Envidia al límite

Envidia al límite

¡Sí, justo lo que necesito! Jamás se dará cuenta de que no es su prometida la que tiene delante

Claudia se detiene frente al espejo del recibidor, repasando con ojo crítico cada detalle. Eleva lentamente la mano y coloca con esmero un mechón rebelde tras la oreja. Siente el pulso acelerado; lo que ve la sorprende incluso a ella misma. Maquillaje, peinado, expresión cada gesto, calcado con asombrosa fidelidad. Contiene el aliento. Si además se pone el vestido favorito de su hermana, ni siquiera su propia madre sería capaz de diferenciarlas.

La idea la hace esbozar una sonrisa, pero la preocupación le devuelve la seriedad cuando, de reojo, ve el reloj de la estantería. Faltan apenas veinte minutos para la llegada de Javier. Un cosquilleo de nervios le recorre las manos: todo debe salir perfecto. Ni un desliz, ni una entonación rara. Si Javier sospecha, su meticuloso plan se irá al traste y su hermana ganará, otra vez.

Respira hondo, obligándose a mantener la calma, y se acerca a la puerta justo cuando suena el timbre. Ya está lista, decidida a meterse de lleno en el papel. Abre y, al encontrarse con la mirada de Javier, adopta de inmediato una sonrisa cálida, como de costumbre en su hermana.

¡Javi, hola! saluda con la voz dulce y un tono perfectamente calculado.

Sin esperar respuesta, se pone de puntillas y le da un beso fugaz en la mejilla. Ni más, ni menos; todo medido.

Pasa, ¿te apetece un café? invita, retirándose a un lado, con un aire despreocupado y familiar, como si aquel fuese el típico martes en casa y no una operación minuciosamente orquestada.

Él frunce el ceño un instante, buscando quizá un matiz sospechoso en la escena, pero enseguida se relaja esbozando una leve sonrisa irónica. A Javier le entra la curiosidad: ¿a qué viene este esfuerzo de Claudia por parecerse tanto a Julia? Decide seguir el juego y entra sin rechistar.

Claudia deambula por la cocina, colocando tazas y platillos con una sonrisa que empieza a dolerle. Sus gestos, siempre pausados, ahora delatan cierta prisa. Echa el ojo a la botella de vino Rioja reserva, estratégicamente puesta en la estantería. El plan es perfecto: Javier no suele beber mucho, pero en ambiente relajado acepta una copa. Necesita que baje la guardia. Solo así podrá llegar hasta el final.

Mientras el café se hace, él se sienta, cruzando los brazos, y observa cada movimiento con un punto de ironía y recelo. Al cabo de unos minutos, rompe el silencio.

Claudia, ¿qué tramas? pregunta serenamente. ¿Y Julia? Si esto pretende ser una broma, no es precisamente original.

Ella se queda quieta, buscando una respuesta creíble. Se esfuerza en mantener el tono ligero.

¿Y cómo te diste cuenta? No, no es una broma. Es un experimento. Julia no sabe nada.

Javier eleva una ceja, jugando entre la curiosidad y la indiferencia.

Sois muy distintas, aunque seáis gemelas dice, ladeando la cabeza. ¿Cómo puede alguien confundiros?

Y mientras saca el móvil, envía un mensaje rápido a Julia: ¿Dónde estás?.

¿Y cuál es el propósito del experimento? insiste, guardando el teléfono.

Claudia mira su taza de té, aguantando un sorbo para ganar valor. Cuando por fin se decide, su voz revela un matiz apasionado:

Nos confunden constantemente. Dices que somos distintas, pero ni mamá nos distingue si vamos igual vestidas y peinadas. Imagínate: vestido idéntico, el mismo peinado somos como dos gotas de agua.

Hace una pausa, recordando quizá algún momento incómodo del pasado.

A veces es un fastidio. Sobre todo cuando hay sentimientos implicados. Más de una vez, situaciones desagradables: que si mi novio se acerca a Julia por error, o algún amigo tuyo confunde a mi hermana conmigo y le cuenta cosas fuera de lugar.

¿Por qué no cambias de look, entonces? pregunta Javier, recordando viejas conversaciones. Julia siempre decía que tú no querías cambiar nada, ni un peinado nuevo.

Claudia frunce la naricilla con una mueca graciosa.

No tiene gracia responde negando con la cabeza. Nos prometimos no cambiar hasta acabar la universidad. Es una regla silenciosa entre nosotras. Además a veces resulta útil. Incluso los profesores se lían.

Se ríe con una carcajada breve, visiblemente orgullosa.

Vaya responde él, pensativo. Entonces el móvil pita. Javier lee el mensaje y asiente, casi para sí: Julia me espera en nuestro bar de siempre. No sospecha nada.

Le dirige una mirada cargada de cierta empatía.

No te preocupes, no le diré nada de tu experimento. Entiendo que te preocupe, no quiero generar malos rollos con vosotras.

Claudia, aliviada, le dedica una sonrisa agradecida.

Gracias, Javi. Eres buena gente.

Bueno, me voy. Mejor que Julia no se impaciente.

La puerta se cierra con un simple clic, y Claudia se queda sola. El silencio retumba en la casa. Se deja caer en la silla, apretando el borde de la mesa para no ceder a las lágrimas. ¿Por qué ha fallado? ¿Por qué él no ha dudado? ¿Por qué todo el esfuerzo, el plan meditado al milímetro, se esfuma en segundos?

Se le agolpan los recuerdos de la llegada de Javier. Desde el primer momento, su simpatía y seguridad la atraparon por completo. Siempre ensayando frases, soñando con confidencias, imaginando momentos juntos pero nunca fue capaz de dar un paso, siempre temiendo desestabilizar su relación con Julia.

Julia siempre más decidida. Un día, sin más, apareció con Javier en casa. Os presento a Javi, dijo sonriendo, y los padres se deshicieron en elogios, encantados con el nuevo yerno.

Claudia lo recuerda al detalle: cómo Javier charlaba con ellos, cómo reía, cómo encajaba en la familia. Por dentro hervía, pero por fuera la educada sonrisa no se descomponía. ¡Tenía que ser ella! Lo descubrió antes, lo sintió antes pero Julia lo consiguió sin dudar, sin pensar que su hermana pudiera sentir lo mismo.

Con un suspiro, Claudia intenta recomponerse. No puede dejarse arrastrar. Tiene que estar serena. Pero, ¿cómo hacerlo con el corazón roto de decepción?

Julia era el centro de todas las miradas. Brillante, alegre, espontánea, con una risa contagiosa y ese aire de facilidad con la vida. Encantada de rodearse de amigos, amante de fiestas, pura energía Y encima, la mejor estudiante, capaz de sacar sobresalientes sin apenas esfuerzo.

Claudia lo observaba todo desde la cautela. Ella, reservada y meticulosa, refugiada en los libros o en conversaciones profundas con su pequeña cuadrilla. Rechazaba una y otra vez las invitaciones de Julia: No tengo tiempo para tonterías. Prefería prepararse bien para los exámenes y leer sobre su futuro profesional.

Ahora se pregunta si no erró eligiendo siempre el camino seguro. ¿Y si alguna vez hubiera aceptado, si se hubiera dejado llevar, si Javier la hubiera visto tal como es? Pero él se enamoró de Julia, de su locura carismática

Claudia entiende, en el fondo, que no es cuestión de estilos de vida. Julia seduce sin querer. A Claudia le paraliza el miedo a no estar a la altura. Y, al final, siempre queda a la sombra.

Estos pensamientos la torturan. Intenta convencerse de que un día valorarán su seriedad y autoexigencia. Pero, en esas noches tranquilas, no puede evitar imaginar otra vida, siendo siquiera un poco más como Julia.

La noticia de la boda le cae como una losa. En el anuncio familiar, se contenta con sonreír, felicitar, abrazar pero por dentro, todo se le desploma. Después, apenas duerme durante días, devanándose los sesos buscando salidas. Finalmente, urde un plan perfecto.

Si Javier me confunde y cae en la trampa, y luego Julia nos pilla, estará acabado. Ella jamás me perdonaría. Mejor que no se quede con nadie. Eso es lo justo.

El guion estaba listo: el Rioja cuidadosamente seleccionado, frases y gestos ensayados, la luz difusa de la lámpara simulando un ambiente íntimo. Claudia practicó una y otra vez ante el espejo el rictus de media sonrisa de su hermana, su forma de sentarse, hasta el giro de cabeza exacto.

El día clave, el temblor de sus manos apenas la deja respirar, pero se arma de valor hasta que Javier, al cruzar la puerta, la desenmascara al instante.

El fracaso es absoluto. Javier, educado pero firme, se despide y va directo a ver a Julia.

Claudia se queda mirando un punto de la mesa. Todo su plan, destrozado en minutos. El reloj avanza, la boda se acerca y sigue sin saber cómo torcer el destino.

Debo pensar algo más se dice para sí, retorciendo el mantel. Antes de que sea demasiado tarde. Pero ningún nuevo plan se le ocurre fiable, y siente que, si hay un próximo intento, tendrá que ser infalible. No habrá margen para más errores.

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Un par de semanas después, Julia, radiante, reúne a toda la familia y anuncia entre lágrimas de emoción que está embarazada. Sus padres la abrazan, llenos de proyectos y alegría.

Claudia permanece sentada, aferrada a su taza de té frío, fingiendo una sonrisa que no siente, asintiendo mecánicamente. Por dentro, un nudo punzante la ahoga. Cada palabra, cada caricia entre Julia y Javier, le atraviesa el alma.

Se le cruza la imagen de un futuro inevitable: cenas familiares con Javier a la mesa, fiestas en las que le verá orgulloso de su mujer embarazada, celebraciones donde todo gira a su alrededor y su felicidad. No puede soportarlo, no está preparada para tanto.

Y el pensamiento retumba: necesita actuar ya, antes de que sea irreversible.

Entonces, una idea terrible y precisa brota de su angustia. ¿Qué dolería más que perder el deseado bebé? Es cruel, y lo sabe pero en ese instante la crueldad le parece el único camino. Bastaría hablar con ese médico que conoce, el que puede recetarle por unos cuantos euros nada ilegal, piensa el medicamento que provocaría las complicaciones adecuadas.

Se le escapa una carcajada seca, casi inaudible, poseída por la determinación más fría. Julia, creyéndose comprendida, le devuelve la sonrisa desde el otro lado de la mesa.

Tu felicidad no durará, se dice Claudia, contemplando a la pareja feliz. Sus ojos muestran la frialdad de quien ya no duda.

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¿Quieres zumo? pregunta Claudia con tono natural, mientras esboza la sonrisa tranquila que tan bien ha ensayado frente al espejo. He comprado el que más te gusta.

¡Eres la mejor! le contesta Julia, iluminada por una felicidad infantil, y le estrecha la mano. ¡Qué haría yo sin ti!

Claudia se queda un instante congelada, sintiendo una punzada inesperada. Pero se recompone al momento.

Ahora te lo traigo asegura, esforzándose en que su voz no tiemble.

Entra en la cocina, saca el zumo de naranja del frigo y lo vierte en un vaso. Su mano roza, casi inconscientemente, el bolsillo donde esconde la pequeña pastilla. Cuando la encuentra y la aprieta, algo la detiene.

¿Qué está haciendo? Mira la pastilla, luego el zumo. Imagina a Julia, ilusionada con la maternidad, a sus padres felices, a Javier cariñoso con la futura madre. ¿De verdad puede cruzar esa línea? ¿Hacerle eso a su hermana?

Un escalofrío le sacude. ¡No! No es ella quien haría una barbaridad así. No debe permitirlo.

Sus dedos se abren y la pastilla resbala suavemente sobre la encimera. Claudia cierra los ojos, intenta calmar el temblor.

¿Clau? ¿Te encuentras bien? La voz de Julia suena a su lado, preocupada. ¡Estás pálida! ¿Llamo al médico?

Claudia la mira. Por fin ve lo que llevaba tiempo negando: en los ojos de Julia hay amor real, gratitud, fe absoluta en su vínculo.

No, tranquila. Solo me ha dado un mareo tonto responde esbozando la mejor sonrisa que puede. Ya está. Te pongo el zumo y me hago una infusión. Así charlamos un rato.

Prepara la tetera, vierte el agua, revuelve despacio mientras la familiar fragancia del té la va relajando poco a poco. Observa a Julia, que sorbe el zumo contando sus planes, ajena a la tormenta que acaba de disiparse.

¿Cómo has llegado tan lejos? piensa Claudia, aferrando la taza caliente. ¿Cómo has podido siquiera pensarlo? Eres mi hermana. Mi familia.

Sabe de golpe que necesita ayuda, que no puede seguir ocultándose detrás de excusas. A lo mejor debería hablarlo con alguien, de verdad.

¿En qué piensas? pregunta Julia, inclinando la cabeza con ternura. Te veo muy callada.

Nada importante miente Claudia con un hilo de voz. Mucho trabajo, quizá consulte cómo organizarme mejor.

Julia lo acepta y sigue hablando, pero Claudia ya ha tomado una decisión: no dejará que la amargura y la envidia la arrastren otra vez. Es hora de pedir ayuda, de reconocer que se ha perdido y buscar el modo de sanar. Y eso empieza por admitirlo, sin miedo, quizá por fin compartiéndolo con alguien.

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Julia da a luz a una preciosa niña, que se convierte en la alegría de toda la familia. Llega una madrugada de junio, y esa misma mañana los abuelos la muestran embelesados a través de la ventana del hospital. La pequeña duerme plácida, con sus mofletes redondos y pestañas oscuras, y la felicidad es contagiosa.

Los primeros días en casa rebosan de momentos tiernos. Julia y Javier, agotados pero felices, aprenden a turnarse con los pañales y el biberón. Los abuelos acuden con regalos y juguetes; la abuela teje patucos; el abuelo presume de nieta con los vecinos.

Pero es Claudia quien se convierte en el alma de la pequeña. Desde que superó su crisis, dedica cada vez más tiempo a su sobrina. Primero para ayudar a Julia cocinar, cuidar a la niña, hacer recados. Luego, simplemente porque disfruta mirando sus diminutos dedos, su ceño al enfadarse, su sonrisa desdentada cuando la reconoce.

Claudia aprende a mecerla, inventa nanas, elige ropa llena de flores o animalitos, se emociona con cada pequeño avance.

Pronto, la sobrina ve en ella una aliada. Pasan tardes de juegos, ceremonias de té imaginarias, álbums de cuentos de colores y paseos de la mano cuando empieza a andar. Claudia aplaude sus logros, celebra todos los pequeños milagros de su crecimiento.

Julia, observando ese cariño, le agradece una noche en voz baja:

Gracias, te quiere mucho. Para ella eres más que una tía.

Claudia sonríe, ruborizada. Cuidar de la niña le ha devuelto una paz que nunca imaginó. En esos gestos sencillos, en la risa confiada de su sobrina, encuentra por fin el sentido de pertenencia y amor propio que tanto anhelaba.

Ahora, al observar la felicidad en los ojos de la pequeña, comprende que a veces la vida regala caminos inesperados. Que, cuidando a otros, puede encontrarse la serenidad y la alegría que siempre le fueron esquivas.

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