Los familiares del pueblo vinieron a quedarse una semanita, cinco personas en nuestro piso de una habitación. Les recibí llena de manchitas verdes — «como si tuviera la varicela»

Imagínate, tía: hace unos días mis primos del pueblo decidieron venirse de visita a Madrid, y no se les ocurrió mejor idea que plantarse los cinco, sí, sí, cinco, en nuestra mini de treinta metros cuadrados. Yo los recibí como si viniera a traer la peste, hay que verle el humor todo el cuerpo lleno de puntitos verdes, como si tuviera la varicela.

Te cuento: el sábado por la mañana, en vez de despertarme con un cafelito, me levantó el móvil con la pantalla: Tía Rosario (prima segunda, pero en mi familia a todos les decimos tíos) y un audio animadísimo:

¡Maruchi, que llegamos! Súper sorpresa, hija, que nos hemos venido en manada a ver la capital y, claro, a hacerte una visitilla. ¡Que para eso somos familia!

Yo, medio dormida todavía, intento procesar todo, aunque lo más peligroso era el nos. Ya ves, empiezo a darle patadas a Pablo bajo la manta para que despierte y escuche el bombazo:

Pero tía Rosario, ¿nos quiénes sois exactamente? intento sonsacar, a la vez que Pablo me mira con cara de terror absoluto.

Pues mira, yo, tu tío Enrique, Paquita con su marido y el niño, que le hace una ilusión Vamos, que no somos de mucho pedir, hija, solo para dormir, que el resto del día lo vamos a pasar pateando Madrid.

Cinco bocas más. Más nosotros dos. Y en ese pisito que la única zona libre es el felpudo y el hueco entre el sofá y la tele.

Cuelgo y miro a Pablo, que ya me hace ojitos de ni con el Euromillón me viene esto bien. Creo que se planteó cruzar la frontera y cambiar de familia, o como mínimo, ir a por una barra de pan y volver cuando a todos se les haya olvidado la visita.

Se me vienen a la cabeza recuerdos de la última vez. Solo vinieron tres entonces, pero aún tengo pesadillas. El tío Enrique fumando en mi balcón, el cenicero: mis macetas, pero niña, que es abono. La tía Rosario, con la cuchara al hombro, enseñándome a hacer cocido a la manera de la abuela, pegada a mí en la cocina en miniatura. Nosotros dos, durmiendo en el colchón inflable ese que por la mañana está a ras de suelo, mientras los huéspedes ocupaban nuestro sofá con toda la realeza.

Y esta vez eran cinco. Paquita y el marido, gritones, y su hijo Javi, el terremoto de siete años: donde ve prohibido, él ve reto.

Hay que decirles que no dice Pablo resignado mirando al techo .
¿Cómo, si ya están en el tren? ¿Les digo que se den la vuelta? Ya sabes cómo es la tía Rosario, se pondría a dramatizar con los lazos de sangre, que si la familia de Madrid se nos ha subido a la parra, y después toda la familia comentaría que no les abrí. Y mi madre, atacada de los nervios.

Nos sentamos en la cocina, planeando alternativas: alquilarles algo, ni hablar, que con la última vez que fuimos al taller estamos temblando de euros. Escaparnos nosotros a casa de unos amigos pero no tenemos a nadie que nos acoja una semana con tan poca vergüenza. ¿Ignorar la puerta? Capaz que la tumban a golpes o nos mandan a la policía.

Entonces me ilumino. Piensa en una excusa infalible, que no admita debate. Algo que ni con todo el cariño del mundo quieran compartir.

Pablo, ¡varicela! susurro Carísima, peligrosa de adulta: fiebres, manchas, secuelas

Él duda, ¿y si ya la han pasado?
Sé seguro que tía Rosario y el tío Enrique no, que me lo contó mamá. Paquita, ni idea, pero no se van a arriesgar con el crío pequeño.

Faltaban cuatro horas para que llegara el tren, y empieza el operativo: busco el bote de mercromina y allí que empiezo a pintarle la cara a lo loco.

¡Dale bien, que parezca que me muero! le ordeno entre risas.

Pablo no puede aguantar la risa viéndome con las pintas: frente, mejillas, cuello, manos… Parezco el dibujo de un niño pequeño. Por completar, me pongo la bata vieja de andar por casa, un pañuelo al cuello y el pelo en modo descarga eléctrica.

¿Y yo qué?
Tú, contacto directo. Incubadora andante, aún más peligroso.

Repetimos la historia: ayer me salieron los primeros granos, cuarenta de fiebre, el médico ya ha venido, ha decretado cuarentena, y dice que el virus es de una cepa mutante peligrosa.

En fin, suena el timbre tal cual lo previsto. Un jaleo en el descansillo, bolsas, voces y el niño berreando. Yo en plan cenicienta moribunda, Pablo abre la puerta cerrando el hueco con el cuerpo.

¿Nada de bienvenida? pregunta el tío Enrique, ya metiendo la cabeza.
¡Esperad ahí, no entréis! Pablo, serio, serio. Hay un problema en casa.

Salgo arrastrando los pies, agarrada a la pared y respirando como si acabara de subir los ochenta pisos de la Torre Picasso.

Buenas… perdón… creo que mejor no paséis. Me ha dado la varicela muy chunga, vamos. El médico ha dicho que se pega hasta por el conducto de la ventilación.

Silencio total. Cinco pares de ojos bien abiertos admirando mis lunares verdes.

¿En serio, varicela? Paquita casi se tira hacia atrás llevándose al niño.
A los treinta, sí, cosas de la vida suspiro yo Fiebre altísima y dicen que las complicaciones son terribles.

Puedo ver en la cara de tía Rosario la lucha interna: quedarse en Madrid por la cara o salir corriendo a salvar la vida.

¿Tú has pasado la varicela? pregunta al tío Enrique, que ya acaricia el botón del ascensor.
¡Ni me acuerdo, pero igual no!
¡Pues yo seguro que no! Mamá, vámonos a un hotel, que yo aquí ni loca salta Paquita.

Y Pablo, ¿qué? la tía me mira con sospecha.
Yo seré el siguiente, imposible evitarlo dice Pablo, resignado Dormimos juntos

Con eso basta. La sola idea de compartir el piso minúsculo con un par de enfermos contagiosos espantó a toda la familia.

Que te mejores, hija masculló el tío Enrique apretando el botón del ascensor . Los embutidos y las empanadas nos los llevamos nosotros. Ya veremos si en el hotel los podemos guardar.

Y ahí se va el ascensor, con todas sus bolsas, tuppers y, gracias a Dios, nuestro pequeño gran problema.

Cerramos la puerta y Pablo se tira al suelo de la risa, yo igual. No sabes el alivio, tía. Al final, encontraron hotel rapidito. Pastuki no les faltaba, no te creas. Pero eso sí, si pueden ahorrarse unos eurillos a costa de los primos de Madrid, lo intentan.

Un par de días después me llama mi madre:
Hija, ¿pero qué te pasa? ¡Que dice la Rosario que estás verde y a punto de espicharla!
Nah, mamá, ya casi bien, cosas de la ciencia moderna le respondo con risas.

No le cuento la verdad, claro. Mejor que piensen que tengo salud de cristal antes que mal corazón.

Ya me quité la mercromina y el finde lo pasamos Pablo y yo solos en casa, pidiendo pizza y disfrutando cada centímetro cuadrado de nuestro piso, tan pequeñito como tranquilo. ¿A que tú también harías lo mismo, eh?

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Solo quería hacer una amiga