Fui a otra cita tras conocerle por Internet y ni me imaginaba que mi vida en España no volvería a ser la misma

Fue en aquellos años, no tan lejanos y sin embargo teñidos ya de nostalgia, cuando mi vida cambió sin que yo casi lo percibiera, un atardecer de lluvia en Madrid, por una cita concertada tras muchos mensajes cruzados a través de una aplicación.

Me veía a mí misma frente al espejo del pasillo, ajustando el abrigo de esos azules oscuros, gastados ya pero aún dignos con la sensación de que aquella noche habría sido mejor quedarse en casa. Las piernas me pesaban después de otro turno largo en el supermercado ocho horas de pie frente a la caja, más un paseo obligado de casi una hora porque el autobús decidió dejarme plantada bajo una incesante llovizna. En el bolsillo, el móvil abierto por una conversación que me sabía casi de memoria.

Se llamaba Tomás, tenía cuarenta y un años y era ingeniero de caminos. En la foto de perfil aparecía junto a un Seat antiguo, camisa blanca, sonrisa franca y sosegada. Me escribió primero, tres semanas atrás: He visto que te gusta leer. Yo también. ¿Qué libro tienes entre manos ahora? Nada de guapa ni emoticonos con fueguitos. Le respondí.

Así pasaron tres semanas de conversaciones diarias; a veces hasta las dos de la madrugada. Preguntaba mucho, se reía con las crónicas que le contaba de los clientes de la tienda, una vez me recomendó un libro lo devoré en el fin de semana. Se acordaba de que no soportaba el café, de mi alergia a los gatos, de que mi madre vivía en Albacete y hablábamos siempre los domingos.

Y por fin, la cita: un café en la calle Fuencarral, a las siete de la tarde.

Al observarme en el espejo, sentía que los cuarenta y dos ya marcaban su rastro bajo mis ojos, a pesar de los esfuerzos del corrector para disimular las ojeras. Me había teñido yo sola el pelo el viernes anterior y, la verdad, no había quedado mal. El vestido azul era el del último evento de empresa, hacía tres años. Bueno, normal. No peor que el de otras.

El móvil vibró:

Ya salgo. ¿Seguro que vas?

Me reí para mis adentros. En aquel año y medio llevaba ya siete citas. Siete. Uno resultó estar casado y me lo soltó tras el primer cortado, como quien revela un detalle menor. Otro pasó la velada entera desgranando su despecho por la exmujer acabé casi compadeciéndola yo también. El tercero esperaba que pagara la mitad, lo que no hubiera sido problema, pero luego se molestó porque no le invité a subir a casa. El cuarto mandó un mensaje al día siguiente: Eres simpática, pero no eres mi tipo. El quinto no volvió a escribir. El sexto reapareció a la semana pidiéndome prestados ciento cincuenta euros. El séptimo era majo, pero tan aburrido que me sorprendí pensando en la lista de la compra mientras me relataba lo de sus compañeros del banco.

Bueno le solté a mi reflejo, la octava es la vencida.

Salí.

***

El café era pequeño y olía a canela. Llegué tres minutos antes, elegí una mesa junto al ventanal, pedí un agua y me dediqué a mirar el asfalto mojado: peatones apresurados con paraguas, algún niño tirando de un perro que se detenía en cada charco.

¿Celia?

Me giré.

Tomás era igual que en la foto ya es decir mucho, pues he vivido de todo. Incluso algo más alto de lo esperado, con canas en las sienes, la chaqueta empapada de haber caminado desde el metro.

Sí dije levantándome sin necesidad. Buenas tardes.

Buenas tardes. Me tendió la mano, me la apretó con calidez y se sentó frente a mí Vengo con prisas y aún así llego tarde. Perdone.

Acabo de llegar yo.

La he visto entrar contestó sonriendo. Ha llegado antes.

Me eché a reír. No sabría por qué, pero lo hice.

¿Me estaba vigilando?

Estaba en el semáforo y vi el abrigo azul. Intuí que era usted.

La camarera nos dejó la carta. Tomás la hojeó rápido.

¿Tiene hambre? Yo sí. ¿Le parece si cenamos algo de verdad, no solo café?

Me parece bien.

Pedimos cocido para él, sopa castellana para mí, pan. Él pidió té, yo zumo de naranja. Nos quedamos frente a frente.

Bueno… dijo. Un poco incómodo, ¿no?

Mucho admití.

Es más fácil chateando.

Muchísimo.

¿Y si fingimos que seguimos chateando? Me saco el móvil, usted también, y nos escribimos.

¿Y entonces para qué venir?

Cierto rió. Mala idea.

La incomodidad, como por arte de magia, desapareció. No supe en qué momento, solo sentí que ya no estaba.

Hablamos durante dos horas y media. Al principio del libro que me recomendó. Luego del trabajo. Él contaba anécdotas de las obras una vez un encargado confundió los planos y casi tiran una viga principal y yo no podía dejar de reír. Le relaté lo de la señora que cada viernes compra exactamente lo mismo barra de pan, litro de leche, galletas María y siempre se queda eternamente dudando entre dos paquetes idénticos de galletas, buscando la fecha más lejana aunque la diferencia sea de dos días.

Dos días son importantes dijo él.

También lo creo. Hace bien.

Me miraba. No con ese brillo de impresionar, sino con una atención sencilla, como si escuchara incluso lo que callo.

Hoy está cansada dijo de pronto.

¿Se nota?

Un poco. Se frota el hombro así se señaló él el suyo, varias veces lo ha hecho.

Retiré la mano de inmediato. Era cierto, el hombro izquierdo me dolía desde la mañana, y no me daba ni cuenta.

Ocho horas de pie comenté. Ya es lo habitual.

Eso no lo hace menos duro.

Asentí y me quedé un segundo callada.

¿Sabe? Es usted el primero que me lo dice así.

¿El qué?

Que lo habitual también cansa.

No dijo nada más. Y estuvo bien así.

***

Al salir llovía con fuerza. Nos resguardamos bajo el toldo del café mientras yo abrochaba el abrigo y él desplegaba el paraguas.

¿A dónde va? preguntó.

A Moncloa. Cojo el autobús en la siguiente calle.

Le acerco.

No hace falta respondí sin pensarlo. Después de tantas citas una se entrena para decir eso hasta estar segura.

Él lo entendió, no se lo tomó a mal ni insistió.

Al menos la acompaño al bus, si le parece.

Me parece.

El paraguas apenas nos cubría a los dos y caminamos muy juntos. Sentí su hombro tocando el mío.

Celia dijo al llegar a la parada. Quiero preguntarle algo, y puede decir que no.

Adelante.

¿Le gustaría volver a verme? No dentro de un mes, pronto. Este fin de semana. Sé un sitio de tartas podemos estar el tiempo que queramos.

Ya asomaba el autobús al fondo. Le miré, a él, no al autobús: pensé en las siete citas anteriores, en el casado, en el de la deuda, en el del trabajo aburrido.

¿El sábado? pregunté.

El sábado.

Vale.

Arrancó el bus. Corrí, él gritó algo que no entendí; me volví ya en el escalón.

¡A las dos! ¡Le escribo la dirección!

¡De acuerdo!

Las puertas se cerraron. Encontré asiento junto a la ventana. Al pasar cerca de la esquina, lo vi aún allí, bajo el paraguas, levantando la mano. Hice yo lo mismo, aunque probablemente no me veía tras el cristal mojado.

No pasa nada. Da igual.

***

Me descubrí sonriendo todo el viaje de vuelta. Resultaba hasta ridículo, sentada frente a un señor mayor que me escrutaba con la bolsa de tela en el regazo. Me giré hacia la ventana. Afuera Madrid seguía encendida: aceras mojadas, farolas doradas, tiendas abiertas.

Pensé en el paraguas. Un gesto tan sencillo. Recordé otra cita meses atrás, otra lluvia; aquel hombre sostuvo el paraguas solo para él. Caminé a su lado, en silencio. Ni se dio cuenta.

Un paraguas sobre dos cabezas. Quién lo diría.

Ya casi en casa, pitó el móvil.

¿Ha llegado bien?

Volví a sonreír, ahora sin testigos.

Sí, gracias. Usted también.

Buenas noches, Celia.

Buenas noches.

Subí a casa, colgué el abrigo azul aún húmedo y me detuve un instante a mirarlo. Cinco años conmigo, pensé arrojarlo el otoño anterior, pero algo me lo impidió. Menos mal que no lo hice.

Me acosté y tardé en dormirme, pensando en cómo la conversación había fluido fácil. Eso era: fácil. Sin esos silencios incómodos en los que una busca tema para no hundirse, sin esa sensación de estar rindiendo examen. Fácil, como de alguien ya conocido.

Aunque lo cierto es que tras tres semanas de mensajes nocturnos, ya casi lo era.

***

El sábado siguiente el sitio era pequeño, de bancos de madera, pelargonias en las ventanas y apenas diez mesas. Las tartas, de manzana, carne o espinacas, sabían como las de mi infancia. Pedimos tres cada uno, té en tazas grandes.

Cuéntame de tu madre dijo. Dijiste que está en Albacete.

¿Te acuerdas?

Me acuerdo de todo.

Me sorprendí.

Da miedo un poco le confesé, cuando alguien se acuerda de todo.

¿Por qué?

Porque te anima a seguir contándole cosas. Y luego te acostumbras. Y entonces… tienes miedo de perderlo.

Pensó antes de responder.

¿Ya has perdido antes?

Sí.

Yo también. Se envolvió la taza entre las manos. Mi mujer se fue hace seis años. Llevábamos doce. Estuve mucho tiempo pensando que era culpa mía, luego entendí que simplemente no coincidimos. Suele pasar.

Sí, pasa asentí.

¿Tú has estado casada?

Lo estuve. Nos separamos hace nueve años. No hubo hijos. Se fue a Barcelona; ya no hablamos. Estoy bien.

¿Te sientes sola? preguntó directo.

No lo había esperado. Dudé entre decir no, soltar una broma o esquivar la pregunta, pero salió solo:

Sí. A veces mucho.

A mí también me pasa admitió. Por eso me apunté a esa aplicación. Cuatro meses. Eres la primera a la que he querido quedar en persona.

¿En serio?

En serio. Leí lo de Pío Baroja en tu perfil y pensé: esta chica.

Me reí.

¿Por Baroja?

Por lo que escribiste: Baroja. Delibes. Me gusta la honestidad. Pensé: sabe lo que busca.

Pues no lo sé, la verdad confesé.

Nadie lo sabe dijo él. Y está bien.

Nos quedamos hasta que cerraron. La dueña una señora mayor con delantal nos regaló la última tarta: Llevadla, mañana ya no estará fresca. Tomás le agradeció por su nombre, resulta que era cliente habitual.

¿Vienes mucho por aquí? pregunté.

Solía venir con un amigo. Se fue a Sevilla, así que ahora a veces solo.

Parece triste.

A veces sí contestó. Pero ahora estoy contigo.

Le miré. Lo hacía sin ademanes grandilocuentes, sin pausas atrevidas: simplemente miraba, y era bastante.

¿Cómo se llama ella?

María del Carmen. Tiene una hija en Zaragoza, nietos. La oigo llamarles cada viernes llamadas eternas.

Observas mucho a la gente.

Lo intento. Mi padre decía: mira cómo trata el otro a quienes no le deben nada. Eso revela el carácter.

Sabio.

Mucho. Había un tono nuevo en su voz. Murió hace siete años. Infarto. No llegué a tiempo.

Lo siento.

Ya… Me acostumbro. O no me acostumbro, pero aprendo a vivir con ello. Pausa. Te habría caído bien.

¿Por qué?

Los dos sois de fijaros en los demás.

Vi a María del Carmen recogiendo, tarareando algo antiguo, quizás una coplilla.

Tomás le dije, no te pareces a los demás con los que he hablado.

¿En qué no me parezco?

Pensé un momento.

No pareces uno de esos que va a una cita sólo para gustar. No… fuerzas nada. Conversas, simplemente.

¿Y qué hay de malo en esforzarse? preguntó, sin pizca de ofensa.

Nada. Pero a veces, cuando notas el esfuerzo, te asfixias.

Lo entiendo asintió. Cuando me divorcié, lo intenté por primera vez un año después. Iba a las citas y me esforzaba demasiado. Decía lo que creía que querían oír. Sonreía de más. Esbozó una sonrisa. No funciona.

No, no funciona.

Mejoré cuanto dejé de fingir. Decidí: seré yo mismo. Si encajo, bien. Si no, tampoco pasa nada.

Eso sí es sabiduría.

No negó. Es simple agotamiento. Agotamiento de actuar. Esta vez su sonrisa era más suave. Me gustas, Celia. Si no es pronto para decirlo.

Quizás sea pronto asentí.

No me importa. Ya lo he dicho.

María del Carmen apareció con más té; ni nos preguntó, dejó directamente la tetera.

No os vayáis con prisa dijo. Nadie os corre.

No teníamos prisa. Yo había aprendido a resignarme a que todo saliera mal.

Lo sé dijo Tomás.

No puedes saberlo.

Me lo has contado repuso él. No con palabras, pero te he escuchado.

Me callé.

¿Qué has escuchado?

Que te cuesta esperar. Que llegas a las citas esperando a que algo falle. Que sabes estar sola y eso te protege, pero también te cansa.

Le sostuve la mirada en silencio.

No es crítica añadió. Simplemente lo oigo.

Fuera anochecía. María del Carmen recogía las otras mesas. Yo sujetaba la taza, el té frío desde hacía rato.

Tengo miedo admití por fin.

Yo también respondió. Pero aquí estoy.

***

Llamó al día siguiente. No mandó un mensaje: llamó.

¿Estás en casa?

Sí.

¿Cómo sigue el pie? Dijiste el viernes que te diste un golpe con la mesa.

Ya está bien me reí. ¿De verdad llamas solo por eso?

Y por oír tu voz. ¿Te importa?

No. No me importa.

Charlamos media hora. De tonterías: obras, la llamada semanal con mi madre, que preguntó si había conocido a alguien: Por fin, comentó cuando le dije que quizá sí.

Tu madre es sabia dijo Tomás.

¿Por qué lo sabes?

Por cómo hablas de ella.

Estaba en la cocina, domingo por la tarde, a través del patio llegaba el olor a puchero de un vecino. Sostenía el móvil y pensaba que hacía una semana aquel momento no existía. Que una semana antes, de pie ante el espejo, pensaba que sería mejor no salir.

Tomás.

Dime.

Gracias por escribir primero. Aquella vez, tres semanas atrás.

Guardó silencio.

Gracias por contestar.

***

Los días siguientes descubrí que esperaba la llegada de la noche. Antes, las noches eran solo el final del turno, el bus, la cena, la tele, a dormir. Ahora, él estaba ahí. A veces una llamada, a veces sólo unos mensajes, a veces largos, a veces tres frases. Pero estaba.

Una noche escribió a las diez y media: No puedo dormir. Leo. ¿Estás despierta?

No.

¿Qué haces?

Miro el techo.

Pausa.

¿Eso es malo o bueno?

Hoy es bueno.

Entonces perfecto, me contestó. Y nada más. Pero ese entonces perfecto era mejor que cualquier floritura.

Mi madre llamó el domingo, como siempre.

¿Qué tal, hija?

Bien, mamá.

Bien… Tu voz ha cambiado.

¿En qué?

No sé, estás más tierna, más blanda.

Callé.

He conocido a alguien dije por fin.

¿Del trabajo?

No. Por internet.

Mi madre suspiró.

Me alegro dijo. Hoy día ¿dónde vas a conocer gente? ¿Es buen chico?

Creo que sí.

¿Crees o sí?

Mamá

Sólo pregunto.

Sí, mamá. Es buen chico.

Entonces, bien. En su voz oí lo que callaba: por fin. Pero ve con calma.

Siempre voy con calma.

A veces te pasas. Tienes que dejarte querer, hija.

Lo intento.

Lo sé. Eres lista. Breve silencio. ¿Cómo se llama?

Tomás.

Buen nombre.

Y sonreí.

***

Pasó un mes.

Nos veíamos una vez por semana, a veces más. Un día me mandó un mensaje al mediodía: Estoy por tu barrio, asunto del trabajo. ¿Me ves veinte minutos?

Sentados en un banco junto a la Plaza de España en noviembre, él con su chaqueta de obra y yo con el chaleco del súper, tomamos él café, yo zumo y charlamos.

¿Cómo va la obra? le pregunté.

Le dan un lavado a un edificio antiguo. Más divertido que hacer uno desde cero; tienes que imaginar qué pensaron antes y conservar algo.

Respetar las intenciones ajenas.

Eso es. Me miró. Qué bien lo dices.

Se fue a los veinte minutos; al girar en la esquina, saludó con la mano. Yo regresé a la caja. Mi compañera Elena, siempre sabiendo de todo, me miró calculadora.

Alto dijo.

Calla, Elena.

Sonríes, Celia.

No respondí. Pero tenía razón.

Vino cuando me empezó a gotear el grifo de la cocina, aunque protesté, él insistió: Sé hacerlo, es nada. En veinte minutos lo arregló, limpió y me dejó una bolsita encima de la mesa.

Una junta de repuesto. Por si acaso.

¿Has traído recambios?

De varias clases dijo como si nada. Es mejor prevenir.

Tomamos té. Le enseñé fotos de una excursión a los Picos de Europa de hacía ocho años montañas, río, tienda de campaña. Las repasó con atención.

¿Has hecho montaña?

Unas cuantas veces, pero hace ya. Luego dejé de ir, no tenía con quién.

Yo voy todos los veranos comentó. ¿Te animas este año?

¿Me invitas a un viaje?

Te invito.

Nos conocemos un mes.

Lo sé dijo. Si te parece pronto, lo dejamos. Pero la invitación sigue.

Le miré. Sostenía una taza, veía las fotos. Sereno, sin presionar.

Lo pienso dije.

Perfecto.

En abril acepté.

***

No fue un momento de película: ni cena elegante, ni ramos de rosas, ni discurso preparado. Paseábamos por la ribera del Manzanares, aunque ya había flores, el aire seguía fresco. Me cogía de la mano ya era lo habitual. Yo hablaba, él escuchaba, hasta que me detuvo.

Celia.

¿Sí?

Quiero decirte algo.

Nos detuvimos. Quién pasaba con prisa ni se fijó en nosotros.

No soy dado a palabras bonitas, ya lo sabes. Pero sé seguro que contigo estoy bien. Que pienso en ti cada día. Que me alegro de haber mandado aquel mensaje.

Tomás

No te pido nada serio añadió rápido. Solo quiero que lo sepas. Que estoy aquí. Que no tengo prisa, ni me voy.

Le miré. Ribera, aire frío, río abajo ya entre el verdor de la primavera.

¿No te vas?

No me voy.

No respondí hablando. Solo estreché su mano. Y seguimos caminando.

Era suficiente. Ambos lo supimos.

***

En julio fuimos a los Picos de Europa.

Cinco días de senderismo, comida de mochila, pasos sobre piedras y pasos por los collados. Ocho años sin hacer montaña creí que no aguantaría, pero pude. Al tercer día, subiendo, me quedé rezagada, jadeando. Él me esperó al lado, callado.

Sigue, tú le dije. Ya te pillo.

Te espero.

No hace falta.

Pero quiero. Así, sin más.

Sentados un rato mirando un lago azul, increíblemente azul, repuse fuerzas; seguimos juntos. En los tramos duros me tendía la mano sin decir nada, como lo más natural.

El tercer día resbalé y caí de rodillas en una piedra mojada. Él llegó antes de que me pusiera en pie.

¿Todo bien? voz tranquila.

Sí, la mano.

Miró; solo un rasguño. Sacó el botiquín y me curó con una eficiencia que no buscaba lucirse.

¿Puedes seguir?

Claro.

Pues vamos. Sin prisa.

Eso era: un hombre que sabe cuidar sin grandilocuencias.

Por la noche, ya en la tienda, me preguntó:

¿Te gusta?

¿El qué?

Todo esto: las montañas, el viaje. ¿Te has arrepentido?

Pensé un momento.

No dije. Hacía mucho que no me sentía tan viva.

Las montañas hacen eso.

Y no solo las montañas.

No respondió, pero vi que lo entendió.

Bebía té en el collado y pensaba cómo meses atrás, un año antes incluso, me plantaba ante el espejo, convencida de que era mejor no salir. Pensaba, la octava vez ya no será como la séptima. Sabía estar sola y pensaba que así sería siempre.

Resulta que no.

Resulta que solo hace falta ponerse el abrigo y salir. Aunque duelan los pies y el cielo esté gris. Aunque las veces anteriores salieran mal.

La octava fue distinta.

¿En qué piensas? preguntó Tomás, sentándose a mi lado.

En mi abrigo dije.

¿Qué abrigo?

El azul con el que fui a tu cita.

Ah. Lo recuerdo. Lo vi cuando entraste y pensé: bonito abrigo.

No lo dijiste entonces.

Me daba corte sonar raro.

Me eché a reír.

Tomás.

¿Qué?

Está viejo. Cinco años tiene.

Eso da igual. Importa quién lo lleva.

Desde la cima veía el lago profundo, azul misterioso, como esas vidas que creías imposibles y de repente te encuentras en una.

Tomás…

Dime.

Me alegro de haber respondido aquel mensaje.

Me tomó la mano.

Yo también.

Nos quedamos allí, el silencio propio de la montaña, sólo viento y el mundo descansa.

Y pensé: así es como sucede. Sin estridencias. Un termo de té, un lago azul allá abajo, y la sensación, honda, de estar en casa.

Aunque casa signifique un piso en Aluche, noveno, vista a las torres del barrio.

Pero a veces casa es un hombro junto al tuyo en la ladera; es alguien que recuerda el pie herido, la madre lejana, que no da por hecho que todo lo conocido deja de doler. Alguien que escribió el primer mensaje movido por tres simples palabras: Me gusta lo honesto.

En septiembre, de vuelta de los Picos, como cada domingo, llamó mi madre.

¿Qué tal el viaje?

Bien, mamá.

¿Y él?

Bien me reí. Muy bien.

Tráemelo algún día.

Lo haré.

Colgué y miré por la ventana: Aluche, noveno piso, las torres al fondo. Todo igual y, sin embargo, distinto. Sobre la mesa, el libro que él me dejó la semana anterior porque no tuvo tiempo de antes. En la estantería, dos tazas. En el bolsillo del abrigo azul, una nota que hallé por la mañana y tardé en identificar: la había escrito él, antes de salir, dejándola como un secreto. Tres palabras: Todo va bien, Celia.

La leí tres veces.

Todo va bien.

Es lo que hacía falta. Ni un te quiero aún no, ambos lo sabíamos, ni eres la mejor. Simplemente: todo va bien. Es decir: estoy aquí, te veo, no estás sola. No hay nada que temer.

Mi vida cambió aquella tarde en que, ajustando el abrigo, pensaba que debía quedarme en casa.

Menos mal que no lo hice.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

eight − 4 =

Fui a otra cita tras conocerle por Internet y ni me imaginaba que mi vida en España no volvería a ser la misma
A orillas del mar, un tipo extraño se acercó a mí y noté un lunar bajo su oreja izquierda. De repent…