Sábado sin mamá
La olla con arroz hervía en la cocina, y ese sonido había dejado de ser solo un ruido hacía mucho tiempo. Para Marina, era el metrónomo por el que se medía el tiempo: dos horas hasta que tocara poner a dormir a Gracián; cuarenta minutos para que Telmo empezara a cabecear en la mesa; quince minutos para intentar comer algo de pie, frente al fregadero, antes de que ambos renacieran como el Fénix al unísono.
Gracián, que acababa de cumplir dos años y cuatro meses en febrero, estaba sentado en medio de la cocina, sobre el suelo de tarima cojeando ya de mil batallas, y con gran técnica volcaba su cazuela de juegos, repartiendo vegetales de plástico por el espacio: la zanahoria a la derecha, el brócoli a la izquierda, la mazorca hacía un vuelo parabólico digno de la Plaza Mayor y aterrizaba sin falta debajo de la nevera. Telmo, cinco años y preocupado por la seriedad que exige el viernes, miraba la calle desde la ventana y retransmitía todo lo que pasaba.
Mamá, ¿por qué esa señora tiene un perro tan grande? ¿Es que vive con un oso?
Telmo, cielo, apártate de la ventana, por favor.
Pero mamá, que parece un oso, o más grande, de verdad. ¡Mamá, ¿me escuchas?!
Marina siempre escuchaba. Incluso cuando hubiera preferido que le entrara un aire por una oreja y le saliera por la otra. Removía el arroz, empujaba con el pie izquierdo la mazorca lejos del alcance de Gracián, mirando a la vez de reojo el cazo en el que el leche para la papilla amenazaba con levantar la revolución cuando girara la cabeza.
Sí, Telmo, te oigo. Será una raza grande.
¿Y cómo se llama?
No lo sé, cielito.
¿Por qué no lo sabes? Si eres mayor.
En ese instante, Gracián estrelló su ollita contra el suelo con tal estrépito que ambos se sobresaltaron. Él miró la cacerolita boquiabierto, casi convencido de que había saltado sola, para acto seguido declarar muy solemne:
¡Bum!
¡Bum! asintió Marina.
Sacó el cazo del fuego un instante antes de que el leche se desbordara. Pequeña gran victoria en la larga batalla diaria. Y justo entonces sonó el clic de la cerradura de la puerta.
Telmo salió disparado, el primero en reaccionar.
¡Papáaa! ¡Papá, ven! Fuera hay una señora con un oso, ¡vamos a verla!
Sergio entró con la pinta de quien ha descargado camiones todo el día, aunque en realidad había pasado el día en una oficina bien climatizada. La americana abierta, la corbata torcida, le dio una sonrisa distraída a Telmo mientras pisaba las botas de agua de Gracián, esparcidas por el pasillo como minas de contacto camino de la cocina.
Hola. ¿Hay algo de cenar?
Marina le contempló durante un segundo antes de volver a sus fogones.
El arroz estará en diez minutos.
Arroz repitió él sin decir nada, aunque lo dijo todo.
Arroz con filetes rusos. Están en el horno.
Ah, bueno. Entró, abrió la nevera como quien inspecciona la llanura de La Mancha, encontró el zumo, se sirvió un vaso de un trago. Oye, ¿has salido hoy?
He salido. Al súper.
¿Y? ¿Aprovechaste para respirar aire puro?
No era un mal comentario. O quizás lo era todo mal a la vez. Marina aún tampoco lo tenía claro.
Respiré, sí. Mientras tiraba del carrito y de Gracián a la vez, más activamente de lo recomendable.
Sergio sorbió el zumo. Gracián ya se había colgado de su pantalón, exclamando con voz de legítimo propietario:
¡Papá!
¡Eh, campeón! Sergio le cogió en brazos, lo elevó un poco. Pesadito te encuentro, ¿eh? ¿Come bien, Marina?
Como un jabato.
Le veo más regordete.
Está creciendo, Sergio.
Telmo reapareció en la cocina y se plantó entre los dos con aire de embajador en cumbre complicada.
Papá, ¿estás cansado?
Cansadísimo, hijo.
¿Y mamá también está cansada?
Sergio miró a Marina, que removía el arroz.
Mamá ha estado en casa. Descansando.
La cuchara de Marina se paró un instante. Después siguió moviéndose. Voz plana, sin alterarse, dijo:
Telmo, anda, vete a lavar las manos.
Pero mamá
Manos. Lávalas. Por favor.
Telmo se fue, arrastrando los pies como viejecito interrumpido en plena tesis doctoral. Gracián se revolvió en brazos de Sergio y extendió los brazos hacia Marina. Sergio lo dejó en el suelo, y en seguida el pequeño se enganchó con garra a sus vaqueros favoritos, recitando su letanía:
¡Mam! ¡Mam! ¡Mam!
Aquí estoy, Gracián.
¡Mam!
Te oigo, amor.
Sergio se sentó a la mesa con el móvil. Pantalla azulada, mirada perdida.
¿Has pedido la carne que te pedí?
Iba a hacerlo mañana.
Te lo dije el viernes pasado.
Sí, lo sé. Mañana la pido.
Bueno, pero yo quería hacer barbacoa este finde
Marina, tranquila, sin levantar la voz. Algo en su tono hizo a Sergio apartar la vista del móvil.
Sergio, llevo desde las siete despierta. Bueno, Gracián se despertó a las seis y media, así que nada. Desayuno. Actividades de Telmo. Ir al súper, llego, comida, Gracián no ha dormido siesta y ha protestado hora y media, luego Telmo desmonta el Lego y lo tira por toda la casa, y vuelta a recogerlo, y luego a hacer la cena.
Sergio escuchó. El móvil, ni lo miró. Pero tampoco lo guardó.
Ya, claro, lo sé. Pero estar en casa no es como estar en el trabajo.
Marina sacó los filetes rusos doraditos del horno.
Tienes razón dijo, no es lo mismo.
Y se puso a poner la mesa, con la serenidad de quien ha tomado ya sus decisiones.
La cena se dio como siempre: Telmo relatando el asunto del oso-perro y exigiendo buscarlo mañana, Gracián pintando el arroz por la bandeja de su trona como Picasso en horas bajas, Sergio con el móvil, respondiendo monosílabos. Marina cenaba de pie, entreteniendo a Gracián. Cuando el pequeño volcó el vaso de agua, le tocó a Marina secar la mesa, la trona, el suelo y al propio Gracián. Luego, Telmo pidió más filete. No quedaba, y el disgusto fue tan tremendo como si le hubieran negado el oro de Moscú.
¿Quieres pan con mantequilla, Telmo?
No quiero pan, ¡quiero filete!
No hay más. Hay pan, queso fresco, manzana.
No quiero pan, ni queso ni manzana. Quiero filete.
Ya te he dicho que no hay.
¿Por qué no hiciste más?
Porque solo me dio tiempo a hacer estos.
Jope, mamá
A lo que Gracián opinó:
No.
Miradas perplejas. Y él, satisfecho, palmoteó el arroz.
Telmo se rió. La tensión se deshizo como un glaciar en agosto. Marina desbarató la mesa, lavó platos, baño a Gracián mientras Sergio la ignoraba profesionalmente viendo la televisión. Luego, los dientes de Telmo, luego Gracián a la cuna con biberón, después media hora extra de cuentos de coches por petición insistente del mayor. Cuando logró salir del pasillo, se apoyó contra la pared.
De la tele llegaba el eco de algún programa de variedades. La calle rugía su viernes.
Tras unos minutos, entró en el cuarto, sacó una maletita y fue metiendo cosas. Sin apuros; calma metódica, como quien actúa tras meditárselo mucho.
Alrededor de las once, Sergio asomó al cuarto.
¿Pero qué haces?
Estoy haciendo la maleta.
Ya veo, ¿para dónde?
A La Brisa Serena. Un hotelito rural, en El Escorial. Reservé el miércoles. Dos noches.
Sergio, estupefacto, se sentó en la cama.
¿Así, sin más? ¿Te vas el finde?
El finde.
¿Y nosotros? ¿Y los niños?
Marina metió en la maleta un libro que llevaba seis meses sin poder leer.
Sergio, te apañas. Has tenido una semana de vacaciones, perdón, de trabajo, ya sabes.
Sin un asomo de rencor. Eso fue lo que más le llegó a Sergio.
Abrió la boca. Cerró. Abrió de nuevo.
¿Por lo del filete?
No.
¿Entonces?
Por nada concreto. Cerró la maleta. Necesito dos días de silencio. Salgo por la mañana y vuelvo el domingo por la tarde. La nevera está a reventar. La papilla de Gracián está en el segundo estante y pone cuánto y cuándo. Telmo come de todo menos cebolla cocida. Gracián duerme con el bibe y el oso, el oso está en su cuna. Les encanta bañarse; no arman guerra. Eso es todo.
Marina
Sergio, de verdad quiero dormir. ¿Hablamos mañana?
Por la mañana, se fue antes de que él abriera un ojo.
Sergio escuchó la puerta cerrarse. Permaneció cinco minutos mirando el techo, bloqueado. Luego pensó: no puede ser tan complicado. Dos niños. Un día. Pero si esto lo apañan las abuelas.
A las seis y cuarenta y cinco, Gracián se hizo notar.
Sergio pensó que era la calle. Luego que era la tele. Por fin, aceptó la cruel realidad: Gracián berreaba en la cuna con una insistencia de cuerno de San Fermín.
Hola susurró Sergio.
¡Mam! exclamó Gracián.
Papá. Es papá.
¡Mam!
No está mamá, campeón. Ha salido. Ahora está papá.
Gracián procesó la información. Casi ofendido, repitió:
Mam.
No hay mamá. Vamos a desayunar.
En brazos, Gracián tocó la mejilla de su padre, le tiró de la oreja, pero siguió con su mam.
Vamos, vale. A la cocina.
Allí, la gloriosa confusión de la soleada mañana sabatina. Gracián en la trona, mirando. Sergio abrió la nevera. Efectivamente, todo etiquetado: Papilla de Gracián. Calentar 2 min. No más. Añadir mantequilla. Mañana. Siguiendo las instrucciones como buen novato, preparó la papilla. Probó, añadió una pizquita de sal.
Gracián observó su plato.
No dijo con la autoridad de un ministro.
Es tu papilla.
¡No!
Pero si mamá la ha hecho, cariño.
¡No!
Ayer te la comiste.
El crío se quedó mirando al plato y después, con mirada emperifollada de intelectual, dictaminó:
No quiero.
Sergio le puso el plato delante. Error: Gracián lo empujó, casi se desparrama todo. Luego intentó ponerse de pie en la trona, luego metió los dedos en el arroz.
Gracián, con las manos, no.
No asintió, introduciendo otro dedo.
¡Gracián!
¡Ah!
Sergio sacó la cuchara, intentó darle en la boca. Gracián apretó los labios con la solemnidad de Felipe II rechazando tributos de Flandes. En eso, ThElmo apareció en la puerta, con el pelo en pie.
Papá, ¿por qué no me ha despertado mamá? Siempre lo hace.
Mamá se ha ido a un hotel, cariño.
¿A un hotel?
Es como una casa para descansar.
¿Y por qué no nos llevó?
Fue a descansar sola.
Telmo lo pensó.
¿De nosotros?
No… Solo descansar.
Papá, ¿allí hay piscina?
Ni idea.
¿Y toboganes?
No tengo ni idea, Telmo.
¿No puedes llamarla y preguntar?
Ha apagado el móvil.
El pequeño se quedó con cara de haber descubierto un error grave en la existencia.
¿Cómo que apagado? Si ella siempre contesta, siempre
Esta vez no.
Silencio.
Papá, dijo despacio, ¿tú sabes hacer tortitas?
¿Tortitas?
Sí, los sábados mamá siempre hace tortitas. Hoy es sábado.
Sergio miró a Gracián, recién untado en papilla y con cara de estar a gusto, luego a Telmo, después al reloj. Las siete y catorce.
Sí mintió, claro.
Mentía como duerme: tirando de supervivencia. Recordaba vagamente los ingredientes: leche, huevos y harina. Buscó receta fácil y se animó.
Telmo, a su lado, observando como aspirante a MasterChef. El primer intento fue la definición gráfica de el primer tortita nunca sale bien: pegada a la sartén a perpetuidad y a la basura. Telmo conmovido:
No ha salido, papá.
Lo veo.
¿Por qué?
La sartén tiene que estar más caliente.
Mamá la engrasa siempre con mantequilla primero.
Sí, ya lo sé.
¿Se te ha olvidado?
No, solo que ahora lo hago.
La segunda salió decente. No como las de mamá, pero aceptable. Telmo se la devoró, añadiendo leche condensada sin mesura. Gracián, tras lavarle medianamente, aceptó un plátano, digno y formal.
A eso de las diez, Sergio se sintió capaz de sobrevivir. Gracián jugaba en la alfombra, Telmo construía una nave. El café, glorioso. El sol entraba por la ventana.
Y entonces, Gracián encontró el cable del cargador del portátil.
De repente, Sergio escuchó ruidos extraños, vio a Gracián tirando del cable, el portátil bailando en el borde de la mesa. Se lanzó, rescató el ordenador, pero el café se volcó en el teclado, oscuro y lento como una tragedia griega. El portátil dejó de responder.
No puede ser murmuró Sergio.
¿Qué Saltó Telmo, papá?
Nada ¿Has visto el rollo de papel?
En la cocina, en la barra.
Secó el teclado. Al encender, varias teclas esenciales no funcionaban. Improvisó un entierro vikingo con arroz seco y mucha resignación.
Pero al volver del coche tras buscar el cargador, ya no estaba Gracián.
Telmo, ¿y tu hermano?
Se ha ido por ahí.
¿Por dónde?
Pues por ahí con un vago gesto en dirección al pasillo.
En el ropero encontró a Gracián sentado entre bufandas, con cara de conquistador de América.
¿Cómo has llegado aquí?
Gacián traducción simultánea para momentos solemnes.
Venga fuera.
No.
Después de una tensa negociación y ver cómo el niño doblaba la bufanda y la colocaba, salió por sí solo, satisfecho.
Al mediodía, Sergio entendió varias cosas: que la física cuántica tiene menos sorpresas que dos críos sueltos. Que cuando quieres contentar a ambos, siempre saldrás perdiendo. Y que cocinar con Gracián en la ecuación es como hacer malabares con huevos y un ratón.
Hizo empanadillas para comer, porque parecen fáciles. Telmo anunció que ya no las comía.
¿Cómo que no? Si siempre te han gustado.
Antes, sí. Ahora, no.
¿Y qué quieres, un gazpacho?
Sopa.
Menos mal que Marina había dejado caldo marcado. Le echó zanahoria y patata, veinte minutos más y a la mesa. Telmo comió la mitad y dijo: Está rico, pero no como el de mamá. Sergio se comió las empanadillas de pie, dignamente.
Durante la siesta de Gracián, Sergio intentó recuperar el portátil. La operación arroz fue un fracaso, enchufó un teclado externo y logró abrir el documento. En ese momento reinó un inquietante silencio en el cuarto infantil. Encontró a Telmo pintando un cohete en una funda de almohada con rotus. Iba a echarle la bronca, pero la convicción del chaval era total:
Es para Gracián. Un regalo.
En la ropa de cama, no, hombre. Para eso está el papel.
Ni corto ni perezoso, Telmo cambió de lienzo. Sergio, resignado, metió la funda en la colada, recordando que tenía pendiente poner la lavadora.
La lavadora, Violeta, rugía en el baño en modo 60 grados algodón. A las cuatro, Gracián se despertó con energía renovada: examinar el mundo era cuestión de Estado. Para la merienda, compota de manzana de un botecito profesionalmente etiquetado. Marina tenía razón con las etiquetas.
A las cinco, Sergio fue a sacar la colada, creyendo que hacía las cosas bien.
El blanco era rosa.
No todo, pero mucho. Funda de sábanas rosa, el arrullo de Gracián, casi rosa fucsia, la camisa azul más bien lavanda. Los calcetines, entre rosa palo y salmón festivalero.
Al caer la tarde, Telmo preguntó por mamá.
¿Cuándo vuelve mamá, papá?
Mañana por la tarde.
¿Tú la echas de menos?
Claro.
Yo también. Y Gracián, pero él no sabe decirlo.
¿Tú crees?
Claro. Lleva todo el día diciendo mam, y mamá no está. Está triste.
Puede que tengas razón.
¿Y por qué no le dijiste a mamá que no se fuera?
Sergio tardó en responder.
Porque estaba cansada, Telmo. Quería descansar.
¿No se puede descansar en casa?
No todo el mundo descansa igual, hijo.
Lo llevó bien.
Bueno, yo me como esa manzana, entonces.
Para cenar, recurrió a su plato estrella: patatas fritas. Crujientes y con perejil. Telmo las devoró. Gracián aprobó, y Sergio sintió un inesperado orgullo.
Papá, cocinas muy bien dijo Telmo. Mamá dice que si haces algo bien, ya es mucho.
Es verdad se rió Sergio.
Después de cenar, mientras Gracián jugaba con los coches, Telmo se acomodó con los dibujos, y Sergio se puso a fregar. Lento, detallista. En esa lentitud había algo extraño, algo distinto a las otras veces. Notaba un significado diferente: como si, por primera vez, la tarea tuviera peso propio.
Pensó en Marina, en cómo, cada día, ella hacía justo eso, escuchando niños, cazuelas, teléfonos y peticiones a la vez.
A las siete y cuarto, Gracián cabeceaba sobre el coche de juguete. Sergio, cariñoso, lo subió a la cuna, le dio el biberón y el osito, y el niño murmuró:
Mam medio dormido.
Papá contestó Sergio bajito. Papá está aquí.
Papá repitió Gracián, probando el sonido, y pareció gustarle, porque hundió la cabeza en el cuello de Sergio y se quedó frito.
Telmo pedía cinco minutos más de dibujos; discutieron, pero acabaron en el sofá juntos, Sergio sin prestarle demasiada atención a lo que pasaba en pantalla, pero contento por compartir ese rato.
¿Mañana vas a estar todo el día con nosotros, papá?
Mañana entero, hasta que llegue mamá.
¿Iremos al parque?
Iremos.
¿Con Gracián? Va muy lento.
Iremos despacio.
Telmo lo aceptó y se acurrucó.
A las diez y media, el niño se quedó dormido donde estaba. Sergio lo cargó hasta la cama sin despertarlo, hito personal donde los haya.
La casa estaba en silencio, de esa clase de silencio que pesa. Sergio preparó un té, observó la cocina: restos de la batalla del día, huellas de manitas en la nevera, gotas secas en la mesa, el fantasma del arroz en la trona.
Lo limpió lento, con la cabeza llena de pensamientos, sin prisas. Era diferente. No incómodo, solo… revelador.
A las dos de la mañana, Gracián se despertó.
Sergio tardó en bajarse de los malos sueños; llegó a la cuna y el niño lo miró, al borde del drama.
¿Qué te pasa, campeón?
¡Ah! exigió brazos.
Pasearon largo rato. Gracián no lloraba, pero no dormía. Sergio pensó en Marina, que hacía esto casi cada noche, y le admiró un poco más. A las tres, el niño se desmayó de nuevo.
De nuevo, a las seis y cuarenta y ocho, vuelta a la carga. El domingo comenzó nublado, aunque hacía buen tiempo. Sergio funcionaba en modo autómata. Desayunos, vestirse, la odisea de las botas (una apareció en el baño, de milagro), resistiendo la guerra con la bufanda y el gorro.
El parque, sin embargo, fue el paraíso. Gracián andaba despacito; se paraba en cada charco y cada paloma, como si el mundo entero fuera nuevo. Telmo corría, volvía, se volvía a ir, y Sergio guardaba pan para las palomas. Cuando se acercaron, Gracián mirotaba extasiado.
¿Lo ves? le susurró Sergio, dejando caer las migas.
Sí… murmuró el niño, impresionado. Pájaros.
Pájaros.
Nuestros pájaros dijo Gracián, mirándole con gravedad. Nuestros.
Nuestros asintió Sergio.
De regreso, Telmo encontró una piedra bonita; Gracián, agotado, pidió brazos y se quedó dormido encima de papá. Sergio, cargando con todo el peso amoroso y el de la siesta, llegó a casa sudando pero orgulloso de conseguir meter a Gracián en la cama sin despertarle.
Telmo puso la piedra en la ventana junto a una planta que parecía más muerto que las estadísticas del paro, y le sugirió regarla.
Mamá dice que hay que hablar a las plantas para que crezcan.
¿En serio?
A veces les dice cosas. ¿No lo has visto?
No.
Inténtalo tú.
Sergio contempló la planta, encogiéndose de hombros:
Crece, por favor.
Más alto.
Crece mucho, planta.
Telmo parecía satisfecho.
A las tres, Gracián se despertó. Sergio preparó sopa, esta vez de cero, su mejor esfuerzo. Telmo aprobó, y pidió repetir. Sergio se sintió como Ferran Adrià en sus mejores tiempos.
Por la tarde, Sergio limpió el piso con energía nueva. Aspiró, descubrió el placer íntimo de los pasillos despejados, aprendió a negociar con un Gracián que le seguía a todas partes como capataz.
Encontró tiempo de dejar a remojo lo rosa, con información de internet y una caja de Blanco Nuclear.
A las cinco, estaba agotado. Era un cansancio diferente al de la oficina: sin queja, pero omnipresente. Notó cada músculo agradecido por el sofá.
A las seis sonó el móvil. No reconoció a la primera el número de Marina.
¿Hola? preguntó, sin disfrazar la sorpresa.
Hola contestó Marina. Su voz, tranquila, más suave. ¿Cómo estáis?
Bien. Gracián dormido. Telmo aquí.
¿Y tú?
Bien… Cansado, un poco.
Pausa.
Ya veo dijo ella al fin.
Perdona, Marina. Por lo del viernes. Por decir… lo de descansar.
¿Por qué exactamente?
Lo de que descansar en casa es igual que no trabajar.
Ah contestó ella. Una simple sílaba, pero llena de significado.
No lo entendía. Ahora creo que sí. No todo, pero más.
Eso está bien, Sergio.
Ven.
Ya voy, estoy saliendo.
Llegó sobre las ocho. Telmo corrió al recibidor. Sergio cogió a Gracián, que ya se había despabilado.
Marina entró en el salón. Parecía simplemente bien. No de anuncio; solo una persona que ha dormido y tenido silencio suficiente.
Vio a Gracián en brazos de Sergio. Gracián la miró, escudriñando si era real, y balbuceó:
Mam
Soy yo dijo Marina. Le acogió, él se le pegó con la desesperación de los que aman sin medida.
¿Todo bien? preguntó Sergio.
Todo bien.
He hecho sopa. Y quedan patatas de la comida.
Marina lo miró, algo en su mirada se volvió más cálido.
¿Has hecho sopa?
De cero. Telmo la aprobó.
La aprobó confirmó el mayor. Está buena. No como la de mamá, pero buena.
Eso es un halago enorme se rió Marina, de verdad.
Cenaron juntos, Marina preguntó por las sábanas rosas y Sergio confesó:
El rotu en la colada.
Ya lo vi. ¿Le pusiste Blanco Nuclear?
¡Sí! Lo encontré en internet.
Debería valer. ¿Y la funda con el cohete?
Remojada también.
¿Ha desaparecido el cohete?
En parte. Queda el contorno. Ahora es la funda con el fantasma del cohete.
Papá dice que está estropeada puntualizó Telmo. Pero era un regalo para Gracián.
Era buena idea, amor, solo que la funda no era el mejor lienzo.
Papá dice lo mismo.
Entonces estamos de acuerdo.
Telmo se quedó mirando un rato, como quien no está muy seguro de cómo afrontar que sus padres coincidan.
Gracián comía cucharadas, feliz con la mamá al lado. De vez en cuando, la miraba, solo para comprobar que seguía allí.
Cuando acabaron, Sergio fregó los platos sin esperar que se lo pidieran.
Marina salió del cuarto de los niños cuando terminó con Gracián.
Sergio dijo.
Dime.
Gracias.
¿Por los platos?
Por los platos también.
Colocó la olla, se secó las manos. Marina se apoyó en la nevera.
¿Hace mucho que estás así de cansada? ¿O es cosa reciente?
Reflexionó un instante.
Desde hace bastante. Al principio pensaba que era lo normal. Que tenía que poder con todo.
¿Y luego?
Luego me di cuenta de que podía, pero que tú no estabas. No físicamente. Pero esta parte, la de equipo, faltaba.
Sergio calló. Luego:
No soy bueno hablando de estas cosas.
Eso lo sé.
Pero te escucho. Ahora sí.
Marina asintió despacio.
Eso ya es algo, Sergio.
Quiero más.
¿Más?
Participar más. De verdad. No solo cuando escapas a un spa.
Le miró un buen rato. Luego sonrió, de una manera distinta, suave, como si por dentro algo se relajara un poco.
Hagamos un trato. Detalles: no “ayudaré”, sino cuándo y en qué.
Vale.
Las mañanas de sábado y domingo, los niños son tu responsabilidad. Yo duermo hasta las ocho.
Hecho.
Las cenas de lunes a viernes, alternamos. Un día tú, otro yo.
No sé cocinar mucho.
Aprenderás. Yo he aprendido.
Tienes razón.
De momento, eso. Ya veremos.
Un suave susurro de hojas de libro desde el cuarto de Telmo.
Sigue leyendo dijo Sergio.
Sigue leyendo sonrió Marina.
Tras un rato en silencio, Marina bostezó, tapándose.
Vete a la cama dijo Sergio. Yo le digo buenas noches a Telmo.
No le riñas por leer, que a él le gusta creer que no le pillo.
De acuerdo.
Sergio se acercó a la puerta del cuarto de Telmo y llamó.
No duermo se adelantó Telmo.
Lo sé. ¿Puedo pasar?
Sí.
Bajo el edredón, con el libro y linterna ya a un lado.
¿Lees mucho?
Un poco.
¿De qué trata?
De barcos. Un niño se va en uno gigante.
¿Te gustaría a ti?
Sí. ¿Vamos a ir alguna vez en un barco así?
Quizá.
Mamá dice “quizá” cuando no quiere decir no.
Yo lo digo cuando no lo sé. Puede que sí.
Telmo meditó.
Bueno. Buenas noches, papá.
Buenas noches, campeón.
Papá.
¿Sí?
Me alegra que mamá haya vuelto. Y que hablaseis tranquilos en la cocina. Sin pelear.
¿Lo oíste?
Un poco, no queriendo. Pero por el tono vi que todo bien. Me cuesta dormir cuando os enfadáis.
Eso fue tan directo, tan sincero, que Sergio tardó en responder.
Lo sé. Lo intento.
Vale. Lo has dicho en serio.
Sergio apagó la luz del pasillo, comprobó que Gracián dormía abrazado a su oso. En el dormitorio, Marina, libro en mano y ojos ya cerrados.
Se tumbó. Silencio.
Marina bajito.
¿Mmm?
¿Cómo es La Brisa Serena? ¿Merece la pena?
Sí. Es tranquilo. Se come bien. Hay un estanque con patos bobos. Van detrás de quien lleve migas.
A Telmo le encantaría.
Sí. Y a Gracián. Perseguiría a los patos sin piedad.
¿Vamos todos algún día?
Quizá.
Silencio. Domingo tarde. Niños dormidos, calle relajada.
Sergio
¿Sí?
Mañana cenas tú.
Pausa. Se echó a reír, suave, para no despertar a los niños.
Las patatas se me dan de miedo.
Lo sé. A mí también me encantan.
Vale.
Vale repitió, ya adormilada. Buenas noches.
Buenas noches, Marina.
El lunes, con el remolino de la rutina, Sergio se levantó justo antes de las siete. Gracián dormía. Telmo dormía. Marina también.
Fue a la cocina. Puso el agua para el té, la papilla a calentar, abrió las cortinas. El amanecer era gris y húmedo, como solo los lunes saben ser. Nada épico, solo papilla y té. Sólo la casa dormida, y él haciendo lo que tocaba.
Pero algo era diferente. Pequeño, pero ahí.
Palpó la maceta en la ventana. La tierra aún húmeda, las hojas colgando, pero una, la de abajo, le pareció un poco menos mustia. Quizás solo era la luz.
Crece susurró. A la planta o a todo.
La tetera chasqueó. Tras la pared, Gracián despertó balbuceando. Y todo empezó de nuevo: ruido, reclamos, carreras, otra mañana cualquiera creciendo, quizás, un pelín distinta.







