Mi hijo y su joven esposa viven en un piso alquilado no muy lejos de mi casa, en una calle que parece flotar entre luces doradas y nubes bajas en Madrid. Le pedí a mi hijo una copia de la llave de su portal, porque las puertas en los sueños a veces se abren solas, y otras necesitan manos amables para girar el pomo. Por si acaso, quería guardar esa llave entre mis cosas, cerca de monedas de céntimo y recuerdos.
Ahora estoy de vacaciones, mientras los jóvenes trabajan en oficinas que se estiran como espejos por la ciudad. Cuando ellos salen y la brisa de la mañana aún está fresca, me deslizo por los pasillos ondulantes de su edificio, llevando conmigo aromas de cocido madrileño y tortillas de patatas, croquetas y empanadas de carne. Sé que mi hijo ama estos platos sencillos, sabrosos y llenos de energías que laten como relojes antiguos.
Mientras los fogones arden y la comida burbujea en ollas que parecen cantar, empiezo a limpiar. La joven esposa de mi hijo, llamada Mencía, no muestra mucho entusiasmo por el orden; sus cosas caen en cascadas de colores sobre los muebles, y los platos se apilan en la fregadera como montañas blandas y resbaladizas. Pienso que podría enseñarle cómo son las casas que respiran felicidad en su limpieza, pero en el sueño las enseñanzas se desvanecen como humo.
Ellos regresan flotando por la puerta, la comida espera como un banquete en la luna, todo está limpio y ordenado. Mi hijo come con un apetito gigantesco, como si las albóndigas fueran tesoros y la sopa, oro líquido. Que viváis y seáis dichosos, murmuro, pero los sonidos se distorsionan y cuelgan en el aire como hilos de agua.
Pero no. Mencía casi nunca está contenta; contempla mi cocido y apenas lo prueba, asegurando que es demasiado grasiento, que la salud se esconde en ensaladas y gachas verdes con hierbas raras que brotan entre las losas de la cocina. Me invita con mucha prisa a marcharme, y el sueño vibra raro y ondulado, como si el tiempo se doblara y las puertas se movieran solas. Todo se llena de sal y de nostalgia, y las llaves tintinean en mi bolso, esperando otro día extraño bajo el sol castizo de Madrid.






