A mis cincuenta y cinco años me enamoré de un hombre quince años menor, solo para descubrir una verdad desconcertante así lo recuerdo hoy.
A pesar de haber pasado décadas en ese piso de Madrid, aquel salón me resultaba extrañamente ajeno.
Observaba mi maleta abierta, preguntándome cómo había llegado mi vida hasta ese punto.
¿Cómo hemos acabado aquí? susurré, contemplando la taza astillada que llevaba grabado un Para siempre y siempre antes de dejarla a un lado.
Mis dedos rozaron el sofá. Adiós, cafés de domingo y discusiones sobre tortilla con o sin cebolla.
Los recuerdos zumbaban en mi cabeza como moscas traviesas, imposibles de espantar.
En el dormitorio, la soledad era aún más palpable. El otro lado de la cama me miraba como un reproche sin palabras.
No me mires así murmuré. No todo ha sido culpa mía.
Hacer la maleta no era más que una búsqueda silenciosa de cosas que aún significaran algo. Sobre la mesa yacía mi portátil, como un faro en la tormenta.
Tú, al menos, sigues aquí le dije, pasando la mano por encima.
Dentro aguardaba mi novela inacabada, el proyecto al que llevaba dos años entregada. Aún no estaba lista, pero era mía y esa era la prueba de que no me había perdido del todo.
Entonces llegó el mensaje de Lucía:
Retiro creativo. Isla cálida. Nuevo comienzo. Vino.
Siempre el vino reí.
Lucía tenía el don de transformar desastres en propuestas seductoras.
Parecía una locura, pero, ¿acaso eso no era justo lo que necesitaba?
Miré la confirmación de mi vuelo a Tenerife, y las dudas me acosaron.
¿Y si no me gusta? ¿Y si no encajo? ¿Y si acabo en el mar devorada por un tiburón?
Pero entonces apareció un nuevo pensamiento:
¿Y si sí me gusta?
Inspiré hondo y cerré la maleta. Pues a empezar la huida.
Pero, en el fondo, sabía que no huía; caminaba hacia algo nuevo.
La isla me recibió con una brisa amable y el rumor constante de las olas chocando contra la costa.
Cerré los ojos un instante, dejando que el aire salino inundara mis pulmones.
Eso era exactamente lo que necesitaba.
La calma duró poco. Al llegar al retiro, el silencio insular se disolvió entre música alegre y carcajadas.
Jóvenes de veinte y treinta años tumbados en puffs multicolores, cócteles en mano que parecían sombrillas más que bebidas.
Desde luego, esto no es un monasterio murmuré.
El bullicio de la piscina llegó a asustar a una paloma que descansaba en las ramas de un flamboyán cercano.
¿De verdad encontraría aquí el gran salto creativo, Lucía?
Antes de refugiarme en la sombra, apareció Lucía, con su sombrero torcido y una copa de sangría en la mano.
Teresa! gritó, como si no hablásemos a diario. ¡Has llegado!
Ya me estoy arrepintiendo bufé, aunque no pude evitar sonreír.
Déjalo le solté con un gesto, incapaz de ocultar la sonrisa.
Aquí se respira magia, créeme. Te va a encantar.
Yo venía buscando… algo más tranquilo le dije, levantando una ceja.
¡Eso son pamplinas! Tienes que conocer gente y llenarte de energía. Por cierto me agarró del brazo, hay alguien que debes conocer.
Antes de poder protestar, me arrastró por el bullicio.
Me sentía como una madre agotada en la fiesta escolar de fin de curso, esforzándome por no tropezar con las sandalias esparcidas por doquier.
Frente a nosotras estaba un hombre cuyo porte parecía sacado de una portada de libros.
Piel bronceada por el sol del sur, sonrisa despreocupada y una camisa de lino blanca, abierta justo lo necesario para resultar intrigante sin caer en lo vulgar.
Teresa, este es Álvaro anunció Lucía con entusiasmo.
Encantado, Teresa dijo él, con voz suave como la brisa del Atlántico.
Igualmente respondí, conteniendo el nerviosismo.
Lucía sonreía como si hubiera arreglado un compromiso de la Casa Real.
Álvaro también es escritor. Cuando le hablé de tu novela, estuvo deseando conocerte.
Noté cómo me ruborizaba. Todavía no está lista.
Eso da igual contestó Álvaro. Lo realmente valioso es el empeño de dos años. Me encantaría saber más.
Lucía se alejó disimulando una sonrisa. Id hablando, que voy por otra ronda de sangrías.
Sentí rabia, pero tras unos minutosya fuera por el hechizo de Álvaro o el susurro del viento atlánticoacabé dando un paseo con él.
Dame un minuto le pedí, sorprendiéndome a mí misma.
En la habitación, revolví la maleta hasta encontrar un vestido veraniego adecuado.
¿Por qué no? Ya que estaba fuera de lugar, al menos iría elegante.
Al regresar, Álvaro me esperaba. ¿Lista?
Asentí intentando parecer calmada, pese al cosquilleo en el estómago.
Llévame tú.
Me llevó a rincones de la isla que parecían ajenos al bullicio del retiro.
Una cala escondida con columpios bajo una palmera, un sendero secreto hacia un acantilado con vistas increíbleslugares que no aparecían en ningún folleto de la agencia.
Tienes talento dije riendo.
¿Para qué? preguntó sentándose en la arena.
Para conseguir que alguien se olvide de que no pinta nada aquí.
Su sonrisa se ensanchó. Quizás no estés tan fuera de sitio como crees.
Conversando, reí más que en los últimos meses juntos. Me habló de sus viajes, su amor por la literaturaintereses que, me sorprendí, conectaban con los míos.
Su admiración por mi novela era sincera, y cuando bromeó con colgar un autógrafo mío en su pared, sentí una tibieza que hacía tiempo no me acompañaba.
Pero bajo esos momentos flotaba una inquietud. Algo que no sabía nombrar.
Álvaro parecía demasiado perfecto.
La mañana siguiente comenzó con renovado entusiasmo.
Me levanté inspirada y lista para una nueva escena de la novela.
Hoy es el día me animé, empuñando el portátil.
Pero al encenderlo, el mundo se detuvo.
La carpeta de mi novelados años de desveloshabía desaparecido.
Busqué en el disco, esperanzada de hallarla por accidente.
Nada.
Qué raro… musité.
El portátil estaba, pero el corazón de mi trabajo se había esfumado sin dejar rastro.
No entres en pánico me obligué al borde del escritorio.
Seguro lo guardaste en otra parte me mentí.
Pero lo sabíano lo hice.
Corrí en busca de Lucía, cruzando el pasillo mientras escuchaba voces amortiguadas tras una puerta cercana.
Me congelé, el corazón desbocado.
Por la rendija, distinguí a Lucía inclinada hacia adelante, su voz baja como susurro de conspiradora.
Solo tenemos que presentarlo a la editorial correcta decía la voz de Álvaro.
La sangre se me heló.
Tu manuscrito es una joya aduló Lucía con una zalamería empalagosa. Lo firmaré como mío. Jamás sabrá qué pasó.
El nudo en mi estómago era ira, traición y aún peor, desilusión.
Álvaro, el mismo que me había devuelto la alegría y la confianza, participaba de aquello.
Sin más, corrí de vuelta a mi habitación; lancé la ropa a la maleta sin mucho cuidado.
Esto iba a ser mi nuevo comienzo susurré, amarga.
No derramé ni una lágrima. Las lágrimas son para quienes creen en las segundas oportunidades; yo ya no creía.
Al dejar la isla, el sol me pareció cruel, hiriente.
No volví la cabeza.
No lo necesitaba.
Meses después, la librería en el centro de Madrid rebosaba de gente y el aire vibraba entre risas y comentarios.
Yo sostenía mi novela recién publicada en el pequeño podio, procurando enfocar la vista en los rostros sonrientes.
Gracias por venir esta tarde dije con la voz firme, pese a la tormenta interna. Este libro es fruto de años de trabajo y de un viaje inesperado.
Los aplausos fueron cálidos, pero el dolor permanecía.
Estaba orgullosa de mi libro, sí, pero no podía olvidar el precio pagado.
El último visitante se marchó y yo me senté agotada tras una estantería.
Entonces la vi: una nota doblada en la mesa.
«Me debes un autógrafo. Si tienes ganas, estaré en la cafetería de la esquina».
Reconocí la letra al instante.
El corazón se me paró.
Álvaro.
Me quedé leyendo la nota, empapada de curiosidad, rabia y algo más inexplicable.
Por un segundo pensé en arrugarla y marcharme.
Pero respiré hondo, cogí mi abrigo y caminé hasta la cafetería.
Le vi nada más entrar.
Es valiente dejarme una nota así le espeté, sentándome frente a él.
¿Valiente o desesperado? respondió con media sonrisa. No estaba seguro de que vinieras.
Yo tampoco admití.
Teresa, tengo que explicártelo todo. Lo de la isla
Al principio, no comprendía las verdaderas intenciones de Lucía. Me convenció de que todo era en tu beneficio.
Pero al darme cuenta de la verdad, salvé tu manuscrito en un USB y te lo envié.
Guardé silencio.
Lucía me dijo que eras demasiado modesta para publicar sola, que necesitabas un empujón, una sorpresa que haría brillar tu obra.
Yo creí que ayudaría.
¿Sorpresa? le solté con amargura.
¿Entonces creíste que robarme la novela sería un favor?
Jamás tuve esa intención. Cuando descubrí el plan, escogí tu parte y traté de buscarte, pero ya te habías ido.
¿Lo que escuché no era lo que parecía?
Justo eso. Teresa, cuando supe el engaño, te elegí a ti.
Hubo silencio mientras yo esperaba que la rabia me invadiera de nuevo.
Pero no llegó.
Las tretas de Lucía quedaban atrás y mi novela salió a la luz bajo mi nombre.
¿Sabes? Siempre te tuvo envidia añadió Álvaro en voz baja. Desde la facultad. Se sentía eclipsada por ti. Esta vez, creyó tener su oportunidad.
¿Y ahora?
Desapareció. Rompió todos los contactos que tenía. No soportó las consecuencias cuando la desenmascaré.
Hiciste lo correcto. Eso cuenta.
¿Eso significa que me das una segunda oportunidad?
Solo una cita le advertí, alzando un dedo. No la estropees.
Su sonrisa se amplió.
Trato hecho.
Al salir de la cafetería, me descubrí sonriendo.
Esa cita se transformó en otra, y luego otra más.
Y, en algún momento, volví a enamorarme. Esta vez, acompañada.
Lo que comenzó como una traición, se transformó en una relación hecha de comprensión, perdón ysíamor.






