— Ese es el hijo de Íñigo…

Ese es el hijo de Íñigo…

Esta historia ocurrió hace muy poco, en un piso cómodo del cuarto nivel de un edificio de nueve plantas en Madrid. Vivía allí una mujer jubilada y trabajadora, sola, llamada Carmen.

Su vida no prometía sobresaltos, ni peripecias extraordinarias: pensión, trabajo, amigas, visitas a los nietos y ayuda cotidiana a su madre anciana, que residía aparte.

Así era también aquel día, un día cualquiera.
Por la mañana, Carmen llamó a su madre para saber cómo se encontraba.
Sí, día normal. Además, era festivo. Carmen seguía en activo y hacía turnos intermitentes en una clínica privada, atendiendo llamadas de pacientes y gestionando citas.
¿Y hoy, qué tocaba? Pues, preparar algo de comida y acercarse hasta la casa de la madre, como cada día. Ritual cansino, que a menudo le provocaba suspiros y un giro de ojos.

Dos bloques separaban su vivienda de la de la madre. No era para tanto Cocinar tampoco era demasiado problema, sobre todo porque su madre aún tenía restos del cocido del día anterior y algo de bollería. Pero el quinto piso, sin ascensor… ¡Eso sí que era un martirio!
Tampoco ayudaban las quejas interminables de la madre, relatos minuciosos y repetitivos de achaques y dolores que no requerían intervención todos los diagnósticos ya habían sido minuciosamente reconsiderados, reinterpretados e incluso ampliados con consejos de vecinas y de la omnipresente Ana Rosa en televisión.

Cualquier consejo sensato de Carmen era refutado, tachado de ignorante, a pesar de que Carmen había trabajado casi cuarenta años como enfermera de quirófano en un hospital importante.
¿Tú qué sabrás? ¿¿Qué bisturí tienes que dar?

Y además, el recado inevitable al supermercado. De camino a casa de la madre, aprovecharía para hacer la compra. Dejó la bolsa de basura en el recibidor y se acercó al espejo para retocarse un poco. Para tener algo más de sesenta, se mantenía bastante joven; sólo unas leves patas de gallo rodeaban sus ojos. El rostro, amable, el corte de pelo corto y rubio ceniza, unos pendientes grandes. Alguna arruguilla en las mejillas, pero apenas notable.

Pan gallego para mamá y mantequilla, pensaba mientras perfilaba los labios, cuando sonó el timbre.
El portal tenía videoportero. ¿Quién sería a esas horas? Quizá Paquita, la vecina a quien a veces invitaba a tomar café.

Carmen, pintalabios en mano, abrió la puerta.
Se topó con una chica rubia, melena recogida en coleta, camiseta de rayas, rebeca larga oscura, vaqueros y mochila al hombro. Eso es lo que después recordaría con detalle, porque entonces sólo logró advertir su rostro, tenso, serio, y un bebé envuelto en manta marrón en brazos.
Sus ojos estaban entrecerrados, las mandíbulas apretadas. Dio un paso al frente, le entregó el bulto y soltó:
Es para usted.
Carmen cogió al bebé por puro instinto, sin soltar el pintalabios, notó el peso, bajó la vista… ¡Dios mío, era un recién nacido!
Cuando levantó la cabeza, la chica bajaba ya a toda prisa las escaleras.
Carmen salió tras ella, aún sin comprender para qué le habían dado el bebé.
Es hijo de Íñigo, yo tengo que estudiar… las zapatillas de la joven retumbaban escalera abajo.
La puerta del portal se cerró de golpe.
Y nada más…

Carmen se quedó plantada en el rellano, esperando, quizá pensando que la muchacha regresaría de inmediato. Al final, regresó al recibidor y, al ver la bolsa de basura, no pudo evitar pensar: No se me olvide llevármela luego al bajar con la compra.

En el recibidor había también una bolsa ajena. Ni siquiera se había fijado cuándo la dejó allí la joven.
¡Virgen santa! ¡Pero si esto es… es un bebé vivo! ¿Y qué dijo? ¿Hijo de Íñigo?
¿Segura que dijo Íñigo?
Carmen, con el recién nacido en brazos, entró en el salón, se sentó en el sofá. Sí, la muchacha dijo claramente de Íñigo.
¿Pero qué Íñigo?

Carmen tenía un hijo, sólo uno, que vivía en Barcelona con su familia: Javier. Su nuera y sus dos nietos, muy queridos. Carmen en Madrid desde que enviudó hace cinco años; su marido, Manuel, ya no estaba.
Nada cuadraba Justo entonces el bebé se movió entre sus manos.

Lo puso sobre el sofá y abrió la manta: un pelele beige de punto, un bebé diminuto, dormido, con un chupete con forma de rana. No debía tener ni un mes.
Ayy chiquitín… le acarició la cabeza y el niño, satisfecho, se volvió a quedar dormido.
Carmen pensó que, quizá, encontraría respuestas en la bolsa ajena. Sólo había dos biberones, un bote de leche en polvo, un paquete de pañales y algo de ropa de bebé.
Aún tenía la sensación de estar en una pausa, esperando. Pronto, creía, llamarían a la puerta, regresaría la joven, recogería el bebé, se disculparía y el día seguiría: basura, supermercado, mamá…

Carmen se terminó el maquillaje y, cada poco, miraba por la ventana esperando ver a la joven.
Pero ella no volvía. ¿Pero qué disparate era aquel?
Pasado un rato, el bebé se inquietó. Carmen titubeaba. No era su hijo, ¿debía cambiarle la ropa, alimentarle? ¿Tenía derecho? Daba vueltas a la ventana; aguardaba otra vez.

Al final, quitó el pelele, encontró debajo un body y una camiseta.
Solo entonces comenzó a asomarse el miedo a la responsabilidad. Carmen asumió de golpe el significado: le habían dejado a una niña.

Íñigo… Íñigo…
De joven, a su Javier le gustaba coquetear. Muchas veces le regañó por cambiar tanto de chicas, incluso alguna vez llegó a casa acompañado. Pero todo aquello quedó atrás, antes de casarse. Y su vida marital parecía feliz. Problemas de trabajo, los típicos de una familia joven, pero nada extraordinario. Y recientemente se habían asentado: saldada la hipoteca, coche nuevo, los niños creciendo…

Ya está, pequeña… No llores, ahora cambiamos el pañal.
¡Dios santo! ¿Habrá sido capaz de abandonarla la madre?
Aún no cabía en la cabeza, pero las manos de Carmen respondían con práctica agilidad: cambió el pañal, vistió a la niña, la cogió al brazo y fue a la cocina a preparar el biberón.

Sonó el móvil. Era su madre.
¿Por qué tardas tanto en contestar? inquilió ella.
Nada, mamá, dime, ¿qué necesitas?
¿Ya vas por el súper?
Todavía no, mamá.
Hija, quería pedirte peras. Pero no las que trajiste ayer, sino las de la otra semana.
Vale, mamá.
¿Te acuerdas de cuáles?
Claro… Las de piel fina y lado rojizo. Sí, sí, lo apunto.
La niña se movía, inquieta, medio lloriqueando.
Sí, mamá… Ya voy…
¿Quién hay contigo?
La tele, mamá. La tele…
Pues apágala y vete a comprar antes de que se acabe el pan.

Carmen colgó, acunó a la niña, leyó las instrucciones del bote de leche.
No… tenía que hacer algo con esto.
¡Javier!
Casi estamos en junio… eso quiere decir… Carmen calculó meses.
¡En agosto estuvo Javier en Bilbao, en un congreso! ¿Y si usó nombre falso? ¿Habría llegado a inventarse eso?
Quizá. De ser un lío ocasional, hasta plausible. Aunque a sus ojos Javier, su hijo, le parecía un hombre cabal.
Probó la temperatura en la muñeca estaba caliente y pasó la botella bajo el grifo.
Su mano izquierda, ya cansada, sostenía a la niña. Se dio cuenta de cuánto había perdido práctica; antes podía llevar nueve kilos en brazos sin problema, y ahora…

¿Y qué debía hacer? ¿Avisar al 112?
También dudaba. ¿Y si realmente era hija de Javier? Miró atentamente a la niña. Sí, se parecía un poco a Nerea, su nieta.
¿Y entonces qué? Tremendo escándalo, su nuera no se lo perdonaría a Javier.
Miedo daba sólo pensarlo.

La niña mamó ávidamente, cerrando los ojos de placer. Carmen la contempló, enternecida. ¡Qué maravilla! Hacía tiempo que no tenía bebés en brazos.
Cuando la niña se durmió, con sumo cuidado la dejó en el sofá, fue a la cocina y marcó el número de su hijo. Apagado.

Vaya faena…
Carmen decidió esperar. No quería en absoluto perjudicar a su hijo. Y también tenía la esperanza de que la joven recapacitara y volviera. No parecía una descarriada, solo una chica muy flaca y con aspecto de estudiante universitaria.

Calló todo a su madre. No soportaba la idea de escuchar quejidos, augurios trágicos e infinitas preguntas.
Marcó a su nieto mayor, Daniel, quien le confirmó que Javier estaba trabajando en un pueblo de la frontera donde no había cobertura, que volvería el día siguiente y que cada noche llamaba a casa.

¡Vaya, Dani! ¡Podrías haberme avisado! refunfuñó Carmen.
Aunque sabía que Javier por trabajo viajaba mucho y no estaba obligado a darle detalles, necesitaba tanto hablar con él ahora que la frustración la hacía malhumorarse.
Llamó a su nuera, Alba, y le pidió que dijera a Javier que por favor la llamase en cuanto pudiera.
¿Todo bien? ¿Pasa algo? preguntó Alba.
No, sólo… dile que le espero con ganas. Por favor.
Alba prometió.

Mamá, hoy me he torcido el tobillo, no puedo ir mintió al instante después por teléfono, Aunque tienes cocido suficiente y pan…
La madre protestaba, hacía preguntas, amenazaba con subir hasta Madrid, aunque el quinto piso era una barrera, y llamó cinco veces más, preocupada.
Carmen, tras aquello, se relajó, se quitó el pantalón blanco, se puso una bata de casa y, sentada junto a la niña, por fin pensó sin prisas.

Quizá había perdido el juicio al aceptar a la niña. En el fondo, la puerta podía haber sido la de cualquier vecino.
¿Por qué no avisaba a la policía, se libraba de la responsabilidad?
Por miedo a su hijo, aunque no era Íñigo. ¿Y si realmente era su hija, y se había inventado el nombre? Por pereza de compartir la historia con las autoridades, y por compasión hacia la joven madre. Aún veía su desesperación, su determinación mezclada con profunda duda y rabia, tan propias de quien se ve obligado a abandonar algo.

Necesitaba hablar con alguien. ¿Quién mejor que su amiga de toda la vida?
Vicky, prepárate para lo que te voy a contar… Me han dejado una bebé.
Victoria ni se inmutó; como buena Sherlock Holmes, empezó con hipótesis, prometió ir tras el trabajo.
Sin alarmarse, Carmen, esto se arregla. Lo importante, no meterse en líos.
¿Tú crees que no debería llamar aún a la policía?
Espera un poco, hay que buscar a Íñigo primero.
Por el amor de Dios, Vicky, ¿qué Íñigo?
El padre de la criatura. ¿No vive ningún Íñigo en tu edificio?
¿Aquí? Pues ni idea, hay más de cincuenta pisos y nueve plantas. ¿Crees que la chica se equivocó de número?
Podría ser. Aunque igual tu hijo… contacta con él de todos modos.

Todo el día pasó entre cuidados a la niña. Carmen consultó en internet rutinas de bebés y, ya puesta, aplicó masajes, comprobó digestiones, le bañó, la untó de crema y hasta le cantó una nana.
¿Cómo va el tobillo? ¿Vendrás mañana? insistía la madre.
Pero Carmen estaba segura de que todo se aclararía al día siguiente. Prometió ir.

Victoria llegó tras su jornada y se puso a investigar. Rebuscó entre las cosas de la niña y fue preguntando de puerta en puerta. Decía que buscaba a Íñigo y una carta.
¡Lo tengo! anunció eufórica al volver.
¡Baja la voz! susurró Carmen; la niña acababa de dormirse.
No pasa nada, a esta edad duermen profundo le aseguró Victoria, asomándose pero la pequeña despertó y lloró. ¡Ya está! ahora sí bajó el tono. Hay un Íñigo en el sexto, en nuestro portal, que encaja en todo.
Seguro que la chica confundió el piso murmuró Victoria, animada. ¡Vamos!
¿A dónde?
¡A aclararlo, mujer!
Y si lo niega…
Es absurdo, Carmen. Vamos a preguntarle.

Acunaron a la bebé y subieron, sin usar el ascensor, hasta el sexto. Tocaron el timbre.
¿Quién es? una voz de abuela.
Buscamos a Íñigo contestó Victoria.
Abrió la puerta una anciana menuda, encorvada, de gesto gruñón. Gritó hacia adentro:
¡Íñigo! ¡Otra vez preguntan por ti!

Victoria pasó sin temor, Carmen dudó en el umbral. De una habitación apareció un hombrecito de barba, aspecto de informático nocturno.
¿Venís por la tablet?
No, es por otra cosa, saludó Victoria. Verás, a Carmen le han dejado tu hija por error.
El hombre quedó perplejo, los ojos abiertos como platos.
¿Hija? ¡Pero si yo no tengo!
Pero si eres el único Íñigo en el edificio insistía Victoria.
Que no, os estáis confundiendo…
Eso habrá que demostrarlo, le entregaron la niña por error, igual se confundió de piso proseguía.
Espera, Vicky Carmen confiaba mucho menos en hallazgos fortuitos. Mira, te lo explico: soy del cuarto, esta mañana una chica vino y me dejó una nena diciendo que era hija de Íñigo. Pensé que se había equivocado. No conozco a nadie con ese nombre.
¿Y yo qué tengo que ver? preguntó el informático.
¿No reconoces a tu hija?
Pero si no tengo hijos.
Entonces, por favor, baja y te la enseñamos le pidió Victoria.
¿Ha tenido alguna relación, quizá en verano pasado? preguntó Carmen, más amablemente.
¿Relaciones? No, no. Bastante tengo con mis relaciones online… No, lo siento, se han confundido de Íñigo seguramente. ¿Sabéis cómo se llamaba la chica?
No lo dijo… respondió Carmen con tristeza. Disculpa por las molestias, debimos equivocarnos.
Arrastró a Victoria escaleras abajo.

Si puedo ayudar, avisad añadió el hombre, tratando de ser útil. Trabajo desde casa, soy bloguero e informático. Hasta podría ayudar a buscar a la madre en redes, subir una foto…
No, no, muchas gracias rehusó Carmen con cortesía, aún preveniendo por si la niña tenía algo que ver con su hijo, y además, lo legal era avisar a la policía.
Qué pena… si necesitáis un favor así, quedo a disposición se despidió el hombre. Siempre ando por aquí.

¡Cómo son los jóvenes! comentó Victoria. Ni pisan la oficina ¿Crees que mentía?
No, se veía bastante friki, no el tipo mujeriego.

Javier no llamó en todo el día, así que Carmen volvió a marcar a su nuera:
¡Madre mía, lo siento, Carmen! se disculpó Alba atropelladamente. Entre Nerea que tenía natación y Daniel que ha perdido la camiseta del fútbol… Estoy agobiada. Y justo ahora me ha llamado Javier. Un día de locos…
¡Si supiera Alba qué día estaba viviendo ella!

Bueno, mañana llamaré a la policía.
Pero al acostarse, al cerrar los ojos, vio de nuevo el rostro de la joven: desesperación, miedo, esperanza. ¿Qué le pasaría a la pequeña si ella llamaba a la policía mañana?
No durmió en toda la noche. Se despertaba con cualquier ruidito de la niña, la acunaba, la alimentaba. Al final, ambas cayeron rendidas.

Por la mañana, la despertó la llamada de su madre.
¿Cómo va ese tobillo? ¿Vas a venir?
Miró por la ventana, al bebé, y respondió:
Claro, mamá, voy para allá.
Trae peras, y además…
A los niños hay que sacarlos a la calle, se dijo. Se improvisó un fular-cuna de un pañuelo largo, vistió a la niña con ropita bonita (casi nueva, por cierto) y salieron a hacer la compra.
Hasta le gustó ir así, acompañada. Pero… maldita sea el quinto sin ascensor.

¿Eso qué es? preguntó su madre con ojos abiertos.
No es eso, es quién. Toma la compra. le dio las bolsas y entró al salón para dejar a la niña y sentarse a su vez.
¿Y de dónde ha salido esto?
Nada, mamá. Me la ha dejado cuidar Nadia, la hija de Sagrario, mientras está en la peluquería. Sólo por una hora.
¿Y el tobillo?
Ya se me ha pasado.

Ambas observaron a la niña. Aquel día no hubo historias ni achaques, solo caricias y comentarios:
¡Mírala cómo te agarra el dedo! Pero qué cosa más bonita. ¿Y cómo se llama?
No he preguntado. Sólo me la ha dejado por una hora, no le pregunté…
¡Ay, Carmen! ¡No se puede recoger un bebé sin saber su nombre!

Volviendo a casa, Carmen pensaba en un nombre para la niña. ¿Por qué? Ni idea, pero sentía la necesidad de acertar cómo la habría llamado su madre.

Entonces, un SMS: ¡hijo disponible! Javier.
Se sentó, cogió la niña y le llamó de inmediato.
¿Qué pasa, mamá? ¿Estás loca? ¡Pero que soy casado! exclamó Javier tras su caótico relato.
Pero la han traído a mi puerta, entenderás que pensé en eso… ¿Y si Íñigo eras tú?
Mamá, tú me llamaste Javier. Te has montado una película. Llama a la policía ya. ¿Quieres que lo haga yo?
No, no. Simplemente… está hambrienta, acabamos de dar un paseo y he preparado la leche. Ahora mismo…
¡A la policía ya! ¡Me estás preocupando!
Anda, déjate… La niña es un amor.
¿Ves? Por eso había que dejarte de canguro. Algo no me cuadra.
Paparruchas. Hoy mismo lo arreglo, no te preocupes. Vicky me está ayudando.
Pero Carmen no llamó. La pequeña necesitaba comer y cambiarse; ¡faltaba tanto por atender! Cuando terminara, avisaría a Victoria y…
Ay, qué costaba entregar a esa niña. ¿Qué sería de ella, terminaría en pediatría, en alguna sala de infecciosos? Al recordar su época profesional, consideró opciones, convencida de que mejor que en su casa no estaría en ningún lado.

Pero… tenía guardia al día siguiente, y además, aquello podía ser delito.
Suspiró y cambió el pañal, resignada pero feliz con sus días tan llenos.
Al final, se quedaron dormidas al mismo tiempo: Carmen y su bultito caliente. Cuando intentó acomodarse mejor, escuchó el timbre y se quedó petrificada. Abrió.

¿Dónde está? ¿Dónde la ha llevado? ¿Por qué no lo dijo antes?
Era la propia madre, desbordada y temblorosa, los cabellos alborotados, vestida sólo con una camiseta y shorts pese al frío, jadeando del estrés.
¿Por qué no me dijo la verdad?
Quizá porque no me dio tiempo repuso Carmen, aún medio dormida. Se fue usted tan rápido…
Pero sabe dónde está, ¿verdad?
Sus ojos suplicaban: “¡Ayúdeme, por favor, sabe dónde está!”
Carmen retrocedió, le indicó que entrase.

La joven dio dos pasos, esperando obtener una dirección e irse corriendo a buscar a su hija. La miró fijamente, ansiosa.
Está aquí dijo Carmen.
¿Dónde? Necesito saberlo exactamente.
En mi cama, durmiendo.
Carmen le hizo un gesto para que pasara al dormitorio. La muchacha se acercó despacio, sin entender muy bien. Al ver a la niña, se quedó paralizada, luego se arrodilló junto a la cama y rompió a llorar desconsolada. Carmen hubo de abrazarla, darle agua, infusiones, hasta chocolate para tranquilizarla. Porque si algo tenía Carmen era temple de enfermera.

Entre sollozos, la joven confesó que Carmen no había avisado a nadie.
Pensé que me quitarían la custodia. ¡Gracias… lo siento! Me equivoqué…
Después de un snack, relató su historia. Se llamaba Lucía, y la pequeña, Adriana.
Todo, tan común en la vida. La mentalidad de Lucía perdón por el tópico ingenua y atolondrada, como el corazón de una lechuga.
Estudiante de Enfermería en la misma escuela donde Carmen estudió décadas antes. Nacida en un pequeño pueblo de Zamora.

El verano anterior, Lucía se había enamorado de Íñigo, estudiante vasco en Madrid. Solo había estado una vez en su piso, el número veintiuno. En principio, él no negó al bebé: prometió apoyo, incluso asegurando que su madre ayudaría.
Pero después de Navidad, Íñigo desapareció, móvil desconectado.
Lucía sabía que estudiaba en la Complutense, tenía datos, localizó a compañeros y supo que Íñigo se había transferido a la Universidad de Santiago; le perdieron la pista, o eso le dijeron.
En casa, su padre la echó y dejó de pasarle dinero.

Lucía, embarazada, vivía en la residencia. Una tía la ayudaba con algo, pero poco. Lucía estudiaba con ganas: ser enfermera era su sueño. Íñigo reapareció en redes sociales. Ella le escribía, él contestaba esporádicamente, pero luego eliminaba los mensajes y no quería saber del bebé.

Lucía tuvo a la niña en Madrid. No podía volver a la residencia, así que pasó un par de semanas con una amiga, empeñada en superar los exámenes.
Pero el destino es caprichoso: tuvo que irse del piso de la amiga, se quedó sin dinero y vio en internet una foto de Íñigo con otra chica.
Recordó la promesa: mi madre ayudará, se armó de valor, fue al portal veintiuno.

Dejó a la niña, corrió a la parada de bus entre lágrimas, pasó la tarde estudiando. No pudo dormir por la noche.
Escribió a Íñigo para avisar que recogería a la niña después de la evaluación. Él le respondió: ni idea de un bebé entregado.
Lucía se asustó y, sin pensarlo, fue corriendo a la dirección equivocada: el mismo nombre y número pero en un edificio contiguo.

En las fotos de Íñigo, su madre se parece tanto a usted… corte de pelo, todo gimoteó Lucía. ¡Qué desastre!
Ya ves, dicen que la mayor estupidez es crear una obra maestra y renegar de firmarla. Mirando a tu hija, pensé: ¿qué madre podría renunciar a este milagro? Menos mal que has vuelto. ¿Pero qué harás ahora, se la vas a entregar a la madre de Íñigo?
¡No! negó Lucía rápidamente. Después de este día, he aprendido la lección. Por ahora vuelvo a la residencia, y luego… ya veremos. Siento haberte importunado.
Pues sí, un poco nos has asustado… hasta tuvimos que disculparnos con un vecino llamado Íñigo.
Contó la visita como anécdota. Lucía, entre lágrimas, se rió.

Pobre hombre, qué apuro. Pero ¿no te vendría bien un poco de compañía? Quédate aquí, al menos este mes. ¿Cuándo tienes examen?
Pasado mañana, pero…
Lucía se dejó caer en el sillón, mientras Carmen preparaba cama y ropa.
Mañana trabajo, así que quédate aquí preparando el examen. Busca lo que quieras en la nevera, la pequeña duerme mucho aún. Y yo compré leche en polvo. Aunque… seguramente puedas amamantarla.
Miró a Lucía y vio que dormía, junto a la niña en la cama.

Vicky, escucha… sí, sí, ni Javier ni el vecino… está aquí, duerme, sí, ha vuelto. Ni se te ocurra que la eche, se queda conmigo. ¡Uf, menos mal que no llamé a la policía!

Lucía no perdió la lactancia. El examen fue bien. Lucía iba a ver cada vez más a la madre de Carmen (el quinto piso…), cuyas dolencias seguía sus recomendaciones al pie de la letra: ¡Es que ella sabe, estudia ahora!
Después comenzó a trabajar: por mediación de Carmen, tuvo guardias en el hospital. Consultaba periódicamente con ella: le entusiasmaba la medicina.
Y, curiosamente, el vecino Íñigo pidió ayuda con las curas de su abuela, y era Lucía quien la atendía.

Meses después, Lucía se mudó dos plantas por encima, con Adriana, para cuidar a la abuela de Íñigo. Allí, entre visitas médicas y días de estudio, iba recosiendo su corazón roto, y corrigiendo el guion de su vida con letra clara y segura.

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