La visita a la curandera
Marina sostiene con fuerza el test de embarazo, una tira blanca de plástico que, como tantas veces antes, sólo muestra una línea. Roja, llamativa, solitaria.
Piensa en tirarlo a la papelera con rabia, pero al final su brazo cae, sin fuerzas. ¿De qué sirve? Duele igual lanzarlo que dejarlo. Otra vez, el test negativo.
Ella y Jaime tienen treinta años. Llevan seis casados, cuatro de ellos intentándolo intensamente. Y nada. Ambos con la salud perfecta según los médicos, que sólo saben encogerse de hombros: Os estáis obsesionando, relajaos, y saldrá solo.
Fácil decirlo. Pero para Marina, cada mes es una montaña rusa de esperanza y decepción, detectando síntomas inventados, llenando tablas, calculando, esforzándose. Hasta llegar siempre a ese momento de la verdad que todo lo apaga.
Trabaja como auxiliar en Correos, un empleo monótono pero con ambiente de compañerismo femenino. Comen en la sala pequeña de descanso, que huele a sobres, a libros y a tuppers caseros.
Ese día, en la mesa sólo quedan tres: Marina, la joven becaria Inés y Soledad Sánchez, una mujer de más de cincuenta, siempre obsesionada con los remedios populares. Soledad, con sus inflamaciones sin importancia, prueba de todo: infusiones de raíces raras, ungüentos y viajes a ver a curanderas de pueblos.
Mira, en Zamora sí que hay poderío de verdad habla Soledad, con la boca llena de tortilla, dirigiéndose a Marina. La señora Jacinta, que pasa los noventa, pero los ojos como luceros. Te mira y te atraviesa.
Marina aparta su tenedor distraída, removiendo el arroz con pollo. Estas historias las ha escuchado cien veces.
¿Y hace milagros de verdad? pregunta Inés, sin credulidad.
¡Milagros! No, mujer, que esto no es Lourdes. Pero a la hija de Encarnita, la de la carnicería, la curó de esterilidad. Doce años intentando lo imposible, y seis meses después de visitar a Jacinta, embarazada. Y a mi primo chico Juanito le hizo desaparecer una hernia de niño sin bisturí. Habla bajito, pone hierbas, sopla, y fuera. Ha quitado males de ojo, ha desenganchado a borrachos… Esa mujer es un prodigio.
Marina siempre se reía por dentro, pero hoy las palabras le resuenan. Tras otro test negativo, una vocecilla ansiosa y temerosa le susurra: ¿Y si resulta que sí? Cuando la medicina falla….
¿Y cómo llegar hasta ella? pregunta muy bajo, con extrañeza de oírse así.
Soledad se anima encantada y le explica: autobús hasta la bifurcación cerca del monte, luego varios kilómetros de camino rural a pie hasta el pueblo. Ni móvil ni nada, Jacinta no quiere tecnología. Vas y esperas, siempre tiene a la puerta a gente esperando.
Marina ya no escucha más ese día. Sólo le retumba Jacinta. Milagro. Zamora.
***
Jaime vuelve tarde, ya de noche. Marina escucha la llave, sus pisadas pesadas. Entra en la cocina, agotado pero, aun así, atractivo: alto, atlético, siempre serio, con una sonrisa rara que ilumina su cara de ingeniero del Instituto de Tecnología Avanzada, entregado a planos y entregas.
Marina lo adora desde aquel día en la biblioteca de la universidad, cuando aquel segundo de Ingeniería Industrial apareció para ayudarle a ella, tímida filóloga de primero, a bajar un tocho de Machado. Paseos bajo la lluvia, besos en el portal de su residencia, cenas en cocinas compartidas. Fue su roca, su refugio. Juntos soñaron con una familia, un niño con ojos de él y una niña con sus rizos. Pensaban que el mundo era suyo, que la felicidad era un guion sencillo: conocerse, amarse, casarse, tener hijos.
El guion, sin embargo, falló.
¿Tan tarde vienes? pregunta Marina, calentándole la cena.
Presentación urgente. No había otra responde Jaime, frotándose entre los ojos. ¿Tú bien?
Marina se sienta enfrente y lo observa mientras come. Su corazón late rápido.
Jaime, ¿tú crees en los milagros?
Él alza la vista, sorprendido.
¿En milagros? ¿Como que aprueben mi planilla y me den una paga extra? Eh no soy creyente de esas cosas. La fe no es muy racional.
No, no igual Hay gente con dones, curanderos, que hacen lo que la medicina no puede.
Jaime deja el tenedor.
Marina, ¿otra vez? ¿Ahora con homeopatía? Anda ya.
No es eso. Una compañera en el trabajo me ha contado de una curandera en Zamora, muy famosa. Cura esterilidad. A varias mujeres les ha funcionado
Suelta las palabras deprisa, sin querer detenerse a pensar.
Jaime se ríe.
¿En serio? ¿Tú, mi lectora de Borges, te vas a un pueblo a buscarte una bruja? Pero Marina, por favor Eso son supersticiones. ¿Qué será? ¿Tocar la barriga con una piedra de río? No te reconozco.
¡Pero hay gente que dice que ayuda!
Marina, a ver. Hay quien aún cruza los dedos o cree que ver un gato negro da mala suerte. No me rebajes tú también. No tenemos ningún problema real tú y yo. Sólo no es el momento. Hay que relajarse, dejar de obsesionarse. No es cuestión de ir a pueblos detrás de chamanas.
Pero ¿y si no son farsantes? Jaime, por favor. ¿Vamos el fin de semana? Sólo a mirar, te lo suplico.
Él la mira con decepción.
¿El finde? Imposible, tengo que terminar planos. Y nunca pensé que tú, tan racional, te dejaras arrastrar por eso. Me da tristeza verte así.
Se va directo al dormitorio, sin mirar atrás. Marina se queda agarrotada, con rabia y dolor en la garganta. ¿Te da tristeza?. Sus lágrimas cada mes, ¿no le dolían? ¿No le dolía verla hundida?
Muy bien piensa de repente, gélida. Si no me llevas, iré sola.
*****
El sábado por la mañana, Jaime se encierra con el ordenador. Marina entra:
Me paso por casa de mis padres. Quieren preparar carne a la brasa, dicen que vaya.
Jaime ni la mira.
Dales recuerdos. Si vuelves tarde, taxi, ¿vale?
Vale. Sale rápido antes de que note su temblor.
En la estación, la habitual algarabía. Marina va a la taquilla de Rutas locales.
Un billete para San Martín de la Sierra, por favor.
La taquillera la mira escéptica.
No hay directo. Sube al que va a la bifurcación de Monterrubio. El chófer te dejará en el cruce. Luego, cuatro kilómetros a pie por el camino de tierra. ¿Vas sola?
Sí, sola.
Compra el billete con manos temblorosas. Se siente ridícula y valiente a la vez, pero no puede parar ya. Sube a un autobús viejo, que huele a gasoil. Se sienta junto a la ventana, agarrando el bolso contra el pecho. Pasan las afueras de Valladolid y los campos áridos. El cielo, gris y bajo.
¿Qué hago aquí? piensa. Circulando a la España vacía en busca de milagros Jaume tiene razón, esto es una locura. He perdido la razón.
Pero el deseo de ver una manita agitándose en el aire, de escuchar una risa de niño en casa, ese vacío tan hondo pesa más.
En Monterrubio, el conductor avisa:
¡San Martín de la Sierra, cruce!
Baja a la carretera desierta. El autobús desaparece. Sólo campos, una línea de chopos, un viento cortante y una pista embarrada. Marina respira hondo y avanza. Tras un cuarto de hora, chispea. Pronto caen copos helados. Camina torpe, con la bufanda al cuello y el bolso haciéndole daño en el hombro. Cuatro kilómetros así no son paseo. Va empapada, los guantes ya no protegen. Pero sigue, más por terquedad que por esperanza: habiendo empezado, ha de terminar.
San Martín de la Sierra son una docena de casas en fila. Encuentra pronto la de Jacinta: fuera hay dos Seats destartalados y un todoterreno de alta gama. Dos mujeres esperan en la entrada, tapadas con mantones. Una pasa, luego la siguiente. Otras esperan desde el coche, incluso con niños. Marina aguarda más de tres horas, cada vez más congelada según la nevada arrecia.
Cuando por fin sale una mujer joven con un niño y se aleja, Marina entra.
El interior, sin lujos pero acogedor. Olor a manzanilla, madera vieja y algo medicinal. En la mesa, sentada, una anciana. No la bruja de los cuentos: sólo una señora de rostro arrugado, vestido oscuro y pañuelo de lana. Pero los ojos claros, grises, atentos como había dicho Soledad, demasiado vivos para la edad.
Bienvenida, hija, te has gelado su voz es ronca pero firme. Ven, te pongo un té de hierbas.
Marina lo toma a sorbos: caliente, amargo, endulzado con miel.
Gracias.
¿A qué has venido?
Marina traga saliva.
No no consigo quedarme embarazada. Con mi marido lo deseamos mucho. Los médicos dicen que estamos bien. Pero nada
Jacinta la mira largo rato y niega con la cabeza.
Salud, tienes. Podrás parir.
Marina siente el estómago caer. Otra vez un callejón sin salida.
¿Entonces por qué no?
Dios no da todavía dice Jacinta con calma. No es el momento. Algo hay pendiente. Una falta grave de vida. Hasta que no la enmiendes
¿Qué falta? pregunta desorientada. Repasa mentalmente: ¿un aborto? No. ¿Hizo daño a sus padres? No. Jaime siempre le ha amado.
Jacinta se encoge de hombros.
Eso lo has de descubrir tú. Si lo encuentras y lo cambias, entonces llegará el hijo. Si no no.
Marina se aguanta las ganas de llorar. Todo esto, ¿para nada? ¿Sólo frases hechas, por cobrar? Pone en la hucha de hojalata algunos billetes de euro, sin mirar cuánto.
Gracias murmura, al levantarse.
Entonces repara: oscureció por completo, arriba cae la nevada con furia.
Ay, el autobús
Jacinta la mira, divertida.
La última guagua se fue a las seis. ¿Tú no tienes coche?
Pánico agudo.
No caí
Pues quédate a dormir aquí. Hay sitio. Mañana al alba, andas hasta la carretera y vuelves a coger el bus.
La idea de quedarse es asfixiante. Pero llamar a Jaime y contarle todo ni pensarlo.
Gracias de verdad.
Jacinta la lleva a un cuarto pequeño, cama de hierro, colchón alto y sábanas gruesas. Marina se sienta y siente que ha tocado fondo, incapaz de quedarse y respirar ese aire.
Se pone la chaqueta y sale sigilosa.
Fuera, el pueblo duerme sepultado por la nieve. Entonces, en el extremo de la calle, aparecen los faros de un coche grande. Un todoterreno. Marina, sin pensar, se lanza a la carretera y agita los brazos.
El coche para, la ventanilla baja.
¿Le ocurre algo? pregunta una voz masculina.
Marina corre, jadeando.
¿Va hacia Valladolid? ¿Podría llevarme? Perdí el bus
El conductor, de su edad, bien vestido, la observa serio y luego asiente.
Sube. Voy a la ciudad.
Una vez dentro, Marina se arruga en el asiento. Huele a cuero y colonia cara. Por un instante, cae en la cuenta del peligro: noche, pueblo congelado, un desconocido. No puede contarlo jamás a Jaime. Él nunca lo entendería.
El coche circula.
¿Vienes a ver a familia? rompe el silencio él.
No unos asuntos dice Marina, incómoda. ¿Y usted?
A visitar a mi madre. Aún vive aquí. Yo soy Álvaro, por cierto.
Marina.
Encantado, Marina, aunque sea así
Se atreve a mirarle: guapo, varonil, ojos castaños amables.
Gracias por parar. Estaba perdida.
No hay de qué. Se nota, no eres de aquí. Era imposible dejarte ahí sola.
Conduce tranquilo.
¿Vienes mucho a ver a tu madre? pregunta Marina, relajándose poco a poco.
Casi cada semana. Mi padre murió. Ella no quiere irse del pueblo.
Hace bien.
¿Tú tienes hijos? ¿Familia?
El cuchillo en el corazón.
No bueno, marido sí, hijos no.
Entiendo y cambia el tema enseguida. Yo ni uno, ni otra. Me divorcié hace medio año. Ella quería fiesta, libertad, nada de niños. Yo, sí quería.
Marina mira al ventanal. Qué dilema: alguien desesperado por tener hijos y otra, temerosa de perder su vida por ellos.
Qué pena susurra. Los hijos no son un final, son un principio.
Eso creo yo responde Álvaro, muy bajo.
El resto del viaje pasa entre temas intrascendentes: el tiempo, libros, la ciudad. Marina se siente, por primera vez en mucho tiempo, tranquila.
Álvaro la deja en la puerta de su bloque, en pleno centro de Valladolid.
Muchas gracias dice Marina al bajar. Me ha salvado.
No hay de qué. Cuídese mucho, Marina.
Él parte. Son casi las doce. Lo verdaderamente difícil empieza ahora. ¿Qué decirle a Jaime? Imagina una excusa: No podía dormir en casa de mis padres y volví en taxi. Seguro y convincente.
Sube al cuarto piso, mete la llave en la cerradura. Hay luz en el recibidor. En el suelo, unos botines femeninos de tacón, caros. En el perchero, sobre la chaqueta de Jaime, una chaqueta de visón.
El corazón se le para. Marina avanza, las piernas de trapo. La puerta del dormitorio está entornada. De dentro, murmullos y risas.
La empuja.
La escena parece de una serie cutre. Jaime, desaliñado y en calzoncillos, sentado al borde de la cama. A su lado, una mujer joven, guapa, cabello moreno despeinado, sólo cubierta con la sábana. Su blusa negra tirada en el suelo.
Tres pares de ojos se cruzan en puro pánico. Todo se precipita.
¿Marina…? balbucea Jaime, blanco. ¿No estabas en casa de tus padres…?
La desconocida gruñe, agarrando la ropa.
Sí, sí la voz de Marina sale ronca. En casa de mis padres. ¿Y tú? ¿Aprovechando la ocasión? Te ha salido redondo…
Por favor, Marina, puedo explicarlo No es lo que piensas Jaime da un paso, brazos extendidos.
¿No es? grita ella, todo el dolor estallando por fin. ¿Tengo pinta de idiota? ¿Quién es esta? ¿Desde cuándo? ¿Mientras yo recorría clínicas, tú jugabas a dos bandas?
Ella es compañera del trabajo balbucea él. Sólo se nos fue de las manos…
¡Bastante! Marina coge al azar el frasco de colonia de Jaime y lo lanza contra la pared. El perfume y el vidrio se dispersan. La otra mujer, por fin vestida, huye al pasillo. Marina apenas puede soportar la visión. Huye. Baja por las escaleras hasta la calle, con la nieve pegando en la cara. Corre sin rumbo, ahogada por el llanto, con la imagen metida en la retina: la otra, la cama, Jaime
Tropezaría si no fuera por un pitido suave.
El mismo todoterreno negro va despacio junto al bordillo.
La ventanilla baja.
Marina, ¿qué pasa?
Ella ni puede hablar. Tembla de frío y pena. Álvaro baja raudo, con sus guantes en mano.
Te dejaste los guantes. Volví para dártelos y ya no estabas. Llevo rato esperando Vi cómo salías. ¿Estás bien?
Niega, sin voz. Apoya la frente en su hombro y rompe a llorar. Álvaro no pregunta nada. Simplemente abre la puerta.
Ven, no es noche para estar sola.
Y ella obedece, como sonámbula. Él la aleja de esa casa y de la vida que acaba de saltar por los aires.
*****
Todo sucede rápido, sin drama. Marina se muda a casa de sus padres. Jaime aparece a diario: primero justificándose, luego suplicando, después enfadado.
¡Sólo fue un lío! ¡Una vez! Tú también tienes culpa, sólo hablas de bebés, de tratamientos Me sentía solo Ella se colgó de mí, pero yo te quiero a ti.
Marina, ya sin lágrimas, lo mira como a un desconocido.
Basta, Jaime. Ya está. Si me has podido traicionar así, el error fue nuestro matrimonio. Pediré el divorcio.
Él no lo cree, piensa que sólo quiere castigarlo. Pero Marina es firme.
Mientras, Álvaro la llama de vez en cuando, preguntando de forma sencilla: ¿Te encuentras bien? ¿Te apetece un café, un paseo, una película?. Marina acepta. Con él la vida es fácil, ligera, sin exigencias. No intenta aleccionarla, sólo la acompaña. La hace reír. En su cercanía la herida va cerrando, un poco cada día.
No corren ni él, ni ella. Aunque ambos están marcados, juntos respiran mejor. Con Jaime hubo pasión, chispa, después sólo rutina y obsesión. Con Álvaro, Marina siente por primera vez que puede dejarse llevar, no ser perfecta, no temer decepcionar. No hay planes, ni cuentas, ni angustias.
El divorcio es duro, pero Marina aguanta. El día que recoge su sentencia en los Juzgados, Álvaro la espera fuera.
¿Y ahora? ¿Mujer libre? pregunta con una sonrisa cálida.
Libre responde Marina. Sonríe por primera vez en muchísimos meses, natural, despreocupada.
Álvaro la lleva a un restaurante pequeño, bonito. Cena, vino, charla sin promesas eternas, ni declaraciones. Sólo alegría tranquila de estar ahí.
Meses después, Marina advierte un retraso. Lo achaca al estrés, ni se molesta en soñar. Compra un test, uno más, casi por inercia. Y, de pronto, dos líneas claras y rosas.
Sentada en la bañera, observa el test incrédula. Luego se echa a llorar de pura dicha y llama enseguida a Álvaro. Él llega en veinte minutos.
Estoy embarazada anuncia, abriendo la puerta.
Una luz de alegría le ilumina el rostro y casi llora con ella al abrazarla.
¿Lo ves?susurra él, con la voz entrecortada. Salió solo. Sin curanderas, sin médicos. Cuando tocaba.
Sí sonríe Marina, aferrándose a él.
¿Ahora sí te casas conmigo? No pienso dejarte escapar. Nuestro hijo necesita un padre.
Ella ríe y asiente, con lágrimas en los ojos.
Esa noche, acostados, Marina acaricia su vientre aún plano y de repente recuerda a Jacinta: Antes debes corregir el error. Y sólo entonces….
Por fin lo vio claro. El error no fue su empeño, ni el viaje a Zamora. No fue su culpa. El error era su matrimonio, un vínculo gastado entre dos desconocidos, con sueños rotos.
Había que cerrar esa puerta, y al fin, sólo entonces, la vida tenía espacio para renacer. De verdad.
Se vuelve al dormido Álvaro y susurra, muy bajo, que no la oiga:
Gracias.
Él no la escucha. Pero seguro, piensa Mariana, que sonríe en sueños.







