Mi abuela, Carmen Gómez, celebró hace poco sus setenta años en Madrid. Carmen parece mucho más joven, casi como si tuviera sesenta. Es una mujer sociable, siempre dice que la soledad es aburrida y sabe desenvolverse viviendo sola en su pequeño piso de Chamberí. Su vida gira alrededor de sus tertulias y de la compañía, y necesita cruzar palabras con la gente a diario para sentirse viva. En cambio, mi madre, Rosario Fernández, que tiene cincuenta años, es una persona más calmada y serena, de temperamento opuesto al de Carmen. Mientras mi abuela brilla y no deja de moverse, mi madre es el remanso de paz en la familia.
La semana pasada, a primera hora de la mañana, Carmen llamó a Rosario con voz quebrada, diciendo que temía estar gravemente enferma y sintiendo que le quedaba poco tiempo en este mundo. Parecía que el viento le hubiera arrebatado las fuerzas.
Rosario y yo, angustiadas, corrimos en zapatillas y pijama a la puerta de su apartamento, despeinadas y temblando, temerosas de llegar demasiado tarde. Abrimos la puerta con manos trémulas y el corazón encogido. Para nuestra sorpresa, encontramos a Carmen reposando tranquilamente en su cama. Rosario le tomó la tensión, que estaba un poco alta, algo esperado con los años. Quisimos llamar a una ambulancia, pero ella se negó con firmeza, asegurando que estaba mucho mejor. De repente, se levantó y nos invitó a tomar un té, mostrándonos unos deliciosos brazos de gitano que había preparado la tarde anterior. Nos miramos atónitas: apenas media hora antes parecía exhausta, y ahora se afanaba en servirnos té con una sonrisa radiante.
Lo más importante era que Carmen vivía y parecía encontrarse en buen estado.
Desde entonces, nos llamó varias veces, repitiendo que se sentía débil, que no podía salir de la cama. Le propuse ingresar en el hospital, considerando su edad, pero ella se negó no había manera, convencida de que si iba al hospital jamás volvería a su querido hogar. Decidimos cuidar de ella lo mejor posible y un día la llevamos al médico. El doctor la examinó con esmero, escuchó todas sus inquietudes y propuso unos análisis de salud.
En la consulta nos tranquilizó, diciendo que para su edad no veía problemas graves. Nos animó a visitarla más a menudo, recordándonos la importancia de la familia y de tener cerca a los suyos. Así, empezamos a ver a Carmen casi todos los días, ya que vive a apenas unos pasos. Aunque le propusimos mudarse a nuestra casa para estar mejor atendida, se negó tajantemente: deseaba permanecer en su amado piso de Madrid hasta el final de sus días, en el lugar que siente suyo, entre sus recuerdos y su gente.






