La vida bajo vigilancia

La vida bajo control

Miguel irrumpió en la comisaría, atravesando pasillos que se curvaban y se doblaban bajo las luces parpadeantes, como si el edificio mismo flotara entre las brumas de un sueño espeso. Caminó hacia el mostrador, donde un policía con ojeras infinitastan profundas como los pozos de Segoviamecía su bolígrafo sobre un mar de expedientes, mientras la realidad parecía doblarse y retorcerse a su paso. La cara de Miguel, demacrada y sudorosa, estaba surcada por unas sombras violáceas: llevaba tantas noches sin dormir que el mundo era un oleaje borroso, irreal.

¡Quiero poner una denuncia por desaparición de persona! escupió, el aire colapsando en sus pulmones. Mi prometida ha desaparecido, ¡ha desaparecido sin dejar rastro! No fue al trabajo, los amigos no saben nada… Algo malo le ha pasado, lo presiento. He llamado a todos los hospitales de Madrid y nadie la ha visto entrar…

El agente torció el gesto, arrugando el ceño mientras sus gafas se deslizaban hasta la punta de la nariz, como queriendo marcharse de aquel despacho. Con ritmo monótono, golpeaba la mesa con su bolígrafo, y el eco del golpeteo se colaba en la estancia como si fuera el tic-tac de un reloj distorsionado, que marcaba el tiempo en los dominios del absurdo.

¿Cuánto hace que no ve a su prometida? preguntó, su voz atravesada por el hastío de mil tardes grises, sin piedad ni compasión, sólo un leve y casi invisible fastidio. Ya eran muchos los que llegaban, presas del pánico, sólo para descubrir que el marido estaba en casa de la tía en Toledo o que la novia se había olvidado de cargar el móvil y de pronto reaparecía, como si nada, tras un par de días.

Miguel parpadeó y se ajustó la goma en la muñecaun gesto aprendido de Carmen, su prometidacomo si quisiese espantar la niebla de su cabeza a base de pequeños chasquidos de dolor. Respiró hondo, tratando de domar el corazón desbocado que rugía y saltaba como un ciervo asustado en una dehesa. La voz le tembló:

Hace tres días… Lo he buscado todo, no está en ningún sitio. Carmen jamás dejaría su trabajo así porque sí, es maestra de infantil y adora a los niños. Además, la semana que viene tiene la graduación de su clase, no se lo perdería. No es su estilo. Íbamos a casarnos, estábamos pensando en presentar los papeles…

Algo en la voz de Miguel, su desesperación casi tangible, hizo que el agente se incorporase un poco en la silla, como si le costara dejarse arrastrar por la gravedad. Aquella angustia era tan densa que parecía flotar en el aire, obstinada y venenosa.

Entiendo murmuró, escrutando a Miguel. ¿Ha hablado con la familia?

Sólo tiene a su madre, que vive en Galicia. Apenas la he tratado, y hace dos años que no tienen mucha relación. Carmen nunca me dijo por qué discutieron y se distanciaron. Decía que era “algo entre ella y su madre”… Miguel se dejó caer en una silla, cubriéndose la cabeza con las manos. Toda su angustia se arremolinaba en las sienes, donde la sangre latía desacompasada, como celebrando una fiesta enloquecida.

Recordó cómo Carmen se cerraba, cómo ninguna pregunta conseguía atravesar aquella armadura. Él sentía la necesidad de saberlo tododónde, con quién, por qué, qué sueños la cortaban por la noche, hasta qué desayunabapara sentirse seguro y tener la sensación, aunque sólo fuera un espejismo, de que nada malo podía ocurrir. En el fondo, siempre se disculpaba con la idea de que era por cariño y protección. Ahora una punzada de culpa le cruzó el pecho, efímera: ¿habría apretado demasiado? Pero esos pensamientos se disolvieron en bruma; lo único importante era encontrarla.

Alzó la cabeza, dispuesto a responder, a hacer lo que hiciera falta. El agente, mientras tanto, daba vueltas a algo en su cabeza.

¿No crees que estás un poco encima de ella? le había dicho, semanas atrás, su compañero Santiago, mientras veía cómo Miguel marcaba, por quinta vez, el número de Carmen esa mañana. A ver cómo tu Carmen no se harta un día. La mía me manda a freír churros si le llamo dos veces seguidas.

Miguel se había encogido, fingiendo seguridad:

Es que Carmen es un poco ingenua, y me gusta cuidarla. Si la dejo a su aire, seguro que termina en algún lío. Mejor tenerlo todo bajo control.

Su colega resopló, pero no insistió. Total, cada uno lleva su vida, pensó.

Vaya al despacho número cinco el agente despertó a Miguel de sus recuerdos. Allí podrán tomarle la denuncia en detalle.

Miguel asintió y caminó hacia el despacho, que se alargaba y se encogía como si el pasillo fuera de plastilina. Dentro, relató minuciosamente la rutina de Carmen, sus costumbres, los lugares que frecuentaba, incluso que si iba a estar fuera cogía siempre un bolso azul, grande y raído. Describió su ropa, las personas con las que hablaba últimamente, sus aficiones, los gestos que delataban su humor…

El policía le escuchó con creciente asombro, llenando páginas de su cuaderno: ni los padres saben tantas cosas de sus hijos. “Más parece un acosador que un novio”, pensó para sí el agente, anotando cada detalle. Pero la desaparición estaba ahí, había que esclarecerla. Quizá Miguel, tan nervioso y obsesionado, estuviera implicado. Quién sabe. Decidió, mientras tanto, recorrer el camino habitual: hablar con los vecinos de Carmen, revisar las cámaras de seguridadquizá entre las sombras de La Latina o el Retiro encontrara algún rastroy telefonear a los compañeros del colegio.

*****************

De la bruma de la comisaría, Miguel salió directo al edificio donde vivía la mejor amiga de Carmen. Subió tropezando por unas escaleras que se retorcían como una espiral imposible y cuyo eco era un relincho lejano de caballos invisibles. Tenía la esperanza, como un faro tembloroso, de que allí encontraría alguna señal de su novia, pero la ansiedad seguía creciendo y le subía por el estómago como una marea negra.

Lucía, la amiga, vivía en una corrala en las afueras, entre geranios de plástico y cortinas ajadas por décadas de sol. Miguel no sentía ninguna simpatía por Lucía. Era un alma sencilla, y a él le gustaba eso: los amigos demasiado perspicaces sólo traían problemas. Había aprendido a mantener las amistades de Carmen a raya.

Cuando abrió la puerta, Lucía parecía un personaje de las novelas de Galdós: ojos sorprendidos, manos devanando los flecos de un mandil, la inocencia pintada en la cara.

¿Ha contactado Carmen contigo?

No… ¿Tenía que hacerlo? balbuceó ella, perdida.

Miguel sintió cómo la irritación le quemaba por dentro. Aquella expresión ingenua no ayudaba en nada.

Sois amigas, ¿no te importa que haya desaparecido? ¡He puesto una denuncia! ¿Cuándo hablasteis por última vez?

Hace como dos meses… Últimamente hemos perdido el contacto. Me voy a casar y no quiero líos. Además, Carmen es guapísima, yo no quiero tentar a mi prometido. Es un hombre de posibles y, bueno… Lucía empezó a contarle su vida, ajena a la tensión de Miguel.

Él no quiso oír más; dio media vuelta bruscamente y salió, la puerta cerrándose tras él con un portazo que reverberó por los pasillos como una campana rota. Bajó las escaleras siguiendo la línea quebrada de los azulejos mientras pensaba, martilleando de furia: ¿nadie sabe nada? ¿Dónde estás, Carmen?

Lucía, entretanto, curvó una sonrisa ladina, sacó el móvil de su bolso y mandó un mensaje escueto a un número aprendido de memoria. Mientras la pantalla se apagaba, un brillo pícaro encendía sus ojos, como si acabara de mover ficha en una partida de ajedrez alucinada.

*******************

La casa de Miguel parecía ahora un laberinto de espejos. Entró atropelladamente, casi derribando a la vecina, una anciana de pelo azul plomo y bata estampada de flores, que le soltó una retahíla de improperios. No escuchó, subió las escaleras a trompicones, como si temiera dejar huellas en el aire. Al pie del portal, las comadres del barrio ya trinaban, compartiendo la anécdota: ¡Me ha arrollado el mocoso ese, ni un perdón me pidió!. Aquella frase se convertiría en leyenda en la acera de granito.

Miguel recorría su piso trastabillando entre sombras. Sólo le quedaba el eco de la pregunta: ¿me ha mentido Carmen alguna vez? Decía que iba a ver a Lucía cada semana… Pero ahora, la realidad parecía descomponerse: ¿dónde había estado, con quién? ¿Cómo había podido escaparse de su radar?

Siempre lo había controlado todo: la ropa de Carmen, el tinte del pelo, incluso su profesiónla misma que él consideraba el éxito. Pero Carmen odiaba aquel colegio de élite: los niños malcriados, los padres que creían tener una princesa en miniatura. Él nunca la escuchó realmente, sólo dictaminó.

Carmen era como una marioneta. Hasta ahora. Ahora sabía que le había mentido. El odio le subía en oleadas amargas.

Cuando la encuentre… pensó, cerrando los puños hasta que las uñas le arañaron la palma nada escapará a mi control. No volverá a tener secretos. Todo quedará claro.

Se puso en pie, caminando de lado a lado de la casa, como un animal atrapado en una jaula de sueños inquietos, preparando listas, llenando el aire de ideas que se evaporaban antes siquiera de acabar de pensarlas.

********************

¿Don Miguel García?la voz llegaba a través del teléfono enredada en ecos líquidos, como si la ciudad estuviera sumergida bajo el Manzanares. Le llaman de la Policía, sobre su denuncia.

Miguel había logrado dormirse apenas unas horas, tras desvelos furiosos y sofisticados monólogos interiores. Pero aquella palabraPolicíale sacudió. Se incorporó en la cama, con la sábana enrollada a la cintura. Por su mente desfilaron imágenes hiperreales: encontrándose con Carmen, ella culpable, pidiendo perdóna veces llorosay él, severo y paternal. Por fin, pensó, todo se arreglará, le explicará lo mal que lo ha hecho.

¿La han encontrado? ¿Dónde está? ¡Voy ahora mismo! gritó, jadeando.

Tranquilo la voz era fría, tan seca como la meseta en agosto. Sí, la hemos localizado. Bueno, en realidad, ella se ha presentado voluntariamente tras saber que estaba siendo buscada. Sólo podemos decirle que está bien.

¿Pero dónde? ¿Por qué no puedo verla? ¡Es mi prometida! Miguel berreó en el auricular.

Por orden expresa de Carmen Vázquez, no podemos facilitarle ninguna información. Ni le considera su prometido, ni quiere saber nada de usted. Incluso ha amenazado con presentar una denuncia contra usted.

Miguel quedó inmóvil, petrificado, la realidad resquebrajándose en un torbellino absurdo. ¿Carmen no quería verle? ¿Ya ni le reconocía como novio? El mundo daba vueltas, el suelo de la habitación convertido en un océano frío.

¿Y qué le he hecho yo? gruñó, la rabia desgarrándole la garganta.

La ha estado usted acosando afirmó el agente, seco, inamovible. Le daré un consejo: olvídese de Carmen. Ha venido con un abogado carísimo, de esos que sólo aparecen en las pesadillas fiscales, y con chófer y escolta. Créame, no podrá alcanzarla. Es mejor que pase página.

Miguel se derrumbó, quedando sentado al borde de la cama, mientras los muebles parecían distorsionarse y las paredes se inclinaban, como si toda la casa quisiera huir de él. De repente, estalló: un portazo de rabia, un jarrón hecho añicos, una lámina de la Plaza Mayor cayendo al suelo. Caminó desbocado entre trozos de cristal y muebles hostiles, sin encontrar salida al laberinto de rabia, tristeza y desolación en que habitaba.

¿Y ahora, qué? Carmen se había blindado. Nadie en la comisaría le ayudaría. Nunca había sentido tan claramente ese abismo de impotencia y soledad.

Llamaron al timbre.

Miguel se sobresaltótodo le parecía amenaza. Al abrir, vio a Elena, compañera de Carmen en la escuela: bajita, dulce, el pelo recogido en una coleta rubia descuidada. Un aire sencillo, demasiado transparente para sus gustos.

Sé que anda todo el barrio revuelto susurró ella, bajando la mirada. Que la policía no te ayuda… He pensado venir un rato, quizá te venga bien compañía.

Miguel sintió un calor extraño cuando la vio, tan abierta y vulnerable, y esbozó una sonrisa lánguida, casi forzada.

Pasa, gracias dijo, fingiendo gratitud, la voz rota.

Elena se sentó en el rincón del sofá, como una figurita de porcelana insegura, rodeando la taza de té que Miguelmoviendo tazas, limones y sobres de azúcar como en un ritual medievalle acercó desde la cocina.

Yo también estoy preocupada. Carmen no era así, jamás habría desaparecido sin decir nada balbuceó ella. No podía quedarme de brazos cruzados, sabiendo lo que sufres…

Miguel, enfrentado a la taza humeante, apenas podía reconocer sus propios pensamientos. De pronto, miró a Elena y algo en aquella vulnerabilidad le tentó.

Pensó, vago, mientras removía el té: Quizá ella pueda llenar el hueco; quizá resulte más sencillo forjar a alguien nuevo, alguien dócil…

Alzó la vista y sonrió, como si todo estuviera bajo controlsiempre bajo controlmientras en la estancia los objetos bailaban en la periferia de su visión, y la certeza de un futuro incierto se movía, lenta y retorcida, como humo de incienso sobre un altar olvidado.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

16 + 2 =

La vida bajo vigilancia
Papá de los domingos. Relato. ¿Dónde está mi hija? — repitió Olesia, sintiendo cómo le castañeteaban los dientes por el miedo o el frío. Había dejado a Zlata en la fiesta, en la ludoteca del centro comercial. Apenas conocía a los padres de la cumpleañera, pero dejó tranquilamente a su hija allí; no era la primera vez en un evento infantil así, era algo habitual. Solo que hoy había llegado tarde —el autobús se demoró mucho—. El centro comercial estaba en un sitio incómodo, todos llegaban en coche, pero Olesia no tenía. Por eso llevó a su hija en bus, volvió a casa para dar sus clases, que no podía cancelar, y después regresó a recogerla. Pero llegó con quince minutos de retraso; corrió por el aparcamiento helado hasta quedarse sin respiración. Y ahora, la madre de la cumpleañera, una chica baja de ojos azules y redondos, miraba a Olesia con sorpresa y repetía: —La recogió su padre. Pero Zlata no tenía padre. Bueno, sí tenía, pero él jamás había visto a su hija. Olesia conoció a Andrés por casualidad —paseaba con una amiga por el Paseo del Retiro, la amiga se torció el pie, dos chavales ofrecieron ayuda. Como en las películas, presumieron de estudiar en la Complutense, que uno era hijo de general y el otro de catedrático. Nadie sabía por qué decían eso; eran jóvenes y muy ingenuos. Cuando Olesia se quedó embarazada y Andrés supo que ella estudiaba Magisterio y que su padre era conductor de autobús, le dio dinero para abortar y desapareció. Pero Olesia no abortó, y nunca se arrepintió. Zlata era su compañera; madura y confiable para su edad. Siempre estaban juntas —mientras Olesia daba clase, Zlata jugaba discretamente con sus muñecas, y luego preparaban juntas sopa de leche o huevo pasado por agua, merendaban con té y galletas untadas con mantequilla. No había mucho dinero: todo se iba en el alquiler, pero ninguna de las dos se quejaba. —¿Cómo pudieron entregar a mi hija a un desconocido? La voz de Olesia temblaba, se le llenaban los ojos de lágrimas. —¡¿Desconocido?! —se impacientó la madre de la cumpleañera—. ¡Si es su padre! Olesia podría haberle explicado que no tenía padre, pero no valía de nada. Tenía que correr a seguridad, pedir las grabaciones de las cámaras… —¿Cuándo fue? —Hace diez minutos… Olesia se dio la vuelta y corrió. Cuántas veces había advertido a Zlata: “¡Nunca te vayas con extraños!” Sus piernas no la obedecían del miedo, se le nublaba la vista, chocó varias veces contra alguien, pero ni se disculpó. Por instinto gritó: —¡Zlata! ¡Zlataaaa! El gran patio de comidas estaba ruidoso, casi nadie prestó atención, aunque algunos se giraron. Olesia, jadeando, intentaba decidir: ¿por dónde empezar? ¿Y si no la habían llevado aún…? —¡Maaamá! Al principio no creyó lo que veía. Su hija corría hacia ella con la chaqueta abierta, la cara manchada de helado. La agarró como si soltara a Zlata y fuera a desplomarse ahí mismo (quizás era así). Olesia clavó la mirada en el hombre: respetable, corte de pelo corto, jersey absurdo de muñeco de nieve y helado en la mano. Parecía leer en sus ojos lo que Olesia estaba lista para recriminarle, porque le salió del tirón: —¡Perdone, ha sido culpa mía! Debí esperarle aquí, pero quería vengar a esos monstruitos. ¿Sabe? La estaban molestando. Decían que no tenía padre y que por eso nunca vendría por ella, que era fea. Quise darles su merecido: me acerqué y le dije, “hija, mientras mamá no está, ¿quieres un helado?” Perdón, no pensé que se asustaría así… Olesia temblaba. No iba a confiar en ese desconocido. Pero, ¿de verdad habrían molestado a Zlata? Miró a su hija y esta lo entendió enseguida. Se sonó la nariz y levantó la barbilla. —¡Me da igual! ¡Ahora yo también tengo papá! El hombre sonrió tímidamente, Olesia seguía sin poder articular palabra. —Vámonos —consiguió finalmente decir—. Es tarde, perderemos el autobús. —¡Espere! —el hombre adelantó un paso, se detuvo y saludó nervioso—. ¿La acerco a casa? Ya que hemos coincidido… No piense mal, no soy ningún monstruo, me llamo Arturo. ¡Soy buena persona! Mire, ahí está mi madre, ella puede confirmarlo. Señaló a una señora de rizos violetas sentada con un libro. —Si quiere, vamos con ella. ¡Ella le hablará bien de mí! —No lo dudo —gruñó Olesia, que aún tenía ganas de golpear al desconocido—. Gracias, pero preferimos ir solas. —Mamá… —Zlata tiró de su abrigo—. Que todos vean que papá nos lleva en coche. Junto a la ludoteca aún estaban la cumpleañera con su madre y otra niña cuyo nombre Olesia no recordaba. Los ojos de Zlata suplicaban, y no era fácil andar por el hielo temblando así. Olesia cedió. —Bueno —dijo cortante. —¡Genial! ¡Un segundo, aviso a mi madre! “Un hijo de mamá”, pensó Olesia con sorna. En ese momento la madre, muy sonriente, la saludó, y Olesia se apartó rápidamente. ¡Vaya situación tonta! De camino procuró no mirar a Arturo, pero no dejó de notar su tacto hablando con Zlata. La niña no paraba de hablar; Olesia nunca la había visto así. Al llegar al portal, Zlata se apagó de golpe. —¿No nos veremos más? —susurró a Arturo, mirando de reojo a su madre. Olesia se sintió observada y comprendió que Arturo le pedía permiso. Quería decir “no, Zlata, eso es de mala educación”, pero al ver la carita triste no pudo. Miró a Arturo, asintió. —Bueno, si tu madre acepta, puedo invitarte al cine el sábado a ver una peli de dibujos. ¿Has ido alguna vez? —¿De verdad? ¡No! ¡Mamá, puedo ir al cine con papá? Olesia se sintió incómoda, así que empezó a hablar atropelladamente: —Zlata, te lo permito, pero con dos condiciones. Uno: llamar “papá” a un desconocido no es educado, dile tío Arturo, ¿me oyes? Dos: yo también voy al cine, porque ¿qué te digo siempre? ¡Nunca irse con extraños, aunque parezcan simpáticos! —Eso mismo le dije yo —intervino Arturo—. Que con desconocidos no se va. —¿Entonces puedo ir? —Ya te he dicho que sí. —¡Bien! Olesia sabía que debería cortar esa tontería de raíz, pero no podía. No tenía a nadie más en el mundo que Zlata. ¡Si al menos pudiera consultarlo con alguien! Por ejemplo, su madre. De ella apenas se acordaba —murió cuando Olesia tenía cinco, justo la edad de Zlata. Un niño cayó a un lago helado, nadie se atrevía y ella sí; salvó al niño, pero enfermó, y en una semana se apagó —tenía diabetes, ya tenía problemas de salud. Zlata también heredó la diabetes, y eso angustiaba mucho a Olesia. Hasta el siguiente fin de semana le dio mil vueltas a todo, pero al final fue inútil: todo salió diferente a lo que había imaginado, porque al cine, Arturo llevó también a su madre. —Para que no pienses que soy raro, mi madre me puede recomendar —sonrió. —¡Pues claro que eres raro! —soltó su madre con tanta ternura que era evidente que lo adoraba. Y mientras Arturo buscaba palomitas con Zlata, su madre la recomendó de verdad. —¿Sabes…? ¿Te puedo tutear? Él también creció sin padre. Me casé cuatro veces, el último marido fue perfecto, Arturo es igual de bueno. Pero la vida quiso que ni pudiera sostenerle en brazos. Un infarto. Di a luz antes de tiempo, no sé cómo sobreviví. Y mis primeros maridos ayudaron… ¿Por qué me miras así? Nos llevamos bien, el primero aún me quiere, el segundo es más de hombres y el tercero ama demasiado a las mujeres, y no le bastaba solo yo. Todos quisieron ser padre para Arturo, pero un padre es un padre. Por eso empatizó tanto con Zlata, también le hacían bullying en el cole. Pobre, cuánto visité a los profesores, pero fue inútil. Se metía en líos solo para demostrarles que era valiente; una vez casi se mata… Era una mujer interesante: bajita y delgada, pelo violeta, vestido de Chanel y leyendo a Almudena Grandes. Olesia la encontraba fascinante. —No te preocupes, Arturo no planea nada malo, solo tiene buen corazón —sonrió y guiñó un ojo—. Y tú también le interesas. Olesia se sonrojó. ¡Solo faltaba eso! Sabía que no debía meterse en nada, pero le daba tanta pena Zlata… Al salir, intentó pagar las entradas, pero Arturo se negó. —Si invito al cine, pago yo. Tampoco le gustó: ella siempre pagaba lo suyo y no dependía de nadie. Lo de gustarle a Arturo, tonterías. Al llegar a casa, Zlata preguntó: —¿Papá, adónde iremos la próxima vez? —¡Zlata! —la regañó Olesia. La niña se tapó la boca riendo. —Tal vez podamos ir al Museo de Ciencias Naturales, ¿qué te parece? —¡Estupendo! ¿Vamos, mamá? —Id vosotros solos —respondió seca Olesia—. Llevad a Catarina, le encantan las mariposas. Fue la primera en salir del coche; quería acabar esa escena. Oía de fondo cómo Arturo decía a Zlata: —Cuando mamá no escucha, puedes llamarme papá. Así Zlata consiguió su “papá de los domingos”. A veces Olesia iba con ellos, otras veces dejaba a Zlata con Arturo solo si se sumaba Catarina —ella siempre consideraba a Arturo un extraño dudoso, aunque Zlata contaba mil maravillas sobre sus salidas. Sin querer, Olesia se contagiaba de la alegría de su hija, pero no dejaba ir más allá: la vida no era un cuento con príncipes en corcel blanco. Además, la madre de Arturo lo ensalzaba tanto que Olesia sospechaba: ¿qué tenía? ¿Por qué una madre así buscaría una chica sencilla para su hijo? Pero poco a poco, el corazón de Olesia se ablandaba. Arturo lo hacía con mucha delicadeza: le dejaba chocolate en la estantería, la consultaba siempre antes de invitar a Zlata, buscaba su mirada en el coche. Le gustaba especialmente Catarina: ¡qué gran conversadora! Si Arturo no fuera su hijo, habría confiado en ella. Un día llamó y habló sobre ir al cine. Zlata, al escuchar, se acercó: —¿Es Arturo? Se sentó, muy contenta. —Sí, claro, Zlata va encantada —contestó Olesia por costumbre. —¡Espere! Llamo por Zlata, pero también por ti. O sea, para que vayamos juntos. Tú y yo. Entonces, de fondo se oyó a Catarina: —¡Por fin! —¡Mamá, no escuches! Oh, Olesia, perdón… Lo siento, es siempre igual, cotillea. Zlata susurró: —¿Te ha invitado al cine? Olesia se rió. —Aquí todos escuchan. Arturo, yo… —¡No me rechaces, te lo ruego! Dame una oportunidad; te juro que seré un caballero. —Lo de los ojos, dile lo de los ojos, —insistía Catarina—. Dile lo que me dijiste, que tiene los ojos de su madre… Como si le tiraran agua fría. Olesia no entendía nada: ¿a qué venía su madre en esto? Arturo discutió con su madre, luego dijo: —Olesia, voy a ir y te lo explicaré. ¿Puedo? Una explicación no le venía mal… Olesia paseaba nerviosa esperando, mientras Zlata dibujaba en su mesa, como si lo sintiera. —Debí confiarte esto desde el principio —dijo Arturo al llegar—. Y quería, pero tú me gustaste tanto… No quería que pensases que lo hacía por tu madre. La tuya. Además, temía que me odiaras. Porque ella murió por mi culpa… No paraba de saltar de un tema a otro, la miraba suplicante. Olesia temblaba igual que aquel día en el centro comercial. —¿Me perdonas? No dijo una palabra. Le costó decir: —Tengo que pensarlo. —Mamá, por favor perdona a papá… Arturo miró a Zlata recordando su acuerdo. Miró de nuevo a Olesia. Ella repitió: —Necesito tiempo. Pensarlo. ¿Lo entiendes? Quería hacerle mil preguntas, pero no podía hablar. Cuando llamó Catarina, sí que habló, y se enteró de todo. —Él no supo que tu madre murió —yo protegía su infancia. Más tarde lo descubrí, y entonces quiso encontrarte. Aquel día quiso conocerte y ayudarte, pero primero pasó lo que pasó con Zlata, y luego tú… Se enamoró a primera vista. Temía que lo malinterpretaras. No lo culpes, él quiso demostrar que era un hombre aunque no tuviera padre. Nadie se atrevía a cruzar el hielo, y él sí… Catarina no presionaba, pero defendía a su hijo. Zlata, en cambio, sí presionaba: —Mamá, es bueno, y te quiere, ¡él mismo me lo dijo! Y podrá ser mi papá, ¡de verdad! Olesia lo comprendía. Pero sentía que no era correcto. Pasó casi un mes sin poder hablar con él. Ni respondía llamadas ni leía sus mensajes. Cuanto más lo pensaba, más ganas tenía de llamar, pero aquello se hacía imposible. Zlata la despertó llorando una noche: le dolía la barriga. Ya se había quejado ayer, pero Olesia pensó que sería por un yogur pasado. Pero tenía fiebre; ni necesitó termómetro. Con las manos temblorosas llamó a emergencias, y por impulso, a Arturo. Él llegó junto con la ambulancia, en pijama y despeinado. Se fue al hospital con ellas, calmando y prometiendo que todo saldría bien, aunque su voz también temblaba. —La peritonitis no es tan grave —repetía—. Todo saldrá bien, seguro. Olesia le cogió la mano —tal vez para calmarle, tal vez para calmarse. La sala de espera estaba fría, y se acurrucaron juntos para darse calor. Fue el primero en preguntar al médico por la operación. Olesia ni se movía: si le pasaba algo a Zlata, ella no sobreviviría. Pero todo salió bien. Los médicos lo hicieron de maravilla, y Zlata luchó por su vida según el doctor, pues el pronóstico era crítico. —La cuida un ángel bueno —comentó el médico. Olesia susurró: gracias, mamá. Arturo agradeció al médico y este les mandó a casa: Zlata estaba en reanimación, y los padres debían descansar. Él la llevó hasta el portal; Olesia pensó que Arturo pediría entrar, pero se calló. Así que dijo: —Ya está amaneciendo. ¿Subes? Tengo café. Y descubrió que realmente quería que se quedara. Para siempre. Zlata se recuperó sorprendentemente rápido, según médicos y enfermeros. —Es que ahora tengo mamá y papá —decía ella. Y nadie, salvo Olesia y Arturo, comprendía la alegría de aquella niña…