Hoy escribo para intentar poner en orden mis pensamientos, aunque no sé si servirá de algo. Mi marido llegó tarde al funeral de mi padre. Quince minutos antes de la ceremonia, me llamó diciendo que estaba atrapado en un atasco, que era un día horrible, que ya venía.
En ese momento yo esperaba delante de la iglesia de San Andrés, en Madrid, enfundada en un abrigo negro, con las manos heladas sujetando el bolso. Asentía para mí, aunque él no podía verme.
La gente fue entrando poco a poco al interior. Alguien me ofreció un pañuelo, otra persona me tocó el hombro. Todos estaban, menos él.
El ataúd ya reposaba junto al altar. Lo miraba intentando no pensar en que mi padre siempre preguntaba si mi marido llegaría a tiempo, si otra vez algo le impediría venir. Yo le prometía que esta vez seguro estaría, que podía permitirse llegar tarde a trabajar, a cenas, a cumpleaños, pero jamás a algo así.
La misa comenzó sin él. El móvil vibró dos veces en el bolsillo, pero no contesté.
Tras la ceremonia, alguien tomó una fotografía. Era simple: un grupo de gente, flores, un cielo gris. Por la tarde la vi en internet. Y entonces, por casualidad, justo al lado, apareció otra foto. Tomada ese mismo día. A la misma hora. En un lugar que nada tenía que ver con el cementerio de La Almudena.
Me quedé un instante mirando la pantalla del teléfono antes de comprender lo que veía. La imagen era luminosa, llena de risas, globos de colores y una mesa repleta de comida. Alguien etiquetó el local, añadió la hora, varios corazones en la descripción. Todo alegre, liviano, ajeno por completo al día que yo acababa de vivir.
Al fondo, algo de lado, reconocí su cara. Sonriente, relajada. En años no la había visto así. La acompañaba una mujer, de la que aún nada sabía, pero que mi intuición reconoció al instante. Ella apoyaba la mano sobre su hombro, demasiado familiar para alguien del trabajo o amiga de amigos.
La hora de la foto era exactamente la misma en la que yo escuchaba, de pie frente a la iglesia, cómo me decía por teléfono que ya está llegando, que ya dobla la esquina, que es cuestión de minutos.
No recuerdo cómo volví a casa. Solo la quietud del piso, la foto de mi padre en la cómoda, y esa pregunta que me martilleaba: ¿cómo se puede errar tanto al calcular el tiempo?
Cuando Javier por fin llegó, todo había terminado: el funeral, el café tras la misa, el choque inicial. Entró callando, como si quisiera pasar desapercibido. Llevaba puesta una camisa que nunca le había visto antes, y olía a colonia ajena y a alcohol.
Lo siento empezó nada más cruzar la puerta. De verdad no quería
No le dejé acabar. Dejé el móvil sobre la mesa, empujándolo hacia él. Miró, primero sin comprender, luego cada vez más serio. Su sonrisa desapareció.
No es lo que parece dijo rápido. Solo era el cumpleaños de unos conocidos. Me paré un momento, quería llegar
No llegaste le interrumpí. Al entierro de mi padre.
Se sentó pesadamente en la silla. Se pasó una mano por el pelo, gesto que siempre hacía cuando estaba inquieto. Comenzó a hablar; sobre mala organización, atascos inesperados, el tiempo mal calculado. Sobre no querer herirme, ni hoy ni nunca.
Le escuchaba, pero cada palabra me sonaba ajena, como si hablara de otra persona. En mi mente veía a mi padre ajustándose la corbata antes de salir, diciéndome que no me preocupase, que todo tiene solución. Ese día confirmé que no todo.
Vete dije al fin.
¿Cómo? me miró sin entender. Podemos hablarlo.
Ya hemos hablado respondí tranquila. Ahora vete.
Recogió unas cosas a toda prisa; algo de ropa, el cargador, la camisa. Se detuvo en la puerta durante un segundo, esperando quizá que le detuviese. No lo hice. En los días siguientes llamó, mandó mensajes. Se disculpaba, se justificaba, prometía. Juraba que fue un error, que nunca me fallaría de nuevo. Que había comprendido.
Nos vimos una última vez. Se sentó frente a mí, agotado, envejecido en apenas unos días. Me dijo que quería volver. Que lo arreglaría todo. Que me amaba. Yo lo miraba y solo sentía cansancio. No rabia, no odio. Solo ese cansancio profundo de quien, en el momento más difícil, eligió celebrar el cumpleaños de otros en lugar de acompañar mi dolor.





