El hombre no cedió su asiento a una madre y a su hijo. ¿Debería ser juzgado?

Hoy vuelvo a escribir en mi diario, después de una tarde tan curiosa. Venía con mi hijo Martín desde el centro comercial El Corte Inglés de la Gran Vía madrileña. Cerca de nosotros, subía una mujer con su pequeña, que sería apenas un poco mayor que Martín.

El autobús iba abarrotado, como suele pasar en Madrid a esas horas. Observé a un chico joven escuchando música con unos auriculares; me animé a pedirle que nos cediera su asiento. Muy educado, se levantó al instante y nos acomodamos. Para agradecerle, Martín le dio un caramelo de fresa, y él, sorprendido y algo cohibido, nos devolvió una sonrisa tímida.

Lo que vino después me dejó pensativa. Vi cómo la otra madre intentaba imitar lo que yo había hecho, pero de una manera muy distinta. Comenzó a sacudir por el hombro a un hombre mayor que, además, cabeceaba medio dormido tras una jornada seguro agotadora. Como no reaccionaba, la mujer empezó a gritarle. El hombre, molesto, se quitó los cascos y se enfrentó a ella, sin comprender bien por qué recibía aquel trato tan descortés.

¡No ve usted que voy con una niña pequeña! ¡Hágame sitio! exclamaba la mujer con tal intensidad que su hija, aterrada, rompió a llorar.Pues yo no tengo por qué ceder nadarespondió el señor, firme y ofendido.

Reflexioné mucho sobre lo que vi. Comprendo perfectamente la postura del hombre. Nadie tiene obligación de ceder su lugar, y menos aún de aguantar una humillación pública. Le propuse discretamente a la madre que su hija podía sentarse junto a Martín, pero no, lo esencial para ella era armar un escándalo.

Nunca he actuado así. Siempre pido las cosas con educación, agradezco sinceramente si nos ceden asiento; si no le apetece, lo acepto. A lo largo de estos años nunca me han rechazado; quizá porque jamás levanto la voz ni pierdo el respeto con desconocidos.

A veces, la cortesía y una palabra amable abren más puertas que cualquier exigencia. Lo importante, aquí en Madrid, como en todo el mundo, es recordar que todos llevamos nuestras propias historias y cansancios; merecemos, sobre todo, respeto.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

two × 3 =

El hombre no cedió su asiento a una madre y a su hijo. ¿Debería ser juzgado?
Teníamos 22 años cuando lo dejamos. Un día me confesó que ya no sentía lo mismo, que necesitaba “otras cosas”. Solo unos días después, una amiga común me llamó y me preguntó: — ¿Es cierto que él sale con una mujer mayor? Me envió una foto: él estaba en un bar, abrazando a una mujer bastante más mayor. No era un rumor, era verdad. Y cuando la gente me preguntaba, no me inventaba nada, contaba exactamente eso: que me había dejado por estar con una mujer mucho mayor. A partir de ahí empezó todo. Una semana después, una amiga me escribió por WhatsApp: — Oye, ¿estás bien? Le pregunté por qué. Y me respondió: — Es que… él está diciendo cosas raras de ti. Al pedirle que me explicara, me contó que él decía que no me duchaba, que me olían las axilas, que tenía mal aliento, que una vez me vio piojos. Me quedé helada mirando la pantalla sin saber qué contestar. Luego empezaron a volver más y más comentarios. Otra amiga me llamó y me contó que él decía lo mismo en una reunión, riéndose delante de varios. Dijo literalmente: — No sabéis lo que he aguantado. Y cuando le preguntaron por qué no me dejó antes, respondió: — Por pena. Empecé a notar miradas diferentes. Gente que antes me saludaba normal ahora me miraba raro. Una compañera de clase, que siempre me tuvo envidia, me ofreció desodorante “por si acaso”. No podía creer lo rápido que se propaga una mentira. Él la repitió una vez y después la siguió, la alimentó, la adornó. Decidí escribirle. Le mandé un mensaje: — ¿Por qué dices esas cosas de mí? Me contestó horas después: — Tú empezaste a mentir sobre mí. Le expliqué que yo sólo contaba la verdad: que estaba con otra mujer. Él respondió: — Eso no le importa a nadie. Jamás negó lo que decía. Nunca pidió que parasen los comentarios. Nunca rectificó. Simplemente dejó que todo siguiera. Mientras tanto, él salía en público con esa mujer, exigiendo que nadie hablara de la diferencia de edad. Yo era el daño colateral. La relación terminó, pero el rumor siguió durante meses. Tuve que cambiar de amigos, dejar de ir a ciertos sitios, cortar con gente que seguía repitiendo lo que él había dicho. Él pasó página. Nosotras, las mujeres, casi siempre cargamos con lo peor cuando los hombres son inseguros.