabes qué te digo? Prepara la maleta y a buscarte otra pensión, reina.
Y así, con la misma dignidad con la que llegaron, recogieron los bártulos y se largaron. Yo, entre sollozos y la risa floja, estuve una semana que ni el cuentista de la Plaza Mayor me consolaba.
¿Vosotros qué decís? ¿Es normal ese comportamiento? Porque aquí en España invitamos, sí, pero un poco de ayuda ¡no cuesta tanto, leñe!







