Mi marido y yo, con más voluntad que recursos, conseguimos abrirnos camino por nuestra cuenta, mientras que nuestros hermanos pequeños recibían de nuestros padres un trato estilo alfombra roja y calcetines de lana. Ojo, no nos creemos con derecho a nada (aunque alguna vez me encantaría reclamar el Nobel del sufrimiento familiar), pero también pensamos que nuestros padres no tienen obligación de mantener a los hermanos pequeños hasta la jubilación. Lo que nos desconcierta es esa diferencia de cariño o de generosidad.
Recuerdo perfectamente aquel momento épico en que mi padre le regaló a mi hermano un coche reluciente sacado de concesionario, mientras él se quedaba tan contento con el viejo Renault que a duras penas podía con una cuesta. Más tarde, cuando mi hermano y su flamante esposa se casaron, saltó la noticia: se mudaron a un pisazo heredado del abuelo. Aquello sí era un pisazo, no los zulos a los que llaman acogedores en los anuncios de Idealista. La diferencia de edad entre mi hermano y yo: diez años. Pero antes de la boda, mis padres nos trataban como a conocidos de Correos; luego, en cuanto mi hermano llegó con la noticia feliz, le regalaron el apartamento sin ni siquiera preguntar cuánto tardaría en pagarles con la alegría de su presencia.
Un día, sin cortarme un pelo, le tiré la pregunta a mi madre sobre por qué tanta generosidad con mi hermano, pero ni una caja de polvorones para nosotros, ni para mi marido. Su respuesta fue para grabarla en piedra: ¿Pero vosotros pedisteis ayuda alguna vez? ¿No veíais cómo teníais la casa? ¿No te dabas cuenta de que no tenías coche? y a mí me invadieron recuerdos de aquellos años con mi marido, luchando por montar nuestro propio nido. Ni llaves Allen, ni muebles decentes: cuando nació nuestro hijo, nos instalamos en una casa semivacía y tirábamos de los amigos incluso para el bajopuente de la cuna. La situación era tan ajustada que, cuando el niño se ponía malo, ni me atrevía a llamar a un médico por miedo a que nos denunciara al servicio social.
Para echarle más leña al fuego, mi cuñada, la hermana de mi marido, era claramente la niña de oro de su familia. Los suegros, ni cortos ni perezosos, se mudaron al pueblo para dejarle el piso a la niña, aunque eso les supusiera vivir entre gallinas y autobuses de línea, y todavía dependía de ellos para la compra, las comidas y la vida en general. Cada semana iban, le llenaban el frigorífico y después de ponerle el mundo por montera, regresaban al pueblo tan anchos.
Una tarde, rebozada de valor, volví a preguntar a mi madre por qué tenía ese trato tan selectivo, dándole todo a mi hermano y a nosotros ni las gracias. Su contestación fue como una croqueta quemada: Nunca habéis pedido ayuda, aunque sabíamos de vuestros apuros. Sus palabras me dieron en toda la fibra sensible y todavía arrastro la espina, lo mismo que mi marido.
En fin, esa desigualdad con la que nuestros padres han premiado siempre al benjamín, olvidándose de nosotros, ha sido una fuente inagotable de resquemor y mosqueo. Es complicado entender por qué los hijos pequeños reciben medallas y nosotros, torneo de paciencia. Lo cierto es que esas distinciones han dejado una sensación de injusticia y una herida que sigue escociendo.







