A principios de este año, fui a visitar una de mis antiguas clases del instituto aquí en Madrid. En esa clase, una chicase llamaba Albalevantó la mano para pedir ir al baño, pero el profesor, don Javier, se lo negó. Alba insistió con mucha educación, pero él volvió a decirle que no.
Pasaron unos minutos más y Alba volvió a pedir permiso, diciendo que era urgente, pero, a pesar de todo, el profesor seguía en sus trece y no la dejaba salir. Estaba de un humor de perros, así que cuando Alba, después de otros cinco minutos intentando aguantar, le dijo delante de todos que realmente lo necesitaba porque acababa de tener un imprevisto, don Javier se puso aún más borde y le soltó un No bastante seco.
Entonces, Alba se levantó entre las miradas de toda la clase, roja como un tomate de la vergüenza, y le dijo claramente al profesor, en voz alta, que le había bajado la regla y que tenía que ir al baño sí o sí.
La clase entera se quedó en silencio, mirándola sorprendidos. Tras unos segundos de tensión, el profesor solo le repitió que se sentara, sin permitir que saliera. Todos estábamos incómodos, sin saber dónde meternos, hasta que de repente Sergio, un compañero que siempre va con su camiseta del Atlético y tiene más pinta de futbolista que otra cosa, se levantó visiblemente molesto. Le soltó al profesor: ¿Pero tú tienes pareja? ¿No te has criado con una madre o con hermanas? Que le ha venido la regla, necesita ir al baño y va a ir, la dejes o no.
Así que se acercó, cogió a Alba de la mano y la acompañó tranquilamente al baño delante de todo el mundo. Cuando volvieron, don Javier les echó la bronca a los dos, diciendo que su comportamiento era una falta de respeto y que ya hablaría con ellos después.
Te juro que no podré olvidar nunca ese momento. Ese día, el que parecía solo un futbolero demostró tener bastante más sentido común y humanidad que el propio profesor. Cosas así te hacen ver la importancia de tener empatía en la vida, ¿sabes?







