Haz la maleta, que he vuelto a ver a mi primer amor soltó mi marido. Y una hora después era él quien estaba en la puerta con la suya en la mano.
Antonio volvió el domingo por la noche de la comida del colegio. Yo, Inés, acababa de fregar los últimos platos. El hombre venía como si le hubieran dado el Euromillón, todo rubicundo y animado, con esa sonrisa de quien cree que la vida vuelve a empezar. Le miré de reojo mientras me secaba las manos con el trapo y pensé: Parece que las cervezas han sentado bien hoy.
No dijo ni mu. Se quitó la chaqueta, se metió a la cama y a dormir.
Por la mañana, Antonio apareció en la cocina con ese aire trascendente de quien ha tomado una decisión existencial, de esos que ponen en las pelis: manos cruzadas sobre la mesa, mirada profunda y café frío. Yo le puse la taza delante y abrí la nevera, revisando el tupper de albóndigas. Y justo entonces, lo suelta:
Inés, tenemos que hablar.
Uf. Tenemos que hablar. El clásico. Como el preludio de todas las desgracias del universo.
Ayer vi a Lucía. ¿Te acuerdas? La de mis historias de juventud. Mi primer amor.
Claro que me acordaba. Lucía aparecía en sus relatos una vez cada cinco años, siempre bajo el efecto del vino y el romanticismo trasnochado: Éramos tan jóvenes. Lo típico.
Hablamos mucho, Inés. Muchísimo. Y hemos decidido Bueno, haz la maleta.
Me giré. Las albóndigas se quedaron atascadas en el estante.
¿Cómo?
Lucía y yo. Vamos a estar juntos. Lo hemos decidido, ¿sabes?
Le observé unos segundos. Antonio, el de la vida estable.
De todas formas, el piso es mío añadió, por si acaso, con ese tono de y punto pelota. Mejor que busques otra cosa.
Guardé las albóndigas en la nevera despacito, no fuera a caerse el imán del frigorífico que trajimos de Asturias.
¿Tú lo tienes claro ya? le pregunté.
Sí.
Asentí. Fui al cuarto.
Me senté al borde de la cama y miré la pared, donde seguía colgado el calendario de gatitos que compramos en enero en el mercadillo: dos euros. Enero pasó, febrero también, los gatitos siguen ahí. Uno rubio con lazo que me mira, filósofo, desde el papel.
Así son las cosas, pensé.
Veinte años juntos y ahí estaba él, esperando en la cocina a que yo saliera con la maleta. Veinte años dan para mucho.
El primer piso en Carabanchel, alquilado a una señora que bajaba el tapón del gas cada noche. El vecino Paco, que gritaba a la tele. El batacazo aquel cuando el negocio de Antonio se fue al garete yo fingiendo no notar que las cervezas de la terraza se multiplicaban. La noche del hospital y la apendicitis, cuando el médico dijo otra hora más y no lo cuentas. El día de la graduación de mis alumnos, yo de profe de lengua, y él entrando con flores, rojo como un tomate. Todo eso Y nada contaba ahora.
Me levanté, di vueltas por la habitación, fui al armario.
En la balda de arriba, en un rincón, estaban los papeles.
Antonio seguía en la cocina, tocando el móvil, seguro que con Lucía se reía, pero bajito, con solemnidad de quien espera aplausos.
Me senté y puse los papeles frente a él.
¿Te vas a poner con los papeles ya? preguntó sin mirar mucho.
No. Quiero enseñarte algo.
Abrí la carpeta.
Inés, ahora no es el momento
Antonio, calla un segundo.
Saqué el documento.
Aquí está dije dejando el folio.
Era el contrato matrimonial. Quince años atrás, cuando se metió en eso de vender materiales de construcción al por mayor, un abogado le aconsejó hacer el contrato. Antonio lo firmó sin fe: Es una formalidad, si total somos familia. Fui sola al notario, lo dejé hecho y traje la copia.
Él la guardó en el cajón más lejano; yo, por si acaso, la escondí en el armario. No es que fuera estratega yo: solo muy, muy organizada.
Por cierto, el negocio aquel tampoco duró: catorce meses y se desplomó como un castillo de naipes torcido.
Las deudas, esas sí que fueron de categoría. Yo le sugerí vender el piso y saldar todo de golpe. Él dijo que no, que lo arreglaba. Seis años y muchas tapas de tupper después, lo arregló. Yo, mientras, a jornada y media, sin rechistar.
Antonio leyó el papel.
Yo, mi café frío. Un sorbo.
Espera su voz cambió de tercio. Pero aquí pone
Sí.
Que el piso es tuyo si nos separamos.
Ajá.
Pero, ¿cómo?
Leyó otra vez. Y una más.
¿Y las deudas? soltó al final.
Las del negocio son tuyas. Cuarto párrafo. Lee.
Silencio. En la pantalla parpadeaba un mensaje Lucía, supongo, preguntando cómo iba la gran revolución. No contestó.
Inés
¿Sí?
¿Esto lo has hecho a propósito? ¿Sabías que lo ibas a necesitar?
Le contesté sincera:
No. Es que nunca tiro los papeles.
Eso sí era verdad. Guardo desde las facturas del mercadona del año de la polka hasta las instrucciones de los microondas que murieron antes del euro. Así soy: de las que todo lo guardan.
Antonio al papel. Al ventanal.
Fui a por la carpeta. Puse la taza en el fregadero.
Antonio, alguien sí que tiene que buscar otra casa le dije. Tienes razón.
Y me largué al cuarto.
Antonio se quedó en la cocina sus buenos veinte minutos. O treinta. Yo ya no controlaba. Me dediqué a ordenar los libros del suelo, recolocar la maceta de geranios del alféizar a la balda, pasar el trapo por la cómoda. Cuando usas las manos, la cabeza grita menos.
Antonio apareció en la puerta.
Inés.
¿Qué?
Con el dichoso papel en la mano, como si le fuera dar la vuelta a la vida.
Inés, ¿podemos hablar en serio?
Cuando quieras.
Es que el contrato ese Eso fue hace la tira de años. Otros tiempos. No pensábamos que
¿Que?
Ni él sabía cómo acababa la frase. Que no pensábamos separarnos, que no creíamos que tuviera importancia, que en fin.
El notario lo validó repliqué. Todo legal. Lo comprobé.
¿¿Cuándo??
Cinco años atrás, preguntando otra cosa.
Carita de póker, de quien descubre en directo que subestimó la situación.
¿Planeabas algo?
Pensé un segundo.
No, de verdad. Es que soy organizada.
Y lo era. Vaya si lo era. Llamé al notario por un tema de la herencia de mamá, y ya que estaba, pregunté por el contrato. Tranquila, sigue vigente. Y se me fue de la cabeza hasta hoy.
Volvió a la cocina, con la carpeta. Se oía cómo abría y cerraba cajones, movía sillas. Toqueteos varios.
Me asomé.
¿Antonio?
Estoy pensando.
¿El qué?
Nada. Mutis.
Preparé té.
Antonio, ¿sabes adónde vas a ir?
Nada. Silencio sepulcral.
Ya, lo entendí. Él imaginaba esta escena de otra manera. Él dice la frase, yo me desmayo, lloro un poco, me refugio con mi amiga y el piso para él, claro. Lucía viene, se asienta. Listo el guion. Que yo aparezca con el papelito, eso no entraba en su plan.
Terminate el té.
Yo no me voy de aquí le dije cuando volví. El piso es mío y aquí sigo viviendo.
Silencio, versión extra.
¿Y yo adónde?
Con Lucía, ¿no? Si vais a estar juntos.
De Lucía, la verdad, ni rabia ni nada. No era más que una protagonista secundaria de la historia que Antonio se montó entre viejas fotos y burbujas de cava. Yo solo estorbaba.
Bueno. Así es la vida.
Bueno, ella intentó. Realmente no lo hemos hablado aún. No tiene muy claro el tema. No está preparada, creo.
Dejé la taza en la mesa.
¿Me estás echando sin tener siquiera dónde meterte?
Nada. La cara lo decía todo.
Hay hombres muy valientes para anunciar decisiones. Lo de las consecuencias, ya tal.
Fui al armario, saqué la bolsa marrón de viajes de trabajo y la puse en la mesa.
Toma. Mete lo que necesites.
Inés
Has decidido. Ahora hazlo realidad.
La miraba y cracks, ese sonido invisible, pero evidente. Se fue de la habitación para recoger.
Me quedé en la cocina. Desde ahí se oía: armario, cajón, el cajón sonando, el roce metálico de la cuchilla de afeitar.
Veinte años y lo dejas todo en una maleta de mano.
A la hora apareció en la entrada con la bolsa, con cara de quien sabe que se ha pasado de listo.
Inés ya te llamaré.
Muy bien.
Para hablar de los papeles lo de divorciarnos.
Llámame y lo vemos.
Se quedó esperando. Supongo que buscaba lloros, súplicas, un portazo, algo. Nada.
Abrió la puerta y se fue.
Tres semanas después, me llama Carmen, la del colegio, que sabe la vida de medio barrio. A Antonio y Lucía no les cuajó la cosa. Por lo visto, ella vive con la hermana, en un piso pequeño en Chamberí con marido y dos hijos; glamour, cero. Antonio no fue ni a mirar. Alquiló un cuarto en Vallecas a una señora mayor que prohíbe fumar y exige avisar si va a venir alguien.
Cuando Lucía se enteró de la habitación de Vallecas y de que Antonio no tenía ni piso ni planes, se le pasó el arroz. Lo del hombre que lo deja todo por amor es más atractivo en la teoría. Desde cerca, los amores del pasado huelen a nostalgia, que no a futuro.
Escuché todo eso, serví a Carmen una infusión y me preguntó con esa voz de “puedo consolarte todo lo que quieras”:
¿Y tú, cómo estás?
Bien le dije.
Y era verdad. En esas tres semanas me apunté a un curso de masaje siempre quise y lo iba dejando. Llamé a mi amiga Nuria, hacía tres años que no nos veíamos: café, charla y risas. Me saqué un bono para la piscina. Cosas pequeñas, pero de esas se hace la vida.
Por las noches, a veces, pensaba en Antonio. Sin rencor, la verdad. Una vez hasta pensé: menos mal que fue él quien abrió la puerta. Porque yo, por comodidad, hubiese tardado toda la vida en hacerlo.
El calendario de gatitos seguía sin cambiar, enero, febrero, el rubito con lazo intacto. Lo vi y pensé: Hay que ponerlo ya en el mes que toca.
Luego pensé: Bueno, no hay prisa.






