Recuerdo cómo mi padre siempre lavaba él mismo sus calcetines, pues los consideraba algo muy personal y habría sentido vergüenza si mi madre se encargara de ello. Él se preocupaba por mantener sus calcetines y su ropa interior impecables, bien lavados y cuidados.
En mi propia casa, las costumbres eran diferentes. Mi marido, Gonzalo, nunca tenía intención de lavar sus calcetines. Para él, no tenía sentido lavarlos a mano; pensaba que cualquiera podía echarlos a la lavadora y después colgarlos en el tendedero.
Así vivíamos, cada uno a su manera. Pero un día, sucedió que me despisté y Gonzalo se quedó sin calcetines limpios. Por supuesto, me echó la culpa.
Ya nadie cose calcetines por aquí, porque es más sencillo comprar otros nuevos en el mercado. Cuando veo calcetines con enormes agujeros al hacer la colada, los tiro sin pensarlo al cubo de basura. Parece que ya le quedan pocos pares enteros.
Si los calcetines estuvieran en el cesto de la ropa sucia, los lavaría le respondí, harta de su reproche. No tengo que recorrer toda la casa buscando por los rincones. ¡Lo sucio debe ir al cesto!
Es tu deber asegurarte de que siempre tenga ropa limpia y bien planchada me contestó Gonzalo.
Al final, resultó que los calcetines de mi marido eran mi responsabilidad. Lo curioso es que nunca antes me había parado a pensar en cómo se reparten esas tareas, hasta aquel momento.







