He vivido en mi casa de Salamanca desde hace más de veinte años; mi vecino, don Álvaro Martín, no lleva mucho menos. Él empezó a construir su vivienda justo cuando yo estaba rematando los interiores de la mía.
Nos conocemos de sobra, solemos saludarnos y nos hemos visitado en algunas ocasiones, pero nunca hemos sido realmente amigos íntimos.
Aquel año, durante el invierno, pasé una temporada en Madrid con mi hija Jimena, porque por cuestiones de salud me resultaba complicado quedarme sola en casa. Cuando llegó la primavera y el clima templó, decidí regresar.
Regresé a finales de abril, cuando la nieve había desaparecido por completo y el campo volvía a llenarse de vida. Todo estaba en orden en mi chalet, aunque la inquietud me rondaba. Me incorporé con ganas a trabajar en el jardín delantero y en el huerto junto al muro, para ponerlo todo de nuevo bonito.
Tengo dos invernaderos pequeños. En uno planté pepinos y pimientos, y en el tercer invernadero puse tomates.
En los bancales sembré fresas, zanahorias, cebollas y algo de eneldo. Junto a la valla que linda con la parcela de don Álvaro, crecen mis arbustos de grosellas y grosellas negras. Todo ese trajín alrededor de la casa nunca pasa desapercibido. De repente, un imprevisto volvió a alterarme. Mi hija me llevó de nuevo a la ciudad y durante el verano me envió a un balneario de Galicia por un mes, para descansar.
Finalmente, en septiembre, me sentía recuperada y con fuerzas. Volví a mi hogar. Me acerqué a mi terreno para ver cómo habían quedado las cosas y me encontré con que la vieja valla de madera que separaba mi parcela de la de don Álvaro se había roto de tal modo que podía ir andando desde su lado directamente a mi huerto.
Era evidente que mi vecino había estado aprovechando mis invernaderos y bancales. Ni siquiera se tomó la molestia de llamarme para pedirme permiso, pese a tener mi número de móvil.
Como es lógico, aquello no me gustó nada. Así que le pregunté por qué había roto la valla. Admitió, con toda naturalidad, que le resultaba más cómodo cruzar por mi parcela que rodear la suya, de esa forma tenía más a mano mis invernaderos y bancales. Mostré claramente mi desaprobación, pero él permanecía absolutamente sereno. Le dije que no aceptaba que nadie accediese a mi huerto sin mi consentimiento.
Además, le pedí que fuese él mismo quien reparase por completo la parte de la valla dañada. Y añadí que lo correcto sería que compartiese las cosechas conmigo. No era que me hiciera falta la verdura, pero quería que don Álvaro aprendiese la lección, una de esas que nunca se olvidan en una vida.







