— Ya tienes cincuenta, ¿a quién le puedes interesar? — se burlaba su marido. Pero Luisa decidió averiguarlo.

¿Pero a ti quién te va a querer ya, con los cincuenta cumplidos? se reía su marido. Pero Lucía decidió comprobarlo.

El marido de Lucía, Gonzalo Torres García, siempre ha sido un hombre de teorías. No de una sola, claro. Tendría como veinte, todas igual de infalibles. Que el mejor cocido sólo se hace con garbanzos de Fuentesaúco. Que los gatos son más inteligentes que los perros. Que el volumen perfecto para la televisión es el cuarenta y dos, ni uno menos ni uno más. Pero su teoría principal era ésta: la mujer, después de los cincuenta, deja de interesar a los hombres.

La formulaba de distintas maneras, según el humor que tuviera.

A veces en plan académico: la naturaleza es así, Lucía, no es nada personal.

Otras, como si fuera un filósofo: así es la vida, y contra eso no se puede luchar.

Y otras, la mayoría, justo cuando Lucía se ponía un vestido nuevo o se pintaba los labios, lo soltaba en casa, tan normal: ya tienes cincuenta, ¿quién te va a querer?

Sin interrogación. Como un hecho.

Lucía tiene cincuenta y dos años. Es contable en una empresa de reformas en Madrid, por las mañanas hace gimnasia, por las noches lee novelas, y los fines de semana hornea empanadas que Gonzalo se zampa con gusto, sin relacionar ni un momento la repostería con la cuestión de quién podría querer a quien las hace.

Han compartido veintiséis años de vida. En este tiempo, Gonzalo ha engordado, se ha quedado calvo y ha perfeccionado sus teorías. Lucía, no. O, mejor dicho, no de la misma manera.

Fue su amiga Carmen quien se dio cuenta la primera.

Lucía le soltó un día mientras tomaban café juntas, mirándola con esa mirada suya, la de cuando va a decir algo importante o un poco loco. ¿Pero tú eres consciente de que eres guapa?

Anda, tira le contestó Lucía, como siempre.

En serio. Tal cual. Oye, ¿y si nos registramos en una web de citas? Por probar. Como experimento.

Lucía dejó la taza sobre la mesa.

¿Te has vuelto loca?

Rellenamos el perfil y ya está. Buscamos una foto tuya bonita. Solo por ver qué pasa.

No va a pasar nada replicó Lucía. Tengo ya medio siglo, ¿quién me va a querer?

En cuanto pronunció la frase, se quedó cortada. Porque la voz que salió era la de Gonzalo Torres García.

Carmen es de acción. No es de las que te convencen con palabrería; más bien, consigue que no hacerlo sea hasta incómodo, en un sentido moral, nunca físico. Así que aquella tarde Carmen se plantó en casa de Lucía con el portátil bajo el brazo, una botella de vino y el gesto de quien ya ha decidido hasta el final de la historia.

Venga, vamos a hacerlo dijo nada más entrar, colocando la botella en la mesa. Perfil y punto. Todo rápido y sin dramas.

Espera Lucía ni se había quitado el delantal. ¿Qué perfil?

El de la web de citas. Te lo dije.

Me lo dijiste. Y yo dije que no.

Tú dijiste ¿quién me va a querer?. Es diferente.

Lucía la miró. Carmen la sostuvo la mirada. Tenía esa certeza de quien sabe que tiene razón y sólo espera que los demás lleguen a la misma conclusión.

Carmen, tengo cincuenta y dos.

Y yo llevo treinta años conociéndote.

¿Y?

Y nada. Siéntate.

Lucía se sentó. No vencida, simplemente porque llevaba un día largo. Trabajo, atasco. Las piernas resienten.

Venga, enséñame una foto pidió Carmen, encendiendo el portátil.

¿Qué foto?

Una buena. ¿Tienes alguna decente?

Lucía se quedó pensando. Las últimas eran de una cena de empresa. Allí está en una esquina con una copa, casi de perfil, mirando a otro lado porque Gonzalo la llamó tres veces esa noche para preguntarle a qué hora iba a volver.

Tengo una de Nochevieja dijo, insegura.

Enséñamela.

Se la enseñó. Carmen miró un rato.

Está genial aprobó. ¿Ves? Aquí es fantástica. ¿Por qué siempre vas encorvada y aquí no?

Porque aquí nadie me ve contestó Lucía, sin entender ni ella misma.

Carmen la miró unos segundos. Luego descorchó el vino.

El perfil lo rellenaron entre discusiones. Rellenaba Carmen, rebatía Lucía.

¿Motivo de buscar pareja? Venga, Lucía, pon conversar.

Que no quiero hablar con nadie.

Tú ponlo.

Sobre mí. ¿Qué pongo? ¿Contable, hago empanadas y vivo con un hombre que tiene como veinte teorías absurdas sobre las mujeres mayores de cincuenta?

Pon: Activa, divertida, amante de la lectura y con ganas de viajar.

Si yo no viajo.

¿Pero te gustaría?

Lucía se lo pensó.

Sí.

Pues ya está, no es mentira.

Eligieron la de Nochevieja. Lucía salía con un vestido burdeos, el pelo recogido, y algo especial en la mirada. Gonzalo no llegó a verla así, estaba dormido cuando llegó a casa.

Ya está anunció Carmen cerrando el portátil. Listo.

¿Y ahora?

Ahora a esperar.

¿El qué?

Verás.

Lucía se sirvió vino. Miró por la ventana. Fuera, una farola, una rama pelada de plátano y nada más. Noche corriente. Gonzalo en el salón viendo la tele, volumen a cuarenta y dos. Sonaba de fondo, todo rutina.

Pues ya está, pensó Lucía, perfil hecho. No va a pasar nada.

Terminó el vino y se puso a fregar.

Al día siguiente, Lucía ni se acordó del perfil. Tuvo una mañana entera haciendo el balance del trimestre en la oficina, comió un potaje soso del menú del restaurante de abajo, y a media tarde se descubrió observando palomas en la cornisa.

El móvil estaba en el bolso.

A las cinco, lo sacó. Para ver si tenía algo de Gonzalo. Pero no. Lo que sí tenía era una notificación de la web, con un circulito rojo y un número.

El número era 11.

Once mensajes. En un día.

Lucía miró el móvil. El móvil a Lucía. Lo guardó otra vez. Esperó tres minutos. Volvió a sacarlo.

Once.

Serán bots, pensó.

Abrió la app. No había robots. Había once hombres con fotos, nombres y mensajes bastante específicos. Unos cortos: Hola, perfil interesante. Otros extensos, más pensados. Uno, Javier, cincuenta y cuatro años, le escribió tres párrafos: sobre novelas, sobre cómo hacía tiempo que no veía una mirada así en una foto, sobre lo mucho que le gusta viajar.

Lucía lo leyó dos veces.

Viajar Es lo que yo puse. Sintió un pellizco de vergüenza, pero sólo un poco.

Por la noche llamó a Carmen.

Son once dijo a modo de saludo.

¿Ya? ¡Te lo dije! Carmen se alegró de verdad. ¿Alguno majo?

Uno escribe sobre libros.

Respóndele.

No pienso responder.

Lucía

¿Qué? Tengo cincuenta y dos años, y estoy casada.

Respóndele.

No respondió. Aquella noche, mientras fregaba, pensaba en Javier y sus párrafos.

Estoy fatal, se dijo.

Pero por la mañana volvió a abrir la aplicación. El número ya no era once.

Veintiocho.

Lucía se sentó en el borde de la cama. Gonzalo roncaba todavía.

Veintiocho hombres en una noche le habían escrito.

Fue repasando, como si tuviese algo frágil entre manos. Uno, Alejandro, cuarenta y ocho, ingeniero, una foto divertida con un gato. Otro, Manuel, cincuenta y seis, serio, en corbata: Eres una mujer bellísima. Uno era Dani y aquí se paró, cuarenta y uno, foto en la montaña, el mensaje simple: Hola. Háblame de ti.

Cuarenta y uno. Once años menos que ella.

Lucía cerró el móvil. Lo abrió otra vez.

A última hora del segundo día ya eran más de cincuenta.

Cincuenta y tres mensajes. Bueno, cincuenta y cuatro, mientras los contaba.

Estaba en la cocina, con un té, revisando mensajes con la expresión de quien iba solo a por pan y se topa con un tesoro. Uno, Víctor, cincuenta, empresario, envió un poema ajeno, pero bonito. Otro, Nicolás, simplemente: Me has gustado, me encantaría conocerte. Y aquel Dani de la montaña volvió a escribir porque no le contestó, pero esta vez fue con tacto: ¿Estás ocupada? No pasa nada.

Lucía contempló la pantalla un buen rato.

Gonzalo hablaba con la tele en el salón. Ella le respondía. Se llevaban bien, esos dos.

¿Quién te va a querer?, recordó.

Cincuenta y cuatro hombres en dos días. Algunos de su edad, otros más jóvenes. Uno mandó un poema. Otro esperó y volvió a escribir, sin presión.

La teoría de Gonzalo Torres García empezaba a crujir, despacio, como el parquet viejo, pero crujía.

Lucía terminó el té. Dejó la taza en el fregadero. Y por primera vez en mucho tiempo se miró con atención en el reflejo de la ventana oscura no de pasada, sino de verdad.

Allí, en el cristal, había una mujer de cincuenta y dos, erguida, de ojos vivos. A la que en dos días habían escrito cincuenta y cuatro desconocidos.

Vaya, mira tú susurró Lucía a su reflejo.

El reflejo asintió.

El móvil quedó sobre la mesilla.

Gonzalo tanteó buscando sus gafas, estaban junto y justo en ese momento el teléfono se iluminó: nueva notificación. Gonzalo lo cogió con la indiferencia de quien no espera nada especial. Miró. Frunció el ceño.

Miró otra vez.

En la pantalla ponía: Daniel: Buenos días. Pensando en ti

Gonzalo Torres se sentó en la cama. Despacio. Como quien recibe una noticia importante pero no sabe aún si es buena o mala.

Lucía llamó.

Lucía estaba en la cocina. Hacía café. Lo oyó, pero no se apuró.

¡Lucía!

Voy.

Entró en la habitación con la taza en la mano. Tranquila. Gonzalo sostenía el móvil como si fuese algo vivo, dudando entre soltarlo o no.

¿Y esto qué es? le preguntó.

Lucía miró la pantalla, luego a su marido. Bebió un sorbo.

Una notificación respondió.

Ya, veo que es una notificación. ¿Y ese Daniel quién es?

De la web de citas.

Pausa. De esas buenas.

¿¡De qué web de citas!? Gonzalo se incorporó. ¿¡Te has registrado!?

Sí.

¿¡Para qué!?

Lucía dejó la taza en la mesilla. Miró a su marido de frente, serena, casi curiosa. Como si resolviera un problema cuya respuesta ya sabe.

Estaba comprobando tu teoría le dijo.

¿Qué teoría?

Esa de las mujeres a partir de los cincuenta. ¿Te acuerdas? ¿Quién te va a querer?

Gonzalo abrió la boca. La cerró. Miró otra vez el móvil y llegaron aún tres notificaciones más, una detrás de otra.

¿Y cuántos? no acabó.

Cincuenta y cuatro informó Lucía. En dos días.

Cincuenta y cuatro repitió Gonzalo, como si probara el número y le quedara grande.

Algunos hasta más jóvenes que yo añadió Lucía, y cogió su taza y volvió a la cocina.

Gonzalo Torres se quedó de pie en medio de la habitación con el móvil en la mano. Fuera amanecía, la farola apagada, el plátano pelado, los gorriones piando en la cornisa. Todo igual que siempre. Sólo que su teoría, de repente, ya no funcionaba.

En absoluto.

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— Ya tienes cincuenta, ¿a quién le puedes interesar? — se burlaba su marido. Pero Luisa decidió averiguarlo.
«¡Sorpresa!» — exclamó la familia al aparecer en mi cumpleaños sin invitación. «Lo mismo digo» — respondí yo. — «Las sorpresas las paga quien las organiza».